Intercambiamos la ropa interior frente a nuestro dueño
El salón estaba sumido en una penumbra cálida, esa luz baja que Él prefería para vernos. Decía que la oscuridad nos volvía más sinceras, que escondernos un poco nos soltaba la lengua y el resto. Vera y yo nos movíamos despacio sobre la alfombra, una junto a la otra, midiendo cada gesto como dos animales amaestrados que conocen de memoria la mano que les da de comer. Y la mano estaba ahí, quieta, apoyada en el reposabrazos del sillón.
Él nos observaba sin moverse. Tenía esa costumbre de quedarse inmóvil durante minutos enteros, los codos sobre las rodillas, evaluándonos como quien revisa una mercancía que acaba de comprar. No hacía falta que dijera nada. El silencio ya era una orden, y nosotras lo obedecíamos llenándolo con lo que suponíamos que quería ver.
—Quiero ver algo nuevo —dijo de repente.
Su voz no era alta. Nunca lo era. Pero retumbó en la habitación como si hubiera dado un golpe en la mesa. Levanté los ojos buscando su cara, intentando leer en ella qué significaba exactamente «algo nuevo», cuánto margen me daba, dónde estaba la línea esa noche.
—Os habéis mostrado bien obedientes —continuó—. Pero eso ya lo sé. Quiero que me sorprendáis. Que os mostréis de verdad.
Vera, a mi lado, jugaba con el borde de su falda sin atreverse a mirarlo de frente. Era la más nueva de las dos, la más tímida, y precisamente por eso la que más le gustaba a Él cuando se soltaba. Giró la cabeza hacia mí, esperando. Siempre esperaba que yo tomara la iniciativa, que tradujera los deseos del Señor en algo concreto que ella pudiera seguir. Esa era mi función ahí: ser la que entendía primero.
Y una idea empezó a formarse en mi cabeza.
Me incliné hacia ella, despacio, como si fuera a darle un beso, y en cambio rocé su oreja con los labios.
—Tengo algo pensado —susurré—. Déjame guiarte y confía en mí.
Mi voz apenas era un hilo, calculada para que solo ella lo oyera. Vi cómo sus ojos se encendían con una mezcla de curiosidad y miedo, ese miedo dulce que tenía siempre antes de obedecer algo que la avergonzaba. Sabía que el siguiente paso nos colocaría a las dos en un terreno distinto frente a Él, y eso era justo lo que buscaba.
Llevé mis manos al borde de mi propia falda y la levanté con una lentitud deliberada, asegurándome de que Él no perdiera ni un detalle. La tela subió hasta dejar a la vista mis bragas blancas, ese algodón sencillo que tanto le gustaba ver en nosotras. Mis dedos recorrieron la tela por encima, sin prisa. A mi lado, Vera me imitó sin que yo se lo pidiera, subiéndose la falda hasta enseñar la misma ropa interior, el mismo blanco impecable.
—Intercambiemos —le dije, en ese tono bajo que solo ella podía descifrar.
La mirada de Él se afiló al instante. Lo noté. Había captado la jugada antes incluso de que la terminara de formular, y eso me dio un orgullo absurdo, casi infantil. Lo había sorprendido. A Él, que lo había visto todo.
Vera tardó un segundo en comprender, y cuando lo hizo, una sonrisa tímida le cruzó la cara. Asintió. Dejé que mis manos bajaran hasta el borde de sus bragas, sintiendo el calor que la tela guardaba de su piel, y empecé a deslizarlas hacia abajo con movimientos lentos. Cada centímetro que descubría era parte del juego, una ofrenda más para los ojos que nos vigilaban desde el sillón.
—Despacio —dijo Él, sin alzar la voz—. Que no os pueda el ansia. Quiero verlo todo.
Obedecí. Bajé la prenda hasta sus tobillos y ella levantó un pie y luego el otro, apoyándose un instante en mi hombro para no perder el equilibrio. Yo hice lo mismo con las mías, y fue Vera quien me ayudó a quitármelas, sus dedos rozando mis muslos con una torpeza que no era torpeza, sino otra forma de entrega. El algodón pasaba de unas manos a otras con una suavidad que volvía el momento casi hipnótico.
Cuando las dos quedamos con las prendas cruzadas en las manos, Él habló de nuevo.
—Ahora ponéoslas. Las suyas tú, las tuyas ella. Y hacedlo igual de despacio.
Nos miramos. Esta vez el cruce de miradas cargaba algo más denso que antes. Sostuve las bragas de Vera, todavía tibias, y antes de ponérmelas las acerqué a mi boca. La tenía entreabierta desde hacía rato, sin darme cuenta. Dejé caer un hilo de saliva sobre la tela sin apartar los ojos de Él, ofreciéndole ese pequeño gesto sucio como quien entrega una prueba de lealtad. Sentí su mirada clavada en mí, aprobando, y supe que había acertado.
Me las puse. Deslicé la prenda por mis piernas, disfrutando del roce contra mi piel desnuda, ajustándola sobre mí con una calma que me costaba mantener porque el corazón ya me iba demasiado rápido. Vera se puso las mías a la vez, con movimientos cuidadosos, mostrando lo bien que había aprendido el papel. Cuando el intercambio quedó completo, me detuve por entero, inmóvil, esperando.
Él nos miró largo rato. Sus ojos recorrieron nuestros cuerpos de arriba abajo, sin prisa, y al fin asintió despacio.
—Perfecto —murmuró.
Esa sola palabra me recorrió la espalda como un escalofrío. Se levantó del sillón. Lo oí antes de verlo: el crujido del cuero, sus pasos sobre la alfombra, esa forma que tenía de acercarse sin prisa porque sabía que no íbamos a movernos de donde nos había dejado. Sentí su presencia detrás de mí antes de que sus manos me tocaran, y cuando lo hicieron, dos dedos enganchados en el borde de mi nueva prenda, mi piel reaccionó sola, erizándose entera.
—Ahora quiero que habléis —dijo, con la boca tan cerca de mi oído que el calor de su aliento me subió por el cuello—. Las dos. Quiero escucharos. ¿Entendido?
—Sí, Señor —contesté.
Vera y yo nos miramos. Hasta entonces todo había sido movimiento y silencio, miradas y telas cambiando de dueña. Ahora pedía palabras, y eso era más difícil, porque las palabras dejaban menos sitio donde esconderse. Le hice un gesto a Vera para que me siguiera y me dirigí a ella con suavidad, dejando que mis manos volvieran a su cintura, sintiendo bajo los dedos el algodón de mis propias bragas ahora ceñidas a ella.
—Te ves preciosa así —le dije—. ¿Lo sabías? Algo tan simple y mírate.
Sonrió, y un brillo travieso le apareció en los ojos. Bajó la voz hasta ponerse a mi altura.
—¿Te gusta cómo te toco? —preguntó, deslizando sus dedos por mi cadera—. ¿Lo estoy haciendo bien?
Su voz temblaba un poco, pero seguía mi ejemplo sin equivocarse. Asentí, jugueteando con el borde de la tela que llevaba puesta.
—Sí. Tú sigue así. Me encanta sentir tu ropa en mi piel —susurré, consciente de que Él no solo disfrutaba del intercambio, sino del diálogo que empezaba a brotar entre nosotras—. Y a Él también le gusta cómo te ves ahora. Siéntete orgullosa de eso.
Él había permanecido en silencio, detrás, observando cómo lo que había ordenado cobraba vida sin necesidad de guiarnos paso a paso. Entonces tomó la palabra.
—Sois perfectas —dijo, y en su tono había autoridad y algo parecido a la satisfacción de un dueño que ve a sus animales rendir como esperaba—. Seguid hablando. Decidme lo que sentís. Lo que pensáis. No quiero gemidos vacíos. Quiero la verdad.
Noté que el calor me subía, pero esta vez no venía del ambiente cargado ni del roce de las manos. Venía del esfuerzo de poner en voz alta algo que normalmente me callaba. La voz me salió casi sin permiso.
—Siento que todo lo que hacemos es para usted —dije, y me costaba respirar entre frase y frase—. Cada toque. Cada movimiento. Todo es para complacerle a usted.
Vera, animándose con mi ejemplo, añadió en un murmullo:
—Es un placer saber que le pertenecemos. En todos los sentidos.
Lo dijo bajito, casi para sí misma, pero Él la oyó. Lo oía todo. Sus manos se movían ahora sobre las dos a la vez, una en mi cintura y otra en la de ella, acariciándonos con una lentitud que pretendía recordarnos quién marcaba el ritmo. No era una caricia de deseo desbordado. Era una caricia de propiedad, la de quien repasa con los dedos algo que considera suyo.
—Eso es lo que quería oír —murmuró—. Buenas chicas. Obedientes.
Cerré los ojos un instante y dejé que la palabra me cayera encima como un premio. Había aprendido hacía tiempo que esa era mi recompensa: no el placer en sí, sino esa aprobación dicha en voz baja, esa confirmación de que había hecho bien mi papel. Vera buscó mi mano con la suya y entrelazó los dedos, y noté que ella sentía exactamente lo mismo, ese alivio raro de saberse útil, mirada, valorada por el único que importaba en esa habitación.
—Mírame —ordenó Él, y las dos giramos la cabeza a la vez.
Estaba de pie entre nosotras, con esa expresión tranquila que ponía cuando todo iba como quería. Nos repasó una última vez, las bragas cambiadas, los muslos todavía temblando, las bocas entreabiertas esperando la siguiente instrucción.
—Quedaos así —dijo—. No os mováis. Quiero miraros un rato más antes de decidir qué hago con vosotras.
Y nos quedamos. Quietas, de rodillas sobre la alfombra, con la ropa de la otra puesta y los ojos clavados en Él, esperando. El reloj de la pared marcaba los segundos y ninguna de las dos se atrevía a romper esa quietud. Porque eso era lo que nos pedía, y porque las dos sabíamos, sin necesidad de decirlo, que la espera también formaba parte del juego. Que entregarse no era solo hacer lo que ordenaba, sino aguantar de pie —o de rodillas— el peso de su mirada hasta que decidiera levantarla.
Él sonrió. Volvió a sentarse en el sillón, despacio, y cruzó las piernas.
—Buenas chicas —repitió.
Y nosotras, inmóviles bajo aquella penumbra cálida, nos sostuvimos la espera como su mejor ofrenda.