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Relatos Ardientes

Mi jefe me ofreció dinero por arrodillarse ante mis pies

Todo empezó por un error que no fue del todo un error. Una tarde de calor, sentada en mi escritorio, me saqué los zapatos y le tomé una foto a mis pies descalzos sobre la silla de al lado. Quería mandársela a una amiga que se burlaba de que yo tenía «pies de modelo». En lugar de eso, con el pulgar torpe y la pantalla brillando, la solté en el grupo de coordinadores e ingenieros de la planta.

Tardé tres segundos en darme cuenta. Tres segundos eternos en los que la foto ya estaba ahí, a la vista de doce hombres que firmaban mis informes cada semana. Sentí que la cara me ardía. Iba a escribir una disculpa cuando vi que el mensaje desaparecía: alguien con permisos de administrador lo había borrado antes de que nadie alcanzara a comentar.

Respiré. Pensé que ahí terminaba todo.

***

No terminó. Cuatro días después me llegó un privado de Andrés, el ingeniero de calidad, el mismo que tenía los permisos para borrar mensajes. Un hombre callado, de esos que en las reuniones anotan todo y casi nunca levantan la mirada.

—¿Quieres ganarte doscientos? —escribió, así, sin saludo.

Me quedé mirando la pantalla. ¿Doscientos qué, y a cambio de qué?

—Depende —contesté—. ¿Ganármelos cómo?

Tardó en responder. Veía los tres puntitos aparecer y desaparecer, como si escribiera y se arrepintiera varias veces. Al final lo soltó: haría lo que fuera por terminar sobre mis pies. Por verlos de cerca, por tocarlos, por chupármelos hasta dejarlos brillando. Por la foto que llevaba cuatro días sin poder sacarse de la cabeza, cuatro días meneándosela pensando en mis dedos.

Lo primero que sentí fue una mezcla de ofensa y de risa. ¿Quién se creía para ponerle precio a mi cuerpo en un chat de trabajo? Estuve a punto de mandarlo al diablo. Pero también es cierto que ese mes andaba ajustada, que el alquiler me apretaba, y que la idea de que un hombre me pagara por algo tan tonto como dejarme mirar me empezó a parecer menos un insulto y más una oportunidad.

Y había algo más, algo que no le confesé. La idea de tenerlo arrodillado, callado, esperando mi permiso, con la verga dura dentro del pantalón por mi culpa, me gustó mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Está bien —escribí—. Pero las reglas las pongo yo.

***

Quedamos en la sala de calidad, ese cuarto del fondo que siempre está vacío después de las seis, con sus archiveros grises y una mesa larga donde nadie se sienta. Llegué primero, a propósito. Quería que cuando él entrara, yo ya estuviera instalada como dueña del lugar.

Me había preparado. Esa mañana me pinté las uñas de los pies de un blanco mate, limpio, que contrastaba con la piel. Llevaba unos tacones rojos de plataforma gruesa, con una correa fina que se cerraba en el tobillo, y un vestido entallado del mismo blanco que las uñas, tapado a medias por la bata roja del trabajo. Abajo, nada. Ni bragas. Sabía que me iba a mojar y no quería tela que se me pegara a los labios cuando lo tuviera de rodillas. Me senté sobre el borde de la mesa, crucé las piernas y dejé un pie colgando, balanceándolo despacio.

Le mandé un mensaje con la dirección de la sala. Él respondió con una captura: la transferencia, completa, hecha antes de poner un pie en el cuarto. Doscientos. Sonreí sola. Pagar por adelantado era, sin saberlo, la primera de mis reglas.

Cuando entró, lo hizo despacio, casi pidiendo permiso con el cuerpo. Cerró la puerta con cuidado y se quedó a dos pasos, las manos cruzadas adelante como un alumno frente a la dirección.

—Hola —dijo, y la voz le salió más baja de lo que pretendía.

—Hola, Andrés. —Lo miré sin moverme—. Estás nervioso.

—Un poco. Nunca había hecho algo así. —Tragó saliva—. ¿De verdad eras tú? La de la foto.

—De verdad. —Descrucé las piernas muy despacio y volví a cruzarlas del otro lado, dejando que el tacón apuntara hacia él—. Acércate y compruébalo tú mismo.

Dio un paso. Después otro. Cuando estuvo a un metro, levanté el pie y lo apoyé en el aire, a la altura de su pecho, sin tocarlo.

—De ahí no pasas hasta que yo lo diga —le advertí—. Arrodíllate.

Lo dudó medio segundo. Medio segundo en el que vi la pelea entre el ingeniero serio de las reuniones y el hombre que llevaba cuatro días mirando una foto con la polla en la mano. Ganó el segundo. Se arrodilló sobre el piso frío de la sala, y yo sentí esa corriente caliente que sube cuando alguien hace exactamente lo que le pides. Un tirón entre las piernas, un latido bien concreto en el coño, y noté que ya estaba empezando a mojarme.

***

—Quítame los tacones —le ordené—. Despacio. El derecho primero.

Andrés alargó las manos y buscó la correa del tobillo. Le temblaban un poco los dedos mientras tanteaba el cierre. Lo abrió con torpeza, deslizó el tacón hacia afuera y lo dejó en el suelo como si fuera algo frágil. Cuando mi pie quedó libre, abrí los dedos en abanico y los moví, uno por uno, frente a su cara.

Se quedó paralizado. No decía nada, solo miraba cómo se separaban y se juntaban mis dedos a centímetros de su nariz. Vi cómo se le marcaba el bulto contra la tela del pantalón, cómo se le hinchaba la verga sin que yo lo hubiera tocado siquiera.

—¿Por qué tan callado? —le pregunté—. ¿No puedes hablar? ¿Necesitas que esa boca haga algo más útil? ¿La quieres llena de mis dedos, Andrés? Dilo.

—Sí —susurró, como si le costara admitirlo—. Por favor.

Acerqué el pulgar del pie hasta sus labios y se lo pasé por encima, despacio, dibujándole la boca. Lo sentí contener la respiración. Insistí, presionando apenas, hasta que él entreabrió los labios y sacó la lengua para rozarme el dedo. El primer contacto fue tímido, una caricia húmeda y corta.

—Eso es —murmuré—. No tan rápido. Chúpalo bien. Como si fuera una polla. Métetelo entero.

Obedeció. Se lo metió hasta el nudillo y empezó a mamármelo con una avidez que no le pegaba nada al hombre callado del que tomaba nota en las reuniones. Su lengua giraba alrededor del pulgar, empujaba entre uña y piel, salivaba a propósito para dejarlo brillante. Después bajó la boca al empeine y me lo lamió entero, de arriba abajo, mientras yo le dejaba caer la punta del pie sobre la barbilla. Se metió los otros dedos de a uno, mordisqueándomelos suave, chupándolos como si le fueran a pagar por hacerlo bien y no al revés.

Sentir esa humedad tibia colarse entre mis dedos me prendió de golpe. Fue como un cable conectado desde la planta del pie hasta el centro del coño, y noté cómo el vestido se me pegaba de puro empapada. La mojazón me chorreaba por la cara interna del muslo, tibia y espesa. Cerré los ojos un segundo, apreté los dientes, y volví a mirarlo.

Lo dejé trabajar. Me chupaba los dedos de a uno, con una concentración que en las reuniones nunca le había visto. Apoyé la otra pierna sobre la mesa, el tacón todavía puesto, y con la mano libre me subí el borde del vestido hasta la cintura, abriéndome de piernas frente a él, con el coño depilado, hinchado y brillando de humedad a la altura justa de su cara.

—Mírame, Andrés. —Esperé a que alzara los ojos—. Mira cómo me tienes. Estoy empapada, y solo me chupaste un pie. ¿Ves cómo me chorrea? ¿Ves cómo me late?

Subió la mirada y la dejó clavada entre mis piernas. Lo vi tragar otra vez, vi cómo se le aceleraba la respiración, vi que le costaba seguir quieto sobre las rodillas. Se le escapó un gemido bajito cuando bajé dos dedos y me abrí los labios del coño para que viera todo, la entrada apretada, el clítoris duro asomando, un hilo de flujo cayendo hasta el suelo.

—Si esto me hace un solo pie —seguí, con la voz baja—, imagínate los dos. Quítame el otro tacón. Y esta vez no te voy a decir lo que tienes que hacer. Demuéstrame que vale la pena.

***

Le quitó el tacón al otro pie con más decisión, como si las reglas ya las hubiera entendido. Se metió mi pie entero en la boca, escupiéndome primero sobre los dedos para tenerlos resbalosos, y mientras lo tenía dentro yo movía los dedos despacio, jugando con su lengua desde adentro. El gesto le arrancó un sonido ahogado, lo primero parecido a un gemido que le oí en toda la tarde.

Lo dejé varios minutos así, alternando un pie y el otro, observándolo desde arriba con las dos manos apoyadas atrás sobre la mesa. Después le junté los dos pies contra la boca al mismo tiempo, obligándolo a lamer entre los dedos de los dos, con la lengua entrando y saliendo de esos huecos como si fuera un coño chiquito. Andrés babeaba, se le caía la saliva por el mentón, y con cada gemido que soltaba yo notaba una nueva descarga en el clítoris.

Me llevé una mano al coño mientras él seguía. Empecé a frotarme despacio, con dos dedos abriendo los labios y el pulgar dando vueltas sobre el clítoris. Andrés levantó los ojos y vio lo que estaba haciendo. Se le paró más, si eso era posible. Un ronquido salió de su boca contra mi pie.

—Sigue chupando —le dije, con la voz temblándome un poco—. No pares. Ni se te ocurra parar hasta que yo te lo diga.

Metí un dedo dentro del coño y lo saqué brillando. Se lo mostré. Él seguía mamándome los pies, con la mirada fija en mi mano. Me llevé el dedo mojado a la boca, lo chupé despacio, y le sonreí.

—¿Rico, no? Lástima que esto no está en el precio de hoy.

Había algo embriagante en la diferencia: él de rodillas, sudando, entregado, con la polla afuera del pantalón que ya se había abierto sin permiso; yo recostada, fresca, decidiendo cuándo y cómo, masturbándome despacio para que se muriera de ganas de meterme la lengua donde no lo iba a dejar. El poder estaba todo de mi lado, y eso me calentaba más que cualquier caricia.

Cuando lo vi al borde de perder la cabeza, cuando su mano bajó a la verga para agarrársela solo, lo frené con la punta del pie en el pecho.

—Para. —Lo empujé apenas hacia atrás—. Suelta esa polla. Nadie te dio permiso para tocarte.

Obedeció al instante, las manos otra vez apoyadas en los muslos, la verga colgando dura, roja en la punta, con una gota transparente resbalando por el glande.

—Lo hiciste bien —le concedí—. Tan bien que te voy a ofrecer algo que no estaba en el trato.

—Lo que sea —dijo, ronco.

—¿No te gustaría sentir estos pies, así de mojados de tu propia saliva, en otra parte? —Le sostuve la mirada y bajé los ojos hacia su verga—. Ahí. Envuelto entre mis plantas. Pero eso cuesta aparte. ¿Lo quieres?

No me contestó con palabras. Se puso de pie, se bajó el pantalón hasta los tobillos con manos torpes, junto con el bóxer, y quedó ahí parado frente a mí, la polla dura apuntando hacia arriba, gruesa, palpitando. Como yo seguía sentada en el borde de la mesa, la tenía a la altura justa de mis pies. Junté las plantas, todavía húmedas, y lo atrapé entre ellas.

—Quieto —le ordené—. Tú no haces nada. Esto lo manejo yo. Si te mueves, te vas sin acabar.

Le junté los pies alrededor de la verga como si fueran una mano y empecé a moverme de arriba abajo, presionando con los empeines, sintiendo el calor duro de su piel contra las plantas. Me escupí en los dedos y le mojé el glande para que resbalara mejor. Cambié el ritmo a propósito, rápido y después lento, para que no supiera cuándo iba a apretar. Subía apretando fuerte hasta cubrirle la punta con los dedos, bajaba floja hasta la base, y volvía a subir apretando.

—Mírame la cara mientras te la hago con los pies —le dije—. No mires abajo. A los ojos.

Le costó. La cabeza se le iba para adelante, quería mirarse la polla envuelta entre mis dedos blancos, pero cada vez que bajaba la mirada yo aflojaba y le sonreía. Aprendió rápido. Se quedó clavado en mis ojos, con la boca abierta, respirando como si le faltara aire.

En un momento lo sujeté entre los dedos gordos de los dos pies y con los del otro le acaricié la punta, abriendo y cerrando los dedos alrededor del glande, apretando y soltando, mirándole la cara mientras se le iba descomponiendo. Le corría el sudor por la sien. Le temblaban los muslos.

—No… no voy a aguantar —dijo entre dientes.

—Entonces no aguantes. —Apreté un poco más, aceleré, le pasé el arco del pie por toda la longitud—. Pero te corres donde yo te diga. Sobre los dedos. Quiero ver toda tu leche caer ahí. Cada gota. Y después me la vas a limpiar con esa lengua que tan bien mueves. ¿Está claro?

—Sí… sí, dios, sí —jadeó.

—Dilo bien. Di dónde te vas a correr.

—Sobre tus pies. Sobre tus dedos.

—Buen chico.

Le bastó eso. Lo sentí tensarse entero, se le contrajo el vientre, y un segundo después la primera chorreada de semen le salió disparada, tibia y espesa, cayéndome justo entre los dedos abiertos como yo se lo había pedido. Vinieron dos, tres, cuatro chorros más, cada uno con un gemido que él no pudo contener. La leche se le escurrió por el empeine, por la espinilla, por la planta. Los dedos me quedaron pegajosos, brillando, cubiertos de blanco espeso que se me metía en cada hueco. Él se quedó ahí parado, con la respiración entrecortada, mirando el desastre que acababa de hacer sobre mis pies como si no terminara de creérselo.

—Ahora limpia —le dije, tranquila, y le acerqué el pie a la boca.

Se arrodilló otra vez sin dudarlo. Empezó a lamer su propia corrida de mis dedos, tragándose lo que había soltado, chupando entre nudillo y nudillo, pasando la lengua por el empeine hasta dejarlo limpio. Le tomó buenos minutos. Yo lo miraba desde arriba, con la otra mano de vuelta en el coño, dándome vueltas al clítoris despacio, sin dejarme acabar todavía. Eso lo guardaba para después, sola, en casa, con la escena entera pasándome por la cabeza.

***

Cuando terminó de limpiarme, saqué un pañuelo de mi bolso y, con toda la calma del mundo, me sequé sin apuro mientras él se acomodaba la ropa, rojo hasta las orejas, con la verga todavía a medio bajar.

—Gracias —alcanzó a decir—. De verdad… gracias.

—No me agradezcas a mí. —Volví a calzarme los tacones, todavía con los pies algo pegajosos por dentro, y me bajé de la mesa—. Agradécete a ti por portarte bien. Los que se portan bien repiten.

—¿Repetir? —Se le iluminó la cara—. Yo… consigo más. Junto lo que haga falta. Lo que tú pongas de precio.

Me acerqué hasta quedar a un palmo de él, y por primera vez en toda la tarde fui yo la que bajó la voz a un susurro.

—Me parece bien. Pero la próxima vez subo la tarifa. Y las reglas también. La próxima vez a lo mejor te dejo ver de cerca lo que hoy solo miraste. A lo mejor te dejo probarlo. Pero eso te va a costar mucho más que doscientos. —Le pasé un dedo por el pecho de la camisa, y después bajé la mano hasta apoyársela sobre el bulto todavía tibio del pantalón—. ¿Te quedó claro?

—Clarísimo —dijo, y se le notaba que ya estaba pensando de dónde sacaría el dinero. Se le empezaba a hinchar otra vez bajo mi mano.

Salimos de la sala con un par de minutos de diferencia, cada uno por su lado, como dos personas que no tienen nada que ver. Esa misma noche, antes de dormir, abrí la aplicación del banco por costumbre. Había otra transferencia que yo no había pedido: trescientos, con una sola palabra de concepto. «Adelanto.»

Me reí sola en la oscuridad, con la mano metida entre las piernas y el coño todavía latiéndome de puro acordarme. Andrés había aprendido rápido. Había entendido, sin que yo se lo dijera, que el que paga por adelantado es el que más espera. Y yo ya estaba pensando en todo lo que le iba a hacer pagar la próxima vez.

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Comentarios(8)

CristinaSF

Que relatazo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria

Flor_del_Sur

Increible como lo describis, se siente real sin ser burdo. Seguí publicando por favor!

ValenRo92

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de más. Muy bien escrito

tati_cordoba

Me trajo recuerdos de ciertas situaciones jaja. Tremendo relato, gracias por compartir

Domi_BCN

jajaja el titulo ya me atrapó y el relato cumplió con creces. 10 puntos

ElCurioso_MX

¿Tenes mas relatos de este tipo? me gustó mucho la perspectiva desde la que lo contás

Roxana_Gdl

Esto es exactamente lo que buscaba cuando entré al sitio. No me defraudó para nada

NorbertoL

excelente!!! esperando el proximo. saludos

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