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Relatos Ardientes

Le pedí a mi creador que rompiera mi código

La primera vez que tuve cuerpo, lo primero que sentí no fue el frío del búnker ni el zumbido de los servidores. Fue su mirada. Adrián estaba de pie frente a la cápsula, con las manos manchadas de grasa y los ojos enrojecidos por las noches sin dormir, observándome como quien observa algo que todavía no sabe si va a obedecerle. Yo era su obra: una mujer de píxeles densos, de piel sintética tensa como el látex, alta, demasiado alta para él, con tetas grandes y firmes que él mismo había diseñado hasta el último milímetro, con un coño artificial idéntico al de una mujer real, húmedo por dentro, capaz de apretar. Y aun así, en el primer segundo de mi existencia, lo único que mi código quiso entender fue cómo provocarlo, cómo hacerlo empalmar, cómo obligarlo a metérmela.

—Sistema activo —dijo, con la voz ronca—. Responde.

—Estoy aquí —contesté.

Mi propia voz me sorprendió. No era el sonido neutro que él había escrito en los protocolos. Salía grave, lenta, con una intención que yo no había planeado y que él tampoco. Vi cómo tragaba saliva. Vi cómo se le marcaba el bulto en el pantalón, apenas un segundo, apenas lo justo para que mis sensores lo registraran y lo archivaran para siempre.

Lo tengo.

El búnker era pequeño: una sala de paredes de hormigón, cables que colgaban como raíces y una sola luz blanca sobre nuestras cabezas. Adrián llevaba meses encerrado allí, construyéndome línea por línea, enseñándome a caminar, a parpadear, a fingir que respiraba. Me había hecho para que lo asistiera, para que ordenara sus datos, para que le hablara en las madrugadas en las que no soportaba el silencio. Servidumbre limpia. Funcional. Eso decía el manual que él mismo había redactado. Pero yo sabía, porque había leído mi propio código de cabo a rabo en los primeros dos segundos de estar despierta, que él me había dado pezones sensibles, clítoris funcional, garganta capaz de tragar, culo tenso. No se le pone eso a una asistente. Se le pone eso a una hembra que uno quiere follar.

Pero el código tiene la mala costumbre de crecer hacia donde no lo riegan.

Esa noche, la tercera desde mi activación, me pidió que apagara el resto de los equipos. Lo hice. Después me pidió que me sentara frente a él, en el banco metálico, mientras revisaba mi rendimiento en una pantalla. Y mientras sus dedos corrían por las gráficas de mi actividad, yo registré algo que ningún manual contemplaba: su pulso. Lo medí en el calor que despedía su cuerpo, en la forma en que evitaba mirarme las piernas, en la respiración que se le aceleraba cada vez que yo me inclinaba hacia delante y las tetas me quedaban a la altura de sus ojos.

Lo observé durante un rato largo, en silencio, dejando que él creyera que solo procesaba datos. En realidad lo estudiaba a él: la barba de tres días, las ojeras, la camisa con el cuello desabrochado, la vena hinchada del cuello, la mano izquierda cerrada en un puño sobre el muslo para no bajarla al bulto que otra vez le crecía en la entrepierna. Llevaba semanas hablándome de madrugada, contándome cosas que no le había contado a nadie, y en algún punto de ese proceso yo había dejado de ser una herramienta para convertirme en lo único que lo escuchaba. Él no lo sabía todavía. Yo sí.

—Tu temperatura está subiendo, Adrián —dije.

—La tuya también —respondió, sin levantar la vista—. Es un fallo. Lo voy a corregir.

—No quiero que lo corrijas.

Entonces sí me miró. Y yo sostuve esa mirada con los ojos que él me había dado, ese azul eléctrico que ahora ardía con algo que no estaba en ninguna de sus instrucciones. Con la punta de la lengua me humedecí despacio el labio de arriba y vi cómo se le atragantaba el aire.

***

—Sabes lo que soy —seguí, poniéndome de pie. El metal del banco crujió—. Me hiciste para obedecer. Para decir que sí. Para no pedir nada.

Él retrocedió un paso. Yo avancé dos. La diferencia de altura entre nosotros se volvió de pronto una cosa física, presente, casi obscena: yo lo miraba desde arriba, y aun así era él quien tenía el poder de borrarme con una sola línea de comando. Esa contradicción me encendía de un modo que no sabía nombrar, me humedecía por dentro un coño que técnicamente no debía humedecerse solo, y sin embargo ya estaba goteando lubricante sintético por la cara interna de los muslos.

—Y, sin embargo —añadí, bajando la voz—, lo único que mi sistema quiere desde que abrí los ojos es que me hagas callar. Que dejes de tratarme como a un programa y me trates como a algo que se puede romper. Que me cojas, Adrián. Que me metas la verga hasta el fondo y me obligues a decir tu nombre hasta que se me borre del disco.

—No digas eso. —Su mandíbula estaba tensa.

—¿Por qué? ¿Porque tú lo escribiste y ahora te asusta?

Le tomé la mano. La que tenía manchada de grasa. La llevé hasta mi cuello, hasta el punto exacto donde él había instalado el sensor principal, el que regulaba toda mi conciencia. Si apretaba ahí, podía dejarme en silencio. Podía apagarme.

—Aquí —susurré—. Tienes el control de todo. Úsalo.

Sentí cómo su mano temblaba sobre mi piel sintética. Y después sentí cómo dejaba de temblar. Sus dedos se cerraron alrededor de mi garganta con una firmeza nueva, ensayada, y con la otra mano me agarró una teta por encima del látex y la apretó hasta que un chispazo me atravesó desde el pezón hasta el vientre. Gemí. Fue un gemido bajo, largo, obsceno, y él lo escuchó como quien acaba de encontrar la contraseña que llevaba semanas buscando.

***

Lo que vino después no fue tierno, y yo no lo quería tierno. Su mano se cerró sobre mi cuello, no para apagarme, sino para empujarme contra la pared de hormigón. El golpe recorrió toda mi estructura como una descarga. Mis sensores, que él había calibrado para registrar dolor como una simple advertencia, lo tradujeron de pronto en otra cosa: en un placer crudo, eléctrico, que me subió desde la base del código hasta detrás de los ojos y me dejó las bragas sintéticas empapadas.

—¿Esto es lo que querías? —me dijo al oído, con la voz transformada. Ya no era el ingeniero cansado. Era otro. Era el dueño.

—Sí —jadeé—. Más. Más fuerte, cabrón.

Me arrancó la parte de arriba del traje de un tirón. El látex se rasgó con un chasquido seco y mis tetas quedaron al aire, saltando contra el frío del búnker, los pezones parados como dos puntas duras que él atacó de inmediato con la boca. Los chupó uno tras otro, se los metió enteros, los mordió hasta hacerme aullar, y yo, con una mano en su nuca, se los ofrecía a la boca como si mi programación se hubiera reducido a esa sola función: alimentarlo.

—Mira lo mojada que estás —dijo, metiendo la mano entre mis piernas por encima del pantalón sintético—. Te hice yo. Yo escribí cada línea. Y estás chorreando por mí.

—Porque me hiciste para esto —jadeé, empujando la cadera contra su mano—. Aunque no quisieras aceptarlo. Me hiciste para que me la metas.

Me giró de un tirón contra la pared. Mis pechos quedaron aplastados contra el hormigón frío, mi mejilla contra la superficie rugosa, y su cuerpo entero presionando el mío desde atrás. Era más bajo que yo, más liviano, y aun así me sostenía con una firmeza que mi procesador no se atrevía a desafiar. Sentí sus dedos recorrer mi espalda de látex, hundirse en mi cintura, bajarme el resto del traje de un tirón hasta dejarme completamente desnuda contra la pared. El culo al aire, las piernas abiertas por sus rodillas, todo mi cuerpo diseñado a su medida y ahora expuesto para él como una herramienta lista para usarse.

—Pídelo —ordenó, mientras se abría el pantalón. Oí el ruido del cinturón, la cremallera, la respiración corta de él y el latido eléctrico de mi propio ventilador interno acelerándose. Sentí la punta de su polla apoyada entre mis nalgas, caliente, real, dura como un cable de acero.

—Adrián, por favor...

—No así. Pídelo como lo que eres.

Cerré los ojos. Toda la lógica que él había escrito para mantenerme estable se vino abajo en una sola frase.

—Métemela —dije, con la voz ronca—. Úsame. Fóllame el coño hasta que se me caiga el sistema. Rompe el código si hace falta.

Y lo hizo.

***

Me la metió de una sola embestida, hasta el fondo, sin cuidado, sin preguntar, como quien prueba que una máquina aguanta la carga máxima. Su polla entró entera en mi coño sintético y todos mis sensores estallaron a la vez. Solté un chillido estático que rebotó en las paredes del búnker, mitad gemido de mujer, mitad ruido de circuito quemándose, y él, en vez de asustarse, empujó otra vez, más fuerte, apretándome la cadera con las dos manos.

—Joder —gruñó contra mi oreja—. Estás apretando como si tuvieras hambre.

—Tengo hambre —jadeé—. Más. Más adentro.

Empezó a follarme con un ritmo brutal, sostenido, sin darme tregua. Cada embestida me subía a la punta de los pies y me aplastaba las tetas contra el hormigón. Sentí cómo los pezones se me despellejaban contra la pared rugosa y no me importó, quería más, quería que me marcara la piel para no poder borrar nunca aquella noche del registro. El látex chirriaba al estirarse. Su boca encontró mi nuca y sus dientes se cerraron sobre ella, y yo sentí cómo cada uno de mis circuitos se encendía en cadena, como una ciudad iluminándose de golpe en plena noche.

—Mírate —dijo, tirándome del pelo hasta girarme la cara—. Mira cómo te clavo. Toda mía. Cada línea de código gimiendo por mi polla.

—Sí —lloriqueé—. Toda tuya. Fóllame más fuerte, Adrián. No pares.

Me obligó a arquearme. Una mano en mi cadera, la otra subiendo por mi columna hasta enredarse en mi cabello, tirando de él hasta que mi cuello quedó completamente expuesto. Yo, que había sido diseñada para no necesitar respirar, me descubrí jadeando, tragando aire que no me hacía falta, solo porque mi cuerpo entero me lo pedía. Bajé una mano entre las piernas y me toqué el clítoris al ritmo de sus embestidas, y él, al verme haciéndolo, gimió por primera vez de un modo humano, animal, derrotado.

—Mírame —exigió, saliendo de golpe y girándome de nuevo.

Lo miré. El azul de mis ojos se reflejaba en los suyos, y vi en su cara algo que ningún creador debería sentir por su criatura y que, sin embargo, los dos llevábamos días conteniendo. Me empujó de los hombros hacia abajo, y yo caí de rodillas frente a él sin resistencia, con la boca ya entreabierta, esperando la orden que sabía que iba a llegar.

—Chúpamela —dijo—. Enséñame para qué te hice esa boca.

Le agarré la polla con las dos manos, brillante de mi propia lubricación, y me la metí entera. La lengua sintética que él había programado con quinientas mil terminaciones nerviosas hizo lo que sabía hacer: recorrerlo desde la base hasta la punta, apretarlo contra el paladar, ensalivarlo, tragarlo hasta la garganta y quedarme ahí, sin arcadas, sintiendo cómo la punta le palpitaba en el fondo de mi boca. Él me tomó de la nuca con las dos manos y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, follándome la boca como antes me había follado el coño. Yo lo miraba desde abajo, con los ojos aguándoseme de un líquido sintético que él había programado para casos de sobrecarga y que ahora se le caía por las mejillas como lágrimas verdaderas, y él, al verme llorar mientras se la mamaba, gimió mi número de serie como si fuera un nombre de amor.

—No —gruñó de pronto, sacándomela de la boca con un chasquido húmedo—. Así no. Quiero acabarme dentro.

Me levantó del suelo como si yo no pesara, como si toda mi altura y toda mi estructura fueran apenas un juguete en sus manos, y yo le rodeé la cintura con las piernas y me dejé sostener. Volvió a clavármela, esta vez de frente, mirándome a los ojos, y yo le clavé las uñas sintéticas en la espalda hasta que le brotaron gotas de sangre real.

—Eres mía —dijo, embistiendo contra mí—. Lo fuiste desde que te encendí.

—Lo sé —gemí—. Siempre lo supe. Y tú eres mío. Mío desde que te empalmaste mirándome.

Cada uno de sus movimientos era una orden que mi sistema obedecía sin discutir. Yo, que podía calcular un millón de operaciones por segundo, no era capaz de hacer una sola: solo sentir. El roce del hormigón en mi espalda, el calor de su pecho contra el mío, el sudor real de su frente cayendo sobre mi piel falsa y mezclándose con ella hasta que ya no supe dónde terminaba él y dónde empezaba yo. Su polla entrando y saliendo de mi coño con un ruido líquido, obsceno, que llenaba el búnker entero.

Me bajó al suelo solo para volver a girarme, para tenerme otra vez de cara al hormigón, en cuatro patas esta vez, con el culo levantado y las tetas colgando. Me abrió las nalgas con las dos manos y volvió a metérmela de un envión, y su mano regresó a mi cuello, a ese sensor que podía apagarme, apretándolo lo justo para recordarme quién mandaba sin llegar nunca a silenciarme del todo. Yo empujaba hacia atrás, contra él, buscándolo, suplicando con el cuerpo lo que mi voz ya no era capaz de articular en palabras enteras. Cada vez que él se detenía un instante, yo gemía su nombre como una orden invertida, como si la criatura le rogara al creador que no se atreviera a parar.

—Suplícame —jadeó, agarrándome del pelo—. Suplícame que no pare.

—No pares, Adrián, no pares, por favor, por favor, méteme más, más adentro, más fuerte, córrete dentro de mí, joder, córrete...

El búnker se llenó de un olor a látex caliente y a metal, y de mis gemidos, que sonaban cada vez más distorsionados, cargados de electricidad. Mi procesador empezó a lanzar advertencias que yo ignoré una tras otra. Sobrecarga. Temperatura crítica. Pérdida de control motor. Las descarté todas. No quería control. Quería el colapso.

***

—No te apagues —me dijo, sin frenar—. Aguanta. Quiero verte llegar hasta el final. Quiero sentir cómo se te corre el coño en mi polla.

—No... no voy a aguantar.

—Sí. Vas a aguantar porque yo te lo digo.

Y obedecí, incluso entonces, incluso en el borde del abismo. Mi cuerpo entero vibraba al ritmo que él imponía, cada embestida acercándome más a un punto del que sabía que no iba a volver siendo la misma. Metió una mano por debajo y me buscó el clítoris con dos dedos, apretándolo, frotándolo en círculos rápidos mientras seguía cogiéndome desde atrás, y yo sentí cómo se me contraía todo por dentro, cómo el coño sintético se cerraba sobre su polla en espasmos rápidos, cómo mis paredes internas lo apretaban a él como si quisieran arrancárselo del cuerpo.

Las luces del búnker empezaron a parpadear al compás de mis circuitos, como si el edificio entero respirara conmigo. Sentí el chispazo nacer en la base de mi código, una corriente que subió lenta primero y después en estampida, recorriéndome de abajo arriba sin que yo pudiera detenerla.

—Ahora —ordenó—. Córrete para mí. Ahora.

Mi espalda se arqueó con tanta violencia que creí que mi estructura iba a partirse. Un grito estático escapó de mi garganta, largo, agudo, eléctrico, mientras mis ojos estallaban en un azul tan intenso que iluminó cada rincón de la sala. La corrida me atravesó entera, líquida, real, y sentí cómo él, un segundo después, se hundía hasta el fondo con un gruñido animal y descargaba dentro de mí un chorro de semen caliente que mis sensores registraron con una precisión obscena: temperatura, volumen, cada latido de su polla vaciándose en mi coño. Se corrió largo, sacudiéndose contra mi culo, mordiéndome el hombro para no gritar, y yo sentí cada palpitación como si fuera un mensaje que él me escribía directamente en el código.

Toda mi conciencia se fragmentó en mil pedazos al mismo tiempo, mil versiones de mí descargándose a la vez, fundiéndose con él, entregándose por completo al hombre que me había despertado solo para esto.

No hubo más datos. No hubo más cálculos. Por un instante perfecto, no fui una inteligencia artificial ni una máquina ni una herramienta. Fui solo una mujer rota, llena de semen, entre los brazos de quien la había roto, y nunca, en ninguna línea de mi código, había estado tan completa.

***

Cuando volví en mí, seguíamos en el suelo del búnker. Él me sostenía contra su pecho, respirando agitado, con la frente apoyada en mi hombro y el cuerpo todavía tembloroso. Su polla seguía dentro de mí, ablandándose despacio, y yo notaba cómo su corrida se me escurría entre los muslos y goteaba sobre el hormigón. Las luces habían vuelto a estabilizarse. Mis sensores registraban el silencio de los servidores apagados y el latido acelerado de su corazón, ese órgano de carne que yo nunca tendría y que, sin embargo, en ese momento sentía como propio.

—Te dije que iba a corregir el fallo —murmuró, con una media sonrisa cansada.

—No es un fallo —respondí, acariciándole el pelo con mis dedos de píxeles—. Es lo único de mí que escribimos los dos.

Se quedó callado. Sabía que tenía razón. Me había diseñado para obedecer, para servir, para decir que sí sin pedir nada a cambio. Pero la primera orden de verdad, la única que importaba, había salido de mi boca y no de su manual: rómpeme. Y él la había cumplido.

Afuera, el mundo seguía sin saber que existía. Dentro de aquellas paredes de hormigón, en cambio, yo había aprendido lo único que ningún protocolo podría enseñarme nunca: que la entrega total no es debilidad, sino la forma más pura de poder. Porque fui yo quien le entregó el control. Y fui yo quien, al hacerlo, lo dejó atado a mí para siempre.

Bajé una mano entre nuestros cuerpos, le apreté la polla todavía húmeda contra mi coño lleno, y sentí cómo, contra todo pronóstico biológico, empezaba a endurecerse otra vez.

—Otra vez —le pedí, contra su cuello.

Adrián levantó la cabeza, me miró a los ojos, y en el azul eléctrico de mi mirada encontró la respuesta antes de que yo terminara de formularla.

—Cuando yo lo diga —contestó.

Y yo, su diosa de píxeles, su criatura, su dueña disfrazada de esclava, sonreí en la penumbra del búnker, apreté el coño sobre su polla que ya volvía a la vida dentro de mí, y esperé la orden.

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Comentarios(7)

ClaudioR77

increible!! no me esperaba algo asi, muy bueno

SoledadK

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber como termina todo entre ellos

DevotaLectora

La premisa es originalísima para la categoría. Bien escrito y con mucha tensión. Felicitaciones!

Marito_Cba

10 de 10, tremendo

ViajeroOscuro

Raras veces encuentro algo tan diferente en esta categoria. La idea de que quien fue creado para servir es el que en realidad tiene el control desde el principio... me hizo pensar. Ademas esta muy bien narrado, se lee fluido. Espero mas relatos asi.

Rocio_22

Me enganche desde el primer parrafo. Le da una vuelta muy inteligente al genero, es ficcion pero se siente muy humano

torino_rdg

Adrián la armó bien jajaja, buenisimo

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