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Relatos Ardientes

La hechicera que doblegó al héroe en su trono

Durante años, ningún hombre que cruzara las puertas de la Ciudadela de Ceniza había vuelto a contarlo. Las almas de los pueblos cercanos hablaban de la torre negra como de una boca que tragaba héroes, y cada primavera salía uno nuevo, jurando ser distinto, jurando que él sí la haría caer.

Aquella tarde le tocó a Aldric.

Había sobrevivido a las trampas del foso, a los perros de hueso y a un puente que se deshacía bajo los pies. Llegó al salón del trono con la armadura abollada y la espada todavía firme en la mano. Estaba orgulloso. Tan orgulloso que no se dio cuenta de que justo eso era lo que ella esperaba.

—Has llegado lejos —dijo una voz desde el fondo.

Sentada en un trono de piedra y raíces, lo aguardaba Nerissa. Rubia, de ojos de un violeta imposible, vestida con un corsé negro que apenas contenía nada y una falda partida hasta la cadera. No parecía una bruja a punto de morir. Parecía una mujer que ya sabía cómo terminaba la tarde, y que ya se relamía pensando en la polla que traía el idiota bajo la cota de malla.

—Vengo a darte caza —anunció Aldric, apuntándole con el acero—. Ríndete y haré que sea rápido.

Ella ladeó la cabeza, divertida, y se mordió el labio como quien contiene la risa.

—¿Rápido? —repitió—. Qué poca imaginación traen ahora del reino. Yo pensaba tomarme la tarde entera contigo, cielo. Empezando por esos huevos que tanto te pesan.

Aldric dio un paso. Nerissa levantó la mano con pereza y chasqueó los dedos. Algo apareció entre ellos: una pequeña bolsa de terciopelo rojo, atada con un cordón. El héroe frunció el ceño, sin entender, y esa fue su última expresión de hombre seguro.

Ella cerró el puño.

El dolor le llegó de golpe, desde el centro mismo del cuerpo, como si una mano helada le hubiera agarrado los cojones y los apretara contra el hueso. Aldric soltó la espada y cayó de rodillas con un grito que rebotó por todo el salón. Se llevó las manos a la entrepierna, jadeando, incapaz de respirar.

—Magia, querido —dijo Nerissa, sin levantarse—. Aprieto cuando quiero. Aflojo cuando quiero. Y me corro cuando quiero, también, mientras te aprieto.

Aflojó. Aldric tragó una bocanada de aire. Antes de que pudiera recuperarse, volvió a cerrar el puño, despacio esta vez, saboreándolo, y el héroe se dobló otra vez sobre el suelo de piedra.

—Por favor —gimió él. La palabra le salió sola, antes de que pudiera detenerla.

Por favor. Hacía un minuto venía a matarla y ya estaba suplicando.

—Eso está mejor —ronroneó ella—. Ahora hablamos el mismo idioma.

De las sombras del salón surgieron sus criaturas: figuras altas, de piel grisácea y manos enormes, que no necesitaron orden alguna. Le arrancaron la armadura pieza por pieza, las correas, la cota, hasta dejar a Aldric desnudo y temblando sobre las baldosas frías. Le ataron las muñecas a la espalda y lo obligaron a quedar a cuatro patas, con la cabeza gacha, el culo al aire y el orgullo hecho añicos.

Nerissa bajó por fin del trono. Caminó alrededor de él descalza, estudiándolo como quien evalúa una compra.

—Mírate —dijo—. Tan grande con la espada en la mano y tan pequeña la vergita aquí abajo.

Le rozó los huevos con la punta del pie, casi con ternura, y luego presionó. No fuerte. Lo justo para que él entendiera que podía reventárselos cuando se le antojara. Aldric apretó los dientes y aguantó, porque algo en aquel desprecio absoluto empezaba a despertarle una vergüenza distinta, una que le quemaba en lugar de helarle. Y la polla, la muy traidora, empezó a hincharse contra la piedra fría.

—¿Lo notas? —susurró ella, agachándose hasta su oído—. Tu cuerpo te está traicionando. Odias esto y, sin embargo, se te está poniendo dura como a un adolescente. Mira qué gracioso: vienes a matarme y me la enseñas.

Tenía razón. Aldric cerró los ojos, humillado, porque la verga le respondía a pesar suyo, endurecida contra su voluntad mientras una mujer lo trataba como a un perro. Ella le pasó la planta del pie por debajo del glande, empujándolo hacia arriba, y él soltó un gemido ahogado que le salió del vientre sin permiso.

Nerissa se agachó, le rodeó la polla con la mano y la pesó como si tasara una fruta. Le apretó la base con dos dedos, corrió el prepucio hacia atrás con el pulgar y observó cómo el capullo se hinchaba morado bajo la luz azul del salón. No lo masturbaba. Solo lo sostenía, quieta, para que él sintiera hasta el último centímetro de su humillación.

—Qué bien te la puso Dios y qué mal la usas —dijo, y le escupió encima. La saliva le bajó tibia por el glande y le corrió por los huevos. Aldric jadeó, con la cara ardiendo—. Cállate. No has hablado nada bueno en toda la tarde.

Le hundió los dedos en el pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás, obligándolo a mirarla. Con la otra mano se levantó la falda partida y, sin más preámbulo, le acercó el coño a la boca. Estaba mojada, brillante, depilada salvo por una tira de vello dorado. Olía a hembra en celo y a poder.

—Chupa —ordenó—. Y ay de ti si me hace falta enseñarte cómo se come un coño.

Aldric sacó la lengua sin resistirse. La pasó de abajo hacia arriba, lento, torpe al principio, hasta encontrar el clítoris hinchado. Nerissa suspiró, se apoyó una pierna sobre su hombro y le montó la boca con soltura, restregándose contra su barba de días. Le tiraba del pelo cuando iba bien y le pegaba en la nuca cuando aflojaba. El héroe la lamía con desesperación de perro nuevo, sorbiéndole los labios menores, metiéndole la lengua todo lo que podía, mientras las lágrimas y la saliva se le mezclaban con los jugos de ella y le empapaban el mentón.

—Así, sí —jadeaba ella, agarrándose al pelo con las dos manos—. Ese es el único idioma que te queda, héroe. La lengua entre las piernas de una mujer.

Cuando la sintió temblar sobre su cara, cuando el coño se le contrajo contra la boca en el primer orgasmo de la tarde, Nerissa se apartó de golpe y lo dejó de rodillas, jadeando, con la barbilla brillándole y una erección que casi le tocaba el ombligo.

—Dilo —ordenó, todavía sofocada—. Di que eres mío. Quiero oírlo con tu voz de héroe.

Él apretó la mandíbula, resistiéndose. Ella volvió a cerrar el puño en el aire, apenas un instante, y el dolor le subió por el vientre como una descarga que le retorció los huevos. Cuando aflojó, las palabras se le escaparon entre jadeos, vencidas.

—Soy tuyo —murmuró Aldric, y odió cuánto alivio le dio rendirse.

—Ama —murmuró una de las criaturas—, ¿qué hacemos con él?

Nerissa se enderezó, se llevó un dedo a los labios y sonrió.

—Lo de siempre —dijo—. Enseñadle modales. Por todos los agujeros.

***

Lo que siguió duró horas, o lo que para Aldric se sintió como horas. Las criaturas lo usaron por turnos, sin prisa. Dos lo levantaron del suelo y le abrieron las rodillas hasta dejarlo bien expuesto; una tercera se puso delante y sacó de entre las piernas una polla gris, larga y gruesa como el antebrazo de un herrero, con un capullo brillante que goteaba una baba tibia.

La criatura le agarró la mandíbula, se la abrió con los dedos y le empujó la verga hasta el fondo de la garganta. Aldric tosió, arqueó la espalda, sintió las arcadas subirle por el pecho, pero la mano en la nuca no lo dejó escapar. Le follaron la boca sin ternura, con embestidas largas que le hicieron correr los mocos y las lágrimas hasta la barbilla, mientras otra criatura se le acomodaba detrás y le separaba las nalgas con dos pulgares fríos.

—Ama —gruñó la de atrás—, ¿lo mojo?

—Un poco —contestó Nerissa desde el trono, aburrida—. Que sepa que soy generosa.

Le escupieron entre las nalgas. Nada más. Un hilo de saliva espesa que le corrió por la raja del culo y se le metió por el ano apretado. Después el capullo. Grueso, imposible, empujando despacio hasta que Aldric sintió que se le desgarraba por dentro. Gritó con la boca llena, y su grito salió amortiguado por la verga que le tapaba la garganta.

Cuando la criatura de atrás le llegó al fondo, se quedó quieta unos segundos, disfrutando de cómo el héroe temblaba ensartado por los dos lados. Luego empezó a moverse. Y las dos criaturas encontraron un ritmo, una entrando cuando la otra salía, meciéndolo entre ellas como a un muñeco de trapo.

Aldric aprendió a la fuerza una lección que ningún maestro de armas le había dado: que el dolor y el placer no siempre saben distinguirse, y que la línea entre suplicar que pararan y suplicar que no lo era mucho más fina de lo que cualquier héroe quisiera admitir. Porque a la décima embestida, cuando el pinchazo profundo empezó a rozarle algo por dentro que él no sabía que tenía, la polla se le puso más dura que nunca y se le empezó a marcar una vena gruesa por el envés.

Nerissa lo observó todo desde el trono, recostada de lado, con una mano deslizándose entre sus propios muslos. No tocaba a nadie. No le hacía falta. Se acariciaba el coño despacio con dos dedos, hundiéndolos hasta los nudillos, sacándolos brillantes, chupándoselos mientras miraba. Le bastaba con dirigir el ritmo de la escena con un gesto perezoso de la muñeca, acelerando aquí, deteniendo allá, jugando con el cuerpo del héroe como un titiritero juega con sus hilos.

—Más fuerte por detrás —ordenaba—. Que se le note mañana al sentarse. Y tú, saca la polla, quiero verle la cara.

Sacaban la verga de la boca de Aldric y él respiraba con estertores, con el mentón cubierto de saliva espesa y semen de la baba de las bestias, jadeando obscenidades que ni él mismo entendía. Le corrieron encima de la cara dos veces, chorros calientes y viscosos que le colgaron de las pestañas y de la barba, y Nerissa se rió como si le estuvieran contando el mejor chiste del mundo.

—Ábrele las piernas —ordenó en un momento—. Quiero ver cómo se corre.

Le tumbaron boca arriba, con las rodillas contra el pecho y las manos todavía atadas debajo del cuerpo. Una criatura se le montó encima, se la volvió a meter por el culo hasta el fondo y empezó a follárselo mirándolo a los ojos. Nerissa se acercó, se acuclilló al lado de su cabeza, le agarró la polla con la mano y se la pajeó despacio, con la muñeca floja, mientras le hablaba al oído.

—Córrete, héroe —le susurró, subiendo y bajando la mano cerrada sobre el glande—. Córrete mientras una bestia te folla el culo y una mujer te ríe en la cara. Que se te salga hasta la última gota. Córrete y admite lo que eres.

Aldric aguantó lo que pudo. Aguantó apretando los dientes, mirando al techo, intentando pensar en su madre, en su rey, en cualquier cosa. Pero la mano de ella subía y bajaba con un ritmo perverso, torciéndole el pulgar sobre la corona hinchada en cada golpe, y la polla de la bestia le empujaba por dentro una y otra vez contra ese punto que le mandaba corrientes por toda la espalda.

Se corrió gritando. Gritó como no había gritado ni cuando le apretaron los huevos con magia. El semen le brotó a chorros largos, gruesos, que le salpicaron el pecho, la cara, la mano de ella, y Nerissa siguió pajeándolo mucho después de la última gota, exprimiéndoselo hasta que él lloró de dolor y de placer mezclados.

—Buen chico —murmuró, chupándose los dedos manchados—. Sabes salado. Como todos.

Cada vez que él intentaba aferrarse a algún resto de dignidad, ella se lo arrancaba con una palabra. Le hacía repetir lo que era, lo que ya no sería nunca más, lo poco que valía frente a una mujer que ni siquiera necesitaba levantarse para tenerlo de rodillas. Le hacía decir en voz alta "soy una puta", "soy un agujero para tus bestias", "me encanta que me follen el culo", y él lo decía, lo repetía, lo gemía, cada vez con menos vergüenza y más urgencia. Y lo peor, lo que Aldric nunca confesaría, era que en algún momento de aquella noche dejó de pelear contra la vergüenza y empezó a buscarla.

Cuando ya no le quedaban fuerzas ni para temblar, cuando lo habían hecho correrse tres veces y a la cuarta ya solo goteaba un hilillo transparente, Nerissa lo dejó tirado boca arriba, con la respiración rota, el pecho embarrado de semen ajeno y la mirada perdida en las vigas del techo. Caminó hasta él, le apoyó un pie descalzo en el pecho y presionó, no para hacerle daño, sino para recordarle dónde estaba su lugar.

Después se le subió encima. Se acuclilló sobre su cara, se abrió el coño con dos dedos y se lo dejó caer en la boca como quien apoya una copa.

—Pídelo —le ordenó, con la voz ronca—. Quiero oírte pedirlo.

Y Aldric, que esa misma mañana se creía el hombre destinado a liberar el reino, lo pidió. Suplicó que se corriera en su boca, que le meara encima, que hiciera con él lo que quisiera. Con palabras que jamás repetiría a nadie, lo pidió.

Ella se meció despacio contra su lengua, agarrándole el pelo con las dos manos, cabalgándole la cara sin ninguna prisa. Cuando el placer le estalló por fin, se apretó contra su boca hasta casi asfixiarlo, y él bebió cada gota como si de verdad le fuera la vida en ello. Lo único que quedaba del héroe era un hombre roto, vacío y curiosamente en paz, como si toda una vida de demostrar su valor se le hubiera caído de los hombros allí, en el suelo de aquel salón.

—Otro que cae —pensó Nerissa, recuperando el aire—. Siempre el mismo final.

Ordenó que lo encerraran abajo, con los demás. No los mataba; eso habría sido un desperdicio. Los guardaba. Una colección de hombres orgullosos convertidos en mascotas mansas, que ya no recordaban para qué habían venido, y que se peleaban entre ellos por lamerle los pies cuando bajaba de visita.

***

Pasaron varias semanas hasta que la luz volvió a parpadear en la torre, señal de que otro intruso había cruzado el foso.

Este era distinto. Lo supo en cuanto lo vio entrar: alto, moreno, con una calma que no había visto en los otros. Se llamaba Cedric, y caminó hasta el centro del salón sin apuntarla con la espada, como si la fortaleza entera fuese suya.

—Ríndete —dijo él, sereno.

Nerissa rió. Aquella arrogancia tranquila la excitaba más que cualquier bravata. Sintió cómo se le humedecían las bragas de golpe, cómo el coño se le apretaba en anticipación. Decidió que con este se tomaría su tiempo. Que lo doblegaría despacio, en persona, sin prisa, porque lo encontraba demasiado hermoso para entregárselo a las criaturas. Ella misma iba a montarlo hasta romperlo.

—No, querido —dijo, bajando del trono con un contoneo lento—. Mejor juguemos. Voy a chuparte la polla y después vas a follarme como un buen chico, y cuando termines te vas a arrastrar detrás de mí para siempre.

Se acercó hasta quedar a un palmo de él, lo bastante cerca para sentir su respiración. Cedric no retrocedió. Eso le gustó. Le pasó la mano por la entrepierna, apretándole los huevos por encima de la tela, y levantó la rodilla de golpe para estrellársela entre las piernas con toda la malicia del mundo, el mismo golpe que había puesto de rodillas a cien hombres.

Cedric ni se inmutó.

Nerissa parpadeó. Volvió a apretar, buscando los cojones con la palma. Nada. No había nada que agarrar. Solo tela blanda contra un vacío liso. El héroe seguía mirándola con la misma calma irritante, y por primera vez en años algo parecido al miedo le recorrió la espalda.

—Sabía cómo peleabas —dijo él en voz baja, dando un paso adelante mientras ella retrocedía—. Sé lo que le haces a los hombres que entran aquí. Tu poder se aferra a lo que más temen perder.

Se abrió la guarda de la túnica apenas un instante, lo justo para que ella comprendiera. Donde debería haber una verga y unos huevos, no había nada. Piel lisa, una cicatriz pálida, silencio. No había nada que su magia pudiera agarrar, apretar ni retorcer. Lo había entregado antes de partir, a sabiendas, como precio de cruzar aquellas puertas.

—Di mis miedos por la luz —dijo Cedric—. Y vine sin nada que tú pudieras estrujar.

—No puede ser —murmuró Nerissa, y su voz, por una vez, tembló.

Su mano voló a chasquear los dedos, a invocar la bolsa de terciopelo, pero el cordón colgó flojo en el aire, vacío, inútil. El héroe ya estaba sobre ella. No hubo gritos esta vez, ni monstruos, ni trono. Solo un destello de acero y el silencio que sigue a la caída de algo que se creía eterno.

El cuerpo de la hechicera se deshizo en ceniza, y la ceniza en luz. Por toda la Ciudadela, las cerraduras se abrieron solas. Los hombres que ella guardaba abajo subieron parpadeando hacia un sol que casi habían olvidado, libres al fin, aunque ninguno volvería a ser del todo el mismo después de lo aprendido en aquel salón.

Cedric salió el último, sin mirar atrás. Recuperaría con el tiempo lo que había entregado; existía una magia muy antigua para eso, lenta y costosa, pero la había. Durante años echaría de menos lo que dio, y cada noche pensaría que había sido un precio justo.

El reino tuvo paz, al menos por un tiempo. El mal siempre acecha en alguna torre, esperando al siguiente hombre demasiado seguro de sí mismo. Pero esa, como suele decirse, es ya otra historia.

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Comentarios(7)

LuchoBA33

Excelente relato!!! Me tiene completamente enganchado, que buena pluma. Sigan publicando cosas asi.

Magda_Sur

Por favor que haya segunda parte, termine queriendo saber que paso despues jajaja me quede con ganas de mas

AstroLector88

La combinacion de fantasia medieval con esta dinamica queda increible. No habia leido algo asi antes en el sitio, muy original.

Curiosa22

La historia va a continuar? Me dejo con muchas preguntas sin responder... espero que si!

DiegoCba92

tremendo!!! el final no me lo esperaba para nada

VioletaNDF

Me encanto que el setting sea de fantasia, le da otro sabor completamente distinto. Muy bien construida la tension desde el principio hasta el final.

HectorNocturno

jaja el heroe creia que tenia el control y mira como termino. Bien escrito, se nota que hay imaginacion de verdad detras.

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