Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido del descampado me enseñó a obedecer

Hoy es el día. Hoy dejo de imaginarlo y por fin lo hago.

Me llamo Daniel. Ayer cumplí los años que me convertían oficialmente en un adulto, y todavía no me lo creía cuando me desperté esta mañana. Soy bajo, delgado, con el pelo castaño y corto, nada que llame la atención en un vagón lleno de gente. Llevaba dos años repitiéndome que no, que en realidad no me gustaban los hombres, que se me pasaría. Y dos años mintiéndome. Hoy salgo de dudas. Hoy me estreno.

Voy en el autobús que cruza hacia las afueras de la ciudad, con la mochila apretada contra las piernas. Hay un descampado del que llevo meses leyendo en foros y relatos: una zona de cruising a media hora de mi casa, entre naves abandonadas y maleza alta. Para matar los últimos minutos abro la aplicación de contactos en el móvil. De nombre me he puesto algo ridículo, «Por estrenar», porque no se me ocurrió nada mejor. No tarda ni un segundo en sonar.

—¿Qué buscas? —escribe alguien.

Miro su perfil. No está nada mal. Treinta y pocos, ojos claros, una sonrisa que invita. ¿Será este el que me quite la inocencia de encima? Estoy a punto de contestar cuando levanto la cabeza y me doy cuenta de que ya hemos llegado.

Aprieto el botón de parada, me cuelgo la mochila y bajo. Nadie más se baja conmigo, y lo prefiero así. Me ajusto la gorra sobre los ojos, no vaya a ser que alguien me reconozca, y enfilo la calle hacia el fondo, donde el asfalto se rinde ante la tierra y los hierbajos. Estoy nervioso. Las manos me sudan. Pero hay otra cosa más fuerte que los nervios, algo que me empuja hacia delante con un cosquilleo que no había sentido nunca.

A lo lejos veo pasar a un chico de mi edad. Luego a otro, y a otro más, todos en la misma dirección, como peregrinos hacia algún lugar que solo ellos conocen. Por allí hay que ir. Acelero el paso por un sendero estrecho entre la maleza, con la cabeza gacha. Y casi me llevo por delante a un hombre.

Es alto, de unos cincuenta y tantos, ancho de hombros, rubio, con un traje gris que no pega nada con el barro de este sitio. Me mira de arriba abajo con una mueca de fastidio.

—¿No miras por dónde andas? —me suelta, cortante, con un tono que no admite respuesta.

—Perdón —balbuceo, y aparto la vista.

Sigo mi camino con el corazón acelerado. Más adelante veo a dos tíos enredados entre los matorrales, manos por debajo de la ropa, respiraciones entrecortadas. La escena me fascina y me da vergüenza a partes iguales. Hoy te toca a ti, Daniel, me digo. Empiezo a dar vueltas. Me cruzo con uno, lo miro, me devuelve la mirada, pero no termina de convencerme. Con otro pasa lo mismo. Miro el reloj y han pasado casi cuarenta minutos de vueltas estériles. Tienes que decidirte, me ordeno.

Meto la mano en la mochila buscando el tabaco para calmarme y me doy cuenta de que me lo he dejado en casa. Maldigo en voz baja. Miro alrededor, y ¿a quién veo? Al hombre del traje, sentado sobre un tronco caído, fumando despacio y mirando la pantalla del teléfono. Levanta la vista. Me ve. Y sonríe de medio lado.

—Vaya, otra vez tú —dice.

—Sí, eso parece —contesto, esquivando sus ojos.

—Parece que tu destino es cruzarte conmigo. —Da una calada larga sin dejar de observarme.

—¿Me das un cigarro? —pregunto, porque es lo único que se me ocurre.

—Gánatelo. —Lo dice sin levantar la voz, pero la frase cae como una orden, firme y definitiva, mientras el humo le sale despacio entre los labios.

—¿Y eso cómo se hace? —murmuro.

Se levanta sin contestar. «Sígueme», dice solamente, y yo voy detrás de él como un autómata, como si alguien hubiera apagado la parte de mi cabeza que decide. Damos unos pasos y entonces se detiene.

—No. Mejor tú delante.

Y cuando paso, noto su mano cerrándose sobre mi nuca. Me guía con una presión constante, ni brusca ni suave, solo segura. Es una sensación nueva, extrañísima, y reconozco que me gusta más de lo que debería. Estoy duro dentro del pantalón con solo eso. Giro la cabeza y vuelve a clavarme la mirada. Este me va a estrenar. No me importa lo que me pida, pero por fin lo hago.

Llegamos a una caseta medio derruida, sin puertas, perdida en mitad de la nada. Su mano me empuja dentro y se acerca a mi oído.

—Bájate el pantalón y la ropa interior. De rodillas.

—¿Para qué quiero bajarme el pantalón? Lo puedo hacer igual sin…

No termino la frase. La bofetada llega antes, seca, justo en la mejilla. No me hace daño, pero me corta la respiración y me deja la cara ardiendo.

—Vale, perdón —digo enseguida, y obedezco. Me bajo el pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos y me arrodillo sobre la tierra fría.

—¿Ves como no era tan difícil? —Se agacha un poco para mirarme—. A ver si vas a ser de los que solo aprenden a golpes. Sabes lo que toca ahora, ¿no?

—Sí —susurro, y alargo las manos hacia su cinturón.

—Sácala sin desabrocharme. Aquí el único con los pantalones en el suelo eres tú.

—Sí, perdón.

Meto la mano por la bragueta y la libero. Está medio dura, ni enorme ni pequeña, gruesa, con el prepucio cubriéndola. Ese detalle me gusta. Me acuerdo de algo que leí una vez, de un truco con la punta de la lengua entre el glande y la piel, jugando con el frenillo en lugar de limitarme a subir y bajar la boca. Tiene vello, además, y eso también me gusta; no entiendo la manía de depilarlo todo.

Empiezo a recorrerla con la lengua desde la base hasta arriba, y al revés, sin prisa, sintiendo cómo se endurece bajo mis labios. Cuando ya está firme me la meto entera, acordándome del frenillo, presionándolo con la punta de la lengua en cada subida. Lo estoy haciendo bien. Levanto los ojos y me lo encuentro mirándome fijamente, sin pestañear. No sé si sostener esa mirada o esconderme de ella. Concéntrate en lo que tienes en la boca, Daniel.

De pronto noto su mano en mi nuca otra vez, empujando hacia el fondo. Tengo una arcada. Lo miro con los ojos llorosos y él sigue ahí, impasible, observándome como si estudiara cada reacción. Empieza a moverse, a marcar él el ritmo, cada vez más profundo. Las arcadas se repiten y a él no parecen importarle. Me cuesta cada vez más mover la lengua. Su glande se abre paso en mi garganta y entiendo que lo único que puedo hacer es dejar de resistirme, abandonarme, intentar controlar las náuseas y entregarle el control entero.

Hay un momento en que estoy a punto de no poder más, pero él lo nota y afloja justo a tiempo. Es un experto, controla cada segundo. Y vuelve a empezar, más hondo todavía. Vuelvo a mirarlo a los ojos y esta vez esboza una media sonrisa.

—Buen chico —dice en voz baja—. Lo estás haciendo muy bien. Falta poco.

Esa frase me recorre la espalda como un escalofrío. ¿Se va a correr así, directamente? Va en contra de todo lo que me han repetido siempre sobre cuidarme, pero ahora mismo me da exactamente igual. Estoy entregado. Mi única prioridad es él.

Y entonces ocurre. Un gemido grave, un empujón final, y noto un chorro caliente cayendo en mi garganta. Y ¿sabes qué? Me corro yo también, sin tocarme siquiera, solo con eso. Él sigue moviéndose despacio, vaciándose, y yo busco sus ojos. Está satisfecho. No sé si tragar o no, así que hago lo que vi alguna vez en un vídeo: cuando se retira, abro la boca para enseñarle. Se me escapa un hilo por la comisura de los labios y él lo nota. Con el dedo, sin prisa, lo recoge y me lo devuelve a la boca.

—Traga —ordena con esa misma voz.

Y trago. Y sonrío como un idiota.

—Gracias —murmuro.

—Buen chico.

Le paso la lengua una última vez, por si quedó algo, y él se aparta.

—Para —dice.

Me quedo de rodillas, inmóvil, esperando una orden que no llega, mientras se guarda la polla ya floja. Me mira sin decir nada. Su gesto ya no es tan duro como antes, y me sorprende cuánto me gusta esa mirada más calmada.

—¿Cómo te llamas? —pregunta.

—Daniel. ¿Y tú?

—Ramón.

—¿Cuántos años tienes?

—Ayer cumplí los dieciocho —contesto, todavía arrodillado.

—O sea que te has estrenado en la mayoría de edad conmigo.

—Sí. Bueno… en realidad me he estrenado del todo. Era la primera vez.

—Para ser primerizo no lo has hecho mal —dice, casi con orgullo ajeno—. Y ya estás bautizado. Venga, levántate y vístete.

Lo hago sin levantar la vista, abrochándome el pantalón con los dedos todavía torpes. Qué experiencia más rara. Nunca me imaginé comportándome así, obedeciendo a un desconocido como si me hubieran reprogramado el cerebro. Y, sin embargo, me siento bien. Tranquilo. Flotando en una especie de nube tibia.

***

Él está mirando un teléfono. Me palpo el bolsillo y el mío no está. Miro al suelo. Tampoco. Entonces caigo: el móvil que tiene en la mano es el mío.

—Ese es mi móvil. Dámelo.

No se inmuta. Sigue pasando la pantalla con el pulgar.

—Dame el móvil —repito, esta vez enfadado.

—Esas no son maneras de hablarme —responde tranquilo, sosteniéndolo con dos dedos sobre el hueco de una ventana rota, como si fuera a dejarlo caer—. Pídemelo bien y te lo devuelvo.

—Dame el móvil, por favor.

—De rodillas.

Y me arrodillo otra vez. No sé por qué lo hago, pero lo hago, y se lo pido como él quiere.

—Ramón, por favor, ¿me puedes devolver mi teléfono? —le suplico, y me arde la cara de vergüenza.

—Así me gusta, que obedezcas. ¿Ves como no es tan difícil? —Me lo tiende por fin.

Lo reviso unos segundos, por si ha borrado algo o ha mirado de más. Está todo en orden.

—¿No te fías de mí? —pregunta, divertido.

—No —respondo sin mirarlo.

Se ríe por lo bajo. Entonces alarga el brazo y me ofrece un cigarrillo, el que tenía que ganarme.

—Feliz cumpleaños —dice.

—Gracias. —Me pongo de pie, me lo coloco entre los labios y él me lo enciende.

—¿Vienes mucho por aquí? —pregunto, dando la primera calada.

—No tanto.

—¿Nos volveremos a ver? —Es increíble lo mucho que me intimida cuando me mira así.

—Yo creo que sí. Hasta luego.

Y sin una palabra más, se da la vuelta y se va. Me deja vacío, con un bajón que no esperaba. Me quedo quieto, viéndolo alejarse entre la maleza, y ni una sola vez gira la cabeza. Tengo el impulso absurdo de seguirlo, de acompañarlo hasta donde sea que haya dejado el coche. Estoy hecho un flan. ¿Por qué ha dicho que cree que volveremos a vernos? ¿Espera que venga aquí todos los días a buscarlo?

Recojo la mochila. Dentro, en el bolsillo de arriba, llevo un par de condones que metí por si acaso. La gracia es que mi plan era otro, era yo quien iba a llevar la iniciativa. Qué ironía. ¿Cómo he dejado que un desconocido se corriera dentro de mí sin protección? La cabeza se me va de golpe a las pruebas que tendré que hacerme, al tiempo que tarda en aparecer cualquier cosa. Pero ni siquiera ese pensamiento consigue borrarme del todo la sensación de antes.

Llego a la parada. Hay otros dos tíos de la zona esperando el mismo autobús. Bajo la visera de la gorra y miro al suelo. Cuando subo me voy directo a la última fila, me pongo los auriculares y dejo que la radio suene sola. Una balada vieja repite algo sobre hacerlo bien, y en mi cabeza esas palabras las pronuncia él, con su voz tranquila y su mano en mi nuca. Todavía tengo su sabor en la boca.

Cuando abro los ojos, uno de los dos chicos de la parada se ha sentado a mi lado. Latino, veintipocos, una sonrisa fácil.

—Perdoná, ¿está libre? ¿Me puedo sentar?

—Sí.

—Mucho gusto, me llamo Bruno. ¿Y vos?

—Daniel —contesto, mecánico.

—Venís de la zona, ¿verdad? —dice, guiñándome un ojo.

No tengo ninguna gana de hablar.

—No sé de qué me hablas. —Y subo el volumen de la radio.

Vaya tarde. Cierro los ojos otra vez. Hoy he dejado de imaginarlo. Y no consigo pensar en otra cosa que en cuándo volveré a cruzarme con él.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

MateoR_91

Increible. Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar. Mas asi por favor!!!

Roxana_B

espero con ansias la segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues

DanteMH

La tension que generás al principio es magistral. Poco a poco, sin apuro, y eso lo hace mil veces mejor. Muy buen trabajo.

curiosito77

jajaja me mato el detalle del trajeado, tremendo!!!

NocturnalFan

No esperaba que me llegara tanto esta historia. Hay algo muy bien logrado en la forma de contarlo, se siente autentico y eso es raro de encontrar. Gracias por escribir esto.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.