Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El amo del mundo que se arrodilló ante mí

Era una noche de lluvia sobre Buenos Aires cuando recibí el mensaje por los canales habituales de Seda Carmesí. Un nuevo cliente. Sin nombre, sin historial, solo una nota: «perfil muy especial, discreción absoluta, paga lo que sea». En mi trabajo, ese tipo de cliente tiene dos caras posibles: o está muy roto por dentro, o tiene mucho que esconder. A veces las dos cosas a la vez.

Acepté, por supuesto. Siempre me atraen los misterios envueltos en poder y desesperación.

El apartamento privado de Palermo quedó listo a las diez de la noche: luces ámbar bajas, la cruz de San Andrés en posición, el juego de cuerdas ordenado sobre la mesa auxiliar. Cuando llegó, ya estaba esperándolo. Alto, de espaldas anchas, con esa tensión en los hombros que se nota en los hombres que nunca se relajan del todo. Cicatrices en el cuello. Manos grandes, nudillos marcados por una historia que nadie contaba en voz alta. Se desnudó despacio, sin prisa, como si el cuerpo fuera una armadura que se quita por protocolo y no por comodidad.

Lo miré con la calma profesional de siempre. Evaluando. Mandíbula apretada, mirada desafiante que escondía algo más blando detrás. Semierecto por la anticipación nerviosa, no por deseo real todavía.

—Buenas noches —dije, voz calma pero firme—. Puedes llamarme Amo si quieres. ¿Estás listo?

No respondió. Asintió, seco, como si siguiera creyendo que mandaba él.

Me acerqué, oliendo su tensión.

—Respirá hondo. Esta noche no mandás vos. Mando yo. Si algo no te gusta, decí «rojo» y paramos al instante. ¿Entendido?

Otro asentimiento. Empecé con lo básico: muñecas y tobillos en las correas acolchadas de la cruz. En cuanto cerré el último broche, sentí cómo jalaba contra la restricción, probando, luchando. Un destello de pánico genuino cruzó sus ojos.

—Estás muy tenso —observé, pasando la mano por su hombro y sintiendo músculos como cables de acero—. Así no funciona. Necesitás soltarte un poco. ¿Querés contarme qué te trajo aquí?

—No.

Orgulloso y roto. La combinación perfecta.

Empecé con la pala de cuero: impacto suave al principio sobre esas nalgas firmes. El primer golpe lo tensó más todavía, un shock que no esperaba. Respiraba entrecortado, resistiendo.

—Respirá —repetí, sin apuro—. Sentí el golpe. No pelees con él. Dejalo entrar.

Segundo golpe. Tercero. El ardor se extendía y él seguía peleando en silencio, la mandíbula apretada, la espalda rígida.

—Te estás resistiendo demasiado —dije, deteniendo la pala—. Es normal la primera vez. Pero si seguís así, no vas a sentir nada más que frustración. ¿Querés que pare?

Negó con la cabeza. La voz le salió ronca.

—No. Seguí.

Bien. La primera grieta.

—Entonces confiá. Dejame guiarte.

Pasé a las pinzas en los pezones: suaves primero, solo lo suficiente para que el cuerpo tomara nota. Jadeó, arqueándose contra las correas. Y ahí fue cuando su cuerpo lo traicionó: esa primera rendición involuntaria que la mente no puede controlar.

Añadí el vibrador pequeño en la base del miembro, ya completamente erecto y delatándolo. Un gemido bajo. El muro empezaba a agrietarse.

—Estás empezando a soltarte —susurré—. Bien. No lo controles. Solo aceptalo.

Lo masturbé despacio mientras seguía con los golpes, alternando nalgas y muslos. Al principio luchaba: la mente gritando resistencia, el cuerpo cediendo por su cuenta. Pero poco a poco la lucha se fue apagando. El orgasmo llegó violento, un grito ahogado, los ojos brillantes de algo que no era solo placer, el cuerpo convulsionando contra las correas de cuero.

Lo solté con cuidado. Quité las pinzas —otro gemido al soltar la presión— y masajeé la piel enrojecida con calma.

—Buena primera vez —dije—. ¿Cómo estás?

Me miró de frente por primera vez en toda la noche.

—Otra sesión. Ahora. Una hora igual.

Fruncí el ceño.

—No. Acabás de terminar. Tu cuerpo y tu mente necesitan procesar esto. No es seguro repetir tan pronto.

Se incorporó, y en un instante volvió a ser el otro: espalda derecha, mandíbula dura, ojos fríos como la última semana de julio.

—Te pago el doble. El triple si hace falta. Puedo aguantar. Necesito esto ahora.

Lo evaluó. Esa desesperación no era de alguien que quería más placer. Era de alguien que necesitaba escapar de algo que no se apaga con dinero.

—¿Qué tan desesperado estás? —pregunté, bajando la voz—. Decime la verdad. ¿Qué te tiene tan partido que necesitás esto otra vez ya?

Apretó los dientes.

—No es asunto tuyo. Solo hacelo.

Me acerqué hasta quedar a centímetros de su oreja. Lo suficiente para que sintiera mi aliento en el cuello.

—Te propongo algo —susurré, ronco—. Shibari. Cuerdas de yute que te corten la piel, que te inmovilicen por completo, que te dejen colgando y expuesto como una obra de arte rota. Y cuando estés así, atado e indefenso, te follo duro. Sin piedad. Hasta que grites y supliques por más... o por menos.

Sentí su pulso acelerarse bajo la mandíbula. La desesperación era palpable, casi física. Aceptó rápido, voz firme pero traicionada por el cuerpo.

—Hacelo.

Victorioso. Mi sonrisa se amplió.

—Buen chico. Desnudate de nuevo. Y esta vez, no luches.

Obedeció, temblando apenas, el miembro endureciéndose ante la promesa. Saqué las cuerdas de yute oscuro, gruesas y ásperas.

Empecé por el torso: atado cruzado que comprimía los pectorales y rozaba los pezones todavía sensibles. Cada nudo jalaba, líneas rojas inmediatas sobre la piel. Jadeaba con cada vuelta de cuerda, la respiración cada vez más irregular.

—Respirá —ordené—. Sentí cómo te ato. Cómo te quito el control.

Intentó resistir, pero la cuerda no cedía. Brazos atrás, inmovilizados. Patrones crueles en costillas, cintura, caderas. Un tramo entre las piernas, rozando su entrada, presionando. Un gemido largo al sentirlo.

Abrí sus piernas con otro tramo de cuerda. Lubrifiqué los dedos y los deslicé dentro mientras seguía atando. Gritó bajo, el cuerpo abriéndose involuntariamente, goteando sobre el suelo. El hombre más duro de la habitación reducido a esto.

Lo elevé parcialmente. El peso jalaba de los nudos con un dolor constante y profundo que él recibía como si lo hubiera esperado toda la vida. Me coloqué detrás, lubricado.

—Pedílo —dije.

Un silencio tenso. Tres segundos. Cinco.

—Fóllame —dijo por fin, la voz rota y ronca.

Embestí de una, profundo hasta el fondo. Gritó, balanceándose, cada movimiento mío intensificando el corte de las cuerdas sobre su piel. Ritmo salvaje, tirando de un tramo de cuerda para arquearlo más, masturbándolo al compás con la mano libre. Gritaba con cada embestida, las lágrimas cayendo sin que él pareciera notarlo, el cuerpo entregado por completo a lo que la mente todavía no terminaba de aceptar. El segundo orgasmo llegó brutal: se corrió convulsionando mientras yo terminaba dentro de él con un gruñido largo y profundo.

Lo bajé despacio. Desaté cada nudo con cuidado, en orden, masajeando los brazos y los hombros a medida que liberaba la presión.

—¿Lo sentiste de verdad? —pregunté, en voz baja.

—Sí —dijo—. Por fin.

***

Se vistió con esa precisión mecánica que tienen los hombres que nunca desperdician un segundo. El cuerpo todavía le ardía por dentro. Las marcas de las cuerdas le cruzaban el torso y los muslos como tatuajes temporales de un rojo intenso que mañana serían morados oscuros. Cada vez que flexionaba los hombros para ponerse la camisa, el dolor le subía por la espalda como una caricia lenta y perversa.

Lo disfrutaba. Lo sabía. Y yo lo sabía.

Pero no iba a darme la satisfacción de verlo en su cara.

Mientras abrochaba los botones, su postura ya había cambiado. La espalda se enderezó. Los hombros se abrieron. La mandíbula se apretó hasta marcar el hueso. El hombre que hacía media hora había suplicado «más fuerte, Amo, por favor» ya no existía. En su lugar volvía el otro: el que tiene poder de decidir cosas que es mejor no saber.

Se giró hacia mí.

—Esta sesión me gustó mucho —dijo, voz baja y controlada, sin rastro de vulnerabilidad—. Quiero más iguales. Incluyendo el sexo. Sin límites que no ponga yo mismo.

Una pausa. Sus ojos oscuros clavados en los míos, midiendo mi reacción.

—Y discreción absoluta —añadió, con un tono que no era una petición—. Supongo que me reconociste. El Tigre no puede permitirse filtraciones.

Sonreí despacio, dejando que la diversión se filtrara en mi mirada. El Tigre. El nombre lo había escuchado en rumores de pasillos, en noticias que se contaban a media voz. El hombre más peligroso del submundo porteño, el que movía hilos que nadie veía y tomaba decisiones que nadie cuestionaba.

—De acuerdo —respondí, divertido—. Discreción total. Nadie va a saber que el hombre más temido de Buenos Aires viene aquí a romperse en pedazos.

Cogí la botella de whisky que había sobre la mesa y me serví dos dedos. No le ofrecí. Hablé, voz casi conversacional.

—¿Sabés qué es lo que más me llama la atención de vos?

No levantó la vista. Siguió anudando la corbata, movimientos precisos, sin prisa.

—No me interesa saberlo —respondió, tono plano.

Perfecto. Ya empezaba el juego.

—Que nadie sabe nada real de vos —continué de todos modos—. Hay rumores, claro. Que a los diecisiete ya habías enterrado a tres hombres. Que hiciste desaparecer a un fiscal entero con toda su cartera de pruebas porque alguien tocó algo que no debía. Que tenés una lista de nombres en algún lugar y que cada vez que tachás uno, te quedás solo en una azotea mirando la ciudad como si quisieras quemarla entera. Pero nada concreto. Nada que se pueda tocar.

Hizo una pausa mínima al escuchar lo de la azotea. Solo un parpadeo. Suficiente.

Continué, sin inmutarme.

—Dicen que no dormís más de tres horas seguidas. Que hay noches enteras en que no hablás con nadie. Que lloraste exactamente dos veces en los últimos diez años, y que las dos fueron por mujeres que ya no están. ¿Es cierto?

Terminó el nudo con un tirón seco. Por fin me miró. Ojos oscuros, lisos, sin fondo.

—No soy un libro abierto, Amo. —La palabra «Amo» salió con la frialdad de un cuchillo apoyado en la garganta—. Y vos no sos un lector que merezca las páginas.

Me reí por lo bajo. Me levanté, descalzo sobre el suelo de madera oscura, y me acerqué hasta quedar a un metro de él. Lo suficiente para que oliera el cuero de mis pantalones y el sudor todavía fresco en mi pecho. Lo suficiente para que sintiera la amenaza sin que yo lo tocara.

—Te equivocás —le dije—. Aquí adentro, tengo derecho a cada página que quiera leer. Y quiero saber qué hay detrás de esa máscara de hielo que te ponés cuando salís por esa puerta.

Sus pupilas no se dilataron. Su respiración no se aceleró. Esa quietud letal de depredador que ya no necesita demostrar que puede matar.

—¿Y qué esperás encontrar? —preguntó, casi aburrido—. ¿Un hombre roto? ¿Alguien que llora en la oscuridad? ¿Un alma que merece redención? —Una sonrisa mínima, afilada como vidrio roto—. Te vas a decepcionar.

Di otro paso. Tan cerca que podía ver las pequeñas gotas de sudor que todavía le perlaban la línea del nacimiento del pelo.

—Quiero saber por qué un hombre que puede tener a cualquiera de rodillas con una sola mirada elige venir aquí a ponerse de rodillas él mismo —susurré—. No me digas que es para descansar la cabeza. Eso se lo contás a los que no se atreven a hacerte la pregunta de verdad.

Sus ojos se entrecerrearon ligeramente.

—La pregunta de verdad —repitió, saboreando las palabras—. Iluminame, Amo.

—¿Qué te rompió de verdad? —pregunté sin pestañear—. Porque esto —señalé con un gesto las marcas rojas que asomaban por el cuello abierto de la camisa— no es suficiente para vos. El dolor físico lo controlás. Lo esperás. Lo usás. Pero hay algo que no controlás. Algo que te sigue comiendo vivo incluso cuando estás solo en tu ático de vidrio mirando la ciudad que aterrorizás.

Por primera vez vi un destello. Algo vivo y peligroso detrás del hielo. No ira. No vergüenza. Algo más hondo. Algo que él mismo odiaba reconocer.

—No te debo respuestas —dijo, voz baja pero firme.

—No —admití—. No me las debés. Pero las vas a dar igual. Porque si no lo hacés, no voy a poder llevarte al límite que realmente necesitás. Y eso es lo que querés, ¿no? Alguien que vea más allá del Tigre. Alguien que te obligue a sentir algo que no puedas apagar con plata, con poder o con sangre.

El Tigre no retrocedió. Pero tampoco respondió de inmediato.

En cambio, levantó una mano y me tocó el pecho con dos dedos, justo sobre el esternón. No fue una caricia. Fue una medición. Como si calculara cuánto tardaría en arrancarme el corazón si decidía que yo había cruzado la línea.

—Sos valiente —dijo por fin, casi con diversión—. O muy estúpido. La mayoría de los hombres que intentaron psicoanalizarme están en el fondo del Río de la Plata o en algún lugar que nadie va a encontrar. Los pocos que siguen vivos ya no hablan.

Retiré su mano con suavidad, pero sin dejar de mirarlo.

—No soy la mayoría. Y no quiero psicoanalizarte. Quiero romperte. Quiero que vengas aquí tantas veces que al final no sepas quién sos cuando salís por esa puerta. Quiero que me mires y no veas a un dom más de la lista. Quiero que me veas y sientas miedo. No por tu vida. Miedo de que yo sea el único que puede hacerte sentir humano otra vez... y que eso te destruya más que cualquier bala.

Silencio.

Largo.

Denso.

Y entonces vi que sus dedos temblaban ligeramente al terminar de abrocharse el último botón de la camisa. Un temblor mínimo. Casi imperceptible. Pero estaba ahí.

—No me vas a romper —dijo, y esta vez la voz salió más baja, más íntima, como si hablara consigo mismo—. Nadie me rompe. Ya estoy roto. Lo que hago aquí es... mantenimiento. Nada más.

Sonreí despacio, peligroso.

—Mantenimiento —repetí—. Bonita forma de decir que venís a llorarme en silencio mientras te ato y te follo hasta que te olvidás de respirar.

Sus ojos volvieron a ser puro hielo.

—Cuidá lo que decís, Adrián. —Usó mi nombre real por primera vez. Una advertencia clara—. Esto es un contrato. No una confesión.

Me acerqué hasta que nuestros pechos casi se tocaban.

—Entonces hagamos el contrato más interesante —susurré—. La próxima vez no hay negociación de límites. Me das todo. Todo. Y cuando estés colgando, cuando estés gritando, cuando estés llorando de verdad... me vas a decir qué fue lo que te rompió. No porque me lo merezcas. Sino porque necesitás decirlo en voz alta para seguir respirando.

El Tigre me sostuvo la mirada durante varios segundos eternos.

Luego, sin una palabra más, se puso la campera, se alisó las solapas con un movimiento casi reverente, y caminó hacia la puerta.

Antes de abrirla, se detuvo. Sin girarse.

—No soy uno de tus sumisos habituales, Amo —dijo, voz helada—. No me voy a enamorar de vos. No me voy a derrumbar en tus brazos contándote mis pesadillas. Cuando me canse de esto, simplemente voy a desaparecer. Y vos vas a ser uno más en la lista de cosas que dejé atrás.

Abrió la puerta.

—Y si intentás seguirme fuera de aquí... —una pausa, casi amable—... el Río de la Plata es muy profundo esta época del año.

La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé solo en la habitación que todavía olía a cuerda, semen y sudor.

Sonreí para mí mismo.

El Tigre.

No tenía idea de cuánto me acababa de decir sin decir nada.

Y no tenía idea de cuánto tiempo iba a tardar en darse cuenta de que ya había empezado a romperse.

Solo un poco.

Pero suficiente para volver.

Siempre volvían.

Y él iba a volver mucho más partido de lo que estaba dispuesto a admitir.

Incluso ante sí mismo.

Valora este relato

Comentarios (5)

Rodrigo_M

tremendo relato!!! lo lei de un tiron y no pude parar hasta el final

NadiaVR

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas de ese hombre

DarioPlata

los personajes que tienen todo el poder y de repente muestran su lado vulnerable siempre me enganchan. Muy bien escrito

Lorena_B

increible!!!

MarceloReader

¿va a tener continuacion? me dejo bastante intrigado la verdad

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.