La desconocida del autobús que me dio una orden
Era un martes cualquiera, de esos que se arrastran hasta que ya casi es de noche. Yo salía tarde del trabajo desde hacía un par de semanas, y para colmo había tenido que dejar el coche en el taller para una revisión. No me molesta el transporte público de vez en cuando, pero vivo en las afueras de Valencia y el autobús de la última hora se hace eterno.
Subí arrastrando el cansancio. El vehículo iba casi vacío. Caminé hasta el fondo y me dejé caer en uno de esos asientos traseros que tienen otros dos enfrente. En la parte de atrás solo había una pareja de señoras mayores, sentadas un par de filas por delante de mí, hablando entre ellas en voz baja.
Me quité la chaqueta, aflojé el nudo de la corbata, abrí el libro que llevaba a medias y empecé a leer. Por primera vez en todo el día, sentí que los hombros se me destensaban. La ciudad iba quedando atrás por la ventanilla, en manchas de luz naranja.
Al cabo de un rato levanté la vista. En los asientos dobles del otro lado del pasillo, a la altura de las dos señoras, se había sentado una mujer. Rubia, de piel morena, con unos ojos de un azul que llamaba la atención incluso bajo aquella luz mortecina. Llevaba una falda negra hasta la rodilla, una blusa blanca un poco arrugada por las horas y unos zapatos rojos de tacón fino.
Rondaría los cuarenta. Tenía cara de cansancio, esa que se le pone a quien lleva todo el día de pie. Probablemente acaba de salir del trabajo, igual que yo. Nos miramos un segundo, los dos sin sonreír, y bajé la vista al libro.
No iba a poder concentrarme, y lo sabía. Por el rabillo del ojo seguía cada movimiento que hacía, y en el cristal de mi lado veía su reflejo perfectamente. Entonces hizo algo que me cautivó. Sacó un pie del zapato, primero apenas el talón, después por completo, y movió los dedos a través de la fina tela de las medias, estirándolos despacio, como quien por fin respira.
Volvió a calzarse y, suspirando, apoyó los pies en el borde del asiento de enfrente. La señora que tenía delante de mí se giró de golpe.
—Es usted una maleducada. Así ensucia el asiento donde luego me siento yo —le soltó, con esa voz aguda de quien disfruta de tener razón.
Su amiga asintió, sonriente. La mujer rubia, sin discutir, bajó los pies, se descalzó del todo y volvió a subirlos, esta vez descalza, mirando a las dos señoras con una media sonrisa. Estiró los dedos y dejó ver las uñas pintadas de rojo bajo la tela de las medias. Cruzó un pie sobre otro y se frotó la planta de uno contra el empeine del otro, con una lentitud que parecía pensada para provocar.
La imagen me resultó tremendamente sensual. Tan natural, tan ajena a lo que me estaba haciendo. Noté que empezaba a excitarme y, con ello, unas ganas absurdas e incontenibles de acariciar esos pies.
—¡Grosera! Qué falta de educación —insistió la señora, alzando la voz para que la oyera todo el autobús.
La mujer, ahora sí incómoda, bajó los pies y los metió en los tacones sin terminar de calzárselos. La señora sonrió, satisfecha, convencida de ser el centro de atención y de que los pocos que quedábamos a bordo le dábamos la razón. Hasta me dirigió una mirada de complicidad, como esperando mi aprobación.
Y entonces no pude más. Sin pensarlo, me levanté y fui a sentarme en el asiento de enfrente de la desconocida. Ella me miró sorprendida, con los ojos enrojecidos, a punto de llorar de pura vergüenza.
—¿Qué demonios quieres? —me preguntó, casi con la voz quebrada.
—Que apoyes los pies en mi regazo —dije, titubeando, muerto de miedo. Añadí, ante el asombro de la mujer y de las dos señoras—: Si quieres.
Hubo unos segundos de duda. Debió de pensar que estaba loco, o que era un pervertido, o las dos cosas a la vez. Pero después, despacio, volvió a descalzarse y apoyó los pies sobre mis rodillas. Para entonces mi erección era visible, y ella lo notó. Se mordió el labio inferior, tímida, nerviosa, e hizo amago de retirar los pies.
No la dejé. Le sujeté un pie con cada mano, con firmeza, y empecé a masajear con los pulgares la almohadilla bajo los dedos, esa zona que duele después de un día entero de tacones.
La señora se levantó hecha una furia. Seguida por su amiga, nos lanzó una mirada de odio antes de bajarse en la siguiente parada, murmurando algo que ninguno de los dos quiso escuchar. Sonreí a la desconocida, sin dejar de acariciarle los pies, y empecé a soltárselos para incorporarme.
—Ya puedes apoyar los pies donde quieras —dije.
Y cuando estaba a punto de levantarme, ya casi fuera del asiento, apoyó la planta desnuda del pie derecho justo sobre mi entrepierna.
Al sentir aquel pie tibio contra mí tragué saliva. Ella se mordió el labio y me sonrió, pero ya no quedaba nada de la vergüenza de hacía un minuto. Era otra mirada. Una mirada de quien acaba de decidir algo.
—No te muevas de ahí —dijo en voz baja—. Quiero tus manos donde estaban hace dos segundos. Y quiero que sigas presionando y masajeando. Me gustan mucho tus caricias, ¿sabes?
Estaba excitadísimo, nervioso, asustado y sorprendido a partes iguales. Me senté de nuevo sin dudarlo y obedecí. Volví a sujetarle los pies y a hundir los pulgares en la planta, mientras ella aumentaba la presión del talón contra mi sexo y veía crecer su sonrisa.
—Me llamo Marina —dijo.
—Adrián —contesté, casi sin voz, sintiendo cómo me apretaba la entrepierna con el talón—. Encantado.
—No. El placer es mío. Mío y de mis pies.
Tragó saliva y sonrió otra vez.
—¿Día duro? —pregunté, por decir algo, aunque la pregunta sonó más íntima de lo que pretendía.
—He estado corriendo de un lado a otro del despacho con estos tacones infernales. No podía más. Me dolían tanto que no sé si ahora, después de este masaje, voy a poder volver a calzarme —dijo, divertida—. Sería un suplicio tener que ponérmelos otra vez, llegar a casa y no tener estas manos para premiar a mis pies con un masaje igual de bueno.
No supe si bromeaba. Pero me pareció entender que me estaba invitando a continuar más allá del autobús.
—Pues no te calces al bajar —dije sin pensar, imaginándomela caminando descalza por la calle, con los zapatos colgando de los dedos.
Marina me miró, divertida, y presionó un poco más fuerte con el talón. Levanté la vista. A esas alturas ya solo quedábamos ella y yo a bordo. El conductor llevaba apagadas las luces interiores, y solo las de emergencia y el resplandor anaranjado de las farolas que pasaban entraban a rachas por las ventanillas, dibujando y borrando su cara cada pocos segundos.
Era preciosa, y la situación era de las que uno no cree posibles hasta que le pasan. Notaba el sexo durísimo, apretado contra la tela del pantalón. Hice un gesto, como pidiendo permiso para desabrocharme. Ella inclinó apenas la cabeza, concediéndomelo, sin dejar de mirarme.
Me desabroché el pantalón. Al instante, sus pies empezaron a acariciarme por encima de la ropa interior, primero con la planta, después atrapándome entre ambos, jugando, midiendo mi reacción. Cada movimiento era una orden silenciosa: quieto, déjame a mí, esto lo decido yo.
Marina se subió la falda con una mano. Con la otra se la metió por debajo de la ropa interior y empezó a acariciarse, despacio, sin dejar de trabajarme con los pies. Me la imaginaba empapada. Tenía unas ganas enormes de besarla, de tocarla, de arrodillarme en ese pasillo y lamerla hasta que se le doblaran las piernas. Pero no me dejaba moverme, y esa era justo la parte que me volvía loco.
Con un movimiento de los dedos había conseguido apartarme la ropa interior, y ahora me acariciaba directamente, piel contra piel. Seguimos así un buen rato, mirándonos, suspirando, sin una palabra más, mientras las caricias subían de intensidad al ritmo de su propia mano bajo la falda.
Cuando sentí que estaba a punto de terminar, le levanté un pie y empecé a besarle y a lamerle los dedos, uno por uno, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y dejaba escapar un sonido ahogado. Notaba que también estaba al borde, por cómo apretaba el talón y por cómo le temblaba el muslo.
Llegamos casi a la vez. Un orgasmo largo, callado, contenido para no delatarnos ante el conductor, que seguía conduciendo ajeno a todo. Terminé sobre sus pies, que siguieron acariciándome unos segundos más, suaves, casi cariñosos, como si quisieran prolongar el momento.
Nos miramos a los ojos. No hacía falta decir nada. Entre los dos había saltado algo que no se explica con palabras, una de esas químicas que aparecen una vez cada mucho tiempo y casi siempre con desconocidos.
La ayudé a limpiarse con un par de pañuelos que llevaba en el bolsillo. Nos recompusimos la ropa, en silencio, con sonrisas a medias. Faltaban dos paradas para la mía.
—La siguiente es la tuya —dijo Marina, mirando por la ventanilla. No era una pregunta.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he decidido yo —contestó, y se inclinó para besarme.
Fue un beso lento, con toda la complicidad del mundo, de los que saben a continuación. Cuando el autobús frenó, ella seguía descalza, con los tacones rojos colgando de dos dedos.
—No me los pienso poner —dijo, levantándose conmigo—. Tú me prometiste otro masaje.
Bajamos juntos a una calle vacía, ella descalza sobre el asfalto todavía tibio, yo detrás, sin terminar de creerme la suerte. El autobús arrancó y se alejó con sus luces de emergencia, y nosotros nos quedamos allí, en mitad de la noche, decidiendo —o más bien, decidiendo ella— hacia dónde seguir.