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Relatos Ardientes

El asesino que perdió más que a su objetivo

Ilustración del relato erótico: El asesino que perdió más que a su objetivo

Drusco era un hombre macizo, de espalda ancha y manos capaces de partir una nuez con dos dedos. En una ciudad donde los gladiadores eran venerados como dioses de arena y sangre, él prefería el oficio más callado: matar por encargo, cobrar en oro y desaparecer antes de que alguien recordara su cara. Esa tarde lo esperaba el trabajo más limpio de su carrera, o eso creyó.

Una mujer de manto oscuro lo había buscado tres noches atrás. No dio nombres, solo monedas: una bolsa pesada, tibia todavía del cuerpo donde la había escondido. Quería muerto a un hombre, y lo quería muerto en las termas, donde nadie llevaba armas ni desconfiaba de un desconocido entre el vapor.

—Será sencillo —se dijo Drusco mientras cruzaba el pórtico de mármol—. Está solo. Cobro, y esta misma noche recorro todos los lupanares del barrio bajo.

El aire dentro era denso, blanco, cargado de aceites y sudor. El mármol resbalaba bajo sus sandalias. Avanzó sin prisa, midiendo cada paso, dejando que el rumor del agua tapara el suyo. Al fondo, en la sala de los baños calientes, su objetivo se frotaba el cuerpo de espaldas a la entrada, ajeno, vulnerable, sin sospechar que la muerte ya respiraba a tres pasos de su nuca.

No era un hombre grande. Flaco, de hombros estrechos, piel pálida de quien pasa la vida bajo techo. Drusco casi sintió desprecio. Demasiado fácil. Casi un insulto al precio que cobro.

Se acercó por detrás. Dejó que el vapor lo envolviera un instante más. Después cerró el brazo alrededor de aquel cuello delgado y apretó.

—No es nada personal —murmuró junto a su oído—. Es solo cuestión de oro.

El hombre se sacudió. Manoteó el aire, arañó el antebrazo que lo asfixiaba, pateó el agua. Drusco lo arrastró hacia atrás hasta hincarlo de rodillas en el borde del estanque, sintiendo cómo el cuerpo perdía fuerza poco a poco, cómo el rostro se volvía púrpura bajo el reflejo del agua. Apretó más. Faltaba poco. Lo veía en el temblor de las piernas, en la forma en que los dedos dejaban de arañar.

Entonces aquellas manos pálidas, en lugar de seguir tirando del brazo, bajaron. Buscaron a ciegas entre las piernas del asesino y se cerraron sobre sus testículos con las últimas fuerzas que le quedaban.

El dolor fue una descarga blanca que le subió hasta la garganta. Drusco aflojó el brazo medio segundo, solo medio segundo, el tiempo justo para soltar un gruñido. Fue suficiente. El aire volvió a los pulmones del hombre flaco, y con el aire volvió la rabia. Tiró. Tiró de los cojones del asesino como quien arranca una raíz, y Drusco aulló, un alarido que rebotó contra las bóvedas de mármol.

Intentó descargar un puñetazo para librarse. No llegó. La mano apretó otra vez, retorció, y el gigante se desplomó de costado sobre las losas húmedas, doblado sobre sí mismo, incapaz de respirar por una razón muy distinta a la asfixia.

***

Los guardias acudieron antes de que pudiera arrastrarse al agua. El hombre flaco, recuperando el aliento entre toses, escupió una orden con voz ronca, y entonces Drusco comprendió la magnitud de su error. Aquel cuerpo insignificante pertenecía al senador Aulo Vereno, uno de los hombres más ricos y vengativos de la ciudad. No había elegido un blanco fácil. Había elegido su tumba.

Lo encadenaron sin esfuerzo. Drusco, que había derribado a hombres el doble de grandes, no pudo ni levantarse. El dolor lo tenía clavado al suelo como una lanza.

***

A varias calles de allí, en el patio sombreado de una villa, Lucilia bebía vino con otras mujeres de cuna alta. Era hermosa de un modo frío, con el cabello rubio recogido en trenzas y los ojos siempre calculando. Había pagado bien por una muerte y esperaba la noticia con la calma de quien no duda de su dinero.

Una de sus amigas llegó corriendo, agitada, con las mejillas encendidas.

—¡Venid, deprisa! Hay un espectáculo en la plaza, dicen que es de los buenos.

Lucilia sonrió. Estaba acostumbrada a esos espectáculos: orgías públicas, cuerpos sudados, gladiadores que se exhibían antes de la arena. Dejó la copa y siguió al grupo entre risas. Pero al desembocar en la plaza, la risa se le congeló en la boca.

Atado entre dos columnas, desnudo, doblegado, estaba su asesino.

—Al parecer intentó matar al senador Vereno —comentó un guardia, divertido—. Le salió mal el cálculo.

Lucilia se llevó una mano a los labios. No por compasión. Por miedo. Porque un hombre atado podía hablar, y lo que él sabía podía arrastrarla a ella hasta el mismo pilar.

Lo que vio después le revolvió el estómago y, al mismo tiempo, la dejó clavada en el sitio sin poder apartar la mirada. Entre las piernas del coloso ya no quedaba lo que antes presumía: el verdugo del senador le había arrancado la hombría, y solo restaban los testículos enrojecidos, hinchados, colgando inútiles sobre el mármol. Un soldado paseaba el resto como un trofeo, alzándolo para que las matronas lo vieran. Las mujeres reían, se descubrían los pechos y se levantaban las túnicas para mostrarle al asesino todo aquello que jamás volvería a tocar.

—Mira bien, perro —le decía una, abriéndose el vestido—. Esto es lo último que verás de una mujer.

Drusco apenas levantaba la cabeza. El hombre que aterrorizaba callejones lloraba ahora como un niño, atado y expuesto ante la ciudad entera.

***

Y el castigo no había hecho más que empezar. Por orden del senador, los guardias formaron fila detrás del prisionero. Uno tras otro fueron tomándolo, profanando su cuerpo entre burlas y palmadas en la espalda, turnándose como quien espera su ración en el mercado. Cada embestida le arrancaba un gemido ahogado, cada risa de los soldados le recordaba que ya no era un hombre, sino una bestia rota expuesta al escarnio público. Drusco, que había vivido de imponer dolor, aprendía por fin lo que significaba recibirlo sin defensa posible.

Lucilia observaba desde el borde de la multitud, pálida, calculando. No sentía lástima. Sentía urgencia. Aquel desgraciado conocía su nombre, su rostro, el peso exacto de la bolsa de oro. Mientras respirara, ella estaba condenada.

—Si hubiera contratado a una mujer —murmuró entre dientes—, nadie habría podido agarrarlo de los cojones. Qué inútil.

Esa noche, dejaron a Drusco atado en el patio de castigos como advertencia para futuros sicarios. Y esa misma noche, envuelta en su manto oscuro, Lucilia volvió. Llevaba un cuchillo corto escondido en el pliegue del cinto.

***

Lo encontró derrumbado contra el pilar, temblando de fiebre y de frío. Al verla, no tuvo fuerzas ni para alzar la mirada.

—Has fallado —susurró ella, agachándose a su altura—. Eres un puto inútil.

—Mi… mi hombría… —balbuceó él, perdido—. Ya no está…

—No, ya no está. Y tú tampoco vas a estar mucho más.

Le metió un trapo en la boca para ahogar los gritos. Drusco, demasiado débil para resistirse, sintió las manos frías de la mujer cerrarse sobre lo único que le habían dejado. Después llegó el dolor, agudo, insoportable, y sus alaridos murieron contra la mordaza. Vio, entre lágrimas, cómo ella alzaba el cuchillo dispuesta a vaciarlo del todo.

—Morirás desangrado —sonrió Lucilia—. Es lo que mereces por fracasar. Adiós.

Pero el filo nunca llegó a hundirse.

***

Un estruendo de cascos y antorchas inundó el patio. Soldados por todas partes. En el centro, sereno y bien acompañado, el senador Vereno alzó una mano y ordenó apresar a la mujer y curar al prisionero.

Lucilia no entendió hasta que fue tarde. El asesino había hablado horas antes, cuando le arrancaron la hombría: había dado un nombre, el de ella. Pero una acusación no bastaba ante un tribunal. Necesitaban pruebas, y el senador sabía que la única forma de obtenerlas era tender una trampa. Dejó al sicario atado a la intemperie como cebo, seguro de que la culpable intentaría silenciarlo. Y ella, fiel a su miedo, había caído de rodillas en la trampa con el cuchillo en la mano.

—No esperaba que fueras tan torpe —comentó Vereno, mientras la arrastraban—. Ni tan cruel.

***

A Drusco lo curaron. Sobrevivió, aunque vacío, condenado a servir como eunuco en la casa de un noble, rodeado para siempre de un deseo que jamás podría volver a saciar.

A Lucilia le esperaba un destino aún más implacable. La despojaron de sus títulos, de sus tierras, de su nombre. De dama poderosa pasó a ser una esclava más, una yegua para el placer de quien pagara o de quien simplemente lo ordenara. La ataron en el mismo patio de castigos, desnuda, con el cabello rubio ahora apelmazado de polvo, los pechos y el sexo a la vista de todos. Soldados, nobles e incluso otros esclavos se servían de su cuerpo por turnos, sin prisa, como quien usa una fuente pública.

Días después, Drusco regresó al patio. La vio así, doblegada, embestida por un soldado de espaldas anchas, y por un instante los ojos de ambos se cruzaron. Ella apretó los dientes. Habría escupido de haber podido alcanzarlo. En cambio, formó una sola palabra con los labios resecos, una palabra cargada de todo el veneno que le quedaba.

—Eunuco.

Y después se echó a reír, una risa rota, demente, fruto de las incontables manos que la habían usado hasta vaciarla de cordura.

Intentó quitarse la vida más de una vez, pero el senador la mantenía vigilada día y noche. No iba a concederle la piedad de una muerte rápida; esa esclava le pertenecía, y su sufrimiento era parte del precio.

Así quedaron sus destinos, atados para siempre por un mismo error. Ella, montada por cualquiera que lo deseara, sin nombre y sin rango. Él, paseando entre las mujeres más hermosas de la casa, condenado a mirar sin poder tocar nunca más.

La vida sabe ser cruel. Y en aquellos tiempos, donde el castigo competía con la propia existencia en saña, ningún error se pagaba barato.

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Comentarios (4)

GabrielDark

tremendo!! no me lo esperaba para nada

SolanaKR

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de mas

Lectora_intensa

El giro me dejó sin palabras. De estos relatos hay muy pocos, muy bien logrado

Cazador_88

Nunca pensé que un relato de esta categoria me iba a atrapar tanto desde el titulo. Lo leí de un tiron y quedé queriendo saber que pasó despues. Muy recomendado

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