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Relatos Ardientes

Lo que ninguna sumisa cuenta sobre los testículos

Quienes me escribís para proponerme temas sobre los que escribir soléis insistir en dos asuntos. Si la cosa va de ficción, el monotema es el amor entre familiares y todas sus variantes más turbias. Si, en cambio, preferís pedirme confesiones de mi vida real, la protagonista absoluta es la señorita Virginidad. Os encanta imaginar la primera vez que algo se aventuró dentro de mí. Lo siento por vosotros, pero hoy tampoco os daré ese gusto. Gusto solo le doy a mi Dom, y esta vez no me ha mandado escribir sobre nada en concreto, lo cual agradezco, porque en esto de obedecer con la pluma soy un desastre que ni yo misma me reconozco.

Hace semanas me ordenó escribir un relato a cuatro manos con Noa, una amiga de la red. Lo titulé Dos lenguas viperinas y ahí sigue, encallado en página y media. Sé que cuando por fin lo termine algún castigo nos caerá encima y tendremos que tragárnoslo con la cabeza gacha. Por ahora él espera paciente, afilando en silencio la idea de lo que me hará pagar. Esa paciencia suya, créeme, asusta más que cualquier grito.

Perdón por irme por las ramas. Lo que venía a contar es mi relación con esa parte del cuerpo masculino que casi nadie nombra sin reírse: los testículos. Los huevos, las gónadas, los santos cojones, como decimos en mi tierra. Es, sin duda, un territorio desatendido. Una pregunta honesta: ¿qué hacemos las sumisas con los testículos de nuestro Dom?

Las dóminas lo tienen resuelto, o al menos su repertorio es de sobra conocido en el ambiente. Los estrujan, los anillan, los exprimen, los depilan, los pellizcan, los perforan, los golpean, los grapan, los azotan, los queman con cera caliente, los insultan, los estiran y todo lo que se te ocurra y un poco más. Son el blanco favorito de su crueldad calculada. Nosotras, las que estamos al otro lado de la correa, andamos bastante perdidas en cuanto a posibilidades.

Prácticamente nos vemos limitadas a lamer. Y casi siempre como mero preámbulo, un trámite de cortesía antes de pasar al verdadero protagonista de la función: su señoría la polla. Cierto que, en el colmo de la innovación, el Dom puede pedirte que te los metas enteros en la boca. Confieso que desconozco qué clase de placer le proporciona eso a un hombre, pero te aseguro que tener dos huevos completos dentro de la boca no entra en mi top doscientos de cosas excitantes. Es más bien un ejercicio de paciencia y de no atragantarse.

***

Recuerdo perfectamente el momento en que contemplé de cerca, y con verdadero detenimiento, unos testículos por primera vez. Viajemos al pasado, a mis años de universidad. Estudiante aplicada, repipi y empollona como ninguna, me había echado —¡por fin, aleluya!— un novio de los de verdad. Y por novio de verdad entiendo uno con el que una folla. Porque yo no perdí la virginidad hasta que llegué a la facultad. Ya sabía yo que el dichoso temita acabaría asomando la cabeza.

De aquel chico guardo recuerdos buenos, y este es precisamente uno de ellos: poder inspeccionar a mi antojo aquella zona prohibida. Fue en su habitación. Vivía en un piso destartalado, alquilado a estudiantes, cerca de la facultad pero lejísimos de cualquier sitio donde pasara algo interesante. Allí pasé más de una tarde iniciándome en menesteres que hasta entonces solo conocía en teoría, de libros y de conversaciones a media voz con mis amigas.

Entre las prácticas de aquellas tardes lentas se coló la inspección genital. Ya le había hecho alguna felación, sí, pero una mamada no te da la perspectiva adecuada para recrearte en los detalles. Estás concentrada en otra cosa, con los ojos medio cerrados, sin margen para la curiosidad anatómica. Aquella tarde, en cambio, antes de que mis labios hicieran nada, le pedí que se quedara quieto. Quería mirar.

Él se rió, un poco incómodo, y separó las piernas sobre la colcha arrugada.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Investigar —le contesté, muy seria, como si tuviera una bata blanca puesta.

Y eso hice. Toqué primero, para comprobar la consistencia. Palpé con las yemas de los dedos para entender cómo colgaban y desde dónde lo hacían, esa raíz oculta que no se ve pero se intuye. Me sorprendió el peso, la manera en que se acomodaban en mi mano como dos cosas vivas e independientes. Me llamó la atención el rafe escrotal, esa costura central que divide la piel en dos mitades casi simétricas, como si alguien lo hubiera cosido a mano. Tiene su gracia la forma en que brotan los pelos de allí, separados unos de otros como árboles solitarios en los claros de un bosque.

Pasé un buen rato así, estudiando los surcos de la piel, las venas finas que la recorren, la temperatura, todo aquello que me resultaba una novedad absoluta pese a que ya me sabía la teoría de memoria. Porque una cosa es saber y otra muy distinta es tener delante. Le hablaba en voz baja mientras lo hacía, le preguntaba si le molestaba, si le gustaba, y él respondía con monosílabos cada vez más entrecortados.

Lo más fascinante llegó cuando, sin querer del todo, mi otra mano empezó a ocuparse de lo que tenía al lado. Y entonces vi en directo lo que hasta entonces solo había leído: cómo la piel del escroto se tensaba y se encogía, cómo los testículos se replegaban hacia el cuerpo a medida que él se ponía en órbita. Era como ver un mecanismo reaccionar a mis órdenes. Esa sensación de causa y efecto, de que mis manos provocaban un cambio físico, medible, en otro cuerpo, fue probablemente el primer destello de lo que años después se convertiría en algo mucho más grande.

Lo que más me marcó no fue el descubrimiento físico, sino la actitud con la que me planté ante él. Por primera vez no era yo la que esperaba instrucciones. Era yo la que decidía el ritmo, la que ordenaba quieto y observaba el efecto de cada caricia como quien comprueba una hipótesis. Él, tan seguro de sí mismo fuera de aquella habitación, se deshacía bajo mis dedos sin saber muy bien qué responder. Esa inversión momentánea del control me produjo un cosquilleo que no supe nombrar entonces. Tardé años en entenderlo, en descubrir que lo mío era justo lo contrario: que mi placer estaba en ceder, no en mandar. Pero aquella tarde, sin saberlo, probé los dos lados de la moneda y los dos me gustaron.

Él terminó antes de lo que esperaba, mirándome con cara de no entender bien qué le había hecho. Yo me quedé satisfecha, no por el final, sino por la lección. Aquella tarde aprendí más anatomía que en un semestre entero, y algo más que ningún temario incluía.

***

Ahora, de sumisa, me conozco la cartografía de esa zona de mi Dom —y de toda su periferia— mejor que él mismo. Sé en qué punto exacto la piel es más fina, dónde un roce lo eriza y dónde una presión apenas un poco más firme le corta la respiración. Las caricias y las lamidas de sus cojones entran siempre en el juego, salvo orden expresa en contra. Y como reza el viejo refrán de los juristas, lo que no está prohibido está permitido.

Por eso, sin que nadie me lo pida, no dejo nunca de recorrer esa zona con la lengua y con los dedos. Empiezo despacio, casi con reverencia, trazando esa costura central que descubrí hace tantos años en otra cama y otra ciudad. Lo hago con los ojos levantados, buscando su mirada, porque la mitad del placer está ahí, en ese permiso silencioso que me concede al no detenerme. A veces hundo la nariz en el calor de su entrepierna y me quedo ahí un instante de más, respirando, antes de continuar. Él lo sabe. Le gusta verme entregada a un detalle que la mayoría despacha en dos segundos.

Pero he de confesar que echo de menos variaciones. No tengo vocación de estrujapelotas, ni creo que mi Dom esté por la labor de imitar a los sumisos que se prestan a esos tratos. Lo nuestro va por otro camino, más de entrega callada que de dolor exhibido. Aun así, me frustra un poco lo reducido del repertorio. Hay todo un mundo de crueldad refinada al alcance de las dóminas y, para nosotras, apenas la lengua y la paciencia.

Quizá ahí esté justamente la gracia. Quizá la sumisión consista precisamente en eso: en convertir un gesto mínimo, repetido mil veces, en una ceremonia. En lamer lo que otros desprecian y hacerlo con tal devoción que deje de ser un trámite para volverse una ofrenda. Cuando él me posa la mano en la nuca y me deja un rato más entre sus piernas, sin prisa, entiendo que el poder no siempre necesita instrumentos. A veces basta una boca obediente y todo el tiempo del mundo.

Y aun así, lo admito, la curiosa universitaria que fui sigue viva en algún rincón. La que quería investigar, tocar, entender cómo funcionaba aquel mecanismo desconocido. De modo que si a alguna de vosotras se le ocurre alguna manera distinta de jugar con los huevos de un Dom —algo que no haya probado, algo que se me escape—, os lo agradecería de corazón. Tomo nota de todo. Y si a él no le gusta, siempre podrá prohibírmelo. Aunque, conociéndolo, dudo que lo haga. La paciencia, ya os dije, es su forma favorita de castigarme.

Mara V.

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Comentarios (5)

GabrielaRS

increible relato!!! me encanto la honestidad con que lo contas, muy diferente a lo que se suele leer

MatiasLector

Que perspectiva tan distinta, nunca habia leido algo asi en esta categoria. Seguí escribiendo porfavor

Romina_BA

me recordo un poco a mis primeros años curioseando... muy bien escrito, se siente autentico y sin poses

cordobes_noc

excelente!!! sigue asi

LectoraSur

Buenisimo, me sorprendio el tono tan confesional. Son pocas las que cuentan estas cosas tan de frente

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