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Relatos Ardientes

El castigo que pedí sin saberlo: día uno

Supe que algo iba mal mucho antes de que dijera una palabra. Lo confirmé en el instante en que abrió la puerta, salí a recibirlo y le vi la cara. Había una severidad nueva en él, una frialdad premeditada que anunciaba mala mar, una de esas que amenazan con tragarte entera.

—Sabes lo que has hecho mal —dijo, dejando la mochila en el suelo. Ni hola, ni un beso, ni nada.

—Sí, señor.

Me arrodillé al instante, con las manos quietas sobre el regazo. Bajé un poco la cabeza, pero no aparté la mirada de la suya. Nos sostuvimos los ojos como dos personas que ya saben cómo va a terminar la conversación.

—Di en voz alta de qué eres responsable —ordenó, seco, mientras se quitaba las zapatillas.

—Fingí tener resaca para no satisfacer tus deseos, solo porque me parecía divertido, incumpliendo directamente uno de los primeros puntos de nuestro acuerdo.

Lo escupí de la manera más neutra que fui capaz y tuve el buen tino de no añadir nada más. Me habría gustado recordarle que yo misma había confesado mi falta el día anterior, y que al final habíamos follado como él quería, con su polla enterrada hasta el fondo de mi coño mientras yo me disculpaba entre gemidos. Pero ese no era el tema ahora mismo, y los dos lo sabíamos.

—Ve al dormitorio. Trae las cuerdas gruesas, la mordaza de bola y la cuerda fina.

Asentí en silencio. Me levanté y, ya en el pasillo, cuando él no podía verme, se me torció el gesto. Conocía perfectamente lo que implicaba cada cosa de esa lista. Lo que me esperaba iba a ser duro. Muy duro.

Saqué todo del armario, volví a arrodillarme sosteniendo el material entre los brazos y el regazo, y esperé. Y esperé. Y esperé. Y esperé.

Pues sí que vas a estrenar bien tu etapa de pelirroja, Marlene, pensé, resignada a mi suerte, con la cabeza gacha ante lo que se me venía encima.

Me había teñido hacía poco, a petición suya. Habíamos aprovechado para hacerlo en Halloween y disfrazarme de Jessica Rabbit, con el pelo de fuego cayéndome sobre un hombro. Y allí estaba, arrodillada en nuestro cuarto, vestida otra vez como ella: el vestido ajustado marcándome las tetas, la ropa interior a juego, los labios pintados de rojo puta. Tal y como él me había pedido por teléfono, antes de que yo supiera lo que en realidad me esperaba.

Por fin apareció, y hasta se lo agradecí con una mirada: los brazos ya empezaban a cansárseme. Tomó el material y lo fue dejando sobre la cama. Cuando llegó a la mordaza de bola, la sujetó por la correa con el índice y el pulgar y la dejó colgar, como si tocara algo que manchara o le diera asco.

—Esta no.

Tragué saliva. Si no aparté los ojos fue por puro orgullo, que para estas cosas tengo de sobra. Sabía exactamente a qué se refería: a la otra mordaza, la negra, más grande que la roja que usábamos siempre, incomodísima, de las que cuestan horrores.

Iba a levantarme a buscarla, pero él ya estaba enfrascado en lo suyo, y procedió a atarme sin la menor compasión.

Las ataduras no necesitan estar prietas para dejarme indefensa. Muchas veces son casi simbólicas: aunque pudiera soltarme, nunca lo hago. Pero la manera en que lo hizo esa vez no dejaba ninguna duda. No habría logrado escapar por mucho que lo intentara. Ni con un cuchillo afilado en la mano.

Una cuerda entre las piernas que me levantó el vestido y se me clavó hasta el fondo del coño, ropa interior incluida, partiéndome los labios y frotándome el clítoris con cada milímetro que se ajustaba. Sentí cómo la humedad empezaba a traicionarme desde la primera pasada, empapando la tela contra la cuerda, y él lo notó, claro que lo notó, pero no dijo nada. Las muñecas atenazadas hasta el punto de que apenas movía los dedos. Los codos juntos —soy flexible, pero no tanto—. Un arnés de pecho innecesario que me apretó las tetas hasta hacérmelas sobresalir por encima del escote, los pezones marcándose duros contra el vestido, y terminó de fijarme los brazos a la espalda. Otra cuerda alrededor de la cintura para atraparme los antebrazos a la altura de los riñones. Tobillos, rodillas y muslos, todo apretado con la misma saña que las manos.

Y luego, la atadura en arco.

Cuando la cuerda pasó de mis tobillos al arnés que me quedaba bajo la nuca y se tensó, gruñí y jadeé a partes iguales. Con un tirón firme la espalda se me arqueó y volví a quejarme. La única parte de mi tronco que tocaba el suelo de madera era el vientre.

Y yo sabía que aún no había terminado.

¿Conocéis ese punto en que abres la mandíbula y la mordaza no entra porque te hace tope en los dientes? Pues así es la negra: en su parte más ancha no pasa hasta que le voy haciendo sitio en la boca. Que la asegurara en mi nuca con la hebilla era lo de menos; escupirla por mí misma me iba a costar la vida.

Después vinieron los dedos de los pies, atados muy juntos. Y de ahí supe lo que tocaba a continuación: el pelo. Me recogió en una coleta con otra cuerda y, cuando tiró de ella para unirla a los dedos gordos de los pies, chasqueé los dedos. Es nuestra palabra de seguridad.

—No puedo… la boca —balbuceé, sin saber si me entendería con la mordaza, pero el simple hecho de que quisiera hablar bastó para que me la quitara—. Lo siento, no puedo… Cuando me tiras del pelo hacia atrás siento que la mordaza me asfixia… Lo siento… de verdad.

Me acarició la mejilla y me besó en la frente. Estaba preocupado.

—¿Puedes con esto? —me preguntó—. ¿Lo dejamos aquí?

—No, no. Sigue… Voy a ver hasta dónde llego… No será mucho.

—¿Aguantas una mordaza de tela sencilla?

Lo pensé apenas un segundo. Asentí.

—Vamos allá.

Y terminó de dejarme atada.

Describir cómo te sientes en una situación así es complicado. Si quien lee esto ha hecho yoga alguna vez, que imagine la postura más difícil, más tirante y forzada que pueda soportar, pero sin alivio posible. Es molesto, muy molesto. Y es peor si intentas revolverte lo más mínimo, porque entonces se convierte en dolor. Y también en placer, porque cada micro-movimiento que hacía para aliviar la espalda me frotaba la cuerda contra el coño, contra el clítoris hinchado, y sentía que si seguía forcejeando iba a correrme atada y con la boca llena de tela sin que él siquiera me hubiera tocado. No hay una sola parte del cuerpo que puedas mover —bueno, los dedos; la boca ni eso, porque con el cuello estirado tiende a quedarse abierta—, solo una presión intensa, continua y tenaz que envuelve cada célula de tu ser. Llegas a un punto en que ni siquiera sabes qué parte te molesta más. En mi caso, quizá la espalda. O el coño, que goteaba por la cuerda hasta el suelo y él lo veía y no hacía absolutamente nada.

A mi lado, sentado con las piernas cruzadas y sin pestañear, él esperaba a que chasqueara los dedos. En cuanto lo hice, con unas tijeras de sastre en la mano, cortó todas mis ligaduras como quien desata un asado recién salido del horno.

El alivio que sientes en ese momento es igual de difícil de explicar. Lo más parecido que se me ocurre es cuando vas al fisioterapeuta y te machaca a conciencia una zona lesionada: ese descanso que llega justo cuando para. O cuando sales del dentista después de una limpieza profunda y el cuerpo entero quiere fundirse con el asiento de pura relajación.

Quedé como un títere descoyuntado, y él me fue masajeando cada zona marcada por las cuerdas, ayudándome a girar en círculos cada articulación. Cuando llegó a los muslos internos y a la ropa interior empapada, sonrió de medio lado y me pasó dos dedos por encima de la tela, apretándome el coño desde fuera. Se los llevó a la nariz, respiró hondo, y me los metió en la boca para que me lamiera mi propio sabor. No me dijo nada, pero el mensaje era claro: sabía perfectamente cuánto me había puesto la atadura, y no me iba a dar el gusto todavía. Es bonito que te cuiden así cuando te sientes tan vulnerable. Es tierno. O al menos así lo vivo yo.

Pero no había terminado conmigo.

—Coge las esposas y póntelas tú misma, a la espalda.

Me quedé mirándolo, muda, completamente congelada. Ya me había castigado de sobra, y veníamos de un momento de cariño y de ternura, y… y… y…

—¿Pretendes desobedecerme?

Fui incapaz de responder o de sostenerle la mirada. La sesión de cuerdas había minado cualquier intento de desafío, aunque la pregunta no me hubiera gustado nada. Soy buena sumisa; solo estaba descolocada y agotada, no pretendía ofenderlo. Siempre cumplo una orden directa.

—No, señor —respondí, abatida, con la cabeza gacha.

Volví al armario a buscar las esposas. No sabía dónde estaban; hacía siglos que no las usábamos. No nos gustaban ni a él ni a mí. Pero ese era el punto, claro. Yo siempre disfrutaba del bondage, y él me lo estaba aplicando de una forma que lo sintiera como un castigo. Y lo estaba consiguiendo.

Después de un buen rato revolviendo, por fin aparecieron. Antes de ponérmelas me arrodillé de espaldas a él. El sonido de la carraca metálica llenó el dormitorio dos veces seguidas y, con la frente apoyada contra el armario, esperé nuevas indicaciones.

Y otra vez esperé, y esperé, y esperé.

Llamó por teléfono para avisar a sus padres de que ya había llegado a casa. Escuchó unos audios, mandó alguno de vuelta a sus amigos. Yo, mientras tanto, sentía cómo la cuerda de saliva bajaba entre mis pechos y cómo el coño me palpitaba con cada segundo que él me ignoraba, y eso —lo sabía— era también parte del castigo: hacerme esperar mojada, hinchada, muerta de ganas de que me follara, mientras él charlaba de menús familiares como si yo no existiera.

El mensaje que me estaba dando era clarísimo.

—¿Quién se ha ganado todo esto? —preguntó, volviendo a prestarme atención.

—Yo, señor.

—¿Soy yo el culpable de que estés así?

—No, señor.

—Date la vuelta, bonita.

Obedecí.

—Mírame.

Obedecí.

—Te lo pregunto otra vez, y quiero que me respondas con sinceridad, no lo que crees que quiero oír. ¿Sientes que todo esto es culpa mía?

Sentado en la cama, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas, se inclinaba hacia mí. En su rostro había una sonrisa triste.

—¿Puedo hablar libremente, señor? —pregunté, con el corazón a punto de desmoronarse.

—Siempre, cariño.

Y las palabras salieron de mi boca como un torrente. Agrias y dulces, frenéticas y suaves. Sabía de sobra que lo que había hecho era una tontería, que me había dejado llevar por una vana sensación de poder al negarle lo que era suyo. Un poder que ni siquiera disfruté, como demostré horas después al confesarle mi error. Que lamentaba de todo corazón haberle arruinado la fantasía del disfraz de esa manera, porque estaba segura de que él habría querido estrenarla de un modo muy distinto. Que una cosa era hacerle travesuras tontas en el día a día, y otra muy distinta traicionar el acuerdo que los dos habíamos firmado, uno de los pilares de nuestra relación.

—Y me encantaría decirte que no lo volveré a hacer… pero sabes cómo soy. Sabes que me encanta fastidiarte, y que muchas, muchas veces, actúo sin pensar.

Me tomó de la barbilla y nuestras caras quedaron a la distancia de un beso. Buscando su comprensión, apoyé la mejilla en sus rodillas y el pelo se me derramó sobre sus piernas. Desde ahí, con la mejilla apretada contra la tela de su pantalón, sentí perfectamente el bulto duro que se le marcaba en la bragueta. Toda esa serenidad, toda esa frialdad de dueño, y la polla se le había puesto de piedra viéndome atada y humillada. Me moví apenas, lo justo para rozarle la erección con la mejilla, y él suspiró.

—Lo sé, niña guapa. Lo sé —dijo, acariciándome la cabeza—. Para mí lo importante de verdad es que los castigos no hagan mella en lo nuestro, que cuando te los aplique entiendas que son parte del juego que llamamos dominación y sumisión. Jamás me perdonaría castigarte y destrozarte tanto por dentro que, al irnos a dormir, acabáramos dándonos la espalda en la cama.

—No, eso nunca… —respondí con los ojos cerrados, aterrada solo de imaginarlo.

—Tu castigo todavía no ha terminado —me dijo, casi como si me pidiera perdón. Con una mano me buscó los labios pintados de rojo y me metió el pulgar en la boca, y yo se lo chupé despacio, mirándolo, mientras con la otra mano se bajaba la cremallera y sacaba la polla, larga, gruesa, con una gota espesa en la punta que me dedicó a mí como quien ofrece una respuesta. Se agarró el tronco y me lo pasó por los labios pintados, embadurnándomelos, y susurró—: Abre.

Abrí la boca todo lo que las esposas y la postura me permitieron. La polla entró de golpe hasta el fondo de la garganta y yo tosí, se me saltaron las lágrimas y se me corrió el rímel, pero él no la sacó. Me sostuvo la cabeza por la coleta y empezó a follarme la boca despacio, marcando cada empujón, cada vez más hondo, hasta que noté los huevos golpeándome la barbilla. Con las manos esposadas a la espalda no podía hacer nada más que abrir la garganta, respirar por la nariz entre embestida y embestida y tragar la saliva mezclada con su presemen. El coño me estaba matando de vacío, apretándose sobre nada, chorreando por dentro de los muslos.

—Así, así, bonita —jadeó—. Con esta boquita fue con la que mentiste, ¿verdad? Pues ahora la vas a usar para lo que sirve.

Asentí como pude con la polla clavada en la garganta. Él sacó la verga entera, brillante de mi baba, y me dio dos cachetadas suaves en la mejilla con la punta antes de metérmela de nuevo. Repitió el gesto una y otra vez, escupiéndome en los labios, mientras yo lloraba de placer y de humillación a partes iguales.

Cuando estuvo a punto, me sacó la polla de la boca de un tirón, me tumbó de espaldas contra la alfombra —las esposas mordiéndome la parte baja de la columna— y me subió el vestido de Jessica Rabbit hasta las tetas. Me arrancó la ropa interior empapada de un solo movimiento y la olió antes de tirarla lejos. Me abrió las piernas de par en par sujetándome por los tobillos y se quedó mirando el desastre entre mis muslos, el coño hinchado, rojo, marcado por las cuerdas, chorreando literalmente sobre el suelo de madera.

—Mira cómo estás. Mira cómo te ha puesto tu propio castigo, cerdita.

—Sí, señor… por favor, señor…

—¿Por favor qué?

—Fóllame. Por favor. Fóllame duro. Es tuyo. Todo tuyo.

Se colocó entre mis piernas, se pasó el glande por los labios del coño hasta empaparlo, y me la metió de una sola estocada hasta el fondo. Grité. La postura, con las manos esposadas debajo, me arqueaba las caderas hacia arriba y él entraba en un ángulo brutal, chocando contra el fondo con cada embestida. No hubo ni un solo movimiento suave: me folló como quien acaba una discusión, con la mano abierta contra mi cuello, sin apretar del todo pero recordándome quién mandaba, y con la otra pellizcándome un pezón por encima del arnés de pecho de cuerda que aún llevaba puesto.

—Esto es lo que me negaste ayer, ¿te acuerdas? —gruñó, follándome más fuerte—. Este coño. Mi coño. Fingiendo resaca como una niña tonta.

—Lo… lo siento, señor… no volverá… ah… no volverá a pasar…

—Ya lo creo que no.

Me puso boca abajo de un empujón, con las esposas mordiéndome la espalda, y me levantó las caderas agarrándome por la coleta pelirroja. En cuatro no, porque los brazos no los podía usar: la cara aplastada contra la alfombra, el culo en pompa y él detrás, escupiéndome sobre el ano antes de volver a hundirme la polla en el coño. Cada embestida me arrastraba unos centímetros hacia adelante y él me tiraba del pelo para devolverme al sitio, empalándome de nuevo. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenaba el dormitorio, mezclado con mis gemidos ahogados contra el suelo y sus gruñidos roncos.

Me pasó un pulgar mojado de saliva por el ojete y me lo empujó dentro hasta el nudillo. Fue el detonante: me corrí como una perra en celo, apretándole la polla con espasmos que sentí en cada centímetro, chillando contra la alfombra, con las piernas temblándome incontrolables. Él no paró. Siguió follándome mientras yo me corría, alargándome el orgasmo hasta hacerlo insoportable, hasta que grité pidiéndole que se corriera él también.

—¿Dónde? —masculló entre dientes—. Dime dónde.

—Donde quieras, señor. En la boca. En la cara. Donde quieras.

Sacó la polla de mi coño de un tirón, me giró como a un muñeco y se me arrodilló sobre el pecho. Se la machacó dos o tres veces con la mano derecha, sujetándome la coleta con la izquierda, y se corrió en mi cara con un gruñido largo. Chorros gruesos y calientes de semen me cayeron sobre la frente, los párpados cerrados, los labios entreabiertos, la mejilla, el cuello, escurriéndose por el pelo teñido de fuego. Sacó las últimas gotas frotándose el glande contra mis labios y yo saqué la lengua para lamerlo, mansa, obediente, cubierta de su corrida.

Se quedó unos segundos así, mirándome desde arriba, con la respiración entrecortada. Luego se inclinó y me besó despacio en los labios manchados, sin importarle en absoluto ensuciarse él también.

Levanté la mirada y me encontré con ese rostro tan bonito, un poco ensombrecido.

—¿Seguimos con nuestro juego, bonita?

Asentí, con una sonrisa tierna en los labios pringados de semen.

—Te quiero, Marlene.

—Y yo a ti, Adrián.

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Comentarios(8)

MorboLector

Buenisimo!!! Que inicio tan atrapante, no lo esperaba para nada.

CrisNocturna

Por favor el dia dos, no podes dejarnos ahi colgados. Quede con muchisimas ganas de saber como sigue.

ValeBsAs

Se siente tan real... me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Muy buen trabajo, de verdad.

mochilera_sin_rumbo

Esa frialdad calculada al entrar... me recordo a algo que vivi hace tiempo. Bien descrito, se siente en la piel.

PedroCalido

Cuantos dias va a tener el relato? Espero que la continuacion no tarde mucho jaja

FernandoPC_

El titulo ya lo dice todo. Uno a veces pide sin saber que pide jajaja. Muy bueno, seguí escribiendo.

Luciana_Riv

Que tension desde la primera linea. Este tipo de relatos me atrapan, bien logrado.

Tomas_1989

Corto para todo lo que promete la historia. Esperando ansioso el dia dos.

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