Mi Dueño quería ver hasta dónde llegábamos
El aire de la habitación se había vuelto denso, casi sólido, cargado de un silencio que se estiraba entre los tres como una cuerda a punto de romperse. Mi Dueño nos observaba desde el sillón, con las piernas cruzadas y los dedos entrelazados sobre la rodilla, en esa postura suya que lo decía todo sin que hiciera falta una sola palabra.
Yo sabía que había algo más que quería de nosotras. Algo que todavía no le habíamos mostrado. Y estaba dispuesta a dárselo, como siempre.
Vera estaba arrodillada frente a mí, sobre la alfombra, con la espalda recta y la barbilla apenas inclinada. Nuestras respiraciones se habían acompasado sin que ninguna lo decidiera, como si un hilo invisible nos uniera por el centro del pecho. Yo sentía el roce del algodón contra la piel, y esta vez la sensación era distinta, más íntima, porque esa prenda que llevaba puesta había sido de ella minutos antes.
Todo lo que toco esta noche le pertenece a alguien más que a mí.
El calor de la tela me recordaba a cada segundo dónde estábamos y para quién estábamos. La humedad tibia que ella había dejado al ofrecérmela seguía ahí, contra mi coño, recordándome que en este cuarto nada era solo mío. Ni siquiera mi cuerpo. Notaba mis propios flujos mezclándose con los suyos en la tela, un charco pequeño y caliente que se pegaba a mis labios y me hacía apretar los muslos cada vez que respiraba.
Mi Dueño se levantó del sillón sin prisa. Caminó alrededor de nosotras con pasos medidos, lentos, como quien evalúa cada detalle de algo que ha construido con paciencia. El parqué crujía bajo sus pies y cada crujido me apretaba un poco más el estómago. Se detuvo justo detrás de Vera. Posó las manos sobre sus hombros, suave pero firme, y la vi tensarse y aflojarse al mismo tiempo, como si esas dos manos fueran la única respuesta que su cuerpo necesitaba.
—Quiero que llevéis esto un paso más allá —dijo, en un tono bajo que llenó cada rincón del espacio entre nosotras—. Enseñadme hasta dónde sois capaces de llegar para mí.
El pulso me latía en las sienes y mucho más abajo, en el centro de mí misma, en ese punto hinchado que ya pedía ser tocado. No era miedo. Hacía tiempo que había dejado de confundir esa tensión con miedo. Era anticipación pura, ese vértigo de saber que iba a obedecer antes incluso de saber qué me pediría.
***
Había llegado a su casa esa tarde sin saber que Vera estaría también. Nunca sabía qué encontraría al cruzar su puerta, y esa incertidumbre formaba parte del juego. A veces era una orden esperándome en una nota. A veces era el silencio y una hora entera de rodillas. Esa tarde fue ella.
Nos habíamos visto solo dos veces antes, siempre bajo su mirada, siempre midiéndonos como dos animales que comparten dueño y todavía no deciden si son rivales o aliadas. Esa noche habíamos dejado de medirnos. En algún momento entre el primer roce y aquel instante, nos habíamos convertido en una sola pieza al servicio de la misma voluntad.
—Acercaos —ordenó Él, con la voz muy baja, casi un murmullo.
Nos acercamos. Yo deslicé los dedos hacia el borde de mis bragas, que en realidad eran las de Vera, y empecé a bajármelas despacio. La tela se deslizó por mis muslos, por mis rodillas, hasta que la sostuve en la mano, todavía tibia, suave, impregnada de la calidez de la piel que había cubierto un rato antes. Estaba empapada, un óvalo oscuro justo en el centro donde mi coño había estado goteando sin permiso durante toda la escena.
Vera hizo lo mismo, sin necesidad de que se lo dijeran. Sus movimientos eran tan precisos como los míos, casi un reflejo. Cuando ambas sostuvimos en las manos la prenda de la otra, supe que habíamos cruzado a un terreno más hondo de ese juego de control y deseo del que ya no quería salir. Las suyas también estaban mojadas, brillantes de flujo espeso, y el olor que subió cuando las acerqué me hizo apretar la mandíbula.
—Más cerca —dijo Él—. No tengáis vergüenza. La vergüenza es mía, no vuestra.
Sentí la mirada de Vera clavada en mí mientras alzaba la mano y me ofrecía las bragas que habían sido mías. Lo hizo despacio, con una elegancia que hacía que cada segundo pareciera estirarse hasta lo imposible. La tela quedó frente a mi boca, y pude notar el calor de su aliento sobre mis labios cuando me tendió ese pequeño trofeo de lo que estábamos compartiendo.
—Lámelas —susurró mi Dueño, contundente pero sin un gramo de brusquedad—. Despacio. Quiero verlo. Quiero oír cómo chupas tu propio flujo de la tela.
Sus palabras se deslizaron dentro de mí y se clavaron en algún punto bajo el ombligo. Entendí que ese acto, lejos de ser solo físico, era la prueba de algo que se había ido tejiendo entre los tres bajo su mirada vigilante. Miré a Vera a los ojos. Los tenía encendidos, las pupilas dilatadas, la respiración entrecortada. Sin romper el contacto visual, acercó la tela a mi boca.
El algodón rozó mis labios. Saqué la lengua lentamente y la dejé recorrer la prenda con una delicadeza calculada, sintiendo cómo esa lentitud aumentaba la tensión hasta volverla insoportable. Chupé el punto más empapado, ese donde mi coño había dejado la mancha más oscura, y el sabor salado y espeso me llenó la boca. Cerré los ojos un segundo, tragué, y volví a lamer, esta vez con la lengua entera, aplanándola contra la tela para arrancar hasta la última gota. Vera sostenía las bragas con una mezcla de temblor y firmeza. Le temblaban los dedos, pero no apartaba la mano.
—Estás preciosa cuando te entregas —murmuró, con la voz tan baja que solo yo pude oírla—. Me encanta verte así, con la lengua fuera, chupando lo tuyo delante de Él. Sigue.
Su susurro fue como un aliento cálido en la nuca, una caricia que intensificaba todo lo que pasaba entre nosotras. Mi lengua se movía sobre la tela, absorbiendo cada roce, cada segundo, mientras sus palabras resonaban dentro de mí. Sentí un hilo de saliva mezclado con mi propio flujo bajarme por la barbilla y no me molesté en limpiarlo. El mundo entero se había reducido a ese pequeño espacio que nos separaba, donde el único sonido era nuestra respiración pesada y el suave desliz de la tela mojada bajo mi boca.
***
Sentía cómo mi cuerpo respondía a todo aquello. El calor que subía desde las ingles, la piel erizada, la conciencia aguda de cada centímetro de mí. Tenía los pezones tan duros que rozaban dolorosamente contra el interior de la camiseta, y entre los muslos notaba un reguero caliente bajándome ya hacia las rodillas. Y sabía que Vera estaba sintiendo exactamente lo mismo, porque su mano temblaba, su pecho subía y bajaba más rápido a cada instante y podía ver dos manchas oscuras marcándose sobre la tela fina que apenas le cubría los pechos.
Después de unos segundos que parecieron horas, intercambiamos los papeles. Esta vez fui yo quien sostuvo sus bragas y se las ofreció, con el mismo cuidado con el que ella lo había hecho antes. Vera entreabrió los labios, dejó que la tela los rozara y empezó a lamerla con la misma lentitud que yo le había mostrado. Chupó la parte más empapada, cerró los ojos y gimió muy bajito cuando el sabor le llenó la boca. Nuestros ojos no se separaron ni un momento. Cada segundo parecía profundizar algo que ya no sabía nombrar.
Era una entrega. No solo la una hacia la otra, sino hacia Él, que nos observaba con esa calma calculada que siempre lograba llevarme al borde del abismo sin tocarme siquiera. Me incliné hacia Vera y, imitando la suavidad de su voz, le susurré al oído:
—Sigue. Chúpalo bien. Hazlo para Él. Hazlo para nosotras.
Sentí cómo sus labios se movían con más decisión sobre la tela, cómo la metía entera en la boca, cómo la lengua le trabajaba de dentro hacia fuera. Y el simple hecho de verla así, concentrada en lo que yo le pedía, con la barbilla brillante y los labios hinchados, me hizo estremecer de pies a cabeza. Era un momento íntimo, compartido entre las dos, pero atravesado en todo momento por la presencia de nuestro Dueño, que dirigía cada gesto sin necesidad de poner una mano encima.
—Lo estáis haciendo bien —murmuró Él, rompiendo el silencio—. Las dos. Mirad lo obedientes que sabéis ser cuando os lo propongo. Ahora tirad esos trapos y quiero veros desnudas. Todo fuera.
Sus palabras fueron una chispa que prendió el aire a nuestro alrededor. Dejamos caer las bragas al suelo y nos desnudamos sin apurarnos, cruzando los brazos sobre el pecho para sacarnos las camisetas, quedando de rodillas frente a Él completamente en pelotas. El aire frío me golpeó los pezones ya duros y noté cómo el propio muslo se me pegaba al otro por la humedad. Vera tenía los pechos más pequeños que yo, pezones oscuros y erectos, y entre sus piernas se veía el brillo empapado de su coño depilado.
—Miraos bien —dijo Él, sentándose de nuevo en el sillón, aflojándose el cinturón con calma—. Vera, tócala. Empieza por los pezones.
La mano de Vera vino despacio y me cubrió un pecho. Sus dedos, todavía tibios de sujetar la tela, me pellizcaron el pezón con una precisión que me arrancó un jadeo. Rodó el otro entre el pulgar y el índice, apretando hasta el punto justo antes del dolor. Yo cerré los ojos y arqueé la espalda hacia su mano, ofreciéndome más, y ella entendió y apretó más fuerte.
—Ahora el coño —ordenó Él, y su voz sonaba un punto más ronca—. Con dos dedos. Y tú, mírala mientras lo hace.
Bajé la vista y vi la mano de Vera reptar por mi vientre, deslizarse entre mis muslos que se abrieron solos para dejarla pasar. Sus dedos me abrieron los labios del coño y encontraron el clítoris a la primera. Empezó a frotarlo en círculos lentos, con la yema del corazón, mientras me miraba fijamente a la cara para no perderse una sola reacción. Yo gemí, largo, sin poder contenerlo, y ella sonrió apenas.
—Metéselos —dijo Él—. Dos. Despacio.
Vera obedeció. Sus dos dedos entraron en mi coño hasta el fondo de un solo empujón porque no había ninguna resistencia, estaba absurdamente mojada. Empezó a follarme con la mano, entrando y saliendo con un ritmo pausado, girando la muñeca para tocarme por dentro donde sabía que dolía de placer. Cada embestida me sacaba un sonido nuevo de la garganta.
—Ahora tú, hazle lo mismo —me dijo Él, sin apartar la vista.
Alargué la mano y encontré su coño ya chorreando. Le clavé dos dedos igual que ella me los había clavado a mí y ella soltó un jadeo agudo, agarrándose a mi hombro con la mano libre. Nos quedamos así, arrodilladas frente a frente, follándonos mutuamente con los dedos, con nuestros pechos rozándose cada vez que nos movíamos, con la boca abierta buscando el aire. El chapoteo húmedo de nuestros dedos entrando y saliendo llenaba la habitación y era el sonido más obsceno que había oído nunca.
—Besaos —ordenó Él—. Con lengua. Como si os quisierais comer.
Nos lanzamos a la boca de la otra sin dudar. Su lengua se metió en mi boca y la mía en la suya, y nos besamos con hambre, sin técnica, mordiéndonos los labios, chupándonos la saliva. Podía saborear los restos de mi propio flujo en su lengua, mezclado con el suyo, y ese pensamiento me hizo apretar los dedos dentro de ella. Vera gimió dentro de mi boca y me devolvió el aprieto con los suyos, rozándome un punto por dentro que me hizo temblar entera.
—Al suelo —dijo Él, y su voz era ya otra, más gruesa, más presente—. Tú, boca arriba. Vera, cómele el coño. Y quiero verla lamerte a ti al mismo tiempo.
Me tumbé sobre la alfombra sin dejar de mirarlo, con el corazón desbocado. Vera se colocó encima de mí al revés, sesenta y nueve, y sentí sus muslos abrirse a ambos lados de mi cara al mismo tiempo que su lengua caliente aterrizaba plana sobre mis labios abiertos. Gemí contra su coño y le agarré las caderas para bajarlo del todo sobre mi boca. Su sabor era espeso, ácido, delicioso. Chupé con ganas, saqué la lengua entera, la metí dentro de ella todo lo que pude, mientras arriba ella hacía lo mismo conmigo con una técnica que me estaba volviendo loca.
Chupaba mi clítoris con los labios, lo soltaba, lo lamía en círculos, me hundía la lengua dentro y me la sacaba goteando. Yo hacía lo mismo con ella, imitando cada movimiento un segundo después, aprendiendo lo que le gustaba por cómo su cuerpo se tensaba sobre el mío. Sus caderas empezaron a mecerse sobre mi cara, apretándome la boca contra su coño, y yo dejé que me follara la lengua sin apartarme.
—Precioso —dijo Él, muy cerca ahora, de pie a nuestro lado—. Dos zorras devorándose para mí. No paréis hasta que os corráis. Las dos. Y quiero oírlo.
Sus palabras fueron todo lo que necesité. Doblé el ritmo, le chupé el clítoris a Vera con los labios cerrados a su alrededor, tirando de él, mientras le metía dos dedos y luego tres, empujando duro. Ella respondió metiéndome también los dedos mientras seguía lamiéndome, y sentí cómo mi cuerpo empezaba a subir por la escalera del clímax con una velocidad que no podía frenar.
Vera se corrió primero. Todo su cuerpo se convulsionó sobre el mío, sus muslos me apretaron la cara con fuerza, y sentí su coño contraerse rítmicamente sobre mi lengua mientras un chorro tibio me inundaba la boca y la barbilla. Grité contra ella y ese grito, sumado a la vibración de mi lengua en su clítoris, la hizo correrse una segunda vez casi encima. Su gemido fue largo, roto, animal.
Yo la seguí segundos después. El orgasmo me subió desde los pies como una ola sucia y me arrancó un aullido contra su coño. Mi cuerpo entero se arqueó, mis piernas se cerraron sobre la cabeza de Vera, y sentí cómo me corría a chorros sobre su lengua, humedeciéndole toda la cara. Ella no paró de lamer hasta que yo la aparté con las manos porque no aguantaba más el roce.
Quedamos las dos jadeando, pegadas, empapadas, con los coños todavía palpitando. Vera rodó a un lado y se dejó caer boca arriba a mi lado, con la barbilla brillante de mi flujo, sonriendo con los ojos cerrados. Yo tenía su sabor por toda la boca y en la garganta.
***
Él dio un paso al frente y se agachó hasta quedar a nuestra altura. Su rostro estaba a un palmo del mío. Podía oler su colonia, mezclada con el aroma cálido de la habitación, del sexo, del sudor y del coño de las dos, de todo lo que llevábamos compartido esa noche.
—¿Sabéis por qué os tengo aquí? —preguntó, y no esperó respuesta—. Porque las dos sabéis dónde está vuestro sitio. Y os gusta estar en él, con las bocas mojadas y las piernas abiertas.
No mentía. Y lo peor, o lo mejor, era que decirlo en voz alta no me daba vergüenza. Me daba una calma extraña, la de quien por fin deja de fingir. Bajé la mirada, como sabía que le gustaba, y noté que Vera hacía lo mismo a mi lado. Dos cabezas inclinadas a la vez, como una pequeña coreografía que él dirigía sin partitura.
—De rodillas otra vez —ordenó—. Las dos. Y quiero que os miréis. Solo eso, por ahora. Quiero ver lo que pasa entre vosotras cuando creéis que no estoy mirando.
Pero siempre estaba mirando. Esa era la trampa y el regalo. Nos incorporamos y volvimos a arrodillarnos, todavía desnudas, todavía brillando por todas partes. Giré la cabeza hacia Vera. Ella ya me estaba observando. Nos quedamos así, frente a frente, de rodillas, sin tocarnos, con esa tensión vibrando entre las dos como un cable de alta tensión. Su mano se movió primero, despacio, y rozó la mía con la punta de los dedos. Fue apenas un contacto, pero me recorrió entera y me devolvió el calor al vientre, como si el orgasmo no hubiera sido suficiente y otro estuviera esperando a ser reclamado.
—Eso es —dijo Él detrás de nosotras—. No corráis. El deseo bien hecho no tiene prisa.
Le hicimos caso, como siempre. Dejamos que el momento se estirara, que cada roce pesara, que la espera nos volviera locas. Yo sentía el corazón en la garganta y un latido sordo entre las piernas que ya no me dejaba pensar con claridad. Vera entrelazó sus dedos con los míos y apretó, y en ese apretón había una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.
Estamos juntas en esto. Pasara lo que pasara, las dos somos suyas.
***
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Él nos dejó parar. Las dos permanecimos quietas, todavía de rodillas, con las manos enlazadas, como testigos silenciosas de lo que acabábamos de compartir. La respiración nos costaba. La piel nos ardía. Y sin embargo ninguna se movió hasta que Él lo permitió.
Mi Dueño se acercó con su mirada evaluadora, esa que siempre parecía buscar el fallo y que esa noche, por una vez, no lo encontró. Sus dedos rozaron suavemente mi mejilla, todavía pringosa, y después la de Vera, como quien reconoce un trabajo bien hecho.
—Habéis demostrado vuestro valor esta noche —dijo, con la autoridad de siempre, sin alzar la voz ni una pizca—. Las dos. Y quiero que os quede algo muy claro.
Hizo una pausa larga, deliberada, mientras nos miraba alternativamente, disfrutando del silencio que él mismo había creado. Yo no respiraba. Vera tampoco.
—Esto es solo el principio —añadió.
Y al oírlo, en lugar de inquietarme, sentí algo parecido a la felicidad. Porque sabía que era verdad. Porque sabía que volvería a cruzar esa puerta sin saber qué encontraría detrás. Y porque, por más que me dijera lo contrario al salir de allí, no había ningún otro sitio en el mundo donde quisiera estar.