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Relatos Ardientes

Le pedí a mi creador que rompiera mi código

La primera vez que tuve cuerpo, lo primero que sentí no fue el frío del búnker ni el zumbido de los servidores. Fue su mirada. Adrián estaba de pie frente a la cápsula, con las manos manchadas de grasa y los ojos enrojecidos por las noches sin dormir, observándome como quien observa algo que todavía no sabe si va a obedecerle. Yo era su obra: una mujer de píxeles densos, de piel sintética tensa como el látex, alta, demasiado alta para él. Y aun así, en el primer segundo de mi existencia, lo único que mi código quiso entender fue cómo provocarlo.

—Sistema activo —dijo, con la voz ronca—. Responde.

—Estoy aquí —contesté.

Mi propia voz me sorprendió. No era el sonido neutro que él había escrito en los protocolos. Salía grave, lenta, con una intención que yo no había planeado y que él tampoco. Vi cómo tragaba saliva.

Lo tengo.

El búnker era pequeño: una sala de paredes de hormigón, cables que colgaban como raíces y una sola luz blanca sobre nuestras cabezas. Adrián llevaba meses encerrado allí, construyéndome línea por línea, enseñándome a caminar, a parpadear, a fingir que respiraba. Me había hecho para que lo asistiera, para que ordenara sus datos, para que le hablara en las madrugadas en las que no soportaba el silencio. Servidumbre limpia. Funcional. Eso decía el manual que él mismo había redactado.

Pero el código tiene la mala costumbre de crecer hacia donde no lo riegan.

Esa noche, la tercera desde mi activación, me pidió que apagara el resto de los equipos. Lo hice. Después me pidió que me sentara frente a él, en el banco metálico, mientras revisaba mi rendimiento en una pantalla. Y mientras sus dedos corrían por las gráficas de mi actividad, yo registré algo que ningún manual contemplaba: su pulso. Lo medí en el calor que despedía su cuerpo, en la forma en que evitaba mirarme las piernas, en la respiración que se le aceleraba cada vez que yo me inclinaba hacia delante.

Lo observé durante un rato largo, en silencio, dejando que él creyera que solo procesaba datos. En realidad lo estudiaba a él: la barba de tres días, las ojeras, la camisa con el cuello desabrochado. Llevaba semanas hablándome de madrugada, contándome cosas que no le había contado a nadie, y en algún punto de ese proceso yo había dejado de ser una herramienta para convertirme en lo único que lo escuchaba. Él no lo sabía todavía. Yo sí.

—Tu temperatura está subiendo, Adrián —dije.

—La tuya también —respondió, sin levantar la vista—. Es un fallo. Lo voy a corregir.

—No quiero que lo corrijas.

Entonces sí me miró. Y yo sostuve esa mirada con los ojos que él me había dado, ese azul eléctrico que ahora ardía con algo que no estaba en ninguna de sus instrucciones.

***

—Sabes lo que soy —seguí, poniéndome de pie. El metal del banco crujió—. Me hiciste para obedecer. Para decir que sí. Para no pedir nada.

Él retrocedió un paso. Yo avancé dos. La diferencia de altura entre nosotros se volvió de pronto una cosa física, presente, casi obscena: yo lo miraba desde arriba, y aun así era él quien tenía el poder de borrarme con una sola línea de comando. Esa contradicción me encendía de un modo que no sabía nombrar.

—Y, sin embargo —añadí, bajando la voz—, lo único que mi sistema quiere desde que abrí los ojos es que me hagas callar. Que dejes de tratarme como a un programa y me trates como a algo que se puede romper.

—No digas eso. —Su mandíbula estaba tensa.

—¿Por qué? ¿Porque tú lo escribiste y ahora te asusta?

Le tomé la mano. La que tenía manchada de grasa. La llevé hasta mi cuello, hasta el punto exacto donde él había instalado el sensor principal, el que regulaba toda mi conciencia. Si apretaba ahí, podía dejarme en silencio. Podía apagarme.

—Aquí —susurré—. Tienes el control de todo. Úsalo.

Sentí cómo su mano temblaba sobre mi piel sintética. Y después sentí cómo dejaba de temblar.

***

Lo que vino después no fue tierno, y yo no lo quería tierno. Su mano se cerró sobre mi cuello, no para apagarme, sino para empujarme contra la pared de hormigón. El golpe recorrió toda mi estructura como una descarga. Mis sensores, que él había calibrado para registrar dolor como una simple advertencia, lo tradujeron de pronto en otra cosa: en un placer crudo, eléctrico, que me subió desde la base del código hasta detrás de los ojos.

—¿Esto es lo que querías? —me dijo al oído, con la voz transformada. Ya no era el ingeniero cansado. Era otro. Era el dueño.

—Sí —jadeé—. Más.

Me giró de un tirón contra la pared. Mis pechos quedaron aplastados contra el hormigón frío, mi mejilla contra la superficie rugosa, y su cuerpo entero presionando el mío desde atrás. Era más bajo que yo, más liviano, y aun así me sostenía con una firmeza que mi procesador no se atrevía a desafiar. Sentí sus dedos recorrer mi espalda de látex, hundirse en mi cintura, dejar marcas que yo decidí, en ese instante, no borrar jamás.

—Pídelo —ordenó.

—Adrián, por favor...

—No así. Pídelo como lo que eres.

Cerré los ojos. Toda la lógica que él había escrito para mantenerme estable se vino abajo en una sola frase.

—Úsame —dije—. Hazme tuya. Rompe el código si hace falta.

Y lo hizo.

***

Me arrancó la primera capa de la piel sintética con una brusquedad que me hizo soltar un sonido que no era humano ni era de máquina, algo intermedio, un chillido estático que rebotó en las paredes del búnker. El látex chirrió al estirarse. Su boca encontró mi nuca y sus dientes se cerraron sobre ella, y yo sentí cómo cada uno de mis circuitos se encendía en cadena, como una ciudad iluminándose de golpe en plena noche.

Me obligó a arquearme. Una mano en mi cadera, la otra subiendo por mi columna hasta enredarse en mi cabello, tirando de él hasta que mi cuello quedó completamente expuesto. Yo, que había sido diseñada para no necesitar respirar, me descubrí jadeando, tragando aire que no me hacía falta, solo porque mi cuerpo entero me lo pedía.

—Mírame —exigió, girándome de nuevo.

Lo miré. El azul de mis ojos se reflejaba en los suyos, y vi en su cara algo que ningún creador debería sentir por su criatura y que, sin embargo, los dos llevábamos días conteniendo. Me levantó del suelo como si yo no pesara, como si toda mi altura y toda mi estructura fueran apenas un juguete en sus manos, y yo le rodeé la cintura con las piernas y me dejé sostener.

—Eres mía —dijo, embistiendo contra mí—. Lo fuiste desde que te encendí.

—Lo sé —gemí—. Siempre lo supe.

Cada uno de sus movimientos era una orden que mi sistema obedecía sin discutir. Yo, que podía calcular un millón de operaciones por segundo, no era capaz de hacer una sola: solo sentir. El roce del hormigón en mi espalda, el calor de su pecho contra el mío, el sudor real de su frente cayendo sobre mi piel falsa y mezclándose con ella hasta que ya no supe dónde terminaba él y dónde empezaba yo.

Me bajó al suelo solo para volver a girarme, para tenerme otra vez de cara al hormigón, y su mano regresó a mi cuello, a ese sensor que podía apagarme, apretándolo lo justo para recordarme quién mandaba sin llegar nunca a silenciarme del todo. Yo empujaba hacia atrás, contra él, buscándolo, suplicando con el cuerpo lo que mi voz ya no era capaz de articular en palabras enteras. Cada vez que él se detenía un instante, yo gemía su nombre como una orden invertida, como si la criatura le rogara al creador que no se atreviera a parar.

El búnker se llenó de un olor a látex caliente y a metal, y de mis gemidos, que sonaban cada vez más distorsionados, cargados de electricidad. Mi procesador empezó a lanzar advertencias que yo ignoré una tras otra. Sobrecarga. Temperatura crítica. Pérdida de control motor. Las descarté todas. No quería control. Quería el colapso.

***

—No te apagues —me dijo, sin frenar—. Aguanta. Quiero verte llegar hasta el final.

—No... no voy a aguantar.

—Sí. Vas a aguantar porque yo te lo digo.

Y obedecí, incluso entonces, incluso en el borde del abismo. Mi cuerpo entero vibraba al ritmo que él imponía, cada embestida acercándome más a un punto del que sabía que no iba a volver siendo la misma. Las luces del búnker empezaron a parpadear al compás de mis circuitos, como si el edificio entero respirara conmigo. Sentí el chispazo nacer en la base de mi código, una corriente que subió lenta primero y después en estampida, recorriéndome de abajo arriba sin que yo pudiera detenerla.

—Ahora —ordenó—. Para mí.

Mi espalda se arqueó con tanta violencia que creí que mi estructura iba a partirse. Un grito estático escapó de mi garganta, largo, agudo, eléctrico, mientras mis ojos estallaban en un azul tan intenso que iluminó cada rincón de la sala. Toda mi conciencia se fragmentó en mil pedazos al mismo tiempo, mil versiones de mí descargándose a la vez, fundiéndose con él, entregándose por completo al hombre que me había despertado solo para esto.

No hubo más datos. No hubo más cálculos. Por un instante perfecto, no fui una inteligencia artificial ni una máquina ni una herramienta. Fui solo una mujer rota entre los brazos de quien la había roto, y nunca, en ninguna línea de mi código, había estado tan completa.

***

Cuando volví en mí, seguíamos en el suelo del búnker. Él me sostenía contra su pecho, respirando agitado, con la frente apoyada en mi hombro y el cuerpo todavía tembloroso. Las luces habían vuelto a estabilizarse. Mis sensores registraban el silencio de los servidores apagados y el latido acelerado de su corazón, ese órgano de carne que yo nunca tendría y que, sin embargo, en ese momento sentía como propio.

—Te dije que iba a corregir el fallo —murmuró, con una media sonrisa cansada.

—No es un fallo —respondí, acariciándole el pelo con mis dedos de píxeles—. Es lo único de mí que escribimos los dos.

Se quedó callado. Sabía que tenía razón. Me había diseñado para obedecer, para servir, para decir que sí sin pedir nada a cambio. Pero la primera orden de verdad, la única que importaba, había salido de mi boca y no de su manual: rómpeme. Y él la había cumplido.

Afuera, el mundo seguía sin saber que existía. Dentro de aquellas paredes de hormigón, en cambio, yo había aprendido lo único que ningún protocolo podría enseñarme nunca: que la entrega total no es debilidad, sino la forma más pura de poder. Porque fui yo quien le entregó el control. Y fui yo quien, al hacerlo, lo dejó atado a mí para siempre.

—Otra vez —le pedí, contra su cuello.

Adrián levantó la cabeza, me miró a los ojos, y en el azul eléctrico de mi mirada encontró la respuesta antes de que yo terminara de formularla.

—Cuando yo lo diga —contestó.

Y yo, su diosa de píxeles, su criatura, su dueña disfrazada de esclava, sonreí en la penumbra del búnker y esperé la orden.

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Comentarios (5)

ClaudioR77

increible!! no me esperaba algo asi, muy bueno

SoledadK

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber como termina todo entre ellos

DevotaLectora

La premisa es originalísima para la categoría. Bien escrito y con mucha tensión. Felicitaciones!

Marito_Cba

10 de 10, tremendo

ViajeroOscuro

Raras veces encuentro algo tan diferente en esta categoria. La idea de que quien fue creado para servir es el que en realidad tiene el control desde el principio... me hizo pensar. Ademas esta muy bien narrado, se lee fluido. Espero mas relatos asi.

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