La sesión de bondage que despertó mis fantasmas
Encendí la moto en el callejón oscuro y la dejé rugir un segundo antes de arrancar. Esa reliquia con olor permanente a gasolina quemada y cuero viejo era lo más parecido que tenía a un animal doméstico. Aceleré por las avenidas nocturnas de Buenos Aires, las luces de los carteles difuminándose en manchas de color a mis costados. Dejaba atrás el apartamento de Luciano, sus cuerdas y sus preguntas que no pedí. Nadie me seguía. Me había ocupado de eso antes de salir.
La Organización tiene ojos en cada esquina de esta ciudad. Los puse yo, uno a uno, durante más de una década. Los rumores que circulan sobre mi nombre —traiciones vengadas con frialdad, castigos que nadie olvidó jamás— eran parte del diseño. Mi armadura. La razón por la que ningún hombre en su sano juicio me miraba dos veces en un callejón sin testigos. Diego estaba en Rosario con un encargo que yo le había envuelto en papeles de ascenso, de oportunidad. En realidad, quería estar solo esa noche. Lo necesitaba como necesito el aire.
Aparqué bajo la marquesina descascarada del viejo cine de Palermo, oculté la moto bajo una lona raída y subí por la escalera lateral hasta el despacho privado. Ese edificio —fachada art déco, paredes húmedas, olor perpetuo a celuloide viejo— era el único lugar en la ciudad donde nadie me buscaba. Ni siquiera Diego sabía que existía. Cerré la puerta con llave y me quedé quieto un momento, escuchando el silencio pesado.
Me quité la chaqueta de cuero y la tiré sobre la silla sin mirar adónde caía. Abrí el cajón de abajo del escritorio y saqué una botella de whisky barato, el tipo de whisky que uno no toma por placer sino por castigo, el que arde mal y tarda demasiado en desaparecer. Me dejé caer en el sofá de cuero cuarteado. Las marcas comenzaban a hablar: líneas rojas en el torso y los antebrazos, paralelas y precisas, más profundas donde las cuerdas habían apretado con más fuerza. Pulsaban con cada latido. Para mañana serían moretones oscuros, y eso me gustaba de una manera que aún no sabía nombrar.
Hacía meses que no sentía nada que no fuera rabia o vacío. Meses cargando ese pozo negro en el pecho, ese espacio donde antes vivía algo que podría llamar amor. Luciano —el Amo, como lo nombraban en los círculos que frecuentaba Ezequiel— había encontrado algo en mí que yo creía definitivamente muerto. Y eso me aterraba más que cualquier rival. Más que cualquier traición.
El teléfono vibró sobre la mesa baja. Miré el nombre en la pantalla y contesté.
—¿Cómo fue? —preguntó Ezequiel, con esa diversión contenida de quien ya sabe la respuesta antes de preguntar—. ¿El maestro estuvo a la altura?
Di un trago largo. El whisky me raspó la garganta como correspondía.
—Sí —admití—. Más de lo que esperaba, en realidad.
Ezequiel soltó una carcajada breve y satisfecha.
—Te lo dije. Luciano no es un aficionado. Lleva diez años perfeccionando eso, y no hay nadie mejor en la ciudad para lo que necesitabas.
—Lo que no me esperaba era el carácter —murmuré, mirando la pantalla de proyecciones donde parpadeaba una película muda en blanco y negro—. Preguntón. Arrogante. Se cree con derecho a hurgar en cosas que no le incumben.
—Es parte del trabajo —respondió Ezequiel con paciencia—. Un buen maestro no ata cuerpos, ata personas. Si no te conoce un poco, el resto es teatro vacío.
Hice silencio. No tenía respuesta para eso que no fuera inconveniente.
—Escúchame —continuó, bajando el tono—. Si quieres que esto funcione de verdad, no como una descarga ocasional sino como algo que te construya en lugar de solo consumirte, lee al Marqués de Sade. Y díselo a Luciano. Coméntale un pasaje específico. La confianza no se declara, se demuestra con gestos concretos. Y un hombre como tú, que lleva años sin dejar entrar a nadie, necesita hacer ese esfuerzo primero.
Apoyé la nuca en el respaldo. Las marcas pulsaron bajo la tela de la camisa.
—¿Y por qué debería hacer eso? No tengo costumbre de abrirme para nadie.
—Porque lo que llevas dentro no se puede soltar solo con cuerdas. Hace falta que haya alguien del otro lado cuando las cuerdas se aflojen. —Una pausa breve—. Piénsalo. Buenas noches.
Colgué. Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera silenciar todo lo que acababa de decirme.
***
La puerta se abrió veinte minutos después. Diego entró sin llamar —era el único que se lo permitía— trayendo consigo el olor a ruta mojada y la expresión tranquila de quien acaba de manejar cuatro horas sin contratiempos. Sus ojos recorrieron la habitación en un segundo: las botellas en el suelo, mi cuerpo desparramado en el sofá, las marcas que asomaban por el cuello abierto de la camisa como firmas ajenas.
Se acercó despacio. Conozco esa sonrisa suya —una mezcla de devoción y amenaza velada que nunca termino de descifrar del todo— y sé que nunca anuncia nada favorable para mi tranquilidad.
—Informe —dije antes de que abriera la boca—. Rosario. ¿Algo concreto sobre Valentín?
Diego se detuvo a los pies del sofá y cruzó los brazos. Vi cómo sus ojos volvían a las marcas del cuello y luego subían a mi cara sin hacer comentario.
—Uno de sus hombres fue visto en el puerto fluvial. Nervioso. Buscando transporte discreto hacia Uruguay. Sabe que está cercado, pero el miedo lo hace imprudente.
Tomé la botella más cercana y di un trago largo.
—Seis meses buscándolo como a un fantasma —murmuré, la voz cargada de una rabia que ya no necesitaba levantar para hacerse entender—. Va siendo hora de atrapar a esa rata traidora y hacerle pagar lo que debe. Despacio. Con intereses.
Diego se sentó en el brazo del sofá, demasiado cerca para mi gusto, con esa familiaridad que solo él se permite.
—Me adelanté —dijo, con ese tono de satisfacción oscura que tiene cuando ha movido piezas por su cuenta—. La trampa está lista y cebada. En dos días sabremos el momento exacto en que intente cruzar. Será nuestro.
Lo miré fijamente. Sus ojos seguían fijos en las marcas del cuello.
—¿Lo quieres para ti o lo hacemos nosotros? —preguntó.
—Para mí —dije—. Primero va a hablar. Después va a suplicar. Y cuando ya no le quede voz ni orgullo, ahí terminamos.
Diego sonrió con esa sonrisa que me da escalofríos, como si mi venganza fuera lo más sagrado que conoce. Antes de salir a buscar comida —no había comido en todo el día, el estómago vacío rugiendo en protesta silenciosa— se giró en el umbral.
—¿Cómo fue el día, jefe? Tiene mala cara. Pero los ojos los tiene distintos.
No respondí de inmediato. Miré la pantalla de proyecciones donde pasaban imágenes mudas.
—Interesante —dije al final—. Más de lo que esperaba.
Diego no se movió durante un segundo largo, procesando esas palabras con el mismo cuidado con el que yo proceso una amenaza.
—Primera vez que lo escucho usar esa palabra para algo que no sea un negocio o una caza —murmuró, y salió cerrando la puerta con más suavidad de lo necesario.
***
Me levanté del sofá con más esfuerzo del que esperaba. El whisky ya pesaba en los bordes de la realidad. Entré al baño pequeño del despacho, cerré el pestillo y me quedé quieto un momento mirando el espejo sobre el lavabo.
Las marcas eran limpias en su brutalidad: patrones paralelos en el torso y los antebrazos, precisos como los trazos de quien sabe exactamente lo que hace y hasta dónde puede llegar. Me desabroché el resto de la camisa y la dejé caer al suelo de losetas frías. Bajé los pantalones despacio.
Pensé en Luciano. En su voz —grave, sin urgencia, como si el tiempo fuera una variable que él manejaba a voluntad— dando órdenes que mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza procesara el impulso. En las cuerdas apretando hasta ese límite exacto entre el dolor y algo que todavía no tenía nombre para nombrarlo. En la próxima sesión que había prometido: más compleja, más profunda, más entrega.
Me toqué. La erección llegó rápido, alimentada por el recuerdo de las cuerdas, por la voz del amo, por la sensación concreta de haber estado completamente a merced de otro hombre y no haberme roto. Mi mano encontró el ritmo, lenta al principio, siguiendo el hilo de la memoria.
Entonces escuché su voz.
No la de Luciano. La otra voz. La que no se va.
—¿Ya me olvidaste tan fácil?
Cerré los ojos. La mano se detuvo sola, a mitad de camino.
—No te olvidé —dije en voz baja, al aire, al espejo, a nadie—. Nunca voy a olvidarte.
La voz volvió más cerca. Más cargada de algo que no era ternura.
—Entonces, ¿por qué dejas que otro hombre te ate? ¿Por qué buscas que otro te haga sentir vivo cuando yo ya no puedo hacerlo? Cuando yo estoy muerto.
—Porque es lo único que me recuerda lo que perdí —respondí, la garganta apretada—. Lo único que me demuestra que todavía hay algo aquí adentro capaz de sentir.
Un silencio pesado. Y luego la voz —su voz, esa que llevo grabada desde aquella noche— con toda la carga que no se va nunca:
—Morí porque no llegaste a tiempo. Porque elegiste la organización, el control, el poder. Me dejaste morir solo.
Las palabras me atravesaron como hacen siempre, retorciéndose en heridas que no cicatrizan. La erección desapareció al instante. El frío tomó su lugar.
Abrí los ojos. Mi cara en el espejo era la de un hombre que no duerme bien desde hace un año. Sentí el ardor en los bordes de los ojos antes de poder controlarlo.
Golpeé el espejo con el puño cerrado. El cristal se partió en una telaraña de grietas irregulares, fragmentándose como mi cabeza lleva meses queriendo hacer. La sangre fue rápida, caliente, pegajosa entre los nudillos ya maltratados.
—Me estoy volviendo loco —le dije al reflejo roto.
Pero la voz ya no estaba. Nunca está cuando la busco. Solo aparece en los momentos de mínima defensa, cuando algo real acaba de atravesar la coraza. Era mi culpa hablando sola. Era él, que no se iba porque yo no lo dejaba irse. Porque soltar su memoria significaba aceptar que lo que hice aquella noche no tiene reparación posible, que ninguna cantidad de venganza ni de cuerdas ni de dolor voluntario va a devolverle lo que le debía.
Me até la mano herida con una toalla vieja, apretando hasta que el sangrado cedió. Me subí los pantalones con movimientos torpes. Salí del baño. El aire frío del despacho me golpeó como un reproche.
***
Volví al sofá. Abrí una botella nueva y bebí sin pausa, mirando la pantalla de proyecciones sin ver nada en particular. Una película antigua pasaba imágenes en silencio, figuras en blanco y negro moviéndose con esa urgencia exagerada del cine mudo. Gradualmente, el whisky fue borrando los bordes de todo.
Antes de quedarme dormido pensé en Luciano. En su voz ordenando. En las cuerdas. En esa sesión prometida que sería más intensa, más desnuda, más cerca del fondo de algo que yo llevaba sellado desde aquella noche.
Y sentí algo que no reconocía desde hacía mucho tiempo: anticipación.
Eso me aterraba. Más que Valentín y su huida cobarde. Más que los rivales que llevaban meses midiendo mi paciencia desde una distancia prudente. Más que cualquier traición que hubiera sobrevivido.
Porque significaba que todavía había algo en mí capaz de querer algo. Algo frágil y sin nombre que Luciano, con sus cuerdas y sus preguntas impertinentes, había encontrado en la oscuridad donde yo lo había enterrado.
Y yo aún no sabía si protegerlo o destruirlo antes de que él llegara hasta allí y lo abriera del todo.