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Relatos Ardientes

Las reglas que mi esposa impuso entre mi hermana y yo

Con mi hermana Noelia llevábamos años en algo que nadie debía saber. Para no levantar sospechas yo la dejaba salir con chicos, pero con una condición tajante: nada de tocarlos. Cuando volvía a casa, lo comprobaba a mi manera, y ella lo aceptaba como aceptaba todo lo demás, con esa docilidad que me calentaba más cuanto más la veía agacharse, abrir las piernas y dejar que yo le revisara el cuerpo, la ropa interior y el olor de su piel como si fuera una propiedad mía.

El sexo tradicional se nos había quedado corto. Empezamos a experimentar con cuerdas, fustas y una colección de juguetes que iba creciendo en un cajón cerrado con llave. Yo marcaba el ritmo y ella obedecía. Desde chicos siempre fue así: yo decidía y Noelia seguía. Me gustaba verla morderse los labios cuando le apretaba las muñecas con la cuerda, oírla respirar más fuerte cuando le metía un dedo entre los muslos y comprobaba lo mojada que estaba, lista para que la usara como quisiera.

Como me gustaban las mujeres más llenas, le pedí que subiera unos kilos, y lo hizo sin discutir. También la llevé por primera vez a un club privado donde se practicaban estas cosas. Le gustó más de lo que esperaba. Le encantaba que la atara y la marcara delante de desconocidos, que le dejara los pezones duros bajo los dedos ajenos, que la miraran mientras yo le abría las piernas y enseñaba su coño rosado, ya empapado. Y fue allí donde una pareja nos invitó a sus reuniones, donde todo se volvió más sucio, más directo, más animal.

En esas fiestas las mujeres tenían que gatear y comportarse como animales domesticados. La mayoría llevaba collar; algunas, frases pintadas sobre la piel. Noelia era de las más delgadas de la sala, y yo la presumía como si fuera un trofeo. Una noche un tipo me preguntó si la mía hacía trucos, y le ordené que imitara a la sumisa de aquel hombre. Noelia se puso a cuatro patas, bajó la cabeza y dejó que yo le tocara la nuca, las nalgas y el hueco húmedo entre los muslos mientras todos miraban como si fuera lo más normal del mundo.

***

Hasta entonces solo había permitido que un desconocido la tocara, porque la sorprendí mirando a uno con demasiada atención. Le pregunté al hombre si quería pasar a una de las habitaciones con ella, y aceptó.

Le ordené a Noelia que le diera placer con la boca y ella lo hizo hasta atragantarse, sin quejarse, como la sumisa disciplinada en la que la había convertido. Se arrodilló entre sus piernas, abrió la boca despacio y se tragó su polla hasta la garganta, con los ojos llorosos y las manos sujetándole los muslos para no perder el equilibrio. Él le agarraba el pelo y le marcaba el ritmo, entrando y saliendo de su boca mojada mientras ella se ahogaba un poco y seguía, obediente, lamiendo la base, los huevos, la punta goteante, hasta dejarlo duro y brillante. Después él la tomó por detrás sujetándola de las caderas, y nunca la había oído llegar con tanta fuerza: las nalgas golpeándole la piel, el coño rechinando contra su pelvis, sus gemidos saliendo rotos entre cada embestida.

—¡Me corro! —gritó ella, y el hombre terminó dentro segundos después, llenándola de semen caliente mientras le seguía metiendo la verga hasta vaciarse.

Yo miraba desde un rincón, excitado y orgulloso de lo dócil que era. Esa noche supe que podía llevarla todavía más lejos.

***

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años y Noelia veintiuno. Conocí a Bianca en el aniversario de unos parientes lejanos; era la hija de una conocida de la familia. Le pedí salir esa misma tarde. Noelia se enojó, pero le prometí que jamás la dejaría a un lado.

Lo de Bianca se puso serio rápido, y ella era más perspicaz de lo que yo creía. Empezó a soltar bromas sobre si mi hermana dormía en mi cama, sobre si a Noelia le molestaría compartirme. Entendí que sospechaba, así que un día se lo confesé todo.

Bianca se quedó callada un largo rato. Luego dijo algo que no esperaba: que como era mi hermana, en el fondo no la consideraba una rival, y que podía seguir con ella siempre y cuando quedara claro que ella, Bianca, era la primera.

Esa noche se lo conté a Noelia mientras la abrazaba. Las cosas seguirían igual, le dije, pero ahora había una regla nueva: yo iba a estar con las dos, y ella tendría que aceptar a Bianca por encima de sí misma. Le costó poco convencerla; nunca le costaba. Cuando asentía, bajaba la mirada y abría las piernas antes de que se lo pidiera, como si entender el orden de las cosas le excitara más que discutirlo.

***

El arreglo funcionaba mejor de lo previsto. Las noches que no veía a Bianca, las pasaba con mi hermana. A Noelia no le incomodaba lo nuestro con Bianca, pero Bianca preguntaba sin parar qué hacíamos cuando estábamos solos.

Bianca probó el club una vez y no era para ella, pero le fascinaba el poder que aquello implicaba. Quería entender el juego, no participar en él. Y poco a poco empezó a quererlo para sí.

Unas semanas después me propuso un fin de semana en la casa rodante que sus padres tenían en la costa. Pidió que Noelia viniera también. Pensé que era para disimular ante sus padres, pero el verdadero plan era otro.

Llegamos por la tarde. Bianca decidió todo: la cama grande era nuestra, mi hermana dormiría en las individuales del cuarto contiguo. Después de la cena, cuando Noelia se negó a lavar los platos esa misma noche, Bianca fue al dormitorio, volvió con un cinturón fino y le ordenó inclinarse.

Noelia me buscó con la mirada, preguntando en silencio si debía obedecer. Asentí. Bianca le cruzó la espalda baja con el cinturón y repitió la orden con una calma que me sorprendió.

—Lava los platos —dijo, y volvió a golpear.

—¡Sí! ¡Los lavo ahora! —respondió mi hermana.

***

Mientras Noelia fregaba, Bianca y yo salimos a caminar. Me confesó lo encendida que estaba después de castigarla. Encontramos un rincón apartado y la tomé ahí mismo; me bajó la cremallera, me sacó la polla con dedos temblorosos y se la metió en la boca con una hambre que no le conocía. Me chupó con rabia y con gusto, tragándose la punta, lamiendo la base, mojándose la cara con saliva mientras yo la sujetaba por el pelo y la empujaba contra mi cadera. Después la giré, le levanté la falda y le abrí el culo con dos dedos antes de hundirme en ella, rápido, fuerte, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo cada vez que entraba hasta el fondo. Por sus gemidos supe que había descubierto algo nuevo en ella: le excitaba mandar, castigar y después follar hasta quedarse sin aire.

Al día siguiente buscaba cualquier excusa para castigar a Noelia. La hacía gatear, le revisaba las marcas, y cada vez que terminaba con ella, yo tenía que llevarme a mi hermana a la cama porque quedaba imposible de calmar. Bianca observaba, daba órdenes y disfrutaba. Aquel fin de semana fue el comienzo de todo.

***

Nos casamos unos siete meses después. Cuando mis padres faltaron, Noelia se mudó con nosotros, pero Bianca dejó claras sus condiciones desde el primer día. Mi hermana quedaba bajo su mando. Yo solo estaría con ella cuando Bianca lo permitiera. Noelia usaría lo que Bianca eligiera para ella, y le respondería en todo.

No eran muchas reglas, pero eran absolutas. Y, contra lo que cualquiera pensaría, Noelia estaba feliz: ya no se sentía sola, y entre ella y Bianca creció una amistad extraña pero real. Vivíamos los tres como una sola cosa, gobernada por mi esposa. Las noches podían terminar con Bianca sentada en la cama, Noelia de rodillas entre sus piernas y yo detrás, metiendo mano, lengua o polla según mandara ella, hasta que las dos quedaban brillando de sudor y saliva.

Un tiempo después Noelia anunció que estaba embarazada. Era mío, claro, pero decidió interrumpirlo. Sospecho que Bianca, que no podía tener hijos, ya soñaba entonces con quedarse con un bebé de mi hermana. Esa idea volvería más adelante.

***

Una tarde Bianca me avisó que su padre estaba internado. Nada grave, pero quedaría una semana en el hospital. Su madre, Marta, mencionó de pasada que el lavabo del baño goteaba y que los grifos necesitaban cambio. Bianca me ofreció de inmediato para arreglarlo.

Fui al día siguiente. Marta entró al baño para avisar que salía un momento; al girarse, la falda se le subió y desde el suelo alcancé a ver más de lo que debía. Para una mujer de su edad tenía un cuerpo firme, las piernas todavía duras, las caderas bien puestas, y reconozco que la idea se me quedó clavada el resto de la mañana.

Cuando volvió, me ofreció un té. Yo seguía con la cabeza en otra parte. Marta era atractiva de una manera que no me convenía admitir, y por unos días no pude pensar en otra cosa que en mi suegra, en el olor de su piel, en cómo se le marcaban los pezones bajo la ropa fina.

***

Terminé el trabajo dos días seguidos. El segundo, la encontré en el garaje, agachada entre el auto y la pared, tratando de alcanzar algo bajo un banco. No me había oído llegar.

Lo que pasó después fue rápido y no estuvo bien. Me acerqué por detrás y la tomé sin que se lo esperara. Le levanté la falda, le aparté la ropa interior y la abrí con una mano mientras con la otra me bajaba el pantalón. Ella intentó zafarse, preguntando una y otra vez qué estaba haciendo, pero yo no respondí hasta terminar. La sujeté contra la pared, le metí la polla con fuerza y la fui follando de pie, cada empujón más hondo, oyéndola jadear entre el enojo y el susto. Sentí cómo se iba empapando, cómo sus piernas dejaban de resistirse aunque siguiera quejándose, y me corrí dentro de ella antes de salir y dejarla respirando a trompicones.

—Necesitaba esto —fue lo único que dije al soltarla.

Me levanté, recogí mis herramientas y le avisé que volvería al otro día por los grifos. Marta se quedó en el suelo, en silencio, sin mirarme.

***

Esa misma noche, en casa, Bianca comentó que su madre había llamado para avisar que estaría fuera cuando yo fuera a terminar el baño. Estaba claro que la había puesto contra la pared, y que prefería evitarme. Yo, en cambio, ya pensaba en cómo volver a verla a solas.

Al día siguiente fui igual. Marta me dijo que lo mejor era olvidar lo del garaje. No la dejé terminar la frase. Esta vez, además, hice algo de lo que no me enorgullezco: la fotografié, y le advertí que si no hacía lo que le pedía, esas imágenes llegarían a su hija y a su marido.

Marta empezó a sollozar. No dijo nada más, y yo me fui sintiéndome dueño de algo que no me pertenecía. Lo que había nacido como un impulso se había vuelto chantaje, y ya no podía dar marcha atrás.

***

Por esos días, una noche, Bianca soltó otra de sus decisiones: quería que Noelia tuviera el bebé que ella no podía concebir, criado como propio. Mi hermana no tuvo voto. Durante un mes Bianca controló lo que comía, vigiló cada detalle de su ciclo, y me mandaba a su cama en los momentos exactos. Yo entraba en Noelia cuando ella lo ordenaba, la abría con paciencia y fuerza, y Bianca se quedaba mirando cómo mi hermana se mordía la mano para no hacer ruido.

Ocho semanas después, Noelia estaba embarazada. A partir de entonces Bianca dejó de buscarme; toda su energía estaba puesta en cuidar el embarazo de mi hermana. El sexo en casa se volvió casi nulo, y yo, acostumbrado a lo contrario, busqué la salida más fácil y peor: volver con Marta.

La citaba en el garaje, en una nave vieja de un amigo, en cualquier lado. Al principio me respondía con un «no», pero bastaba con recordarle las fotos para que apareciera. Cada encuentro me dejaba la sensación de haber cruzado una línea más.

***

Con el tiempo noté algo que no esperaba. Marta dejó de forcejear. Una tarde, en la nave, me di cuenta de que ya no la sostenía a la fuerza: me rodeaba con los brazos, respondía a los besos. No lo hacía con una sonrisa, pero tampoco se quedaba quieta, y eso tenía su propio morbo. Le chupaba los pezones, le metía los dedos entre las piernas y ella abría más las caderas, respirando fuerte, como si el cuerpo empezara a traicionarle antes que la cabeza.

Yo le hacía repetir frases que le anotaba en un papel, cosas que le costaba decir. Al principio se resistía; después, entre la presión y algo que empezaba a sentir de verdad, las decía. Una de esas tardes terminó admitiendo, ya sin papel, que aquello había dejado de ser solo obligación.

Más tarde le presenté a Diego, un amigo mío grandote, todo músculo, que me había contado su fantasía de estar con una mujer como ella. Lo arreglé sin avisarle a Marta lo que la esperaba. Cuando entendió el plan se negó, horrorizada, pero la foto volvió a hacer su trabajo.

***

Diego no tardó nada. Y para mi sorpresa, Marta terminó respondiéndole, levantando las caderas, dejándose llevar de una manera que no había mostrado conmigo a la fuerza. Él le abrió las piernas, la empujó contra un colchón viejo y la fue follando con golpes pesados, mientras yo la miraba acercarme a su cara para obligarla a besarme entre gemidos. Marta empezó a arquearse, a apretar las sábanas, a hacerle sitio a Diego con una avidez que me dejó seco. Cuando él terminó, yo ocupé su lugar, y después él volvió a pedir su turno sin que yo tuviera que ordenar nada: ella misma se acomodó, todavía temblando, pidiéndonos más con la mirada.

Al terminar, Marta se quedó tendida largo rato y confesó algo que la sorprendió a ella primero: había tenido esa fantasía durante años. Lo que había empezado como un abuso de mi parte se le había mezclado con un deseo propio que no sabía cómo nombrar.

La llevé a casa en silencio. Yo me sentía poderoso y miserable a la vez, sin medir todavía el daño que estaba dejando a mi paso. Pero entonces solo me importaba la próxima vez.

***

Se me ocurrió ir más lejos. Le reservé una habitación en un hotel y la convencí, otra vez con las fotos, de vestirse a mi gusto y bajar sola al bar de al lado para coquetear con desconocidos. Marta parecía otra mujer con ese vestido, y no le quedó más remedio que seguirme el juego.

Un hombre la invitó a una copa antes de que yo bajara. Me senté con ellos, me presenté como su marido y le expliqué que salíamos así porque yo ya no podía cumplir, una mentira que le abrió los ojos al tipo. A partir de ahí los cumplidos se volvieron descarados, y Marta, para mi sorpresa, los disfrutaba. Se tocaba el borde del vestido, cruzaba y descruzaba las piernas, dejaba asomar el muslo y sonreía con una mezcla de vergüenza y hambre que me puso como una piedra.

Fuimos los tres al fondo del estacionamiento. Lo que pasó allí lo hizo bajo presión, lo sé, pero también noté que algo en ella había cambiado para siempre. El desconocido le metió mano, le bajó el corpiño, le chupó los pezones y la dobló sobre el capó con mi permiso explícito. Yo le abrí la falda por detrás, la penetré mientras él la besaba en la boca, y Marta terminó gimiendo los nombres de los dos, empapada, rota y deseando más. Cuando el desconocido se fue agradeciendo, ella escupió en el suelo y me miró con una mezcla de rabia y otra cosa que no era solo rabia.

***

De vuelta en la habitación perdí la cabeza un segundo y le crucé la cara de un revés. Me arrepentí de inmediato, pero ya estaba hecho. Lo que vino después fue distinto: esta vez ella me sacó la ropa, me buscó, y terminamos en la cama sin que yo tuviera que forzar nada. Me rodeó el cuello con las piernas, me tragó entero, me arañó la espalda y se corrió con un temblor violento antes de dejarme entrar otra vez, más hondo, hasta que los dos quedamos empapados de sudor y semen.

Acostados, Marta me confesó que se había encendido con los cumplidos del extraño, y me preguntó, casi tímida, si podía volver a ver a Diego. La mujer a la que había empezado a chantajear ahora me pedía cosas a mí. No supe si sentirme triunfante o perdido.

Seguimos viéndonos. De vez en cuando aparecía Diego. Y en casa, mientras tanto, el reloj corría hacia el día en que sería padre y, según las reglas de Bianca, podría volver con mi hermana.

***

Cuento todo esto sin orgullo y sin pedir perdón, porque sería falso. Me convertí en alguien que usó el deseo de tres mujeres como si fueran piezas de un tablero: mi hermana, mi esposa y mi suegra, cada una atada a mí por un motivo distinto.

Falta poco para que nazca el bebé. Bianca ya habla de un segundo, y Noelia, como siempre, no dirá que no. A veces me pregunto en qué momento dejé de decidir yo y empezó a decidir mi esposa por todos nosotros. Pero esa, quizá, sea otra confesión.

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Comentarios(8)

Confeso_33

brutal relato, de esos que te dejan pensando un rato largo. tremendo final

RicardoMza

y hubo segunda parte?? no podemos quedarnos con las ganas asi jaja

NatyLectora

Me encanto la dinamica que planteaste, muy bien narrado. Se siente autentico y eso vale mucho en este tipo de historias. Seguí subiendo

TiagomDP

pero eso fue idea de ella desde el principio o fue surgiendo solo? me quedo con esa duda jaja

Gustavito88

me hizo acordar a situaciones complicadas que vivi, hay veces que uno cree que tiene el control y despues te das cuenta de todo lo que te perdisteee. Muy bueno el relato

Lorena_SdE

Que relato!! me tuve que releer el final porque no lo podia creer. Excelente

DiegoRio23

de las mejores confesiones que lei aca, sin dudas. sigue compartiendo

CuriosaEnLaNoche

demasiado bueno, se hizo corto :)

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