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Relatos Ardientes

Mi amo y el juguete que se quedó dentro

—Ponte el plug, zorra.

No tuve que preguntar cuál. Adrián siempre hablaba de ese, el del corazón azul en la punta, el que había elegido para mí una tarde de domingo como quien escoge un anillo. Crucé la habitación con el corazón golpeándome en el pecho y lo saqué de la caja donde guardaba todo lo que él me había enseñado a usar.

Me coloqué frente a su sillón. Me incliné despacio, calculando el ángulo, asegurándome de que mi culo quedara justo a la altura de sus ojos. Sabía cuánto le gustaba mirar. Unté un poco de lubricante con dos dedos, estiré el brazo hacia atrás y empecé a introducirlo con un movimiento suave, pausado, sin prisa, porque la prisa era una de las pocas cosas que él no toleraba.

Mientras lo sentía abrirse paso, no podía dejar de pensar en otra cosa. Pensaba que no era el plug, sino él, abriéndome poco a poco, acostumbrando mi cuerpo a su grosor. La fantasía me daba un placer distinto, más mental que físico, pero mi coño no entendía de matices: se humedecía igual, traicionero, mojándome los muslos.

Cuando por fin entró del todo, dejé escapar un «ah» largo y húmedo. Mi culo acababa de quedar listo para él.

—Siéntate en la silla. Abre las piernas y masturbate para mí.

Obedecí. En cuanto apoyé el peso en el asiento de madera, el plug se hundió un poco más adentro y me arrancó un escalofrío. Mis manos empezaron a recorrerme sin que él tuviera que repetir nada. Me abrí los labios de forma impúdica, ofreciéndole la vista completa, mientras él permanecía repantigado en el sillón con esa cara de pervertido que tanto amaba. Tenía un cigarrillo en una mano y un vaso de ron en la otra.

En su mirada ardía un fuego callado que parecía mezclarse con el aire que respirábamos. Esa mirada seductora, burlona y divertida a la vez, que se fundía con la sonrisa torcida de quien sabe exactamente lo que va a conseguir.

El placer me nublaba. Mis dedos masajeaban el clítoris sin compasión, y la otra mano subió hasta mis pechos para retorcerme un pezón con una fuerza que rozaba el dolor. En la habitación solo se escuchaban dos sonidos: mis gemidos y el chapoteo de mis dedos contra mi coño empapado.

De pronto el plug volvió a clavarse hondo y me regaló una oleada de placer que me dobló sobre la silla.

—Amo, ¿puedo correrme? —supliqué.

—¿Ya tan pronto? No, todavía no, perra. Ve por el vibrador.

Bajé de la silla con las piernas temblándome de deseo y un gemido de frustración atascado en la garganta. Me arrastré a cuatro patas hasta la caja de los juguetes y saqué el vibrador, uno pequeño y rosa de aspecto inofensivo. Pero esa apariencia tierna engañaba: producía unas vibraciones brutales. En mis manos eran un capricho dulce; en las de Adrián, un tormento medido y delicioso.

Volví a la silla y seguí, ahora con el vibrador apoyado en el clítoris. El calor se apoderó de mí enseguida. Empecé a disfrutarlo al máximo, y cada vez que el aparato vibraba con más intensidad, apretaba el plug por reflejo y daba pequeños brincos en el asiento. Con cada brinco me penetraba un poco más a mí misma, sentía el juguete moverse dentro de mi culo y el placer se volvía insoportable de tan bueno.

No aguanté.

—Amo, por favor, por favor, déjame correr —rogué con un hilo de voz, poseída por completo.

—Córrete, puta.

El orgasmo me recorrió como una corriente que se encadenaba de la nuca a los talones, sacudiéndome entera y arrancándome un gemido que ni yo reconocí.

—Ahhh… gracias, amo —dije con el último aliento que me quedaba.

Pero mi mano no se detuvo. El vibrador seguía bailando sobre mi clítoris hinchado, y aunque acababa de venirme, no podía parar. Adrián lo notó. No dijo nada. Al contrario: con esa sonrisa fija en los labios, soltó una sola palabra.

—Continúa.

Y lo hice. Apreté el plug otra vez, buscando volver a sentirlo penetrándome, pero ya no era igual. No le di importancia. Empecé a brincar de nuevo, a torturarme el clítoris con esas vibraciones imposibles, y exploté en un segundo orgasmo que llegó tan rápido que casi me asusta.

Cuando logré controlar la respiración, le di las gracias. Me arrodillé en el suelo y limpié con un paño la silla, mojada por mí. Era parte del ritual, y a estas alturas lo hacía sin que me lo pidiera.

—Qué bien educada está mi putita —dijo en tono condescendiente, paladeando cada palabra.

Se levantó del sillón y se colocó detrás de mí. Me apretó los pechos con las dos manos, atrapó mis pezones entre los dedos y tiró de ellos hacia arriba, fuerte, hasta obligarme a ponerme de pie para que no me los arrancara. Gemí más de lo que esperaba.

—Ya basta, zorra. Ve a bañarte y vístete, que tienes que ir a la oficina.

Me dio un beso tierno en la mejilla, un gesto que contrastaba con todo lo anterior y que, precisamente por eso, me derretía. Me encaminé al baño todavía flotando.

***

Caminé hasta el baño entre nubes, con el cuerpo blando y la cabeza en otra parte. Al llegar, subí una pierna al borde de la taza para sacarme el plug, el último trámite antes de la ducha y de volver a ser una mujer normal con una jornada normal por delante.

Y fue ahí cuando toda la calentura se transformó en algo muy distinto.

Mi dedo no encontraba la base del plug.

Tanteé de nuevo, con más cuidado, segura de que era el ángulo. Nada. Empujé un poco con la yema, palpé alrededor, y entonces comprendí, con un frío que me bajó por la espalda, lo que había pasado. Me había tragado el plug. Entero. Esa cosa que minutos antes era pura delicia ahora estaba metida donde no debía, sin un solo punto del que tirar.

Las palabras de Adrián de aquella misma tarde me retumbaron en la cabeza. Qué culo tan tragón tienes. En su momento las dije a carcajadas con él. Ahora sonaban como una maldición.

El pánico se me subió por la garganta. Las manos me temblaban, los dedos se me acalambraban en esa postura imposible mientras pujaba una y otra vez sin resultado. La posición era dolorosísima y por más que apretaba, nada se movía. El plug seguía ahí, terco, hundido, como si formara parte de mí.

Cuando entendí que sola no iba a poder, asumí la derrota y decidí salir a contárselo. Era eso o quedarme encerrada en el baño llorando hasta perder la cordura.

Adrián me vio aparecer sin haberme bañado, todavía desnuda, con la cara desencajada. Abrió la boca, supongo que para regañarme por demorarme, pero antes de que dijera nada solté, casi llorando, que me había tragado el plug.

Su cara cambió. La burla se borró de golpe y la sustituyó una preocupación seria que no le había visto en mucho tiempo. Aun así, mantuvo la voz tranquila.

—¿Ya intentaste pujar?

—Sí, amo, pero no sale. No sale nada.

Lo pensó un segundo. Después, con media sonrisa que peleaba contra la inquietud, me dijo lo que más temía.

—Bueno. Si no sale, vamos a tener que buscar a alguien de confianza que nos ayude a sacarlo. O la otra opción es llevarte a urgencias.

Quise morirme de vergüenza ahí mismo. ¿Cómo le explicaría a nadie que me había comido un plug? ¿Que mi culo era tan tragón que se lo había succionado solo? Me imaginé la sala de espera, la enfermera, las preguntas, y la desesperación me ganó. Rompí a llorar como una niña.

Adrián me abrazó. No me regañó, no se burló más. Me sostuvo contra su pecho y me dio un beso largo en la frente.

—No llores, mi preciosa putita. Todo tiene solución. Ven, vamos al baño.

***

Una vez dentro, me pidió que respirara hondo y que me calmara. Su voz había recuperado el mando, y curiosamente eso me tranquilizó más que cualquier caricia. Me indicó que me pusiera en cuclillas, bien abierta, y que pujara mientras él buscaba la cabeza del juguete con los dedos.

Apretó con cuidado en el perineo, esa franja delgada de piel, y me dijo que metiera mis propios dedos por el lado de la vagina y empujara desde ahí. La cabeza casi me estalla cuando lo entendí: podía notar el plug a través de esa pared finísima que separa los dos orificios. Estaba justo ahí, al alcance, pero del lado equivocado.

Empujé desde dentro. Adrián, al mismo tiempo, introdujo un dedo en mi culo y enganchó el borde apenas asomó.

—Ahora puja fuerte —me ordenó—. Todo lo que tengas.

Lo hice. Pujé con una fuerza que no sabía que me quedaba, apretando los ojos, clavándome las uñas en los muslos. La cabeza del plug asomó por fin, y en cuanto tuvo de dónde agarrar, Adrián lo sacó de un tirón seco.

Fue brutalmente doloroso. Fue humillante hasta lo indecible. Y aun así —porque soy tan puta que no tengo remedio— el tirón, la mezcla de dolor y alivio, el dedo de mi amo dentro de mí, todo eso bastó para volver a calentarme y hacer que me corriera ahí mismo, en cuclillas sobre el suelo del baño.

Adrián se dio cuenta, claro. No pudo evitar soltar una carcajada que rebotó en los azulejos y se sumó, una vez más, a mi humillación.

Me quedé en el suelo, agotada, roja de vergüenza y de placer, con el dichoso plug del corazón azul descansando inocente en su mano. Él me miraba con esos ojos divertidos de siempre, ya sin rastro de preocupación, y yo no sabía si reír o seguir llorando.

Al final hice las dos cosas a la vez.

Porque hay accidentes que, por más que uno se muera de vergüenza, se terminan disfrutando.

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Comentarios (4)

NocheLibre22

increible... me quede sin palabras jajaja

SilviaR

Termine y queria mas, en serio. Muy adictivo este tipo de relatos, espero que sigas escribiendo.

Mati_lector

Me gusto mucho la dinamica que planteas, se siente tenso desde el principio. Bien narrado!

Sultana_85

Este relato me recordo a algo que lei hace tiempo pero este esta mucho mejor escrito. Bravo

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