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Relatos Ardientes

Lo que le hice a Camila delante de mi amigo

Los padres de Rodrigo se habían marchado el jueves por la tarde, así que él nos llamó esa misma noche: venid el viernes, compro cervezas, ponemos algo en la tele. Era un fin de semana sin planes concretos, y Camila y yo llegamos pasadas las nueve con una bolsa de aperitivos y pocas expectativas.

Rodrigo nos abrió la puerta con tres latas frías y la música baja. Su salón era pequeño: un sofá de dos plazas frente a una pantalla grande, un sillón de una al lado, y poco más. Camila fue directa al sofá, yo me senté a su lado y le pasé el brazo por los hombros. Rodrigo se instaló en el sillón individual con el mando a distancia en la mano.

—¿Qué ponemos? —preguntó.

—Lo que quieras —dije yo.

—Cualquier cosa —añadió Camila.

Eligió una película que ninguno habíamos visto. En los primeros diez minutos quedó claro que no iba a ser exactamente un thriller: las dos protagonistas construían entre sí una tensión que la cámara dejaba acumularse con paciencia, y las escenas de contacto físico tenían una carga sensual explícita que resultaba difícil de ignorar. Rodrigo bajó un poco más la intensidad de las luces sin decir nada. Camila cogió la manta ligera que teníamos en el reposabrazos y nos cubrimos los dos.

Debajo de la manta, en la penumbra tibia del salón, mi mano encontró la suya.

La película siguió. Yo dejé de verla.

Llevé los dedos hacia su costado y los deslicé por encima de la camiseta, despacio, sin movimientos bruscos. Noté que Camila ajustaba la respiración casi imperceptiblemente. La conocía bien: ese cambio de ritmo significaba que había dejado de prestar atención a la pantalla. Subí la mano hasta rozar la curva de su pecho a través de la tela. Ella tensó el hombro pero no hizo ningún movimiento para apartarme.

Rodrigo tenía los ojos fijos en la pantalla.

Separé la tela del top por el borde inferior y metí los dedos por debajo. La piel estaba caliente, más de lo habitual. Encontré el pezón ya endurecido y lo apreté con suavidad entre el índice y el pulgar, luego lo solté y volví a apretar. Camila apoyó la cabeza con más fuerza contra mi hombro, un gesto que podía parecer comodidad pero que yo sabía que era otra cosa.

Lo que me excitaba no era solo tocarla. Era hacerlo mientras él estaba a menos de un metro, mirando hacia otro lado, o quizás no tanto.

Continué acariciando su pecho con una mano y con la otra fui corriendo la manta hacia un lado, apenas unos centímetros. No mucho. Solo lo suficiente para que, si Rodrigo giraba la cabeza en el momento justo, pudiera ver la posición de mi mano bajo la tela del top. Camila lo notó al instante y tiró de la manta hacia arriba. Le sujeté la muñeca con firmeza.

—Quieta —le susurré, tan bajo que era solo para ella.

Se quedó inmóvil.

Rodrigo giró la cabeza en ese momento. No sé exactamente qué vio, pero lo suficiente: parpadeó, volvió a mirar la pantalla y luego otra vez hacia nosotros. Le hice un gesto con la cabeza, una especie de invitación callada. Él desvió la mirada pero sin la rapidez de alguien que no quiere ver lo que está pasando.

Camila había notado el intercambio. Sentí cómo tensaba el cuerpo entero debajo de la manta.

—Para ya —me dijo en voz baja, sin moverse del sitio.

No paré.

Bajé la mano por su vientre y la apoyé plana sobre su entrepierna, por encima de los leggins. El calor que irradiaba de ahí era distinto al del resto del cuerpo. Presioné con los dedos y noté la humedad acumulada a través de la tela. Camila apretó los muslos durante un instante y luego los relajó despacio.

Eso no era un no.

Empecé a masturbarla por encima de la ropa, con movimientos circulares y lentos, sin prisa. Rodrigo había abandonado cualquier pretensión de seguir la película: su mirada iba y venía entre la pantalla y el bulto que formaba mi mano bajo la manta, de manera compulsiva, sin poder evitarlo. Lo veía removerse en el sillón, buscar una posición más cómoda, no encontrarla.

Metí los dedos por dentro de la cinturilla de los leggins. Camila me agarró la muñeca con las dos manos, pero la presión fue cediendo cuando mis dedos llegaron a la goma de la ropa interior. La aparté con un dedo y la toqué directamente. Estaba completamente empapada.

La masturbé en silencio durante un buen rato, con el pulgar sobre el clítoris y dos dedos moviéndose adentro, despacio. Ella seguía sujetándome la muñeca pero ya no intentaba detenerme; era el gesto de alguien que necesita aferrarse a algo. De vez en cuando giraba la cabeza hacia Rodrigo para comprobar que seguía mirando, y cada vez que lo confirmaba me clavaba los dedos en la piel sin darse cuenta. No era rabia. Era otra cosa completamente distinta.

***

Fui bajando los leggins poco a poco, centímetro a centímetro, sin perder el ritmo de la mano. Camila no lo impidió hasta que sintió que la tela le llegaba a la mitad del muslo. Entonces intentó incorporarse de golpe.

—No —dije, y la retuve por el brazo.

Pero ella ya tenía medio cuerpo fuera del sofá, los leggins a medio bajar y las mejillas encendidas, y se dirigió hacia la puerta del salón sin mirar atrás.

—Rodrigo —dije sin levantarme—, no la dejes salir.

Hubo un segundo de duda. Luego él se puso de pie.

La cogió por los antebrazos desde atrás, sin violencia pero sin dejarle margen de maniobra. Camila forcejeó, pero el forcejeo tenía algo de poco convencido: más ruido que fuerza real. Me levanté despacio, le tomé la cara entre las manos y la besé en la boca. Ella respondió al beso antes de recordar que estaba enfadada.

—Esto no está bien —dijo contra mis labios.

—Ya lo sé —respondí.

Le tiré del pelo hacia atrás con firmeza, sujetándola por la nuca, hasta que el cuello quedó expuesto. Le pasé la boca por la garganta mientras con la mano libre volvía a meterme en sus leggins. Seguía igual de mojada que antes, o más. Rodrigo la sostenía desde atrás, rígido, sin saber exactamente qué hacer con su propio cuerpo ni con la erección que yo veía con toda claridad desde donde estaba.

—Ahora vas a quedarte quieta —le dije a ella.

Empecé a masturbarla de verdad, sin la lentitud de antes. Camila soltó un sonido que intentó suprimir y dejó caer la cabeza hacia atrás, contra el pecho de Rodrigo. La respiración se le había vuelto irregular: corta, entrecortada, con pequeñas pausas en los momentos en que presionaba donde más le importaba.

Rodrigo miraba mi mano moverse debajo de la tela con los ojos muy abiertos. Desde donde estaba podía ver los pezones de Camila marcados y apretados bajo el top, la curva del cuello inclinado hacia atrás, el movimiento involuntario de su cadera buscando más presión contra mis dedos. Introduje los dos hasta el fondo y los moví adentro y afuera mientras el pulgar seguía trabajando sobre el clítoris.

Bajé los leggins de un tirón. Luego las bragas.

El sonido que hizo Camila en ese momento no fue una protesta.

Rodrigo aflojó el agarre y ella no se movió. La presión sobre sus brazos era ya prácticamente ninguna: era ella quien decidía quedarse. Él empujó las caderas contra su cuerpo sin pensarlo, el movimiento instintivo de alguien que ha perdido el control, y Camila abrió los ojos un instante y los volvió a cerrar.

—Córrete —le dije al oído.

No tardó mucho.

Cuando llegó al orgasmo, el sonido que salió de su garganta fue largo, involuntario e imposible de confundir con otra cosa. Le cedieron las piernas completamente y Rodrigo tuvo que sujetarla de verdad para que no cayera al suelo. Sentí las contracciones alrededor de mis dedos durante varios segundos, intermitentes, mientras ella se aferraba al antebrazo de Rodrigo con las dos manos y apoyaba todo el peso del cuerpo contra su pecho.

Rodrigo, incapaz de controlarse más, presionó las caderas una última vez contra las nalgas desnudas de Camila y soltó un gemido corto y contenido. Sentí el calor de lo que pasó a continuación sobre el dorso de mi mano.

***

Camila tardó un momento en recuperarse. Cuando lo hizo, se separó de los dos en silencio, recogió la ropa del suelo y se la puso sin mirar a ninguno. Cogió su chaqueta del sofá y las llaves de la mesita. Me miró durante un instante que no supe leer del todo: no era exactamente rabia, aunque tampoco era otra cosa.

—¿Cómo se te ha ocurrido? —dijo, mirándome solo a mí.

No respondí.

Rodrigo seguía de pie en medio del salón con la bragueta a medio abrochar y una cara que no sabría describir bien. En la pantalla, la película seguía corriendo sin que nadie la viera.

Camila cogió sus cosas y cerró la puerta del piso sin dar un portazo. El sonido fue casi peor: controlado, preciso, definitivo.

Recogí las latas del sofá, las llevé a la cocina y me despedí de Rodrigo con un gesto. Cuando bajé al portal, Camila estaba en la acera, de espaldas a mí, mirando la calle vacía. Caminamos a casa en silencio. Ella no dijo nada en todo el trayecto y yo tampoco.

Esa noche tardé mucho en dormirme. Seguía excitado y sin resolver, con el silencio de Camila llenando el dormitorio. Entonces, cerca de las dos de la madrugada, noté su mano buscando la mía bajo las sábanas.

No dijo nada.

Yo tampoco.

No hacía ninguna falta.

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Comentarios (6)

Carlitos_82

Tremendo relato!!! Me dejo con ganas de mas, por favor seguí escribiendo.

RocioBA

jaja el pobre Rodrigo fingiendo mirar la peli... me imagino la cara que tendria. Me encanto como lo contaste, muy bien logrado.

MatiasC

Buenisimo!! De lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo.

LuciaPaz

Que morbo!! Me gusto mucho como lo narraste, con detalle justo sin pasarte. Espero que haya segunda parte con lo que siguio despues.

Nati_BA

genial, me encanto!!

guillermo2024

Me hizo acordar a una situacion parecida que yo mismo vivi hace unos años, esas noches en casa siempre terminan siendo más interesantes de lo que parecen al principio jajaja. Muy buen relato, felicitaciones.

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