La muñeca sumisa que dejó de suspirar
Boca seca, dolor de cabeza, un aturdimiento espeso que no me deja pensar. Es todo lo que puedo sentir cuando vuelvo en mí. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? Son preguntas que me hago a mí misma, aunque ya aprendí hace mucho que saberlo o no saberlo no cambia absolutamente nada de lo que pasa y de lo que vendrá.
Mi cuerpo se agita por instinto. Los sentidos en alerta exigen respuestas, el corazón golpea, la piel se eriza, todo a punto de colapsar. Quiero gritar, pero algo grueso me llena la boca y me silencia. Quiero abrir los ojos, y descubro que una tela apretada me los cubre. No veo nada. Solo siento: el aire fresco sobre la piel desnuda, un punto de humedad entre las piernas, la pregunta repitiéndose sin respuesta.
Muevo las manos para tocarme y entender de dónde viene ese frío, pero algo se me clava en las muñecas y me detiene. Las piernas también responden solas y también encuentran un límite: correas en los tobillos, fijas, inamovibles. ¿Un accidente? ¿Estoy herida? ¿Un hospital? Todas las hipótesis que una pueda imaginar, y ninguna se acercaría jamás a la realidad que estaba viviendo.
—Creo que la muñeca ha despertado —dice una voz.
Es una voz pesada, grave, de hombre. No es la voz del hombre con el que yo estaba. Y en ese instante un destello de lucidez me trae un recuerdo de antes, de lo último que viví despierta. Sí, yo estaba con él. Con… con Damián.
Quiero gritar su nombre. Quiero decirle que estoy aquí, que me explique qué demonios está pasando. Pero esa mordaza incrustada me recuerda otra vez que ya no me está permitido hablar.
—Está aturdida, pero es normal —dice una segunda voz—. Cuando entienda lo que va a pasar…
Esa voz. Esa es la de Damián. Me respondo a mí misma con un nudo en el estómago. El hombre que me prometió una vida sin decisiones era una de las voces que me sostenían atada a esa mesa.
—He aprovechado para extraerle todo lo necesario —continúa el primero—. Ya puedes inyectarle un anestésico más fuerte. Entre cómo gime y cómo se retuerce, hará el viaje más cansado.
Un pinchazo en la cadera. Un gemido sordo de molestia. Espasmos cada vez más espaciados, una pausa, y de nuevo la calma negra.
***
Me llamo Mariela. O, mejor dicho, así me llamaba cuando todavía era alguien. Quien me ha tenido en propiedad hasta ahora, quien ha ordenado que se escriban estas líneas, me dice que ese fue mi nombre como persona, como un ser femenino en el mundo que todos ven. En este otro mundo —el que de verdad gobierna al que ustedes habitan— ya no soy nadie. Soy una muñeca. Un objeto.
Aquí cada cosa es lo que otros deciden que sea. Elegir, querer, decidir. ¿Acaso una mesa puede elegir si la usan para apoyar platos? ¿Una papelera escoge ser el recipiente de la basura? No. En este mundo, lo que yo soy tiene exactamente esa condición. Ni siquiera la de un animal: un animal todavía decide dónde comer, e incluso se rebela y muerde. Yo estoy por debajo de eso. No hay rebelión posible. Solo uso.
Me explican que entre quienes habitan este lugar —para algunos un infierno en la tierra, para quienes lo controlan su propio paraíso— se ha pagado la suma más alta jamás reunida por llevar al extremo la resistencia de la que llaman «la muñeca que ya no suspira». No saben si sobreviviré, así que quieren que deje testimonio de todos estos años. El objeto arrastrado a las situaciones más infames, descrito por su propia boca. Estas líneas acompañarán a las fotos y los vídeos del catálogo que tanto ha rendido a quienes me poseyeron.
¿Para qué escribirlo, si pueden mirar las veces que quieran? Muy sencillo. Quieren devolverme una pizca de identidad, de humanidad, justo antes de lo que llaman la gran prueba, para que aquello que está por venir pueda romperme un poco más de lo que ya me han roto la mente, el cuerpo y lo que fuera que quedara de mí.
Una mesa, una copa, una prenda de ropa. Se compran, se usan y, con el tiempo, se desgastan y se rompen. Si tienen arreglo, se reparan y siguen sirviendo. Si no, se desechan. Y si es posible, se reutilizan. Son objetos inanimados, sin conciencia: no saben si quien los usa quedó satisfecho ni les importa. Eso soy yo para ellos y para ellas. De ahí este regalo que dicen hacerme, o quizá esta tortura: un poco de identidad para que vuelva a sentir algo en el momento exacto en que vayan a quitármelo todo.
Si se lo están preguntando, se lo diré de otra forma. ¿Alguna vez han oído suspirar a una mesa, a una papelera, a un vestido? Las personas suspiran como reflejo de lo que sienten; es un gesto suyo, propio de ustedes. En algún punto de esta supervivencia consciente —porque no puedo llamarla vida— yo dejé de suspirar.
Con el adoctrinamiento dejé primero de suplicar, de llorar, de negar, de gritar. ¿Gemir? Sé que lo estaban pensando. Ese regalo primitivo que la naturaleza nos da, el placer más animal, el último recurso de la supervivencia, también me abandonó. Aquel instante de sentirme viva en cada orgasmo, esa corrida infinita que a veces llegaba después del tormento aunque tuviera la piel ardiendo o estuviera al borde de la asfixia, se apagó. Después de cada orgasmo ya no hubo chillidos de perra en celo, como decía una de mis amas, ni alaridos de cerda en matadero, como decía uno de mis amos. Nada. Pero al menos quedaba ese resuello sutil, ese suspiro que probaba que algo sentía. Hasta que ni eso quedó.
***
Como parte de este proceso de sensibilización, además de hacerme hablar, me han vestido. No sé qué les gustará más: que les describa lo que fui o lo que soy ahora.
No llevo grilletes. Solo el collar, con esa aguja tortuosa insertada en el cuello que sirve para administrarme descargas, líquidos químicos de toda clase, la vía intravenosa por excelencia. Un pelo castaño y fino me llega a los hombros, alargado con extensiones para lucir una melena frondosa, tan sensual como la que veo en el espejo que tengo enfrente. Un vestido de seda roja, ceñido, marca las formas de mi cuerpo y disimula las marcas permanentes de los látigos, las quemaduras, las cicatrices que, si pudieran hablar, también darían su testimonio.
Siento algo incómodo entre las piernas, pero me han ordenado llevarlo: un tanga de seda negra que dibuja muy bien los labios de eso que me enseñaron a llamar coño. Cuando lo deslizaba hacia arriba y veía cómo se marcaban esos labios finos, recordé el momento en que fueron cortados. Es como si el cuerpo tuviera memoria propia. El roce de la tela contra la piel me hizo estremecer, igual que cuando todavía los tenía completos.
Sí. Me reconstruyeron la zona genital solo para esta ocasión.
Frente al espejo, entre las marcas y los tatuajes que parecen pictogramas, veía también dos pezones erguidos y casi perfectos sobre los pechos. Con desconcierto, llevé las manos hasta ellos para sentir su forma. Recordé la primera vez que me los anillaron, y todo lo que vino después: las velas, los cigarrillos, las pinzas dentadas, las descargas, las agujas. El anillado, comparado con el resto, había sido una caricia.
—¡La muñeca ha derramado una lágrima! —anunció una voz.
El que escribe lo que les relato dijo que una lágrima había salido de mi ojo derecho. Justo siete meses después de empezar el proceso de sensibilización. Siete meses les costó arrancarme una sola lágrima.
Siete meses desde que me sacaron de aquel acuario. Vivía rodeada de peces, moluscos y pulpos, alimentada por una sonda y respirando por un tubo fijado al tabique nasal para que fuera imposible aflojarlo. Me desmayé dos veces durante esa cirugía. Solo me cubrieron los ojos y la boca para que la sustancia con la que pegaron aquel tubo no me entrara ni me quemara: era como una soldadura caliente, no sé describirlo mejor. No lloré entonces, porque ya no me quedaba expresión, pero el cuerpo se defendía por mí, y perder el conocimiento era mi única anestesia.
Me daban lo justo para no morir. Si tenía hambre, debía comer de los mismos animales del acuario, vivos, bajo el agua, siguiendo instrucciones para no ingerir nada tóxico. Sacar a un pulpo o a unas gambas de mis propios orificios mientras los espectadores se divertían era el espectáculo de cada día.
***
Aquella mañana, lo que creí una revisión de rutina se convirtió en el comienzo de todo esto. Limpiaron mi piel, retiraron a los animales y me follaron, como siempre, aunque yo ya hubiera perdido sensibilidad en cada agujero. Era parte del ritual.
—Muñeca, hoy termina tu vida de sirena —dijo mi dueño por los altavoces—. Quien te mira quiere una gran prueba, y han reunido la suma necesaria para hacerla realidad. Te llaman la muñeca que no suspira, y después de revisar cada vídeo, cada juego, cada castigo de todo este tiempo, ya entendimos por qué dejaste de divertir a nadie. Hoy empieza algo nuevo. Confiemos en que sepas sufrirlo tanto como nosotros vamos a disfrutarlo.
—Hoy comenzamos con regalos —siguió—. Confiemos en que surtan efecto. Tienes treinta y ocho años, llevas veinte como muñeca, es verano y estás en una isla del trópico. Te llamabas Mariela.
¿Para qué decir todo eso? Tener treinta y ocho o dieciocho me resultaba irrelevante. No comprendía el propósito de aquellas palabras, ni mucho menos lo comprendo del todo ahora.
—Es asombroso. No expresa ninguna emoción —dijo otra voz—. ¡Será todo un reto!
—Iniciar test de sometimiento uno —ordenó la primera voz al que transcribe estas líneas.
Yo, frente al espejo, miraba mi reflejo con una curiosidad apenas tibia. Veía a una mujer de ojos verdes y pelo castaño hasta la cintura, labios finos, dos pechos firmes coronados por pezones oscuros y aureolas rosadas. Brazos, vientre y piernas surcados por marcas finas, huellas de cada tortura, tatuadas como pictogramas que también podrían contar estos veinte años sin pronunciar una palabra. Y entre los muslos, esa tela negra, suave, rematada con un lazo rosa.
Irrumpiendo en ese reflejo estático, vi dos manos que aprisionaban los pechos de aquel ser que me miraba. Llevaba tanto sin verme que tardé en reaccionar, en entender que lo que veía era yo, y que lo que sentía era exactamente lo que veía.
El cuerpo fuerte y caliente de quien me poseía se pegó a mi espalda. Sus labios succionaban, besaban, se recreaban sobre mi piel. Sus dedos pellizcaron los pezones que un instante antes yo había palpado con asombro. Sentí un miembro duro buscando mi entrada. Algo se rasgó, la tela cedió, y esa carne caliente rozó el borde de mi sexo.
—¡Se está mojando! ¡Ha funcionado la reconstrucción! —exclamó el que me sometía mientras la punta entraba dilatándome.
Cada vez más rápido, cada vez más hondo. Mis manos seguían aferradas a las tiras del tanga; las piernas, abiertas y fijas al suelo como una estatua; las caderas moviéndose al ritmo de aquel invasor, y los pechos al de mi respiración entrecortada.
—Se moja, se moja bastante. Está apretada, pero no me aprieta —comentaba él en voz alta, describiendo lo que sentía.
—Incrementa la fuerza. Acompaña con dolor y caricias en los pechos —ordenó la voz.
Obedeció. Sus dedos eran pinchazos y brisa al mismo tiempo, dolor y caricia confundidos sobre mi carne.
—¡Me voy a correr! No puedo parar. ¡Permiso para llenarla!
Se lo concedieron. Sentí cómo vertía todo dentro y cómo aquella mezcla resbalaba entre mis muslos, mientras mi vista seguía clavada en el espejo. Él se apartó, salió de la habitación. Otra persona entró, me tomó del brazo, me pinchó y me devolvió a la oscuridad.
No sé qué será la gran prueba. No sé si la resistiré. Solo sé que, por primera vez en veinte años, una lágrima resbaló por mi mejilla, y que ellos la celebraron como quien descubre una grieta nueva por donde seguir entrando.