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Relatos Ardientes

La inspectora que me retó a hacerle daño

Ilustración del relato erótico: La inspectora que me retó a hacerle daño

Esa tarde el calor apretaba en la piscina del barrio y yo había bajado solo, sin más plan que tirarme al agua y dejar pasar las horas. Fue ahí donde la vi, recostada en una tumbona, mayor que yo y con una seguridad que las chicas de mi edad todavía no tenían. Cerca de ella, un niño pequeño chapoteaba en la parte baja, pero eso no la frenó cuando empezó a hablarme.

Conversamos un rato largo, de cualquier cosa, hasta que fue ella misma la que deslizó la idea de vernos una tarde, los dos solos. Lo dijo con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. Me envalentoné y le apoyé la mano en la rodilla, midiendo su reacción.

Lejos de apartarse, puso su mano sobre la mía y la guió por su muslo hacia adentro, hacia el calor que latía entre sus piernas. Yo todavía no terminaba de creer mi suerte cuando una voz nos saludó desde atrás con un tono cortante, casi de amenaza.

Ella giró la cabeza y, en cuanto vio de quién se trataba, todo cambió en un segundo. Se puso de pie de un salto y empezó a gritar que yo la estaba manoseando, que no me conocía de nada, que la había agredido. Me quedé congelado, incapaz de reaccionar, sobre todo porque había sido ella quien se llevó mi mano a su sexo.

La mujer que la había saludado resultó ser su cuñada, la hermana de su marido. El escándalo creció en cuestión de minutos. Como no podía ser de otra manera, pasé a ser el degenerado de la película sin haber hecho nada, hasta el punto de que recibí un par de golpes en la espalda sin llegar a ver de quién venían.

No habían pasado ni diez minutos cuando aparecieron dos policías de civil que se identificaron como inspectores, un hombre y una mujer. Preguntaron qué había ocurrido y cada uno contó su versión. A los ojos de la autoridad yo volvía a ser el indeseable, y aquella mentirosa, la pobre víctima. Me esposaron y me llevaron a la comisaría. Iba en bañador y una camiseta; ni siquiera me dejaron pasar por el vestuario a cambiarme.

En la comisaría fue la inspectora quien me tomó declaración. Me miró largo rato antes de hablar.

—Te voy a dar la oportunidad de decir la verdad —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Reconoce lo que hiciste. Es lo mejor para ti.

—Ya dije la verdad —respondí, sosteniéndole la mirada—. Fue ella la que me tomó la mano. No pienso confesar algo que no pasó.

Se quedó callada unos segundos. Después rodeó la mesa, se acercó a mí y me ordenó que me pusiera de pie. Lo hice sin entender nada. Sin decir una palabra, metió la mano entre mis piernas y me agarró los testículos.

—Te los voy a reventar si no dices la verdad —murmuró, apretando.

Me quedé inmóvil, conteniendo el aire. El apretón, lejos de doblarme de dolor, me prendió por dentro de una manera que no esperaba. Con apenas el bañador encima, lo que me estaba pasando era imposible de disimular. Ella lo notó y apretó con más fuerza, y mi sexo, en vez de encogerse, creció hasta que la punta asomó por encima de la tela.

Me miró a los ojos un instante, como si no entendiera qué clase de hombre tenía delante. Entonces me soltó y me cruzó la cara de una bofetada con todas sus ganas. Levantó el teléfono, dijo dos frases que no alcancé a escuchar y, al colgar, me anunció que podía irme: no había denuncia. Mientras recogía mis cosas la observé de reojo, y supe, sin ninguna duda, que estaba excitada.

***

La casualidad quiso que me la cruzara una semana después en un bar pegado al portal de mi edificio. Serían las ocho de la tarde y yo tomaba una cerveza con un amigo. Él se levantó un momento al baño y ella aprovechó para acercarse. Me tocó el hombro y, cuando me di vuelta, la reconocí al instante.

—¿Sigues acosando mujeres en la piscina? —preguntó, con una media sonrisa.

Le di la espalda sin contestar, dispuesto a ignorarla. Volvió a tocarme el hombro.

—No seas rencoroso.

—Abusar de una placa dentro de una comisaría es de cobardes —le contesté, encarándola—. Se supone que ustedes están para lo contrario de lo que me hiciste.

Me miró furiosa.

—Aquí no tengo placa. Estoy fuera de servicio.

—Entonces no tienes ningún derecho a molestarme —dije, y volví a darle la espalda.

Me golpeó el hombro otra vez, buscando mi atención, y algo dentro de mí se soltó. Me giré por instinto y le solté un bofetón en plena cara que la hizo tambalearse hasta casi caer. Me estaba colmando la paciencia, y por un segundo pensé que la había arruinado del todo.

Pero ella se enderezó despacio, con la mano sobre la mejilla enrojecida, y lo que vi en sus ojos no era rabia.

—Me encantó —dijo en voz baja—. Y me di cuenta de algo en la comisaría. Te apreté con ganas y no te quejaste. Al contrario.

—¿Te excita el dolor? —pregunté, midiéndola.

Tenía los ojos brillantes y la respiración alterada.

—A veces. Depende de quién me lo provoque.

Pensé que me estaba buscando, y que me iba a encontrar. Estiré la mano y le pellizqué un pecho por encima de la blusa, despacio, sin dejar de mirarla.

—¿Cuánto dolor eres capaz de aguantar? —le pregunté.

No se movió. Aguantó el pellizco mirándome a la cara mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla sin que ella hiciera nada por contenerla.

***

La tomé de la mano y tiré de ella hacia la calle. Se dejó llevar sin decir una palabra. Cruzamos el portal y subimos al primer piso. Abrí la puerta y entramos directos al salón.

Sin mediar palabra me senté en una silla, le bajé el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos y la doblé sobre mis rodillas. Empecé a darle azotes, uno tras otro, y ella se entregó sin resistirse, apenas tensando el cuerpo a cada golpe.

Cuando tenía las nalgas encendidas, con la marca de mis dedos dibujada en algunos puntos, metí la mano entre sus piernas. Estaba empapada. No había ninguna duda de que lo estaba disfrutando. Le rocé el clítoris y dio un respingo con un jadeo entrecortado, así que insistí un poco más y se corrió mordiéndose los labios para no gritar.

No le di tregua. Le introduje dos dedos y, cuando la noté dilatada, sumé otros dos. Dejé caer un poco de saliva sobre su otra entrada y la masajeé hasta que dejó de oponer resistencia. Empecé a penetrarla ahí con el pulgar, despacio, y tuvo un segundo orgasmo; esta vez no pudo evitar gemir mientras me apretaba los dedos con sus músculos.

La di vuelta y la acomodé de nuevo sobre mis piernas, ahora boca arriba, el cuerpo arqueado. Le pellizqué el sexo y un pezón al mismo tiempo, por dentro de la blusa, y volvió a jadear. Le di un golpe seco en el pezón con los dedos, buscando su dolor, y se arqueó todavía más. Sin dejar que se recuperara, le tomé el clítoris con la otra mano y lo apreté. Repetí la misma operación varias veces, alternando un punto y el otro, hasta que se corrió por tercera vez.

La puse de pie frente a mí y le ordené que se desnudara por completo. Obedeció sin rechistar, dejando caer la ropa al suelo. Empecé a morderle los pechos, tirando de los pezones con los dientes cada tanto; los tenía duros como piedras. Al mismo tiempo llevé una mano a su sexo y la otra detrás, penetrándola por ambos lados. Cada vez que le mordía un pezón, ella separaba el cuerpo para aumentar la presión, pidiéndome en voz baja que no la soltara.

Con el cuarto orgasmo en menos de media hora quedó exhausta. Estaba cubierta de sudor y las piernas apenas la sostenían. La dejé arrodillarse y aproveché para meterle mi sexo en la boca. Alternaba succiones profundas con pequeños mordiscos calculados, y a ratos se apartaba para masturbarme con la mano mientras recuperaba el aliento.

Me apoyó las manos en el pecho y empezó a pellizcarme los pezones con saña. Le dije que era una inspectora de pacotilla, que no tenía fuerza ni para hacerme daño de verdad. Fue entonces cuando me clavó las uñas, hondo, y me corrí en su boca. Intentó escupir, pero no se lo permití: le sujeté la cabeza y la obligué a tragar hasta la última gota.

***

La ayudé a levantarse y la llevé al baño. La metí en la bañera, abrí los grifos y esperé a que el agua se templara. Antes de dirigir el chorro de la ducha hacia ella, me buscó con la mano y me sujetó. La observé un instante, todavía de rodillas, ofrecida, y le di lo que pedía sin decírselo. Lejos de retirarse, movió el cuerpo para que la alcanzara por todas partes, con los ojos cerrados y una sonrisa.

Después me unté las manos de jabón y la lavé despacio, sin dejar de provocarla cada vez que le pasaba las manos por el sexo o por los pechos. Para cuando terminé de aclararla, yo estaba excitado otra vez.

Me metí en la bañera con ella y la incorporé lo suficiente para que me rodeara la cadera con las piernas. Tanteé con la punta la entrada de su sexo y empujé hasta hundirme del todo. Ella se recostó contra el borde y jugó con mis pezones mientras yo marcaba el ritmo.

Intenté salir antes de terminar, pero me lo impidió cerrando las piernas a mi alrededor y volviendo a clavarme las uñas mientras se agitaba sobre mí. Cuando sintió que me corría, tuvo su último orgasmo, el cuerpo entero temblando contra el mío.

Nos secamos en silencio y volvimos al salón. Recogió su ropa del suelo, se vistió sin prisa y, antes de irse, me dio un beso suave en los labios. No dijo una sola palabra. Cerró la puerta detrás de ella y desapareció igual que había llegado, dejándome con la certeza de que aquella no iba a ser la última vez.

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Comentarios (3)

DiegoMdz

tremendo relato, me enganchó desde la primera línea!!!

CarmenSol45

Por favor seguí contando, quede con muchas ganas de saber que paso después entre los dos

ElectorBA_92

Nunca lei algo así en esta categoría. El giro de que ella terminara cediendo fue lo que no me esperaba para nada, muy bien logrado

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