El camionero me quería sucia y humillada esa noche
Soy joven y trabajo de esto. No lo escondo ni me avergüenzo: vivo de complacer fantasías ajenas y, casi siempre, las disfruto tanto como mis clientes.
He tenido de todo. Sexo casual del más común, encuentros rudos, fetiches con disfraces, mujeres convencidas de que la bisexualidad es solo una etapa, hombres que disfrutan que yo los penetre, parejas que buscan un tercero. Pero los que más me intrigan son los maduros y casados que llegan cargando las perversiones más oscuras. Esos me gustan. Me gusta ser el lugar donde sueltan todo lo que callan en casa.
Esa noche me vestí para él. Una tanga de hilo casi invisible, una falda tan corta que apenas tapaba el inicio de mis nalgas, un top de rejilla transparente que dejaba ver los piercings de mis pezones y mis botas altas hasta la rodilla. Me miré al espejo y supe que iba a cumplir exactamente lo que me había pedido.
Dejé el auto en una gasolinera y caminé por la orilla de la carretera hasta el motel donde paran los camioneros. Es un sitio sencillo: dejan el tráiler estacionado y entran a las habitaciones por un rato. A un costado hay regaderas compartidas. Las chicas como yo también las usamos, y a veces ahí mismo se arma la fiesta.
Cuando pasé frente a los baños, dos camioneros estaban cogiendo entre ellos. Me detuve un momento. Confieso que ver a dos hombres así me parece delicioso, y me quedé mirando hasta que otro bajó de su cabina y caminó directo hacia mí.
—Hola, mamacita. Tú debes ser la consentida de la agencia, ¿verdad? —dijo acercándose.
—Así es, papi —respondí dando un paso hacia él—. Estaba entretenida viendo cómo le abrían el culo a uno de tus compañeros ahí adentro.
—¿Y te gusta lo que ves? —preguntó.
—Mucho.
Me tomó del brazo y me hizo girar para que le diera la espalda. Sin preguntar, metió la mano bajo mi falda, pasó los dedos por toda mi raja hasta llegar al ano, presionó apenas y se llevó el dedo a la boca como si saboreara algo.
—Espero que no te hayas lavado el culo ni te hayas hecho enemas, como te pedí —murmuró pegándose a mi espalda—. Hoy te quiero bien sucia.
—No me hice ningún lavado —contesté.
No era algo que yo acostumbrara. Al contrario. Pero el cliente había sido muy claro y, mientras pague, su capricho es mi trabajo.
Apoyó la mano en mi nalga y me apretó contra su cuerpo. Pasé el brazo por su espalda para sostenerme y noté algo duro en el bolsillo trasero de su pantalón: una llave de mecánica, de esas con mango de plástico, una llave carraca. No le di importancia. Empezamos a caminar hacia la recepción.
—Oye, Rosa, dame un cuarto —le dijo a la mujer del mostrador.
Ella le pasó una llave sin levantar la vista. Mientras nos acercábamos a la habitación, él ya me estaba besando. Su boca sabía a alcohol y a cigarro, restregaba el bulto del pantalón contra mí y me metía la lengua hasta el fondo.
Abrió la puerta, encendió el foco y siguió besándome, esta vez aplastándome contra la pared. En el cuarto de al lado se escuchaban gemidos de hombres, ese rumor grave y entrecortado que ya había oído afuera.
Cuando se separó de mí, todo mi labial estaba corrido sobre su boca y un hilo de saliva le bajaba por el cuello. Yo debía verme igual de deshecha.
***
Empezó a desnudarse mientras me observaba. Al terminar se dejó caer en el sillón que había junto a la cama.
—Encuérate, preciosa —ordenó—. Y pásame tu tanga.
Me quité el top, me bajé la falda y me deslicé la tanga de hilo por las piernas. Caminé hacia él y se la metí en la boca. Eso pareció encantarle. Me quedé solo con las botas.
—Quiero verte bien —dijo.
Me planté frente a él. Empezó a tocarme las tetas, después pegó la cara a mi vientre y me mordió, me chupó la piel hacia abajo hasta llegar al pubis. Hundió la nariz entre mis labios y me agarró de las nalgas para olerme de cerca. Luego me dio un tirón, me hizo girar y apretó la cara contra mi culo, inclinándome para meterse de lleno entre mis nalgas.
Jamás habría permitido algo así sin haberme aseado antes, como hago cuando hay sexo anal. Pero era justo lo que él había pedido. Solté esa idea, dejé de pensar y, para mi sorpresa, saberme tan expuesta me encendió.
Sentí su lengua presionar mi ano y me puse todavía más caliente.
—Qué rico te sabe el hoyo —dijo contra mi piel.
Me tomó del cabello y me jaló hasta el piso. Me dio la vuelta de un solo movimiento. Era brusco, demasiado, y eso me gustaba más de lo que quería admitir.
Sin soltarme el pelo, me acercó la verga a la cara. Hacía que se la chupara, me daba golpecitos en las mejillas con ella, me apoyaba los huevos en la nariz mientras con la otra mano se metía los dedos en su propio culo. Olía a macho de verdad, a sudor y a camino. Sacó la verga de mi boca y me hizo chupar también el dedo que había usado en él.
Me puso en cuatro.
—Espero que con la cogida que te voy a dar te entren ganas de cagar —dijo—. Quiero sentir que me ensucias toda la verga.
Las palabras me golpearon más fuerte que la mano. Nunca me habían pedido algo así, tan directo, tan sucio.
***
Me empujó hacia adelante hasta que mi mejilla quedó contra el piso. Se acomodó detrás de mí y me montó. Entró de una sola embestida y grité de dolor. Empezó a moverse rápido, castigándome el hoyo mientras yo gritaba, ya sin saber si era dolor o placer.
Volvió a tomarme del cabello y me levantó para penetrarme de pie, aplastada contra la pared. Después me dobló sobre la cama y siguió cogiéndome duro, dándome nalgadas, mordiéndome el cuello, besándome la espalda.
—Eres una puta muy sucia, preciosa —me decía casi a gritos—. Quiero sentir tu mierda en mi verga.
Yo temblaba de excitación. Era humillante y a la vez no podía parar de gemir. Algo en esa vergüenza me prendía como nunca.
Se sentó en el borde de la cama, jadeando.
—¿Sientes ganas de cagar? —preguntó.
—No, todavía no —respondí, avergonzada.
Se levantó, buscó en el pantalón la llave de mango de plástico y volvió a ponerme en cuatro. Se escupió el mango en la mano.
—A ver si esto te ayuda —dijo con una sonrisa burlona.
Yo temblaba. Apoyó la punta en mi ano y la fue metiendo despacio. Una vez dentro, empezó a moverla, a sacarla y meterla cada vez más rápido. Lloraba del dolor y de una sensación extraña, ajena, que me hacía sentir rota y deseada al mismo tiempo. Gemí, le pedí que parara, pero no me hizo caso. Sentí el estómago revuelto y supe que algo se acercaba.
—¿Ya estás lista, preciosa? —dijo sacando la llave—. Ahora párate y siéntate en mi verga.
Me levanté como pude. Estaba adolorida y cachonda a la vez.
—Mmm, zorrita, se siente cerca esto —murmuró al hundirse en mí otra vez.
Volví a sentir el ardor de la penetración hasta que él gritó.
—Ya te está saliendo, preciosa —dijo—. Ponte de pie y ábrete las nalgas. Quiero verte.
***
Era humillante. Me dolía el culo, las piernas me temblaban, pero me bajé de su verga, me incliné hacia adelante y dejé salir todo sobre él.
Nunca había vivido algo parecido. Nadie me había visto así, jamás se me habría ocurrido enseñarle eso a un hombre mientras me abría las nalgas con las dos manos. Y sin embargo ahí estaba, expuesta por completo, sintiendo cómo la vergüenza se mezclaba con un placer oscuro que no sabía nombrar.
—Eso es, putita —repetía él, encendido.
Cuando terminé, no quise voltear. Solo me sentía pequeña, humillada. Él me metió los dedos para asegurarse de que había sacado todo.
Al darme la vuelta lo encontré masturbándose, embarrado, totalmente perdido en su perversión. Se excitó tanto que con un par de tirones soltó un chorro espeso que escurrió y se mezcló con mi suciedad.
No supe qué hacer. Me quedé mirándolo, pensando solo en correr a las regaderas. Me daba pánico que alguien me viera en ese estado.
Recogí la falda, la tanga y el top. Él se levantó de la cama, desnudo, con la verga aún manchada.
***
Salimos hacia los baños. Me quité las botas, dejé la ropa en una banca y me metí a la primera regadera. Iba a lavarme sola cuando me detuvo.
—No pensarás bañarte sin mí —dijo.
Abrí el chorro y empecé a limpiarme las nalgas, agachándome, frotando con prisa. En eso entraron otros dos hombres al baño.
—¿Sí se te cagó la putita? —dijo uno, riéndose.
—Mira, todavía traigo su mierda encima —contestó el que me había cogido.
—Oye, preciosa, lávate bien esa colita —dijo el otro mientras se jalaba la verga.
Me moría de vergüenza, pero no dije nada. Cuando intenté salir, el camionero me cerró el paso.
—¿A dónde vas, hermosa? Todavía no te cojo por delante —dijo lavándose la verga.
Uno de los recién llegados me bloqueó la salida y el otro ya me tenía agarrada del brazo.
—Tal vez deberíamos bañarnos juntos, putita —dijo uno.
—Vamos a divertirnos —añadió el otro.
No dije nada. El camionero ya estaba listo otra vez. Los tres me rodearon dentro del pequeño cubículo de la regadera, los cuerpos pegados, el agua cayendo sobre todos. Empezaron a manosearme a la vez: una mano en mis nalgas, otra metiéndome los dedos por delante, una boca en mi cuello. Me mordían, me apretaban, frotaban sus vergas contra mí.
El camionero me penetró por enfrente mientras otro restregaba su pene entre mis nalgas. El tercero solo miraba y se masturbaba. Luego cambiaron. Me cogió el segundo y los otros dos se tocaban y se besaban entre ellos. Así estuvieron, turnándose, hasta que cada uno acabó dentro de mí.
Cuando por fin salimos, los otros dos se fueron a un cuarto. El camionero me arrebató la tanga como trofeo. Me puse solo la falda y las botas, sin nada debajo.
Caminó conmigo hasta su tráiler, me pagó lo acordado y se metió al cuarto con sus amigos sin mirar atrás.
Regresé medio mojada por la orilla de la carretera hasta mi auto. Pasaban pocos coches, y los que me veían me pitaban al notar las tetas al aire y la falda escurriendo. Caminé despacio, todavía temblando, sin terminar de entender por qué, en medio de tanta humillación, una parte de mí ya estaba pensando en la próxima vez.