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Relatos Ardientes

El melancólico que me rogó que lo castigara

Esa noche pasó algo muy distinto de lo que nos suele pasar. Salimos unas cuantas a divertirnos, a pasarlo bien y, si se presentaba la ocasión, a darle una lección a quien se la mereciera. Fuimos a uno de los locales de música de siempre, ese de luces bajas y barra larga al que volvemos cuando el cuerpo nos pide presa. Ya íbamos algo entonadas, entre risas y anécdotas, pero la noche estaba floja: apenas un par de parejas, otro grupo de chicas a lo suyo y dos o tres hombres dispersos que no levantaban la cabeza de sus copas. No había víctima a la vista.

Por descuido se me cayó la cartera del bolso. Ni mis amigas ni yo nos dimos cuenta. De repente noté un toque suave en el hombro, un roce delicado, nada molesto. Me giré y oí una voz baja.

—Disculpe, señora, se le ha caído la cartera.

Entre dos manos pálidas, finas, de uñas cuidadas, estaba mi cartera. El chico tendría unos veintitantos, alto y delgado, con el pelo rubio largo y enredado y una barba de varios días. Llevaba vaqueros desgastados y una sudadera verde fina con capucha. Me recordó al cantante grunge que adoraba en mi adolescencia, ese de la voz rota y la mirada triste, el de las ideas oscuras. Era un chico muy guapo, aunque no del tipo que solía gustarme. Me tendió la cartera con una delicadeza casi tímida.

—Gracias, guapo —le dije—. Pero oye, ¿cómo que señora? ¿Tan mayor me ves?

Me reí. Para entonces el resto de mis amigas ya se había agrupado alrededor, observándolo, sonriéndole con esa sonrisa felina que conozco demasiado bien. Él, quizá abrumado, solo murmuró:

—Eh, de nada. Bueno, adiós, un placer.

Y se marchó hacia la barra, dejándome con la palabra en la boca. Mis amigas lo siguieron con la vista mientras se alejaba.

—Jo, qué rápido huye —dijo Paula haciendo un gesto de arañar el aire—. Ni le ha dado tiempo a conocernos.

—Madre mía, esto nunca nos había pasado, que escapen tan pronto —añadió Tania, mordiéndose el labio inferior—. No me ha dado tiempo ni a catarlo.

—Será posible, el descarado, dejarnos así —protestó Mónica de mala uva.

—Odio cuando se ponen pesados, pero tampoco me gustan los que huyen y van de interesantes —dijo Irene con tono perverso—. Y ese chico me lo ha parecido. ¿Qué le podemos hacer?

Irene siempre habla como si fuera la cabecilla de una banda. Bajé la voz para que nadie más nos oyera, pero la dejé bien firme.

—A ese ni tocarlo. Es mío.

—Bueno, bueno, todo tuyo, hija —contestó Irene, que venía con más copas encima que las demás—. ¿Qué le vas a hacer, alguno de tus «cuidados» especiales, o algo más interesante?

—No lo sé todavía. Me apetece hablar con él. Parece triste, quizá necesite una buena amiga. Os quiero mucho, pero esta noche prefiero hacerle compañía a él que a vosotras, que estáis un poco insoportables sin nadie a quien dar caza.

Mientras ellas se enredaban en un debate, me acerqué a la barra. El chico bebía un gin-tonic, cabizbajo, encogido sobre sí mismo. Le sonreí y le rocé el brazo.

—Oye, cielo, quiero agradecerte el detalle. ¿Me dejas invitarte a una copa?

—Eh, no, gracias, estaba terminando este —susurró, casi sin mirarme.

—Venga, te pido otro y uno para mí. Camarero, dos gin-tonics, por favor. Me llamo Renata. ¿Y tú?

—Darío —dijo, con esa voz apagada, al borde del llanto.

—Encantada.

Le di dos besos. Olía a tabaco y a algo dulce, a tristeza concentrada.

—Te veo muy hundido. Si quieres hablar, desahogarte, aquí me tienes para escucharte. Y si no, nada, te dejo tranquilo y me voy.

Tardó un poco, pero arrancó. Sacó el móvil y me enseñó la foto de una chica muy guapa, pálida, morena, de ojos verdes enormes.

—Es preciosa. ¿Es tu novia? —pregunté.

—Lo era. Murió hace dos días. Un cáncer. No tenía más de veintitrés años. Se llamaba Noa.

—Lo siento, cielo. Lo siento muchísimo, de verdad.

Y casi me emocioné con la tragedia. Él escondió la cara en mi hombro y se echó a llorar despacio, sin aspavientos, como quien ya no tiene fuerzas ni para eso. Le acaricié la nuca. Sentí una mezcla rara de ternura y deseo que no sabía dónde colocar.

—Oye, ¿quieres venir a tomar una última copa a mi casa? No vivo lejos. Podemos hablar más tranquilos.

—No, no —tartamudeó—. Gracias, pero no busco nada. Lo siento.

—Tranquilo, una copa de amigos. La tomas, hablamos un rato y, cuando quieras, te vas. De verdad.

—Bueno... —aceptó a regañadientes.

Lo cogí del brazo y salimos juntos del local. Tenía una cosa clarísima: a ese chico no le iba a hacer nada. Nada de lo que solemos hacer. Me gustaba demasiado, y toda su historia me había ablandado. Si él no quería, no pasaría nada. Una copa y a su casa.

***

Llegamos. Le serví una copa de jerez que agradeció con un hilo de voz. Me iba a poner cómoda, así que le dije que me cambiaba, que se sirviera otra si le apetecía y que pusiera algo en la tele mientras tanto. Solo quería una charla tranquila, que se desahogara, que me contara lo que necesitara contar y luego se marchara cuando le viniera en gana.

Estaba en el dormitorio, a medio quitarme el vestido, cuando lo oí. Sonidos que conocía demasiado bien: gritos de agonía, súplicas masculinas, graves, rotas. Se me heló la sangre. Eran los vídeos. Los de nuestras cacerías, las mías y las de las chicas, los que guardaba en el disco duro. Darío había abierto la carpeta equivocada y los estaba viendo.

Salí al salón con el corazón en la garganta, lista para inventar cualquier excusa. Él estaba de pie frente a la pantalla, petrificado, pálido, mudo. Y por un momento pensé que ya no parecía tan triste. Es más, juraría que estaba excitado. Pero la lógica me decía que no, que se iba a horrorizar, y adiós charla, adiós a todo.

—Darío, cielo, esto te lo puedo explicar.

Odio esa frase. Es la que se dice cuando te pillan. Él se giró y me miró como un poseso.

—¿De verdad le hacéis esto a los hombres?

—Eh... bueno, sí, al que se lo merece, pero en fin, yo...

Y entonces, sin previo aviso, se acercó y me besó en los labios. Le devolví el beso. Nos fundimos en un morreo largo, casi adolescente, con prisa y torpeza, como si lleváramos toda la vida queriendo hacerlo.

—¿De verdad le harías esto a mis pelotas? —me preguntó con la respiración agitada.

Ya no quedaba rastro del chico melancólico de la barra. Estaba caliente. Muy caliente.

—Eh, sí, sí... si te portas mal —dije, dubitativa, mientras algo viejo y familiar empezaba a despertar en mí.

—Pues castígame, preciosa —jadeó—. Revienta mis huevos como a esos de los vídeos.

Era lo último que esperaba de él esa noche.

Casi por instinto le lancé una patada. No de las fuertes, para ser sincera, ni de las más precisas, porque todavía me resistía a hacerle daño a ese chico roto. Pero me lo pidió de una manera que terminé golpeando con fuerza medida. Aun así soltó un alarido y se dobló sobre sí mismo, cayó al suelo y se llevó las manos a la entrepierna.

Cuántas veces habré visto esa escena. Pero esta vez fui a socorrerlo. Me arrodillé, le acaricié el pelo enredado y le hablé con dulzura.

—Cielo, ¿estás bien? ¿Te he hecho mucho daño?

—No, no... ha sido increíble. Yo... —balbuceaba, rojo, lívido, de todos los colores a la vez.

Y entonces lo vi. Pese a que tenía los testículos doloridos y amoratados, su miembro se había levantado de manera evidente, tensando la tela del vaquero. Le bajé los pantalones despacio. Empecé a lamerle el glande con delicadeza, sin prisa, mientras él temblaba entero. No aguantó mucho. Se corrió con una intensidad que me dejó la cara empapada.

Vi que aún le quedaban fuerzas y lo llevé a la cama. Lo cabalgué como una potra, sin tregua, una vez y otra y una tercera, a pesar de su dolor, sintiendo cómo se aferraba a mis caderas como quien se aferra a la vida. Tuve un orgasmo enorme, de esos que te dejan vacía y nueva al mismo tiempo.

—Cielo, voy a traerte una bolsa de hielo —le dije después, acariciándole el pecho—. Si no, esto irá a peor, créeme.

Le puse el hielo, lo curé con cuidado y dormimos abrazados, como si fuéramos una pareja de verdad. Mi chico grunge, mi melancólico, el fantasma de aquel ídolo que adoré en mi juventud, respirando despacio contra mi cuello.

***

A la mañana siguiente, cuando desperté, Darío ya no estaba. Sobre la mesa había una nota escrita con letra apretada.

«Renata, ha sido maravilloso. Hoy voy a visitar la tumba de Noa y se lo voy a contar. Sé que me perdonará, porque ella también me hacía lo mismo. Espero volver a verte. Atentamente tuyo, Darío.»

Me emocionó esa nota. Solté un suspiro y me volví a meter en la cama, todavía caliente de su cuerpo, pensando en mi dulce melancólico. En que quizá, con un poco de suerte, vuelva a verlo. Y a reventarle los huevos.

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Comentarios (6)

GatoSolitario22

tremendo relato, me engancho desde la primera linea y no pude parar. Muy bueno

Oscura_lectora

Por favor seguí con esto... quedé con muchas ganas de saber que pasó después. Muy bien escrito

pampero_73

El titulo me llamo mucho la atención. Se nota que hay algo mas profundo detras de lo que parece a primera vista, eso me gustó

lector_cba

excelente!!!

SombraK

Me recordó a algo que viví, esa tensión al principio es muy real. Bien narrado, gracias

Laura_RBA

Buenísimo el giro en la historia, ahi cambia todo. Muy bien construido, felicitaciones

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