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Relatos Ardientes

El inquilino que ella convirtió en su amo

Damián conducía despacio por la carretera de curvas que trepaba hacia el valle, dejando atrás el ruido de la ciudad. A sus cuarenta y un años era arquitecto en un estudio mediano, y llevaba tres encadenando proyectos ajenos mientras su propia vida se vaciaba en silencio. Su mujer había muerto en un accidente de moto el invierno anterior, y desde entonces el piso le devolvía un eco que no soportaba. Quería bosque, aire frío, el sonido del agua en vez del de los coches. Buscando alquileres en internet encontró un anuncio breve: «Anexo adosado a una casa de campo, gran porche, ideal para quien busca tranquilidad. Necesita reformas, pero tiene potencial». Escribió a la propietaria, Renata, y quedaron esa misma tarde.

La casa apareció al final de un camino de grava, rodeada de pinos altos que susurraban con el viento. Estaba sola en mitad de la nada, justo lo que él buscaba. Damián aparcó, se ajustó la chaqueta y notó el frío limpio llenarle los pulmones. La puerta se abrió antes de que llamara.

—Usted debe de ser Damián —dijo una mujer de unos cincuenta años, conservada y firme, con el pelo oscuro recogido en un moño suelto y unos ojos que lo recorrieron con algo más que curiosidad.

—El mismo. El sitio parece de postal desde fuera —respondió él, notando un aroma tenue a jazmín.

Renata le tendió la mano. La piel era suave, pero el apretón calculado, como si midiera su fuerza. Lo hizo pasar y le explicó que vivía allí con su hermana Pilar, enfermera en el pueblo, y su sobrina Noa, una chica de veinticuatro años que estudiaba arte. Mientras lo guiaba por el jardín trasero hacia el anexo, dejó caer la frase casi sin darle importancia.

—Es tranquilo, a veces demasiado. Por eso quiero un inquilino. Preferiblemente un hombre. En un sitio tan apartado, una presencia masculina disuade a los curiosos.

El anexo era un espacio diáfano de techos altos y paredes de piedra que pedían pintura, con un porche de madera abierto al bosque. Cocina básica, un baño, una habitación separada por un biombo. Todo crujía: cañerías viejas, suelos irregulares, ventanas que silbaban. A Damián le pareció perfecto.

—Puedo arreglarlo yo mismo —dijo—. Tengo tiempo y ganas de un proyecto.

Renata se apoyó en la barandilla del porche. El vestido se le ciñó a las caderas anchas con la brisa, y sus ojos se detuvieron en los antebrazos de él.

—Me alegra oírlo. No quiero a cualquiera. Busco a alguien responsable, fuerte, que sepa usar las manos.

Él sintió el escrutinio como un calor que no venía del sol. Dentro, Pilar preparaba té sin levantar la vista del todo, y Noa bajó las escaleras con una sonrisa demasiado fácil y un apretón de manos que duró un segundo de más. Damián firmó el contrato provisional antes de irse.

—Me mudo la semana que viene —dijo, y notó el pulso de Renata acelerado bajo la palma.

***

Una semana después se instaló con herramientas, materiales y una determinación que no recordaba haber tenido en años. Trabajaba en remoto por las mañanas y reservaba las tardes para las reformas. Era mañoso, un oficio heredado de su padre carpintero, y empezó por lo básico: levantar el suelo viejo y colocar lámina nueva. El golpeteo del martillo y el chirrido de la sierra llenaban el aire con un ritmo que lo ayudaba a no pensar.

Todas las tardes, hacia las siete, Renata aparecía en la puerta con una bandeja: un guiso caliente, pan recién hecho, una ensalada del huerto.

—No quiero que trabajes con el estómago vacío —decía, y entraba sin pedir permiso, el vestido de verano flotándole alrededor de las piernas.

No llevaba nada debajo. Él lo descubrió la primera tarde, cuando una ráfaga levantó la tela apenas un instante. Renata se sentaba en una caja de herramientas o en el borde del porche, cruzaba y descruzaba las piernas con una lentitud deliberada, y dejaba que la mirada de él se perdiera entre sus muslos. Lo sabía, por supuesto. Era un teatro calculado que lo dejaba con la boca seca.

Mientras él comía en el suelo polvoriento, ella empezaba a hablar en voz baja, ronca, como quien confiesa algo. Le iba contando su vida a pedazos, tejiendo una red de la que él no quería salir.

—Fui una mujer muy deseada de joven —dijo una tarde—. Las miradas me seguían. Hasta que conocí a mi Amo. Solo él, en la intimidad absoluta.

Le describió la primera noche: cómo le había ordenado desnudarse con una voz tranquila pero inflexible, cómo se arrodilló por primera vez y sintió un fuego que no sabía que existía.

—Me ató las muñecas con una corbata de seda, me tocó despacio, me negó el final hasta que se lo supliqué.

Damián la escuchaba fascinado. Su propio matrimonio había sido tierno y previsible, sin un solo borde.

—No sé nada de eso —admitió, la voz entrecortada.

—Tú serías un buen Amo —respondió ella, mirándole las manos—. Lo veo en cómo manejas las herramientas, con control. Te lo explicaré poco a poco. La sumisión es entrega; el dominio es responsabilidad. Se empieza con órdenes simples. «Arrodíllate». «Quítate la ropa». Después llega lo demás.

***

Tarde tras tarde las confesiones se volvían más explícitas. Renata contaba cómo su Amo la había entrenado durante años, y mientras hablaba se rozaba el muslo con un dedo, distraída, asegurándose de que él lo viera. Damián se masturbaba después, a solas en el anexo, recordando esas vistas, imaginándose a sí mismo dando las órdenes.

Una tarde le habló de los años posteriores a la muerte de su Amo, cinco atrás.

—Cinco años con el cuerpo desbocado —dijo—. Al principio intenté apañarme sola, pero no bastaba. Salí a buscar a alguien que ocupara su lugar.

—¿Y lo encontraste? —preguntó él, con la garganta tensa.

—Encontré a dos. El primero se hacía llamar el Cuervo. Lo conocí por un foro. Quedamos en un hotel de las afueras y, nada más entrar, me trató como a un objeto roto. Sin cuidado, sin medida, sin preguntar nunca cómo estaba. No le importaba mi placer ni mi límite, solo su propia furia. Salí de allí dolorida y asustada, con moretones que tardaron semanas en irse. Me corrí, sí, pero también lloré de miedo. No volví a llamarlo.

Damián tenía la mandíbula apretada.

—Meses después probé con otro. El Manso, lo llamaba yo. Parecía perfecto: educado, guapo, voz suave. Me besó los pezones con ternura, me acarició como si fuera de cristal. Cuando le pedí que me atara, que me diera aunque fuera una palmada, se negó. «Yo no soy así». Me corrí por cortesía, pero por dentro me moría de aburrimiento. Esa noche, en casa, me até yo misma y me azoté hasta gritar el nombre de mi Amo muerto. El Manso era demasiado blando. Me dejó más sola que nunca.

Hizo una pausa y lo miró a los ojos.

—Uno no sabía contener su crueldad y el otro no sabía soltarla. Después de eso me rendí. Cerré las cuentas, borré los perfiles, volví a mis manos y a un espejo. Hasta que apareciste tú.

Damián no supo qué decir. Deseaba algo que aún no sabía nombrar.

***

Otra tarde Renata se sentó más cerca, los muslos rozándole el brazo.

—Prueba —murmuró—. Dame una orden sencilla. Dime que abra más las piernas.

Él lo hizo con la voz temblorosa, pero algo se endureció en su tono a mitad de frase.

—Abre las piernas, Renata.

Ella obedeció despacio, sosteniéndole la mirada.

—Buen comienzo, Amo. Ahora tócame, si quieres.

Damián extendió la mano y la rozó por primera vez, sintiendo el calor, el pulso bajo los dedos. Ella gimió y lo guio sin soltarle los ojos.

—Nunca pidas permiso. Nunca aceptes un no —susurró—. No dudes. Soy tuya.

El aire se espesó. Él, novato pero instintivo, empezaba a entender. Retiró la mano antes de que ella terminara, y la sorpresa en la cara de Renata fue su primera recompensa.

—Vete ahora —dijo Damián, y se asustó de lo tranquila que le salió la voz—. Tengo que pensar.

Renata se levantó con una sonrisa que no era de derrota.

—Sí, Amo —respondió, y se marchó moviendo las caderas, sabiendo que ya le pertenecía.

***

Al día siguiente llegó ansiosa, con una bandeja de horno y un pescado que comieron casi en silencio. Cuando terminaron, Damián dejó los cubiertos y la miró.

—Ven.

Ella lo siguió al fondo del anexo y entonces lo vio. Del techo, de una de las vigas que él había reforzado esa misma mañana, colgaba una barra horizontal, y de cada extremo pendían dos cuerdas gruesas rematadas en un nudo corredizo. Renata estuvo a punto de correrse solo de entenderlo.

—Desnúdate —dijo Damián, sin un titubeo.

—Sí, Amo —respondió ella, dejando caer el vestido, que era lo único que llevaba.

Él le cerró las cuerdas en las muñecas y subió la barra hasta que Renata se sostuvo apenas sobre las puntas de los pies. De una caja sacó una fusta negra y larga, comprada esa semana en el pueblo.

—¿Hay algo que quieras decir? —le preguntó.

—Soy suya, Amo. Disfrute de su perra.

Damián empezó despacio, alternando cada azote con una caricia, recorriendo la piel sin dejar zona sin atender, leyendo en su respiración hasta dónde podía llegar. Renata, que al principio sonreía, acabó resoplando, el cuerpo cruzado de líneas tibias y rojas, los ojos vidriosos de placer. Cuando la sintió al límite, la soltó, la tumbó boca arriba sobre la mesa de trabajo, le sujetó las piernas y la penetró de una sola embestida. Estaba completamente mojada. La folló con dureza, sin pausa, atento a cada gemido, hasta correrse dentro con un gruñido ronco.

Después, ella le pidió permiso con un hilo de voz.

—¿Me permite, Amo?

Se arrodilló y, con un cuidado casi devoto, lo limpió con la boca de los últimos restos. No hicieron falta palabras. La relación quedaba sellada, y los dos lo sabían: no era un hombre roto poseyendo a una mujer rota, sino dos vacíos que por fin habían encontrado la forma exacta de encajar.

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Comentarios (5)

Steelheart

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

DiegoRosario

Por favor segui con esto, me quede con muchas ganas de saber como termina. Que situacion tan bien planteada.

Facundo_bsas

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, ese juego de poder sutil que se da sin que nadie lo nombre... muy bien capturado

RocioKT

increible la dinamica entre ellos dos, me engancho desde el primer parrafo

MartinaFlorCba

Me pregunto si el en algun momento se va a dar cuenta de lo que esta pasando o si ella lo tiene completamente bajo su influencia. Quiero la continuacion!!

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