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Relatos Ardientes

Las reglas que mi esposa impuso entre mi hermana y yo

Con mi hermana Noelia llevábamos años en algo que nadie debía saber. Para no levantar sospechas yo la dejaba salir con chicos, pero con una condición tajante: nada de tocarlos. Cuando volvía a casa, lo comprobaba a mi manera, y ella lo aceptaba como aceptaba todo lo demás.

El sexo tradicional se nos había quedado corto. Empezamos a experimentar con cuerdas, fustas y una colección de juguetes que iba creciendo en un cajón cerrado con llave. Yo marcaba el ritmo y ella obedecía. Desde chicos siempre fue así: yo decidía y Noelia seguía.

Como me gustaban las mujeres más llenas, le pedí que subiera unos kilos, y lo hizo sin discutir. También la llevé por primera vez a un club privado donde se practicaban estas cosas. Le gustó más de lo que esperaba. Le encantaba que la atara y la marcara delante de desconocidos, y fue allí donde una pareja nos invitó a sus reuniones.

En esas fiestas las mujeres tenían que gatear y comportarse como animales domesticados. La mayoría llevaba collar; algunas, frases pintadas sobre la piel. Noelia era de las más delgadas de la sala, y yo la presumía como si fuera un trofeo. Una noche un tipo me preguntó si la mía hacía trucos, y le ordené que imitara a la sumisa de aquel hombre.

***

Hasta entonces solo había permitido que un desconocido la tocara, porque la sorprendí mirando a uno con demasiada atención. Le pregunté al hombre si quería pasar a una de las habitaciones con ella, y aceptó.

Le ordené a Noelia que le diera placer con la boca y ella lo hizo hasta atragantarse, sin quejarse, como la sumisa disciplinada en la que la había convertido. Después él la tomó por detrás sujetándola de las caderas, y nunca la había oído llegar con tanta fuerza.

—¡Me corro! —gritó ella, y el hombre terminó dentro segundos después.

Yo miraba desde un rincón, excitado y orgulloso de lo dócil que era. Esa noche supe que podía llevarla todavía más lejos.

***

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años y Noelia veintiuno. Conocí a Bianca en el aniversario de unos parientes lejanos; era la hija de una conocida de la familia. Le pedí salir esa misma tarde. Noelia se enojó, pero le prometí que jamás la dejaría a un lado.

Lo de Bianca se puso serio rápido, y ella era más perspicaz de lo que yo creía. Empezó a soltar bromas sobre si mi hermana dormía en mi cama, sobre si a Noelia le molestaría compartirme. Entendí que sospechaba, así que un día se lo confesé todo.

Bianca se quedó callada un largo rato. Luego dijo algo que no esperaba: que como era mi hermana, en el fondo no la consideraba una rival, y que podía seguir con ella siempre y cuando quedara claro que ella, Bianca, era la primera.

Esa noche se lo conté a Noelia mientras la abrazaba. Las cosas seguirían igual, le dije, pero ahora había una regla nueva: yo iba a estar con las dos, y ella tendría que aceptar a Bianca por encima de sí misma. Le costó poco convencerla; nunca le costaba.

***

El arreglo funcionaba mejor de lo previsto. Las noches que no veía a Bianca, las pasaba con mi hermana. A Noelia no le incomodaba lo nuestro con Bianca, pero Bianca preguntaba sin parar qué hacíamos cuando estábamos solos.

Bianca probó el club una vez y no era para ella, pero le fascinaba el poder que aquello implicaba. Quería entender el juego, no participar en él. Y poco a poco empezó a quererlo para sí.

Unas semanas después me propuso un fin de semana en la casa rodante que sus padres tenían en la costa. Pidió que Noelia viniera también. Pensé que era para disimular ante sus padres, pero el verdadero plan era otro.

Llegamos por la tarde. Bianca decidió todo: la cama grande era nuestra, mi hermana dormiría en las individuales del cuarto contiguo. Después de la cena, cuando Noelia se negó a lavar los platos esa misma noche, Bianca fue al dormitorio, volvió con un cinturón fino y le ordenó inclinarse.

Noelia me buscó con la mirada, preguntando en silencio si debía obedecer. Asentí. Bianca le cruzó la espalda baja con el cinturón y repitió la orden con una calma que me sorprendió.

—Lava los platos —dijo, y volvió a golpear.

—¡Sí! ¡Los lavo ahora! —respondió mi hermana.

***

Mientras Noelia fregaba, Bianca y yo salimos a caminar. Me confesó lo encendida que estaba después de castigarla. Encontramos un rincón apartado y la tomé ahí mismo; por sus gemidos supe que había descubierto algo nuevo en ella.

Al día siguiente buscaba cualquier excusa para castigar a Noelia. La hacía gatear, le revisaba las marcas, y cada vez que terminaba con ella, yo tenía que llevarme a mi hermana a la cama porque quedaba imposible de calmar. Bianca observaba, daba órdenes y disfrutaba. Aquel fin de semana fue el comienzo de todo.

***

Nos casamos unos siete meses después. Cuando mis padres faltaron, Noelia se mudó con nosotros, pero Bianca dejó claras sus condiciones desde el primer día. Mi hermana quedaba bajo su mando. Yo solo estaría con ella cuando Bianca lo permitiera. Noelia usaría lo que Bianca eligiera para ella, y le respondería en todo.

No eran muchas reglas, pero eran absolutas. Y, contra lo que cualquiera pensaría, Noelia estaba feliz: ya no se sentía sola, y entre ella y Bianca creció una amistad extraña pero real. Vivíamos los tres como una sola cosa, gobernada por mi esposa.

Un tiempo después Noelia anunció que estaba embarazada. Era mío, claro, pero decidió interrumpirlo. Sospecho que Bianca, que no podía tener hijos, ya soñaba entonces con quedarse con un bebé de mi hermana. Esa idea volvería más adelante.

***

Una tarde Bianca me avisó que su padre estaba internado. Nada grave, pero quedaría una semana en el hospital. Su madre, Marta, mencionó de pasada que el lavabo del baño goteaba y que los grifos necesitaban cambio. Bianca me ofreció de inmediato para arreglarlo.

Fui al día siguiente. Marta entró al baño para avisar que salía un momento; al girarse, la falda se le subió y desde el suelo alcancé a ver más de lo que debía. Para una mujer de su edad tenía un cuerpo firme, y reconozco que la idea se me quedó clavada el resto de la mañana.

Cuando volvió, me ofreció un té. Yo seguía con la cabeza en otra parte. Marta era atractiva de una manera que no me convenía admitir, y por unos días no pude pensar en otra cosa que en mi suegra.

***

Terminé el trabajo dos días seguidos. El segundo, la encontré en el garaje, agachada entre el auto y la pared, tratando de alcanzar algo bajo un banco. No me había oído llegar.

Lo que pasó después fue rápido y no estuvo bien. Me acerqué por detrás y la tomé sin que se lo esperara. Ella intentó zafarse, preguntando una y otra vez qué estaba haciendo, pero yo no respondí hasta terminar.

—Necesitaba esto —fue lo único que dije al soltarla.

Me levanté, recogí mis herramientas y le avisé que volvería al otro día por los grifos. Marta se quedó en el suelo, en silencio, sin mirarme.

***

Esa misma noche, en casa, Bianca comentó que su madre había llamado para avisar que estaría fuera cuando yo fuera a terminar el baño. Estaba claro que la había puesto contra la pared, y que prefería evitarme. Yo, en cambio, ya pensaba en cómo volver a verla a solas.

Al día siguiente fui igual. Marta me dijo que lo mejor era olvidar lo del garaje. No la dejé terminar la frase. Esta vez, además, hice algo de lo que no me enorgullezco: la fotografié, y le advertí que si no hacía lo que le pedía, esas imágenes llegarían a su hija y a su marido.

Marta empezó a sollozar. No dijo nada más, y yo me fui sintiéndome dueño de algo que no me pertenecía. Lo que había nacido como un impulso se había vuelto chantaje, y ya no podía dar marcha atrás.

***

Por esos días, una noche, Bianca soltó otra de sus decisiones: quería que Noelia tuviera el bebé que ella no podía concebir, criado como propio. Mi hermana no tuvo voto. Durante un mes Bianca controló lo que comía, vigiló cada detalle de su ciclo, y me mandaba a su cama en los momentos exactos.

Ocho semanas después, Noelia estaba embarazada. A partir de entonces Bianca dejó de buscarme; toda su energía estaba puesta en cuidar el embarazo de mi hermana. El sexo en casa se volvió casi nulo, y yo, acostumbrado a lo contrario, busqué la salida más fácil y peor: volver con Marta.

La citaba en el garaje, en una nave vieja de un amigo, en cualquier lado. Al principio me respondía con un «no», pero bastaba con recordarle las fotos para que apareciera. Cada encuentro me dejaba la sensación de haber cruzado una línea más.

***

Con el tiempo noté algo que no esperaba. Marta dejó de forcejear. Una tarde, en la nave, me di cuenta de que ya no la sostenía a la fuerza: me rodeaba con los brazos, respondía a los besos. No lo hacía con una sonrisa, pero tampoco se quedaba quieta, y eso tenía su propio morbo.

Yo le hacía repetir frases que le anotaba en un papel, cosas que le costaba decir. Al principio se resistía; después, entre la presión y algo que empezaba a sentir de verdad, las decía. Una de esas tardes terminó admitiendo, ya sin papel, que aquello había dejado de ser solo obligación.

Más tarde le presenté a Diego, un amigo mío grandote, todo músculo, que me había contado su fantasía de estar con una mujer como ella. Lo arreglé sin avisarle a Marta lo que la esperaba. Cuando entendió el plan se negó, horrorizada, pero la foto volvió a hacer su trabajo.

***

Diego no tardó nada. Y para mi sorpresa, Marta terminó respondiéndole, levantando las caderas, dejándose llevar de una manera que no había mostrado conmigo a la fuerza. Cuando él terminó, yo ocupé su lugar, y después él volvió a pedir su turno sin que yo tuviera que ordenar nada: ella misma se acomodó.

Al terminar, Marta se quedó tendida largo rato y confesó algo que la sorprendió a ella primero: había tenido esa fantasía durante años. Lo que había empezado como un abuso de mi parte se le había mezclado con un deseo propio que no sabía cómo nombrar.

La llevé a casa en silencio. Yo me sentía poderoso y miserable a la vez, sin medir todavía el daño que estaba dejando a mi paso. Pero entonces solo me importaba la próxima vez.

***

Se me ocurrió ir más lejos. Le reservé una habitación en un hotel y la convencí, otra vez con las fotos, de vestirse a mi gusto y bajar sola al bar de al lado para coquetear con desconocidos. Marta parecía otra mujer con ese vestido, y no le quedó más remedio que seguirme el juego.

Un hombre la invitó a una copa antes de que yo bajara. Me senté con ellos, me presenté como su marido y le expliqué que salíamos así porque yo ya no podía cumplir, una mentira que le abrió los ojos al tipo. A partir de ahí los cumplidos se volvieron descarados, y Marta, para mi sorpresa, los disfrutaba.

Fuimos los tres al fondo del estacionamiento. Lo que pasó allí lo hizo bajo presión, lo sé, pero también noté que algo en ella había cambiado para siempre. Cuando el desconocido se fue agradeciendo, ella escupió en el suelo y me miró con una mezcla de rabia y otra cosa que no era solo rabia.

***

De vuelta en la habitación perdí la cabeza un segundo y le crucé la cara de un revés. Me arrepentí de inmediato, pero ya estaba hecho. Lo que vino después fue distinto: esta vez ella me sacó la ropa, me buscó, y terminamos en la cama sin que yo tuviera que forzar nada.

Acostados, Marta me confesó que se había encendido con los cumplidos del extraño, y me preguntó, casi tímida, si podía volver a ver a Diego. La mujer a la que había empezado a chantajear ahora me pedía cosas a mí. No supe si sentirme triunfante o perdido.

Seguimos viéndonos. De vez en cuando aparecía Diego. Y en casa, mientras tanto, el reloj corría hacia el día en que sería padre y, según las reglas de Bianca, podría volver con mi hermana.

***

Cuento todo esto sin orgullo y sin pedir perdón, porque sería falso. Me convertí en alguien que usó el deseo de tres mujeres como si fueran piezas de un tablero: mi hermana, mi esposa y mi suegra, cada una atada a mí por un motivo distinto.

Falta poco para que nazca el bebé. Bianca ya habla de un segundo, y Noelia, como siempre, no dirá que no. A veces me pregunto en qué momento dejé de decidir yo y empezó a decidir mi esposa por todos nosotros. Pero esa, quizá, sea otra confesión.

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Comentarios (4)

Confeso_33

brutal relato, de esos que te dejan pensando un rato largo. tremendo final

RicardoMza

y hubo segunda parte?? no podemos quedarnos con las ganas asi jaja

NatyLectora

Me encanto la dinamica que planteaste, muy bien narrado. Se siente autentico y eso vale mucho en este tipo de historias. Seguí subiendo

TiagomDP

pero eso fue idea de ella desde el principio o fue surgiendo solo? me quedo con esa duda jaja

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