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Relatos Ardientes

Mi amiga miró a mi novio y la castigué de rodillas

A Mariana la conocí en el primer trabajo práctico de la facultad. Yo tenía dieciocho recién cumplidos y ella un par más, y lo primero que me llamó la atención fue esa mezcla rara de belleza y mansedumbre que tenía. Alta, piel blanca casi de leche, una nariz perfecta y una boca que parecía pedir permiso para todo. Era, no sé cómo explicarlo, demasiado fácil de mirar.

Durante meses fuimos pura cordialidad de pasillo, hasta que un viernes me invitó a pasar un día en la quinta que tenía su abuela en las afueras. Me lo dijo bajito, casi pidiendo disculpas, y me aclaró que era la única del grupo de estudio a la que invitaba. La invitación incluía a mi novio. Acepté antes de pensarlo.

El día llegó y yo estaba más ansiosa de lo que quería admitir. Preparé la bikini, dejé todo listo y mi novio manejó la hora larga de ruta hasta el portón de la quinta. Una casa grande, vieja, con una pileta que se veía desde la entrada y olor a asado flotando en el aire.

Nos abrió la madre de Mariana, una mujer de unos cincuenta, pelo castaño hasta los hombros y una sonrisa que le arrugaba los ojos. Tenía curvas generosas que el vestido apenas disimulaba, y entendí enseguida de dónde había sacado la hija ese cuerpo.

—Ustedes deben ser… —dijo, abriendo los brazos.

—Hola, yo soy Camila y él es mi novio.

—La famosa Camila —me apretó la cara entre las manos—. Mariana me habla siempre de vos. Vayan al fondo, está en la pileta. Yo termino dos cosas y me meto.

Cruzamos hasta el fondo. El padre, un hombre alto y canoso de ojos muy azules, levantó la pinza del asado para saludarnos desde el quincho y nos señaló la pileta con la cabeza.

Mariana estaba ahí, dentro del agua hasta la cintura. El pelo platinado con las puntas rosas, mojado y pegado a la espalda. Llevaba un top sin breteles que le apretaba los pechos hacia arriba, la tela húmeda marcándole los pezones, y una bombacha negra mínima que se le subía por las caderas. Por un segundo temí que mi novio se perdiera mirándola. Pero él, fiel a lo suyo, le había clavado la vista en otra parte: los pies. Los tenía blancos, prolijos, bonitos. Para un fetichista como él, suficiente.

—¡Cami! Gracias por venir —dijo apenas nos vio.

—Gracias a vos, hermosa. Mirá, te presento.

—Un gusto —dijo mi novio.

—Igualmente. Cami me habla un montón de vos —se rió, nerviosa—. Pasen, está divina el agua.

Nos cambiamos en un cuartito del fondo. Estrené una bikini verde agua con relieve de flores, mínima arriba y alta abajo, de esas que estilizan la figura y me dejan el culo justo como me gusta. Mi novio se quedó en un short corto; en esa época entrenaba mucho y se le marcaba todo. Iba a estar cómodo, salvo que se le ocurriera una erección.

Nos sentamos los tres en el borde, los pies en el agua, y mi novio y Mariana hicieron buenas migas enseguida. Yo lo conozco, así que noté las cosas que ella no sabía que yo notaba: cómo se quedó un segundo de más mirándolo, como congelada, y cómo después se le escapaba la vista hacia el escote de ella cada tanto, miradas de micro segundos que él creía invisibles. No lo culpé. Ese escote era difícil de ignorar.

A los veinte minutos apareció la madre con una bikini azul turquesa, dos triángulos chiquitos peleando por contener unos pechos enormes. Se sentó en el borde, metió los pies y se puso a charlar con una soltura que la hija no tenía. Mi novio, que andaba nadando, la saludó con un «hola» inocente. Y al registrar a la señora en bikini se quedó duro, en todo sentido. Por primera vez en años lo vi incómodo, contestando con monosílabos, metiéndose al agua más rápido de lo normal para disimular.

Yo me metí atrás de él. Jugando a tirarnos agua le rocé la pierna y me di cuenta: estaba durísimo. La madre de Mariana le había despertado algo, y él se hundía en la pileta para que no se notara. Me dio gracia y un poco de calor, no voy a mentir.

***

Lo que vino después fue lo que me quedó grabado. La madre dijo algo, se levantó y fue para la casa. Y Mariana, creyendo que nadie la veía, le fichó el bulto a mi novio bajo el agua y se quedó con la boca entreabierta, petrificada, como si nunca hubiera visto una. La miré un instante con cara de pocos amigos y ella enseguida cambió de tema, nerviosa, anunciando que el asado estaba por estar.

No me enojé de verdad. Entiendo que mi novio sea atractivo. Pero algo se me prendió ahí, una idea que fui amasando durante todo el almuerzo mientras ella nos miraba a los dos con esa admiración casi devota: él, el novio que nunca había tenido; su madre, la personalidad avasallante que a ella le faltaba.

Comimos, nos reímos, nos bañamos otro rato y como a las ocho nos fuimos. Quedamos en repetir. En el auto, mi novio manejaba tranquilo y yo ya tenía todo decidido. Le mandé un mensaje a Mariana agradeciéndole, y otro más, casi sin pensarlo: «mañana venís a casa, comemos algo tranqui con mi novio, es lo menos que puedo hacer». Respondió que sí al instante.

Me dormí abrazada a él sabiendo que la comida era una excusa.

***

Llegó al mediodía siguiente. Camiseta rosa ajustada, una minifalda plisada cortísima estilo tenista, medias altas negras hasta arriba de la rodilla y unas zapatillas claras. Un estilo dulce, casi infantil, que contrastaba con lo que yo tenía pensado para ella.

Mi novio estaba en el sillón con un vaso en la mano. Se levantó a saludarla y yo los mandé al cuarto. Cerré la puerta con llave, puse música bajita y sensual, y me senté en la cama al lado de él. Mariana se quedó parada en el medio de la habitación, sin saber dónde meterse, esperando una instrucción que ni ella sabía que estaba esperando.

Le pasé la mano por la pierna a mi novio, despacio, sin dejar de mirarla.

—Te vi en la pileta —dije, con voz calma pero filosa—. No le sacabas los ojos de encima. Te lo comías delante de mí. ¿Pensaste que no me iba a dar cuenta?

Se puso colorada de golpe. Intentó una risa nerviosa, balbuceó un «no, boluda, estás exagerando». No la dejé terminar. Me paré, caminé hasta ella y le agarré la cara del mentón con dos dedos, obligándola a sostenerme la mirada.

—Así que te calienta mi novio. Decímelo.

Silencio. Bajó la vista. Le apreté un poco más.

—Decímelo.

—…sí —susurró, casi inaudible.

—Más fuerte.

—Sí. Me calienta tu novio.

Sonreí. Miré a mi novio, que ya tenía esa media sonrisa que me vuelve loca.

—Amor, parece que tenemos a alguien con ganas. ¿Querés que te la chupe?

Él asintió, lento, sin una palabra, y se paró en medio del cuarto. La erección ya se le marcaba en el pantalón.

—Arrodillate —le dije a ella.

Dudó. Le tomé el pelo desde las mechas rosas, no fuerte, lo justo para que entendiera que no era una sugerencia.

—Arrodillate. Ya.

Cayó de rodillas delante de él. Le temblaban las manos cuando se apoyó en sus muslos. Me puse atrás de ella y le aparté el pelo de la cara para que él pudiera verla bien.

—Miralo a los ojos mientras lo hacés. Y agradecele.

—Gracias… —murmuró, con la voz entrecortada, mientras le bajaba el elástico del pantalón y le sacaba la verga ya dura.

Me agaché junto a su oreja, hablando bajo pero lo bastante claro para que él también escuchara.

—Lo mirabas conmigo enfrente. Ahora me vas a demostrar cuánto lo querías. Despacio, profundo. Y si no lo hacés como yo quiero, te agarro la cabeza y lo hago yo.

Abrió la boca y lo tomó. Despacio al principio. Yo le puse la mano en la nuca y empujé, suave pero firme, marcándole el ritmo. Mi novio dejó escapar un gemido bajo y le agarró el pelo con una mano, pero me buscó a mí con la mirada, pidiendo permiso para ir más fuerte. Le asentí.

—Dale, amor. Es lo que ella quería.

Empezó a moverse más rápido, con arcadas suaves cada vez que yo empujaba un poco más. Se le escapaban las lágrimas y no paraba. Al contrario: gemía con él en la boca, y entendí que lo que me había dicho de chica, eso de que era sumisa, era verdad hasta el hueso.

—Mirá cómo te lo comés —le dije al oído—. Te encanta tenerlo en la boca mientras yo te miro. Decímelo.

Lo soltó un segundo, jadeando.

—…sí… me encanta…

—Volvé. Y no pares.

Lo dejé seguir, alternando entre empujarle la cabeza y acariciarle el pelo como a una perrita que aprende un truco. Cuando sentí a mi novio cerca, por cómo se le tensaban las piernas, le hablé pegada a su oído.

—No te saques. Te lo tragás todo.

Acabó con un gemido largo, agarrándole fuerte el pelo. Ella tragó como pudo, tosiendo, las mejillas surcadas de lágrimas. Cuando la dejé sacarse, tenía los labios hinchados y un hilo brillante colgando de la comisura. Se lo limpié con el pulgar y se lo metí en la boca para que lo chupara.

—Buena chica. Ahora sabés lo que pasa cuando mirás lo que es mío.

***

Bajé la vista y la vi: la minifalda subida hasta la cintura, las piernas entreabiertas y una mancha oscura y húmeda en la bombacha, tan evidente que casi brillaba.

—Mirá vos lo que tenemos acá —dije, tocándola por encima de la tela mojada. Se estremeció, se le escapó un gemidito—. Estás empapada. Te puso así chupársela delante de mí.

Le tomé el mentón.

—Para esto servís. Para abrir la boca, para abrir las piernas, para que te usen.

Mi novio ya se estaba recuperando, mirándonos con deseo puro. Le hice una seña.

—Amor, preparala.

La levanté de un brazo, la llevé al centro del cuarto y la empujé hacia abajo.

—En cuatro.

Obedeció rápido, temblando, el culo en pompa y la falda arriba del todo. Saqué del cajón una bufanda larga y le até las muñecas por detrás, firme pero sin lastimarla. Acomodé dos almohadas en el piso: una para la cara, que ya no tenía el apoyo de las manos, y otra para las rodillas.

—Así estás mejor. Atada, sin poder tocarte, solo para recibir.

Me senté en la silla del escritorio y crucé las piernas.

—Despacio, amor. Que sienta cada centímetro.

Él se arrodilló atrás, le bajó la bombacha hasta las rodillas y usó lubricante. Le pasó los dedos despacio, abriéndola, preparándola. Ella se tensó, soltó un «ay, no» bajito al sentir la presión.

—Shh —le acaricié el pelo—. Relajate. Te lo ganaste.

Empujó lento, muy lento. Entró apenas la punta y ella se quejó, el cuerpo rígido, las ataduras tirantes por el instinto de mover las manos. Él se quedó quieto, dándole tiempo, y después avanzó otro poco.

—Duele… —murmuró.

—Claro que duele. Pero te encanta. Decímelo.

—…sí… pará, por favor…

—Para cuando yo diga.

Siguió, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Se quedó ahí, dejándola acostumbrarse. Yo me acerqué, le levanté la cara del pelo y la besé en la boca, saboreando todavía un resto de él en sus labios.

—Buena chica. Ahora gozá.

Empezó a moverse, embestidas cortas primero, después más profundas. Cada vez que entraba del todo ella soltaba un gemido más alto, más roto. El dolor se le fue rápido; a los pocos minutos ya empujaba hacia atrás, buscándolo, las caderas moviéndose solas.

—Mirá cómo se calienta —le dije a mi novio, riéndome bajito—. Más fuerte.

Aceleró, agarrándola de las caderas, controlado pero firme. Ella gemía sin parar, palabras incoherentes mezcladas con «sí… más…». Me arrodillé al lado y le metí dos dedos mientras él seguía atrás. Estaba chorreando. Le froté el clítoris en círculos rápidos y explotó casi al instante, el cuerpo convulsionando, las ataduras tirando porque quería agarrarse de algo y no podía. Apretó tanto alrededor de él que mi novio no aguantó y acabó adentro.

***

Lo desaté con cuidado, le acaricié las muñecas rojas y la ayudé a tirarse de costado en el piso, todavía jadeando. Me agaché, le aparté el pelo sudado de la cara.

—Para esto servís. Para que te usen y te hagan acabar como nunca. La próxima vez que lo mires en la pileta, vas a acordarte de esto y te vas a mojar sola.

Asintió, exhausta, con una sonrisa débil y satisfecha.

No la dejé ir todavía. Me senté en el borde de la cama, abrí las piernas y la llamé del pelo.

—Vení. Arrodillate y hacé que me venga. Como la buena chica sumisa que sos.

Gateó hasta mí y hundió la cara entre mis muslos, la lengua plana, lamiendo de abajo hacia arriba. Le apreté la cabeza contra mí.

—Más fuerte. El clítoris. Y mirame a los ojos.

Me froté contra su boca, marcándole el ritmo, hasta que sentí el orgasmo subir. Le agarré el pelo, me arqueé y acabé temblando entera mientras ella lamía cada gota sin separarse.

Cuando terminé, la empujé suave hacia atrás.

—Buena chica.

***

Después comimos algo en la cocina, las tres como si no hubiera pasado nada, y le dije que se quedaba a dormir, pero no en la cama. Le armé un colchón en el piso del cuarto, acomodado para que viera todo.

—Vas a dormir ahí. Y nos vas a mirar.

Levantó la vista, confundida, pero no dijo nada. Asintió, obediente como siempre.

Apagué la luz grande y dejé la del velador. Me saqué la ropa despacio, me metí en la cama con mi novio y lo abracé, piel contra piel. Nos besamos lento, profundo, como si el mundo empezara y terminara entre nosotros dos. Sus manos me recorrieron la espalda, la cintura, con esa ternura que solo tiene para mí. Se puso encima, me abrió las piernas con dulzura y entró despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo. Gemí bajito, no de prisa, sino de pura conexión. Nos movíamos al mismo ritmo, lento, hondo, como bailando una canción que solo nosotros escuchábamos.

Desde el piso la sentía mirándonos. No se movía, no hacía ruido, pero estaba ahí, los ojos clavados en nosotros, viendo cómo nos queríamos de verdad.

—Mirá —le dije sin dejar de moverme, sin romper el contacto con mi novio—. Así se hace el amor entre dos personas. Esto no lo vas a tener nunca. Vos servís para que te usen. Esto, lo que dura, es solo nuestro.

Mi novio aceleró un poco, pero siguió tierno, besándome la frente, diciéndome cosas al oído. Yo le clavé las uñas en la espalda, le envolví las piernas en la cintura y le pedí más, más cerca, más adentro. Cuando acabó, lo hizo profundo, y me quedé abrazada a él, temblando, con los ojos húmedos de pura emoción.

Me giré apenas y la vi: todavía con la sábana apretada contra el pecho, la cara roja, los ojos brillantes. No de excitación esta vez. De algo más resignado.

—¿Ves? —le dije bajito, con voz dulce y cruel a la vez—. Eso es lo que nunca vas a tener. Vos sos el juguete. Ahora dormí. Mañana te vas temprano. Y acordate: si volvés a mirar lo que es mío, lo de hoy va a ser un juego de niños.

Asintió en la oscuridad. Me acurruqué contra el pecho de mi novio, sentí su corazón latiendo fuerte, y le susurré que lo amaba. Él me besó la cabeza.

—Siempre —dijo.

Y así nos dormimos, abrazados, llenos el uno del otro, mientras ella, en el colchón del piso, miraba la oscuridad sabiendo exactamente cuál era su lugar.

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Comentarios (4)

Dante_K

Tremendo relato, no me esperaba ese giro. Muy bueno!

CintiaB

Uff, que intensidad. Me quedé pegada de principio a fin.

Luna_22

Por favor hacé una segunda parte!!! quede con muchas ganas de mas

Mila_RV

Me recordó a algo parecido que viví con una amiga, solo que no termino tan bien jajaja. Excelente como lo contaste.

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