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Relatos Ardientes

Me dejé dominar por el hombre que todos subestimaban

Llevaban algo más de dos semanas hablando cuando Renata decidió ir a su casa. Ella y Damián se habían cruzado en una de esas aplicaciones donde casi todo el mundo miente un poco, y al principio sus conversaciones no parecían distintas de las demás: un saludo cauteloso, las preguntas de rigor sobre el trabajo, la música, alguna broma para aflojar la tensión. Pero había algo en su manera de escribir —directa, sin rodeos, y al mismo tiempo desnuda de cualquier máscara— que hizo que ella se quedara más de lo que acostumbraba.

El perfil de Damián era honesto hasta el filo. «Mido 1,29, por si para alguien eso es un problema», decía la primera línea de su biografía, como si prefiriera espantar de entrada al que iba a rechazarlo igual. Las fotos no escondían nada: él sentado en una cafetería, otra de cuerpo entero junto a una bicicleta adaptada, y una última en la que sonreía de medio lado, con una cara amable que rompía la frialdad del resto del catálogo. Ni filtros ni poses calculadas. Solo un hombre que parecía decir: Esto soy. Lo tomas o lo dejas.

Cuando él abrió el perfil de Renata por primera vez, tuvo que mirarlo dos veces. Piel clara, pelo castaño largo con un mechón violeta que brillaba al sol, una sonrisa ancha y demasiado segura. En una foto posaba junto a una piscina con un bikini que dejaba poco a la imaginación; en otra cantaba a todo pulmón dentro del coche. Y en todas, lo primero que veía eran sus tetas. Los piercings de los pezones se adivinaban bajo la tela fina de cualquier top, y a ella nunca le había importado provocar. Le gustaba decidir cómo la miraba el mundo.

—¿Qué hace una mujer así hablando con alguien como yo? —le escribió él una noche, y no era falsa modestia. Era una pregunta de verdad.

Lo que Damián no sabía era que su estatura nunca fue el filtro para ella. Fue justo lo contrario. Renata había estado con hombres previsibles, fáciles de leer, envueltos en una seguridad casi siempre fingida. Él, en cambio, era honesto de una forma que la desarmaba. Cuando ella respondió a su comentario sobre la altura con un «¿y eso por qué iba a ser un problema? Mientras sepas usar la boca y tengas una polla dispuesta a currárselo, creo que nos vamos a entender», él tardó un rato en contestar. Después le confesó que se había reído solo frente a la pantalla, con la polla ya dura contra el pantalón.

***

Las últimas noches antes de verse, la conversación se había vuelto descarada. Lo que empezó como bromas terminó en un intercambio cargado de electricidad. Renata no era de andarse con vueltas.

—Si lo hacemos —escribió ella—, quiero que me arranques las bragas con los dientes y me comas el coño como si llevaras días sin probar bocado. Con lengua, con dedos, con todo. Y no pares hasta que me corra dos veces en tu cara.

Él tardó unos segundos. Ella lo imaginó mirando la pantalla, midiendo sus propias dudas.

—¿Y si me quedo corto? No sé si mi polla es lo que esperas.

—Eso lo decido yo cuando la tenga en la boca —contestó ella—. Pero si te sueltas y follas como escribes, voy a estar gritando tu nombre mientras me llenas el coño de leche.

Había algo en esa mezcla suya de deseo e inseguridad que la encendía más que cualquier galán seguro de sí mismo. Siguieron describiendo el encuentro con detalle durante días —qué le iba a hacer, cómo se la iba a chupar, cuántas veces la iba a hacer correrse antes de metérsela— hasta que la antesala se volvió adictiva y los dos supieron que iba a pasar.

***

Esa noche, cuando Renata tocó su puerta, todo lo que habían hablado durante semanas se presentó de golpe. Ella había elegido un vestido ajustado de estampado animal, tan ceñido que subía un poco con cada paso y dejaba ver la piel de los muslos. Tacones de tiras negras, el pelo cayendo como una cortina hasta la cintura, el mechón violeta como única nota rebelde. Debajo, solo un tanga de encaje violeta empapado ya antes de llamar al timbre. Quería que, al abrir, lo primero que él sintiera fuera vértigo.

Y lo sintió. Se le notó en la cara apenas corrió el pestillo, y sobre todo en el bulto que se le marcó de inmediato bajo los vaqueros.

—Hola, Damián —dijo ella, sin un gramo de nerviosismo en la voz, aunque por dentro algo le rugía.

—Hola —respondió él, y se notaba cómo intentaba sostener la calma mientras el pecho se le movía demasiado rápido.

El piso era pequeño pero cálido, de muebles sencillos, sin pretensiones. Había una vela encendida sobre la mesa y una botella de vino esperando en la barra: la prueba de que él había pensado en su llegada. Y ahí estaba, de pie, esperándola. Su figura era compacta, proporcionada, y aunque su altura no era ninguna sorpresa, verlo en persona la llevó a un terreno distinto del que había imaginado. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta negra que marcaba sus hombros. Era atractivo, de un modo que no se parecía al de ningún otro hombre con el que hubiera estado.

Renata avanzó hacia él y, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la ansiedad frente a alguien que deseaba. Había un morbo innegable en aquello. La diferencia entre sus cuerpos, el deseo de cruzar un límite que otros hombres jamás se atrevieron a cruzar con ella. Pero también había algo más, algo que le costaba nombrar: Damián le había mostrado sus grietas desde el primer mensaje, y esa honestidad cruda le bajaba todas las defensas.

Dejó caer el bolso en el sofá como si estuviera en su casa.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome o vas a besarme como prometiste? —preguntó, inclinando la cabeza mientras sus dedos jugaban con el borde del vestido. Subió la tela un par de centímetros, un gesto que parecía casual y no lo era: le enseñó a Damián el encaje violeta pegado ya a los labios de su coño, oscurecido por la humedad—. Mira cómo llegué. Y todavía no me tocaste.

Damián tragó saliva y dio un paso. Su mirada bajó despacio por el cuerpo de ella hasta detenerse en sus tetas, donde los piercings brillaban como una provocación bajo la tela tensa. Renata lo dejó mirar. Relajó los hombros a propósito, dejando que el pecho se ofreciera a sus ojos sin disimulo, y entonces él levantó la vista de golpe, como si temiera que lo descubriera. Demasiado tarde. Ese instante había bastado para que el calor le bajara a ella hasta el coño.

Cuando él por fin la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí, ella sintió sus manos firmes contra la piel. Se inclinó hacia adelante, doblando un poco las rodillas para encontrarse con su altura, y aquel pequeño ajuste, lejos de incomodar, se sintió como un pacto: encontrarse en el punto exacto donde los dos encajaban. Al pegarse a él sintió, contra la parte baja de su vientre, la polla dura de Damián tirando de los vaqueros. Le gustó comprobar cuánto se le había puesto solo con verla entrar.

El primer beso la sorprendió. Damián movió la boca con un cuidado que ella no esperaba, explorando sus labios entre la inseguridad y el hambre. Renata respondió despacio, dejándolo marcar el ritmo, y enseguida tomó el control, hundiendo los dedos en su pelo y metiéndole la lengua hasta el fondo. Mientras se besaban, ella deslizó una mano entre los dos cuerpos y le apretó el bulto por encima del pantalón. Notó cómo él se estremecía entero y jadeaba dentro de su boca. Esto no es como otras veces, pensó ella, asombrada de su propia entrega, mientras le acariciaba la polla arriba y abajo por encima de la tela.

—Mira lo que provocás —le susurró contra los labios, dándole un último apretón—. Y todavía no te he hecho nada.

***

—Vamos —dijo Renata, empujándolo suavemente contra la pared—. Ahora quiero verte a ti.

Le agarró el borde de la camiseta y se la sacó de un tirón. Después pasó las manos por su torso, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo sus dedos. Deslizó las yemas hasta sus pezones y los rozó apenas.

—¿Te gusta? —murmuró, y sin esperar respuesta bajó la boca hasta ellos. Sacó la lengua y trazó círculos lentos alrededor de uno, sintiéndolo tensarse bajo su boca, y después se lo mordió muy despacio.

—Joder… —soltó él, cerrando los ojos—. Nunca pensé que me gustara tanto esto.

—¿No? —Renata levantó la cabeza, divertida—. Pues prepárate, porque apenas empiezo.

Se puso de rodillas sin apartar la vista de la suya. Le desabrochó el botón del vaquero con dedos tranquilos, bajó la cremallera diente a diente para que él la oyera, y le tiró de los pantalones hasta los tobillos. El calzoncillo negro estaba tensado por la polla dura, con una mancha húmeda en la punta que delataba lo mucho que llevaba aguantándose. Renata sonrió y pegó la nariz al bulto, respirando hondo su olor antes de bajarle también el calzoncillo.

La polla de Damián saltó libre, dura, más gruesa de lo que ella hubiera imaginado, con la punta brillante de líquido preseminal. A Renata se le escapó un jadeo aprobador.

—Mira lo que escondías —dijo, envolviéndola con la mano y apretándola desde la base—. Y venías con miedo a decepcionarme.

Sin darle tiempo a contestar, sacó la lengua y le lamió la punta despacio, recogiendo todo lo que había escapado. Después abrió la boca y se la metió entera, empujando hasta que la sintió golpearle el fondo de la garganta. Damián soltó un gruñido ronco y clavó una mano en el pelo de ella. Renata gimió con la polla dentro, y esa vibración le arrancó a él otro jadeo. Se la sacó de la boca con un beso húmedo en la punta, escupió sobre ella y la volvió a envolver con la mano, masturbándolo mientras le miraba a los ojos desde abajo.

—Mírame —le ordenó—. Quiero que veas cómo te la mamo.

Volvió a tragársela, ahora despacio, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla y le mojara los huevos. Le agarró los cojones con la otra mano y jugó con ellos mientras subía y bajaba la cabeza, apretando los labios en cada pasada para que él sintiera la fricción entera. Damián empezó a mover las caderas contra su boca, incapaz de contenerse, y ella se dejó follar la cara sin quejarse, con los ojos empañados de lágrimas y una mueca de puro placer en la boca.

—Para… para o me corro ya —jadeó él, tirándole del pelo hacia atrás.

Renata se sacó la polla de la boca con un chasquido y sonrió con los labios hinchados y brillantes.

—De eso nada. Todavía no. Antes me la vas a comer tú a mí.

Damián sonrió, y por primera vez ella vio en sus ojos algo distinto a la duda. Determinación.

—Ahora te toca a ti —dijo él, y llevó las manos a sus caderas cuando ella se puso de pie. Subió el vestido despacio hasta descubrir el tanga violeta empapado, de encaje casi transparente. Renata dio un paso atrás, lo justo para que él disfrutara cada movimiento, y dejó que la tela resbalara por sus curvas hasta el suelo. Después se enganchó los pulgares en el tanga y lo bajó ella misma, muy despacio, hasta que le cayó por los tobillos.

Se quedó expuesta bajo la luz tenue, desnuda del todo salvo por los tacones. Sin romper el contacto visual, giró despacio sobre los talones para que la admirara desde todos los ángulos —el culo redondo, la espalda, el coño depilado brillando de humedad entre los muslos— y cuando volvió a enfrentarlo, los labios de él se entreabrieron en un gesto involuntario.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella, la voz ronca.

—Desde la primera foto… no podía dejar de pensar en meterte la lengua —respondió él, casi un susurro.

—Pues no me hagas esperar más.

Renata le tendió la mano y lo guio hacia el sofá. Se sentó, abrió las piernas del todo apoyando los tacones en el borde del cojín, y él quedó arrodillado frente a ella, sus manos acariciando los muslos de Renata con movimientos lentos y firmes.

—Dijiste que te bajara la ropa y te comiera el coño como si fuera el fin del mundo, ¿no? —preguntó él, con una sonrisa ladeada que ella no le había visto antes.

—Cállate y demuéstramelo.

Mientras sus manos separaban del todo los muslos de ella, algo cambió en Damián. Se notó en la firmeza nueva de sus dedos, en cómo dejó de pedir permiso con la mirada. Se acercó, respiró hondo contra el coño de ella y sacó la lengua. Empezó despacio, con un lametón largo desde abajo hasta el clítoris, sin prisa, saboreándola entera. Renata soltó el aire de golpe y se aferró al respaldo del sofá buscando algo a lo que sujetarse.

Damián se lo tomó con calma. Le abrió los labios con dos dedos y la lamió pliegue por pliegue, cerrando la boca sobre el clítoris cada tantos segundos para chupárselo con fuerza, sin dejarla acostumbrarse a un ritmo. Cuando la sintió arquearse le metió un dedo dentro, luego dos, curvándolos hacia arriba para presionar justo donde ella no podía llegarse sola, mientras seguía comiéndosela como si no hubiera nada más en el mundo.

—Así… justo así, no pares —jadeó ella, empujándole la cara contra el coño—. Me la vas a hacer correr… ay, joder…

Sus palabras solo lo encendieron más. Él le sujetó los muslos con fuerza, inmovilizándola, redoblando el esfuerzo. La humedad de su boca, el roce áspero de su barba contra la piel sensible, los dos dedos entrando y saliendo mientras la lengua trabajaba el clítoris a un ritmo cada vez más rápido, todo se combinaba para empujarla al borde.

Renata arqueó la espalda de golpe cuando el orgasmo la alcanzó, un grito desgarrado escapándosele mientras le clavaba las manos en el pelo. Las caderas se le sacudieron solas contra su cara, y por un instante el mundo entero se detuvo en ese punto donde todo el cuerpo se le tensó y se liberó a la vez. Damián no la soltó. Siguió chupándole el clítoris mientras ella temblaba, alargándole el orgasmo hasta que Renata tuvo que apartarle la cabeza porque no aguantaba más.

—Espera, espera… —jadeó, riéndose sin aire—. Dame un segundo.

—Habías dicho dos —le recordó él, con la boca todavía brillante de ella.

Renata lo miró y sintió que se le contraía todo por dentro otra vez. Le agarró la cara con las dos manos y se lo pegó de nuevo al coño.

—Entonces cúmplelo.

Damián volvió a bajar la cabeza sin discutir. Esta vez fue directo al clítoris, chupándoselo con los labios cerrados en torno a él mientras metía otra vez los dedos y los movía rápido, sin descanso. Renata todavía estaba sensible del primero y no le duró nada: en menos de un minuto sintió el segundo orgasmo trepándole desde las piernas, más brutal que el anterior, y esta vez sí gritó su nombre mientras se corría empapándole la cara y la mano.

—Eres jodidamente bueno —jadeó ella, intentando recuperar el aliento.

Él levantó la cabeza, el rostro húmedo, la expresión triunfante.

—¿Así lo imaginabas? —preguntó.

—No —sonrió ella, tirándole del brazo para que subiera—. Fue mucho mejor. Ven acá.

Lo besó en la boca sin importarle notarse a sí misma en sus labios. Al contrario, le gustó chuparle la lengua sabiendo a qué sabía.

***

Renata se levantó del sofá completamente desnuda, sin prisa, y caminó hacia él consciente de cada paso. Damián no podía apartar los ojos de sus tetas, los piercings brillando como un detalle pensado solo para hipnotizarlo.

—Te gustan, ¿eh? —Ella se inclinó, dejando que rozaran apenas su cara—. Vamos. Ahora no tienes que conformarte con imaginar.

Él no esperó más. Sus manos buscaron abarcarlas y se encontró con un contraste que lo desconcertó y lo excitó a partes iguales: no podía cubrirlas del todo. Esa limitación, lejos de frustrarlo, pareció intensificar su deseo. Su boca atrapó uno de los pezones, y ella sintió el frío del metal contra su lengua mientras arqueaba la espalda con un suspiro. Damián tiró del piercing con los dientes, muy despacio, hasta que Renata soltó un gemido agudo y le clavó las uñas en la nuca.

—Muéstrame tu habitación —dijo Renata, tomándolo de la mano—. Ya te chupé la polla en el pasillo. Ahora quiero que me la metas en la cama.

Caminó delante de él hasta el dormitorio, contoneando el culo desnudo, segura de saberse deseada, y cuando llegó se sentó en el borde de la cama con las piernas ligeramente abiertas.

—Tu turno —señaló su ropa con la cabeza—. Sácate lo que te queda. Quiero verte entero.

Damián terminó de quitarse los vaqueros y el calzoncillo, y cuando se quedó desnudo su cuerpo tuvo en ella un efecto que no esperaba. Sus piernas, más cortas de lo que estaba acostumbrada a ver, eran fuertes, de músculos marcados. Su torso, ancho, contrastaba con la estructura compacta del resto. Y entre las piernas, la polla dura apuntándole hacia arriba, gruesa, con las venas marcadas, esperándola. Cada detalle desafiaba lo que su mente había construido antes de verlo.

—Mírate —murmuró ella, recorriéndolo con la mirada y los dedos—. Eres único. Y me encanta esa polla que tenés.

Lo dijo en serio, y él lo notó. Por primera vez no se vio en su cara aquella sombra de duda. Renata se recostó en la cama y abrió las piernas del todo, mostrándole el coño abierto, todavía brillante.

—Ven. Ya no aguanto más sin sentirte dentro.

Damián subió a la cama entre sus muslos. Se colocó, y esta vez la altura no fue un problema: encajaban perfectamente. Se agarró la polla con la mano y la pasó por los labios del coño de ella arriba y abajo, empapándola de flujo, rozándole el clítoris con la punta hasta que Renata gruñó de impaciencia.

—¿Confías en mí? —preguntó él, la voz baja, casi ronca.

—Por completo. Métemela.

La primera embestida fue lenta, casi tortuosa, mientras se abría paso dentro de ella centímetro a centímetro. Los dos soltaron un gemido a la vez cuando la sintió entrar hasta el fondo. Renata se agarró de sus brazos, los ojos muy abiertos, sintiéndolo llenarla entera. Era más grande de lo que se veía, o quizá era el ángulo, el modo en que el cuerpo compacto de Damián se apoyaba entre sus piernas y le dejaba sentir cada milímetro.

—Joder, qué bien la tenés —jadeó ella—. Fóllame. Fóllame como llevás días diciéndome.

Lo que vino después la sacó del mapa. El cuerpo de él, pequeño pero firme, se movía con una precisión casi imposible. No necesitaba ser más grande: era justo esa diferencia, esa singularidad, lo que la hacía perder el control. Cada embestida era medida, sacándola casi entera antes de volver a metérsela de golpe hasta el fondo, y él ajustaba el ángulo atento a cada reacción de ella, inclinándose para llegar más hondo.

—No pares —le suplicó Renata, buscándolo con las caderas, envolviéndolo con las piernas para que se hundiera más.

Él le soltó una muñeca solo para llevar su mano a su pecho, y le apretó uno de los pezones con un piercing entre los dedos, tirando de él al mismo tiempo que le clavaba la polla. El gesto, firme y cargado de intención, le arrancó a ella un gemido más crudo. Cada movimiento posterior fue más profundo, como si quisiera grabarse en su cuerpo para que no lo olvidara nunca. Se inclinó y le mordió el cuello, dejando una marca que sabía que tardaría en borrarse. No fue un gesto cualquiera: quería que lo recordara.

—Date la vuelta —le ordenó de pronto, saliendo de ella con un jadeo—. A cuatro patas.

Renata obedeció al instante, excitada por ese tono nuevo. Se puso de rodillas sobre el colchón, con el culo levantado y la cara contra la almohada, ofreciéndole el coño abierto. Damián se agarró la polla y volvió a metérsela de una sola embestida, hasta el fondo, y ella soltó un grito ahogado contra la almohada. Desde ese ángulo su cuerpo compacto era perfecto: le sujetó las caderas con las dos manos y empezó a follársela sin descanso, con un ritmo brutal, chocando contra su culo con cada embestida. El sonido de las pieles pegándose llenó el cuarto.

—Así… así, no pares, dámela toda —gimió Renata, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con él.

Damián le dio una palmada en la nalga que sonó fuerte, y después otra. Renata gritó y apretó el coño alrededor de la polla. Él soltó un gruñido y le agarró el pelo, tirándole la cabeza hacia atrás mientras seguía embistiéndola.

—Dime cómo la sentís —le susurró contra la oreja, todavía dentro, moviéndose despacio y hondo.

—Enorme… me llenás entera… me vas a hacer correr otra vez, no pares, no pares…

Él aceleró de nuevo, con una mano en su pelo y la otra alrededor de su cadera. Renata se llevó una mano al coño y empezó a frotarse el clítoris mientras la follaba, y en cuestión de segundos el tercer orgasmo la alcanzó como un cortocircuito. Se corrió gritando su nombre, el coño apretándose en espasmos alrededor de la polla, la cara aplastada contra la almohada, el cuerpo entero temblando.

Damián aguantó todo lo que pudo, pero notar cómo se le cerraba dentro fue demasiado. La soltó del pelo, la agarró de las caderas con las dos manos y le clavó la polla hasta el fondo cuatro, cinco veces más, con embestidas brutales.

—Me corro… ¿dónde? —jadeó.

—Dentro —gimió ella—. Adentro. Corréte adentro.

Renata sentía la fuerza contenida en aquel cuerpo compacto liberándose con cada embestida. Damián no tenía la experiencia que otros presumían, pero lo compensaba con una voluntad que no se rendía. Cada caricia era una declaración: su tamaño no era un impedimento, no esa noche, no con ella.

Cuando los dos llegaron, sus gemidos se unieron en un grito que resonó por toda la habitación. Ella se tensó debajo de él, sacudida por los espasmos, apretándolo entre sus paredes mientras lo sentía derramarse dentro con un gruñido ronco, chorro tras chorro, la polla latiéndole contra el fondo del coño. Damián empujó despacio unas cuantas veces más, vaciándose entero, hasta que se dejó caer sobre su espalda, empapado, jadeando contra su nuca.

***

Se quedaron así unos segundos, los cuerpos aún unidos, el cuarto lleno del eco de sus respiraciones. Cuando por fin él salió de ella, Renata sintió el semen tibio escurrirle por el interior de los muslos, y esa sensación la hizo sonreír. Damián se dejó caer a un lado, jadeando, y la miró con una mezcla de incredulidad y satisfacción.

—No puedo creer que… —empezó ella, y se quedó sin palabras.

—¿Que un hombre como yo te haga correr tres veces? —bromeó él, aunque le tembló un poco la voz.

Renata negó con la cabeza y lo atrajo contra su pecho, acariciándole el pelo.

—No. No puedo creer que nadie más haya sabido aprovecharte.

Algo se le acomodó por dentro al oírlo, ella lo notó. Damián bajó la cabeza hasta descansar entre sus tetas y Renata lo abrazó, perdiendo los dedos en su pelo con una ternura que no recordaba haber sentido con nadie. Miró el contraste de sus cuerpos, la forma en que su torso compacto encajaba sobre el suyo como si hubieran sido hechos para eso.

Lo que había empezado como un morbo pasajero se había convertido en otra cosa. Damián no era solo su opuesto físico: era el espejo inesperado de sus propias inseguridades, y la prueba de que el deseo puede florecer —y follar duro— en los lugares menos pensados. Ella dejó que sus labios rozaran la parte alta de su cabeza y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ninguna prisa por irse.

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Comentarios(9)

Richi_85

increible como lo escribiste, se siente muy real. bravo!!!

LectorNocte

Por favor seguí con la historia, quede con ganas de saber qué pasó despues. Me enganché desde el principio.

MarisolRio

Me recordó a una situación que viví hace tiempo y que pensé que habia olvidado. Muy bien narrado, sin exagerar ni forzar nada.

ElPulpo_Reader

¿Va a continuar? Porque el final me dejó con mil preguntas...

Tomás_BA

jajaja todos lo subestiman y al final resulta que era el que mas sabía. típico y sin embargo siempre funciona :)

LoboGris88

Muy buena prosa. No es facil escribir sobre estos temas con tanto tacto y al mismo tiempo con esa intensidad. Espero que subas más relatos pronto.

Amorosita

buenisimo!!!

NachoPzMdq

Me gusta que no sea burdo, tiene mucho mas suspenso que la mayoria de los relatos de esta categoria. Seguí asi.

PatriciaK22

Que bueno encontrar algo tan bien escrito aca. Gracias!

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