Vendí mis bragas usadas y todo se salió de control
Esta historia me la guardé durante años, y todavía me cuesta creer que fuera yo la protagonista. Me llamo Lucía, aunque casi todos me dicen Lu. A los veintidós años, en plena carrera, vivía con el bolsillo siempre vacío y la cuenta del alquiler respirándome en la nuca.
Por aquel entonces tenía un cuerpo que sabía usar a mi favor: medía un metro setenta, rondaba los sesenta kilos, delgada pero con un pecho generoso y un trasero firme que llamaba la atención por la calle. Llevaba una melena castaña, larga y ondulada, que me caía hasta media espalda y que más de uno se quedaba mirando.
Había oído a varias compañeras hablar de trabajitos a tiempo parcial: líneas eróticas, sesiones de webcam, ese tipo de cosas. Me llamaban la atención, no lo niego, pero la idea de exponerme tanto me daba demasiada vergüenza. Nunca di el paso. Hasta que escuché lo de vender lencería usada.
Una chica de mi facultad presumía de haber sacado un dineral vendiendo sus bragas por internet. Me pareció un rendimiento enorme para tan poco esfuerzo, así que decidí probar. Total, nadie tenía por qué enterarse.
Me metí en un foro especializado y empecé a tantear el terreno. Al principio no vendí nada, pero a las pocas semanas ya había cerrado un puñado de pedidos. Mandaba el paquete por correo, cobraba por transferencia y no veía la cara de nadie. Limpio, anónimo, fácil.
Aquella tarde, como cualquier otra, entré en el chat. Un usuario me escribió casi al instante.
—Elegante47: Hola. Me interesan unas braguitas tuyas, pero tengo una petición distinta. Me gustaría que quedáramos en persona. Que las lleves puestas, te las quites en el baño y me las entregues enseguida, todavía tibias.
Mi primer impulso fue rechazarlo. Hasta entonces todo había sido a distancia, sin riesgos, sin caras. Quedar con un desconocido era cruzar una línea que no pensaba cruzar.
—No suelo hacer entregas en persona —le contesté—. Lo siento.
Pero insistió con calma, sin presionar, y poco a poco me fue convenciendo. Me ofrecía cinco veces lo habitual: cerca de doscientos ochenta euros por unas simples braguitas usadas. Ese dinero me venía demasiado bien como para dejarlo escapar. Acabé aceptando, y me citó tres días después en una cafetería del centro.
Antes de cerrar la conversación le mandé una foto con las bragas puestas, tal como habíamos acordado, y le prometí llevarlas todo el tiempo hasta el día de la cita para que se impregnaran bien de mi olor.
***
Pasé esos tres días con un nudo en el estómago, incapaz de dejar de pensar en lo que iba a hacer. La mañana del encuentro me vestí con una minifalda, un top fino sin sujetador y, debajo, las bragas prometidas. Me temblaban un poco las manos al salir de casa.
Entré en la cafetería buscando a un hombre con un pañuelo azul al cuello, como me había indicado. Tardé apenas un minuto en encontrarlo, y la sorpresa me dejó clavada en la puerta. Esperaba a un tipo cualquiera, y me topé con un hombre apuesto, de pelo entrecano cuidado, vestido con una elegancia discreta. Bajo la camisa se adivinaba un cuerpo trabajado. Aparentaba bastante menos de los años que decía su apodo.
Me senté frente a él y lo saludé con timidez.
—Voy al baño y… —empecé a decir, deseando acabar cuanto antes.
—Tranquila, no tengas tanta prisa —me cortó con suavidad, deslizando un sobre sobre la mesa—. Pide algo antes.
Conté el dinero por debajo de la mesa. Doscientos ochenta euros, exactos. Pedí un agua, él un café, e intercambiamos un par de frases sin importancia. Tenía una voz pausada, de las que te relajan y te ponen en guardia al mismo tiempo.
—Verás… —dijo dejando la taza—. Quería pedirte algo más antes de que me des las braguitas. Me gustaría que fueras al baño y te tocaras con ellas puestas. Que se empapen bien.
Sentí que el calor me subía a la cara, mitad vergüenza, mitad otra cosa que no quise nombrar.
—No sé por quién me has tomado, pero esto no entraba en el trato —respondí, empujando el sobre de vuelta hacia él.
No se inmutó. Volvió a hablarme con esa calma desesperante y me explicó que estaba dispuesto a pagar más. Ciento ochenta euros adicionales, solo por eso. La cifra me golpeó como una bofetada de tentación. Pensé en el alquiler, en los recibos, en lo poco que me costaría en realidad. Asentí casi sin darme cuenta.
Antes de que me levantara, se inclinó un poco hacia mí.
—Escríbeme un mensaje cuando termines. Entraré al baño de al lado y me pasas las bragas por el hueco de abajo. Y una última cosa, si no es mucho pedir: una foto antes de quitártelas.
***
Me encerré en el cubículo. Las paredes eran finos paneles de madera, y entre el suelo y el tabique que separaba los baños había un hueco de un palmo, suficiente para pasar una mano. Apoyé la espalda contra la pared, me subí la minifalda por encima de la cintura y empecé a acariciarme por encima de la tela.
Hice círculos lentos con los dedos alrededor del clítoris, sintiendo la fina tela de algodón entre la piel y la yema. Y mientras lo hacía, empecé a pensar en lo morboso de la situación. En aquel hombre esperando, impaciente, mis bragas húmedas. En su deseo contenido a apenas unos metros.
Me fui mojando poco a poco, empapando la tela cada vez más. Acariciaba el clítoris y, de vez en cuando, hundía los dedos un poco en la entrada, mojando la prenda con mi flujo. Me sentía una guarrilla aceptando dinero por aquello, y al mismo tiempo poderosa, dueña de la situación. El fajo de billetes en el bolso me ardía como una brasa.
Llevé la otra mano al pecho. Sin sujetador, notaba los pezones erizados a través del top. Me pellizqué uno mientras seguía tocándome, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Oí la puerta del cubículo contiguo. Alguien entró, y al instante me llegó un mensaje.
—Tranquila, soy yo. Tómate tu tiempo.
Saberlo allí, quieto, a un metro escaso, separados solo por una lámina de madera, me encendió todavía más. Lo imaginé sentado, acariciándose por encima del pantalón, pensando en mí. Esa imagen me arrastró. Aparté la tela hacia un lado y me toqué directamente, ya sin barreras, los dedos resbalando con facilidad.
Me lo imaginé con el miembro en la mano, masturbándose despacio mientras esperaba mis bragas. El clítoris se me puso duro como una piedra y me hundí en un orgasmo larguísimo, conteniendo los gemidos hasta que las piernas me temblaron. Llegué varias veces. Perdí la cuenta.
Cuando recuperé el aliento, me hice la foto que me había pedido: una mancha húmeda extendida sobre la tela, abarcándolo todo. Se la mandé.
—Qué rico —contestó al momento.
Algo se desató dentro de mí. Aparté la braguita a un lado y me fotografié el sexo mojado, todavía goteando. También se la envié.
—Mmm… delicioso.
Por fin le pasé las bragas por debajo del tabique. Las cogió rozándome los dedos al hacerlo, y aquel contacto mínimo me recorrió la espalda como un escalofrío. Me ajusté la falda, me recompuse como pude y salí.
***
Debería haberme marchado. Pero mientras caminaba calle abajo, no podía dejar de imaginarlo: olisqueando mis bragas, masturbándose en aquel baño con mi olor todavía fresco. La idea me volvió loca. A media manzana me di la vuelta.
Regresé a la cafetería y volví a colarme en los baños. Llamé con los nudillos a la puerta de su cubículo.
—¡Ocupado! —respondió.
Le escribí un único mensaje: «Abre».
El pestillo cedió y me colé dentro a toda prisa. Me lo encontré sentado, con el miembro en una mano y mis bragas en la otra, la cara descompuesta de desconcierto, sin entender qué estaba pasando. La tenía enorme, dura, las venas marcadas bajo la piel tensa. Cerré el pestillo a mi espalda, apoyé la espalda contra la puerta y le susurré:
—Sigue con lo que estabas haciendo. Como si yo no estuviera.
Dudó un par de segundos. Luego empezó a acariciarse de nuevo, despacio, y enseguida se llevó mis bragas a la nariz, aspirando mientras se masturbaba. Yo lo observaba a medio metro, devorándolo con la mirada, más excitada que en toda mi vida. Tiré de la cremallera de la falda y me la quité del todo, quedándome solo con el top y los tacones. Me llevé la mano al sexo depilado, acaricié la fina línea de vello del pubis y empecé a tocarme mientras él me miraba sin terminar de creérselo.
Seguimos así, frente a frente, en una especie de pulso silencioso en el que ninguno daba el primer paso y los dos nos calentábamos cada vez más. Al final fui yo quien lo rompió. Me acerqué y me senté a horcajadas sobre sus rodillas, con su miembro casi rozándome el vientre, ante su mirada de pura incredulidad.
Le aparté la mano y lo agarré yo, masturbándolo despacio mientras nos mirábamos a los ojos. Después tomé su mano y la guie hasta mi sexo. Se estremeció al sentirlo caliente y empapado. Llevé su otra mano bajo mi top y la apreté contra mi pecho; los pezones se me endurecieron al instante con el contacto.
Empezó a jugar con los dedos en mi entrada, todavía como si temiera que aquello fuera un sueño del que iba a despertar. Sus dedos se deslizaron dentro con facilidad y los movió despacio, volviéndome loca. No aguanté más. Me incorporé un poco, lo apunté hacia mí y bajé de golpe, hundiéndolo hasta el fondo. Los dos contuvimos un gemido.
Empecé a cabalgarlo sin control. Él me hacía gestos para que guardara silencio, pero yo estaba desbocada, y tuvo que taparme la boca con la mano para que no se me escaparan los jadeos. Me agarraba las nalgas con fuerza, clavándome los dedos, y me pellizcaba los pezones a su antojo. Disfruté como nunca; perdí otra vez la cuenta de los orgasmos.
Seguí montándolo hasta que me avisó, con la voz rota, de que estaba a punto. Me incliné y le susurré al oído:
—Tomo la píldora. Termina dentro.
Un instante después sentí las contracciones, el calor inundándome a borbotones. Aflojé el ritmo poco a poco hasta detenerme, agotada, todavía sentada sobre él, mientras notaba cómo se desbordaba entre los dos.
Nos quedamos quietos unos segundos, recuperando el aliento en aquel cubículo absurdo y estrecho. Luego me vestí en silencio, me recompuse el pelo frente al espejo y salí sin mirar atrás. En el bolso llevaba el dinero, las bragas se las había quedado él, y yo me llevaba algo que no había puesto precio: la certeza de que era capaz de mucho más de lo que jamás había imaginado.