Mi primera comida con el ama y su neceser secreto
Las reglas estaban escritas desde el primer mensaje. Nos encontramos en una aplicación, intercambiamos un par de frases y, cuando vimos que encajábamos, decidimos vernos en un sitio público para comprobar si había química entre las dos.
Me llamó la atención desde el principio. A cualquiera que le da «me gusta» a una publicación mía le dedico unos minutos de curiosidad en su perfil, pero con ella fueron días. No tenía fotos explícitas, ni siquiera de la cara, y aun así lo tenía todo bien explicado, ordenado, detallado. Esa precisión ya es una buena señal en una dominante.
Quedamos para comer en un bistró del centro. Me pasó la ubicación y una sola instrucción:
—Suele estar medio vacío a esta hora, tendremos intimidad. No llegues tarde. A las dos te veo allí.
Y nada más. No volvió a escribirme, ni para confirmar que había leído mi respuesta. Esa seguridad en sí misma me dejó intrigada. Llegué veinte minutos antes a la plaza del Reloj, dando vueltas para gastar los nervios, que eran muchos. Cuando se acercó la hora, respiré hondo y entré.
Me había preparado para la ocasión: una ducha larga, depilación por si acaso, un peinado simple y el maquillaje justo para quitarme la cara de quien trabaja sin parar. La ropa, la del día a día: vaqueros, una camiseta y un jersey ligero suelto por encima. Nada extravagante.
Dije en la entrada que esperaba a alguien que había hecho la reserva. Todavía no había llegado, pero me sentaron igual, en una mesa al fondo, apartada del resto. Petición suya, seguro. Me senté sin pedir nada. Quería esperarla.
A las dos y siete, según mi reloj, la camarera volvió acompañada de una mujer que me sonrió y esperó a que me levantara. Lo hice con cierta torpeza, analizándola de reojo. Rondaba el metro setenta, ni delgada ni gruesa, con un cuerpo de esos que parecen sacados de un cuadro antiguo. Le di dos besos, más relajada de lo que esperaba. Me iba a caer bien. O al menos eso quería creer.
Cuando fui a sentarme, me clavó la mirada y se sentó ella primero. Solo entonces pude hacerlo yo.
—No tienes por qué obedecer mis órdenes. Todavía. —Tenía la voz algo ronca, como de quien fuma o fumó mucho.
—La costumbre, perdón —dije, encogiéndome un poco en la silla.
—¿Ya miraste la carta? ¿Sabes qué quieres?
Volví la vista al menú por quinta vez sin decidirme. Apareció la camarera para tomar nota de las bebidas y ella se adelantó.
—Ya lo sabemos todo. Dos aguas, una hamburguesa y el salmón, gracias. —Le entregó las dos cartas y me atravesó con la mirada, buscando una duda que no encontró—. Veo que no te has intimidado. Quizá necesites un poco de ayuda para comportarte como se espera de una sumisa.
La miré sin entender. Entonces me deslizó un neceser por encima de la mesa, justo cuando dejaban el agua.
—Ve al baño y retócate un poco. Te presto mi maquillaje.
***
Me encerré en un cubículo y abrí el neceser. Una nota cubría el contenido: «Ponte todo y enciéndelo». Dentro había unas bragas con un dildo adherido y un vibrador, un pequeño plug anal rematado con una joya, y unas pinzas para los pezones con cascabeles diminutos. Entonces lo entendí: no pensaba marcharse. Esa comida la iba a sufrir, o a disfrutar, no estaba segura de cuál de las dos.
Me quité los zapatos, el pantalón y la ropa interior. Tardé. Tuve que prepararme un poco para que el dildo entrara bien, aunque la situación ya me tenía húmeda. Coloqué primero el plug, luego el resto, todo apretado hacia dentro para que nada se moviera durante la comida. Lo encendí. Me subí los pantalones y, justo cuando iba a salir, recordé las pinzas. Las dudé. Si las apretaba demasiado no aguantaría; si quedaban flojas, se caerían de camino a la mesa. Me las puse rápido y salí. Sonaron los cascabeles. Caminé despacio el resto del trayecto.
—Te queda muy bien mi colorete —sonrió, dando un sorbo al agua—. Espero que te haya gustado todo.
—Sí. No me lo esperaba, pero sí. Todo.
Llegó la comida y empezó a cortar la hamburguesa y el salmón en dos, repartiendo también las guarniciones en mi plato.
—En tu perfil dices que no te molesta que tu dominante controle tus comidas. Al aceptar el regalito del baño, aceptaste que hoy esa dominante soy yo. Así que comerás lo que yo decida, y no nos iremos hasta que termines. Tengo la tarde libre.
Tragué saliva. No esperaba que todo empezara tan pronto.
—Pensaba que iríamos con más calma.
Me removí en el asiento y los cascabeles sonaron. Ella sonrió.
—La calma se fue en cuanto te lo pusiste todo. Estás bajo mi mando. Empieza a comer. Ahora.
Pinché el salmón y, en cuanto lo tuve en la boca, el dildo empezó a vibrar. Suave. Suspiré.
—Un bocado de cada cosa, en orden. Hamburguesa, salmón, patatas, ensalada. —Asentí, entrando poco a poco en otro mundo—. A partir de ahora yo hablo y tú escuchas.
***
Sacó una tablet de su bolso. Me la mostró de lejos: una tabla larguísima de gustos, límites y dudas que, según dijo, iríamos rellenando mientras yo comía. Solo tenía permiso para responder sí o no.
—Y si dudas mucho con algo, puedes explicarte. Pero no te pases.
Así limité mi conversación durante la hora siguiente, masticando una mezcla de sabores cada vez más rara, bebiendo cuando me lo ordenaba, sin que el vibrador parara nunca. La lista no terminaba: adornos, collares, ataduras de cuerda y de cadena, posiciones forzadas, jaulas. Ella enumeraba y yo asentía, descubriendo con vergüenza que se había estudiado mi perfil al dedillo. Cada punto que leía era, en realidad, un deseo que yo había confesado en algún rincón de la red.
—La depilación es importante —dijo sin levantar la vista—. El resto del cuerpo, fuera siempre. Ahí abajo me gusta con vello, pero corto y cuidado. ¿Entiendes?
—Sí —me apresuré a contestar.
—La humillación es la base de mis relaciones. Me gusta entrar en la cabeza, y a ti te gusta que entren en la tuya. ¿Humillación verbal? ¿Insultos?
—Sí. Sí a las dos —murmuré, roja, como si no me quedara otro color en la cara.
Tres veces se le cayó algo al suelo y tres veces fui yo quien se agachó a recogerlo, sintiendo todo lo que llevaba dentro, escuchando el cascabeleo de las pinzas justo cuando pasaba gente al lado. Cada vez que yo creía que el ritmo aflojaba, subía la intensidad del vibrador cinco segundos y volvía a bajarla, dejándome al borde sin permitirme nada.
—¿Está potente? Vamos a bajarlo —dijo en un momento, y la vibración subió de golpe en lugar de ceder. Me agarré a la mesa—. Uy, pequeño error.
Me apoyé contra el respaldo cuando por fin lo devolvió al mínimo, aliviada, convencida de que iba a correrme en mitad de un restaurante.
—¿El control de los orgasmos? Eso ni debería preguntarlo. Es mío. —Apuntó algo en la tablet—. Quiero dejarte clara una cosa: estás limitada a masturbarte solo cuando yo lo diga, y aún más limitada a correrte. No es lo mismo una cosa que la otra.
Asentí. Mi respiración estaba acelerada y notaba la ropa interior empapada.
***
Llegó el postre, unas tortitas con fruta, chocolate y nata que ella deslizó hacia mi lado con una sonrisa.
—Córtalas en trozos. Un trozo de cada vez. Aún queda mucha lista.
Bebí toda el agua que me ordenó. Cuando me quedé sin nada, cogió su propio vaso, dio un sorbo, paseó el agua de un lado a otro de la boca, la devolvió al vaso y me lo pasó.
—Toma. Yo ya terminé.
La bebí sin rechistar, más excitada que humillada, lo cual me asustó un poco. Mientras masticaba los últimos trozos, el dildo cambió de ritmo: la punta empezó a moverse hacia delante y atrás.
—Quedan tres trozos. No los dejarás ahí.
Subió el vibrador y no pude ni sostener el tenedor. Llamó al camarero, pidió una caja para llevar los trozos sobrantes y, en cuanto el chico se alejó, lo apagó todo de golpe.
—Pide la cuenta.
Me adelanté para pagar, pero ella ya tenía la tarjeta fuera. Cuando me levanté creyendo que íbamos hacia la salida, me detuvo con una mano en el brazo.
—Al baño. ¿O te habías olvidado?
***
Caminó delante, marcando el paso. Yo detrás, cachonda, desconcertada, llena hasta los topes. Empujó la puerta, comprobó que no había nadie y se volvió hacia mí. Me escaneó con la mirada, levantó la mano y me la estrelló contra la mejilla. No fue fuerte, pero no me lo esperaba. Me sujetó la barbilla, apretándome las mejillas, y me empujó dentro de un cubículo.
Me dejé hacer. En ese instante era suya por completo. Me desabrochó el pantalón, metió la mano y se rió.
—Pero si estás empapada. Tendré que vigilarte las comidas más de lo que pensaba. —Apagó el vibrador y empezó a sacarme el dildo—. ¿Qué quieres?
—Correrme —dije. Otra bofetada.
—Y yo que esperaba que dijeras que querías comerme el coño.
Asentí con tanta efusividad que volvió a sonreír. Me cambió el plug, me bajó las bragas manchadas y me metió el dildo en la boca para que me saboreara. Justo entonces se abrió la puerta del baño y entró alguien. Me subió el jersey de un tirón y me agitó los pechos para que los cascabeles no pararan de sonar. Me dolía. Gemí y volví a callarme, los ojos cerrados con fuerza, hasta que la persona se fue.
—Llevan mucho tiempo puestas, las pobres pinzas —se burló—. Es que tardas siglos en comer.
Me llevó un pezón a la boca y lo chupó, aliviando el dolor con una oleada de placer mientras su otra mano hacía lo propio. Se me escapó una lágrima. Habría podido correrme con cualquier roce más. Me ordenó orinar, ahí, delante de ella, y la liberación fue tal que me corrí sin querer. Otra bofetada me devolvió al presente.
—No te di permiso. Salgamos antes de que sospechen.
Me recompuse y, al mirarme en el espejo, vi a una mujer colorada que sabía exactamente lo que acababa de pasar en esa comida.
***
La seguí esperando una despedida, pero me llevó por varias calles hasta un portal.
—No es mi casa. Es una mazmorra, la tengo alquilada por horas. Vine antes a dejar un par de cosas, por eso llegué tarde. La tengo hasta las diez.
Subimos. La habitación estaba preparada. Me ordenó desnudarme y obedecí despacio, sintiéndome pequeña frente a ella, con el vientre hinchado por todo lo que había comido. Me acarició, me apretó, volvió a meterme la mano.
—Sigues empapada, y eso que ya te corriste. Sin permiso, por cierto.
Junto a la cama había una jaula baja. La sacó, me puso de rodillas con el pecho pegado a los muslos y me encerró con un candado. Me ancló las manos a los lados, me cambió el plug por uno más grande sujeto a una barra fija, y me colocó otro dildo que vibraría cada tres minutos.
—Para que no te duermas.
Me ató el pelo a la jaula, dejándome la cabeza mirando hacia arriba, hacia una abertura que no había visto. Me puso una mordaza abierta, con tapa, como el tapón de un desagüe, y escupió dentro.
—Vendrán unos amigos. No les diré que estás aquí, así que no hagas ruido. Por si acaso, te dejo instrucciones.
Me puso un antifaz, me pegó un papel en la frente y me empujó bajo la cama. El vibrador arrancó, sutil pero firme. Escuché la puerta cerrarse.
***
Pasaron los minutos y la puerta volvió a abrirse. Dos voces. Hice todo lo posible por que no me encontraran, pero, en un silencio, el vibrador me delató.
—Creo que encontré la sorpresa que te habían prometido.
Me arrastraron, me arrancaron el papel de la frente y lo leyeron en voz alta: una lista de lo que podían y no podían hacer conmigo, solo la boca, sin quitarme el antifaz. Cosas que nadie debería haber sabido el primer día. ¿Cómo, si no, me había preparado ella así?
—No tenemos mucho tiempo —dijo uno—. Venga, traga.
Y la primera vez que tragué con ella como mi ama, lo que tragué era de otro. Lo recogí con gusto. Me ordenaron guardar una parte en la boca como prueba, cerraron de nuevo la mordaza y se marcharon riéndose.
***
La puerta otra vez. Su risa. Supe que era ella.
—Te encontraron. Eso significa que no eres muy silenciosa. Me viene bien saberlo. —Me abrió la mordaza—. Me han dejado un aperitivo. Trágalo.
Lo hice, de dos veces, con un sabor extraño que no pude limpiarme por la abertura de la boca.
—Me caes bien. Quizá me quede contigo. —Abrió el candado, me quitó el dildo y el plug, y me ayudó a salir entre crujidos de articulaciones entumecidas—. De rodillas. Manos en los muslos. Saca pecho.
Me llevó al baño y empezó suave, con una serie de enemas que me dejaron al límite, el vientre tenso como el de una embarazada. Cuando por fin me vació y me sentí mejor, vi cómo se desnudaba ella poco a poco. Si hubiera podido abrir más la boca, lo habría hecho.
Me cambió la mordaza por otra con un dildo hacia fuera. Sabía lo que venía. Me ató las manos a la espalda y me hizo follarla con la boca hasta que se corrió, rápido, sin disimulo. Después me dio la vuelta, limpió el dildo en mi cara empapada de ella y me penetró con la misma firmeza. Lo disfruté. Lo aproveché. Y le pedí permiso para correrme.
Tardó en concederlo. Pero cedió. Y me corrí después de tanto tiempo deseándolo, con la certeza absoluta de que volvería a verla.
Y esta fue, por si quedaba alguna duda, la primera vez que quedé con ella.