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Relatos Ardientes

El chat secreto que me convirtió en su juguete

Tenía prisa y las manos me temblaban sobre el volante. Salí de la oficina sin despedirme de nadie, conduje hasta las afueras de la ciudad y no tardé en dar con el lugar: una vieja fábrica textil abandonada, con las ventanas reventadas y la hiedra trepando por el hormigón. Las instrucciones eran simples. Aparcar lejos, colarme por la alambrada, buscar la antigua zona de oficinas y subir a la segunda planta. Me había advertido que podía cruzarme con algún indigente. Y me había prohibido entrar vestida.

No había nadie a la vista. Salté la valla con cuidado y crucé el descampado conteniendo la respiración. Reconocí las oficinas por una hilera de ventanas distintas al resto de la nave. Me acerqué a la puerta. Cristales rotos, polvo, óxido. Miré a un lado y a otro varias veces. Nada.

Solté el cinturón de mi vestido y empecé a desabotonarlo con dedos torpes, sin dejar de vigilar. Me lo quité, me deshice también de los zapatos de tacón. El suelo estaba frío y lleno de irregularidades bajo mis pies descalzos. Encontré una caja de cartón y guardé la ropa dentro. Solo me quedaba un conjunto de encaje negro, el que me había dejado conservar. Pero me detuve un instante.

Seguro que prefiere lo otro.

Me quité el sujetador y la braguita y los dejé sobre el vestido. Completamente desnuda, avergonzada y más excitada de lo que jamás había estado, crucé el umbral de aquella puerta destrozada.

¿Cómo había llegado hasta aquí?

***

Todo empezó unos días antes, no sabría decir cuántos. Me llamo Lorena, tengo veintinueve años y vivo en una ciudad del sur con mi tío Ernesto, que ronda los setenta. Ernesto es, digámoslo claro, un viejo verde. Sé que me espiaba, sé que me había visto más de una vez en ropa interior por el resquicio de una puerta. Nunca me hizo una propuesta indecente. Y lo más perturbador es que no me molestaba. Me caía bien. Me hacía gracia.

Aquella tarde había dejado su ordenador encendido. Ahora estoy convencida de que lo hizo a propósito. Se había retirado a su cuarto y, cuando llegué del trabajo, me senté frente al equipo que compartíamos para terminar unas hojas de cálculo. Al rozar el teclado no apareció el escritorio de siempre, sino una ventana abierta que parecía un chat.

Mi primer impulso fue cerrarla. No lo hice. Por algún motivo, me quedé leyendo.

Era un chat de sexo. De hombres frustrados, supuse, hablando de cosas que me revolvían el estómago y, a la vez, no me dejaban apartar los ojos. Hablaban de sumisión, de castigos, de mujeres usadas como objetos. Leí línea tras línea, asombrada de hasta dónde podía llegar la imaginación de alguien. Y entonces lo noté: me estaba excitando. Apagué la pantalla de golpe, como si me hubieran pillado en falta.

Intenté trabajar. Imposible. Me duché y me metí en la cama, pero las frases que había leído seguían girando en mi cabeza, una detrás de otra. A mi tío le gustaba aquel mundo. Joder. Me costó dormir.

***

Volví al ordenador a la noche siguiente. Encendí el equipo, busqué la página que recordaba y entré. Me pedía un apodo. Escribí lo primero que se me ocurrió: «LRN29». Y me quedé mirando cómo desfilaban los mensajes ajenos por la pantalla.

Alguien preguntó qué mujer quería entregarle su ropa interior. Otro buscaba a una chica sin tabúes, dispuesta a obedecer. Los acepté a los dos. Después de los saludos de rigor llegaron las preguntas de siempre.

—¿Eres mujer de verdad? ¿De dónde eres? ¿Edad? —escribió el primero.

Descubrí que me gustaba responder. Me gustaba mentir a medias y decir verdades peligrosas.

El que quería mi ropa interior vivía en una ciudad cercana. El otro se encendió cuando le confesé que vivía con un hombre mayor. Ninguno de los dos creía estar hablando con una mujer de carne y hueso, así que les dejé escuchar mi voz por un mensaje. Eso terminó de enloquecerlos.

—Entonces es verdad, eres real —escribió el segundo—. ¿Te importaría acostarte con un hombre tan mayor?

—No me importaría —tecleé, siguiéndole el juego, con el corazón en la garganta.

Querían verme. Fotos, vídeo, lo que fuera. A mí me daba un reparo enorme dar ese paso. El de la ropa interior propuso que quedáramos en un centro comercial: que llevara unas braguitas puestas y se las entregara allí mismo. Me pareció algo tan sucio y tan tentador que tuve que cerrar los ojos un segundo.

El otro insistía con mi tío.

—¿Te ha visto desnuda? ¿Crees que se toca pensando en ti? ¿Y tú en él? —preguntaba.

Las palabras zorra, golfa, sumisa aparecían una y otra vez. Las acepté con vergüenza, sí, pero también con una naturalidad que me sorprendió. Me hice una foto solo con el conjunto de encaje, tapándome la cara, y se la mandé.

—Esa es mi buena perra —respondió—. Seguro que te mueres por dejar que te vea él también.

El de la ropa interior desapareció sin más. Con el segundo seguí charlando hasta tarde. Quería verme entera y no me atreví. Pero esa noche, cuando volví a la cama, no paré de tocarme. Me corrí una vez, y otra, mordiendo la almohada para que Ernesto no me oyera al otro lado del pasillo.

***

Me levanté más cansada que si no hubiera dormido. Mi tío ya estaba en la cocina y me dio los buenos días con una de sus miradas largas, esas que recorrían mi cuerpo sin disimulo. Esta vez lo miré distinto. No me quitaba de la cabeza una idea: ¿qué escribiría él en aquel chat? No era ningún galán, más bien rechoncho y calvo. Vivíamos juntos desde la muerte de mis padres, hacía ya cuatro años. Tenía una hija mayor que yo con la que se llevaba bien. Y, sin embargo, esa mañana lo observé como a un desconocido peligroso.

Terminé mi jornada y, al llegar a casa, no pude evitar acercarme al ordenador. Estaba apagado. Ernesto había salido a jugar a las cartas con sus amigos del centro social, como cada tarde. Me serví una copa de vino y abrí la página con el apodo de siempre.

Los de la noche anterior no estaban. Pero, trasteando con la configuración, descubrí algo que me heló la sangre: un archivo de conversaciones guardadas. Lo abrí.

Mi tío hablaba con otro hombre sobre una mujer a la que quería «domar». La describía con detalle: pelo largo, morena, cuerpo estilizado, veintinueve años. Había imágenes adjuntas. Las abrí.

Era yo. Totalmente reconocible. Ni siquiera se había molestado en ocultar mi rostro.

El descubrimiento me revolvió por dentro, pero también me empapó las bragas en cuestión de segundos. Los comentarios bajo mis fotos eran indescriptibles. Una imagen mía en bañador les había disparado la imaginación. Uno se ofrecía a comprarme si lograban domarme. Otro proponía exhibirme como una cualquiera en algún polígono industrial. Le preguntaban si me había visto desnuda y él lo admitía, contaba que me espiaba desde hacía meses. Otras fotos mostraban mi ropa interior tendida en el baño.

Tendría que haber cerrado el ordenador. Tendría que haberme indignado. En cambio, me llevé una mano entre las piernas mientras leía cada barbaridad que pensaban hacer conmigo.

Una ventana parpadeó. Alguien intentaba contactarme. Era el hombre de la noche anterior.

—Hola, golfa. ¿Estás ahí?

—Sí —tecleé.

—Llevo desde ayer pajeándome con tu foto, zorra.

—Me alegro por ti.

—¿Te has tocado?

—Sí.

—¿Ya has follado con tu tío?

—Claro que no.

—¿Por qué no, perra?

En condiciones normales jamás habría dejado que nadie me hablara así. Pero aquel diálogo, sumado al archivo que acababa de descubrir, me tenía completamente fuera de mí.

—Porque no —respondí.

—Eres una golfa y lo sabes. Quiero verte. Pon la cámara.

No contesté.

—Vamos, perrita, conéctate.

Temblando, y no precisamente de miedo, encendí la webcam. La pantalla seguía mostrándome a mí sola.

—No te veo —escribí.

—Yo a ti sí. No hace falta que me veas. Estás buena, golfa. Ponte de pie. Deja que te mire.

Obedecí. Me levanté despacio y dejé que aquel desconocido me contemplara de cuerpo entero.

—Tu tío es un afortunado. ¿Te follará hoy?

—Ya te he dicho que no.

—Mentira. Estás chorreando solo de pensarlo. Quítate la blusa.

Me quedé mirando la pantalla. Llevé la mano al primer botón. ¿Qué demonios estoy haciendo?

—No —escribí—. No voy a desnudarme ante un desconocido que encima me puede estar grabando.

—Claro que te estoy grabando. Pienso enseñarte a unos colegas, y ya veremos a cuántos más. Vamos, la blusa.

Aquello era una locura.

—No pienso hacerlo.

—Te mueres de ganas, perra. Quítatela.

—Si lo hago…

—¿Qué?

—Quedaré expuesta.

—Exacto. Eso es justo lo que deseas. Hazlo.

Empecé a desabrocharme los botones uno a uno. Temblaba, sí, pero porque quería hacerlo. Quería mostrarme ante aquel hombre insolente y cruel. Me lo imaginaba tocándose al otro lado de la pantalla mientras la tela se abría centímetro a centímetro. Para cuando la blusa cayó al suelo, ya estaba perdida.

***

Así empezó todo. Las órdenes, las fotos, los vídeos que mandaba sabiendo que circulaban entre desconocidos. Cada humillación me dejaba más mojada que la anterior. Y, al final, llegó la cita. La dirección de la fábrica. Las instrucciones precisas. La prohibición de entrar vestida.

Y ahora estaba allí, descalza sobre el cemento helado, desnuda y expuesta, con la piel de gallina y el corazón a punto de estallar. Avancé un paso hacia la escalera que llevaba a la segunda planta. Desde arriba me llegó el sonido de unas voces de hombre, y luego un silencio expectante, como si me estuvieran esperando.

Subí el primer escalón sin saber qué me aguardaba en aquellos pisos en ruinas. Solo sabía una cosa: ya no quería dar media vuelta.

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Comentarios (5)

Oscuro_lector

increible!! de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta categoria

Cami_libre

Tremendo!! Por favor una continuacion, quede con ganas de mas

Desiree_R

Me encanto como esta escrito, se siente muy real. Sigue asi!!

RubenLect

jaja no pude parar de leer desde el principio hasta el final. Que nervios me dio!!

Hector_B

¿Esto es real o ficcion? porque se siente muy autentico jajaja

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