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Relatos Ardientes

El castigo que yo misma le pedí a mi Dom

Esta noche me toca dormir en el suelo, y lo peor es que me lo busqué yo misma. Mi Dom me lo repite con una calma que asusta: «No me andes pidiendo que te ordene cosas, porque si te las ordeno vas a tener que cumplirlas». Y aun así lo hago. Una y otra vez. ¿Qué clase de sumisa es la que ruega que la manden? Esa soy yo.

Hay una paradoja en todo esto que todavía no termino de resolver. Si la sumisa pide la orden, ¿sigue siendo un acto de sumisión o ya es otra cosa? A los Dom perezosos les viene de maravilla: la sumisa propone y el Dom solo tiene que firmar. No es una mala dinámica, lo reconozco, pero mata el factor sorpresa. Y sospecho que, a la larga, también mata el erotismo de la relación. Lo sé, y aun así no puedo evitarlo.

Supongo que es un resto de nuestros años de matrimonio vainilla, cuando yo decidía casi todo y él me dejaba hacer. Esa costumbre no se borra de un día para otro. Cuando me descuido, empiezo a sugerirle órdenes con una sutileza que de sutil no tiene nada, y termino comportándome más como una dominatriz de incógnito que como la sumisa que digo ser.

Para frenarme, Bruno tiene una estrategia que él llama militar, porque dice que la aprendió en la mili. Según me cuenta, los arrestos que ponía un sargento o un teniente podían ser revocados por ellos mismos: los habían impuesto ellos, y como autoridad podían levantarlos cuando quisieran. Pero si el castigo lo ponía un cabo o un veterano al que habían dejado al mando, ese castigo había que cumplirlo sí o sí.

Si el mando no respaldaba al subordinado, los soldados dejaban de tomarlo en serio. Es un principio jerárquico básico: cuando el de abajo ordena, necesita que el de arriba lo respalde. Bruno lo trasladó a nuestra dinámica con una lógica perversa que me encanta y me condena por igual.

La regla es simple. Si él me da una orden por iniciativa propia y ve que de verdad no puedo cumplirla, puede apiadarse de mí. Entonces yo me deshago en agradecimientos sumisos y busco la manera de devolverle el gesto, casi siempre con alguna guarrada que nos gusta a los dos: mamársela hasta las lágrimas, dejar que me folle la garganta hasta que se corra en mi lengua, o abrirme de piernas donde a él le dé la gana. Pero si la orden la sugerí yo, de forma directa o disimulada, no hay clemencia posible. La incumplo y hay castigo. Sin excepciones.

Y eso es exactamente lo que me ha pasado.

Llevo semanas dándole la lata con lo mismo: que paso demasiado tiempo en redes, que no me pongo con el trabajo de la universidad, que tengo tres artículos pendientes que debo entregar antes de febrero. Me quejé tanto, gimoteé tanto, que un día se hartó —con toda la razón del mundo— y me soltó que dejara de lloriquear y me sentara de una vez a escribir los malditos artículos.

Han pasado cinco días. No he escrito ni una línea de ninguno de los tres. Lo único que ha crecido es mi número de publicaciones en X. En la inspección de tareas de esta tarde —sí, hay inspección, y es tan estricta como suena— Bruno lo descubrió todo. Abrió mi historial, contó los artículos sin empezar, contó los posteos de más, y me miró sin decir nada durante un rato larguísimo.

—Tú pediste esta orden —dijo al fin—. Tú sabías lo que pasaba si no la cumplías.

No pude defenderme. Era verdad. La idea de ponerme a escribir la había metido yo en su cabeza, insistiendo como una niña caprichosa. El castigo, entonces, no admitía discusión.

Intenté regatear, lo confieso. Murmuré que mañana empezaba, que esta vez iba en serio, que solo necesitaba una noche más. Él ni siquiera levantó la vista del teléfono donde había contado mis pecados digitales. Negó con la cabeza, despacio, y esa negativa silenciosa me apretó el estómago —y el coño, si soy honesta— de una forma que no sabría explicar sin sonrojarme. Porque la verdad incómoda es que una parte de mí quería precisamente eso: que dijera que no, que no cediera, que me hiciera cumplir. Sentí cómo se me humedecían las bragas mientras él seguía negando, y esa humedad tibia entre los muslos fue la confirmación de que el castigo ya había empezado por dentro.

Y esta vez me cayó uno de los que más me incomodan, que para mí es lo mismo que decir uno de los que más me gustan: dormir a los pies de la cama.

***

Hay algo profundamente erótico en pasar la noche en el suelo mientras él duerme tranquilo, estirado en el colchón que hace nada compartíamos. Más que erótico, lo mío es directamente excitación. Cuando no estoy en castidad, espero a oír su respiración pesada para masturbarme en silencio, mordiéndome el dorso de la mano para no despertarlo, dos dedos hundidos en el coño y el pulgar frotándome el clítoris con una prisa desesperada de ladrona.

Si esto les parece un poco humillante, aciertan. De eso se trata, exactamente de eso. La humillación es el plato principal, no un efecto secundario. Pero que no se asusten los más remilgados, porque también hay algo de trampa, y se la voy a contar.

La primera vez que me cayó este castigo éramos todavía novatos, y dormí directamente sobre la alfombra. Aquello sí que fue tortura de la dura, mucho más que cualquier práctica extrema de las que se imaginan al oír la palabra BDSM. Te despiertas con cada hueso del cuerpo quejándose, la cadera entumecida, el cuello imposible de girar.

Puede que a los veinte años algunas sumisas se levanten del suelo frescas como rosas, listas para calmar a besos la erección mañanera de su amo, para tragársela entera hasta la garganta antes del café. Yo no. Yo me incorporaba como una anciana, agarrándome al borde de la cama, incapaz de mover un solo músculo sin maldecir por lo bajo. Y un castigo que me dejaba inútil todo el día siguiente no le servía a Bruno de nada.

La solución que encontró fue tan práctica como cruel en su justa medida: la colchoneta hinchable de la playa. Esa fina, de rayas descoloridas, que apenas levanta un palmo del suelo. La condición es que la infle yo, soplando hasta marearme, porque inflarla forma parte del ritual. No vale la bomba. Tiene que salir de mis pulmones, de mi esfuerzo, de mi obediencia.

Una vez inflada le pongo el cubrecolchón, una sábana bajera bien estirada, una almohada fina, y ya tengo mi cama de castigada. No es ni de lejos el colmo del confort, claro. Justamente esa es la gracia. Me despierto molida, con el cuerpo resentido, pero operativa, que es lo que importa.

Así el castigo cumple su doble función: al día siguiente puedo rendir, escribir, hacer la vida normal, mientras los efectos perduran como un eco sordo en la espalda y en las rodillas. Cada vez que me muevo y algo me tira, me acuerdo de por qué estoy dolorida. Me acuerdo de a quién pertenezco.

Mientras inflo la colchoneta, arrodillada en el suelo con las mejillas hinchadas y los ojos llorosos por el esfuerzo, él me observa desde la cama con esa media sonrisa que conozco de memoria. No me ayuda. No movería un dedo aunque me viera marearme. Es parte del trato, y los dos lo sabemos. Yo soplo, descanso, vuelvo a soplar, y entre soplo y soplo lo miro de reojo, buscando en su cara una aprobación que nunca llega del todo y que por eso mismo persigo con tanta hambre. En un momento él baja la mano y se acaricia la polla por encima del pantalón del pijama, sin sacársela, mostrándomelo apenas: un recordatorio de lo que hay ahí arriba y de lo que no voy a tener esta noche. Se me hace la boca agua. Trago saliva, aprieto los muslos, y vuelvo a soplar.

***

Lo que no cambia nunca, lo que hace que este castigo me derrita por dentro aunque finja resignación, es el momento de los pies.

Cuando él se acuesta y yo ya estoy tendida en mi colchoneta, a la altura de sus tobillos, Bruno saca los pies por el borde del colchón hasta dejarlos justo encima de mi cara. No tengo que pedir permiso. Tendida desde el principio, en mi sitio de sumisa, lo único que se espera de mí es que los reciba. Y los recibo.

Empiezo despacio, con la nariz, recorriendo el empeine, respirando el calor de su piel. Luego la boca, los labios cerrados primero, apenas un roce. Beso el arco, beso cada nudillo, saco la lengua y la paso plana por la planta, desde el talón hasta la yema del dedo gordo. Él gruñe bajito. Le tomo el dedo gordo y me lo meto entero en la boca, chupándolo como si fuera una polla en miniatura, con la lengua girando alrededor y las mejillas huecas. Paso al segundo, al tercero, uno por uno, mamándoselos con la misma reverencia con la que le mamaría la verga si me lo pidiera. Cuando llego al meñique, ya tengo la barbilla brillante de saliva y el camisón subido hasta la cintura sin darme cuenta.

—Buena chica —murmura, medio dormido ya—. ¿Ves lo que pasa cuando me haces caso desde el principio? Mira cómo se te va la mano al coño sola. Eres una guarra.

No contesto. Una respuesta rompería el momento. Sigo con los pies, lamiendo, besando, mientras una mano se me escapa entre las piernas casi sin querer. La tengo empapada. Los dedos resbalan sobre los labios hinchados sin apenas rozarlos, y me tengo que morder el labio para no gemir. Él lo sabe. Lo permite esta noche. Otras veces me lo prohíbe, y entonces el castigo es de verdad insoportable, una tensión que se me queda enroscada en el vientre hasta la madrugada, con el coño palpitando a oscuras y las manos obligadamente quietas sobre el pecho.

Esta noche, en cambio, me deja. Me oye respirar más rápido contra su talón, me siente moverme sobre la colchoneta, y no dice nada. Es su forma de recordarme que incluso mi placer pasa por su voluntad. Que llego al final solo porque él lo consiente, no porque yo lo decida.

Me hundo dos dedos en el coño mientras vuelvo a chuparle el pulgar del pie, y la sincronía me electrocuta. Empujo los dedos hasta los nudillos, los saco brillantes de flujo, los vuelvo a meter, mientras con el pulgar de la otra mano me froto el clítoris en círculos cerrados y rápidos. La colchoneta cruje debajo de mí a cada movimiento de la cadera. Levanto el culo del suelo para bombearme mejor, con la cara todavía pegada a su pie, respirando su olor, lamiéndolo entre jadeos entrecortados. Le babeo el empeine sin querer y ni intento limpiarlo. Que se despierte con la huella de mi boca ahí, si quiere.

Me viene el orgasmo despacio primero, después de golpe, como una ola que se levanta y me revienta por dentro. Aprieto los dientes contra su tobillo para no gritar, y el gemido se me escapa por la nariz, ronco, animal. El coño me late alrededor de los dedos, me chorrea por la muñeca, me moja el interior de los muslos. Sigo frotándome el clítoris más allá del clímax, hasta que se pone tan sensible que no aguanto ni el roce de mi propio dedo, y entonces me quedo quieta, temblando de arriba abajo, con la boca abierta contra su pie y el cuerpo entero convertido en una sola cosa palpitante.

Cuando termino, callada, con la frente apoyada en su tobillo y el corazón todavía a galope, escucho que su respiración ya es profunda. Se ha dormido. Ni siquiera esperó a verme correrme. Le importó tan poco que la humillación se me clava más hondo que el orgasmo. Saco los dedos del coño despacio, los miro brillar a la luz del pasillo, y me los llevo a la boca. Me chupo mi propio sabor mientras lo miro dormir, y se me escapa una sonrisa idiota de perra satisfecha. Yo me quedo despierta un rato más, en el suelo, dolorida y satisfecha a partes iguales, repasando la estupidez de haberle pedido aquella orden que no cumplí.

Y mientras me viene el sueño, encima de la colchoneta de la playa, con la mejilla pegada a su pie y el coño todavía latiendo despacio entre los muslos, pienso que mañana, sin falta, empiezo el primer artículo. Lo pienso de verdad. Aunque las dos sabemos —yo y la mujer en la que me convierto cuando él no manda— que dentro de un par de semanas volveré a rogarle una orden imposible, y volveré a dormir aquí abajo, justo donde quiero estar.

Marina V.

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Comentarios(8)

GabrielaN

increible!! me dejo sin palabras, de verdad.

PaolaFigueras

Se nota que es real. Esa paradoja que describis la entiendo perfectamente, lo pedis y despues te das cuenta que ya no sabes como parar. Muy honesto.

SantiMDF

Por favor escribi mas, este tipo de confesiones son las que dan ganas de seguir leyendo. Saludos!

LuciaDeM

jajaja eso de buscartela una misma tiene su encanto no? muy bueno

Clara_Rosas

me recordo a algo que yo tambien vivi, ese momento en que decis 'espera, esto ya no lo controlo yo'. muy bien relatado.

PatoMza22

y como te sentiste la mañana siguiente? me dejo pensando. muy buen relato

NocturnaMR

que valentía contarlo así, sin filtros. 10 puntos.

LoboSolitario7

Buenisimo. La honestidad con que lo contás es lo que lo hace diferente. Sigue subiendo cosas!

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