La fantasía que lo dejó deshecho en el sofá
Ayer lo miré a la cara a Andrés y me costó no reírme. Tenía esa expresión de quien cree que ya está todo arreglado, que bastaron dos días de besos y cenas para que las cosas volvieran a su sitio. Me sonrió desde el sofá con el mando de la televisión en la mano y los pies apoyados en la mesita, completamente tranquilo. Ese hombre lleva meses sin entender lo que pasa por mi cabeza cuando lo miro.
Llevábamos una semana haciendo las paces. Él ponía de su parte. Yo ponía la mía. Preguntas por el trabajo, cenas preparadas, besos antes de dormir. Toda esa arquitectura frágil que construimos cuando queremos creer que las cosas funcionan. Yo mantenía la fachada y, por dentro, seguía acumulando.
Esa noche apagué la televisión sin decirle nada. Se quedó mirando la pantalla negra un momento, luego me miró a mí. Me acerqué despacio y me senté encima de él, a horcajadas, con el peso de mis caderas sobre sus muslos. Noté cómo se ponía tenso de inmediato, antes de que yo dijera nada, antes de que hiciera nada. Su cuerpo lo traiciona siempre.
—Tengo una fantasía nueva —le dije en voz baja, muy cerca de su oído—. Pero esta es diferente. No es para que te la imagines solo, por la noche, cuando crees que ya me he dormido. Es para ahora. Para que la escuches mientras me miras.
Vi cómo tragaba saliva. Le aparté un mechón de la frente con un dedo y lo sostuve con la mirada. Luego me separé un poco, para ponerme de pie delante de él. Me bajé los pantalones de chándal muy despacio, sin apartar los ojos de los suyos, hasta que los tuve arrugados en el suelo. No llevaba nada debajo. Me pasé un dedo por encima, por esa línea que va de arriba abajo, y se lo enseñé brillante, sin decir nada más. No hacía falta.
—Así estoy —dije al final—. Así llevo todo el día.
Me giré de espaldas. Me agaché despacio, con los pies separados. Aguanté así unos segundos, dejando que mirara, escuchando cómo su respiración cambiaba de ritmo. Luego empecé a hablar.
—Esta mañana me levanté tarde y fui al gimnasio sin ducharme de la noche anterior. Me puse los leggins negros, los de lycra fina que se marcan en todo, sin ropa interior. Hacía frío y no me importó. Estuve dos horas allí: correr, máquinas, peso libre. El tejido se fue pegando al cuerpo con el calor y el sudor. Con cada sentadilla se me clavaba. Me notaba todo el rato y me gustaba saberlo.
Empecé a caminar de un lado a otro de la habitación mientras hablaba. Lentamente. Mirando al suelo, como si pensara en voz alta.
—Hay un hombre en el gimnasio que no había visto antes. Lleva una camiseta gris sin mangas y tiene los brazos gruesos, los hombros anchos, el cuello de alguien que usa el cuerpo para trabajar. De esos tipos que ocupan espacio sin pedirte permiso. Desde el principio me di cuenta de que me miraba. Estaba apoyado en la barra observándome hacer sentadillas y yo no bajé los ojos. Me agaché hasta el fondo, consciente de lo que se veía, y cuando lo miré de reojo seguía exactamente en el mismo sitio.
Me giré hacia Andrés. Tenía las manos apoyadas en los muslos, los nudillos blancos.
—Fui al vestuario. No había nadie. Me solté el pelo delante del espejo y me abrí el taquete. Oí la puerta abrirse detrás de mí. No me giré. Sus pasos cruzaron el espacio, lentos, sin prisa, y se detuvieron a menos de un metro. Hubo un silencio largo. Lo dejé estar.
Me arrodillé en el suelo delante del sofá, a la altura de sus ojos, y seguí hablando desde ahí.
—Me pone una mano en el hombro. La deja ahí un momento, sin presionar, como si me estuviera dando tiempo para decidir. Luego me gira hasta que lo tengo enfrente. Me mira de arriba abajo, sin disimulo, como si estuviera calculando algo. Al final dice: «Llevas desde que llegaste moviéndote como si quisieras que alguien te prestara atención». Yo no lo corrijo, porque no es mentira.
—Me empuja contra los taquetes. Con una mano abierta en mi espalda, sin violencia, pero sin preguntarme tampoco. Me inclina hacia adelante. Me baja los pantalones de un tirón hasta los tobillos, sin quitármelos. Me deja así, con los pies trabados por el tejido, sin posibilidad de separarlos más allá de lo que el leggins permite. Me quedo quieta. El suelo de loseta está frío bajo mis pies y el aire del vestuario se nota en la piel.
Me levanté del suelo y me coloqué detrás del sofá, inclinada sobre Andrés, con los labios cerca de su nuca.
—Me pregunta: «¿Sabes para qué has venido aquí?». Yo no respondo. Me agarra del pelo, no con brusquedad, pero con firmeza suficiente para que no quepa duda. Me inclina la cabeza hacia atrás. Con la mano libre saca su verga y me la pone delante de la cara. Es grande, más ancha de lo que esperaba, tensa y oscura en la punta. Me mira. Espera. Dice: «Ábrela».
—Y yo la abro.
Rodeé el sofá y me quedé de pie frente a Andrés. Lo miré a los ojos y seguí.
—Me la mete despacio hasta la mitad. Luego de golpe, hasta el fondo. Cuando toco el fondo se me saltan las lágrimas sin querer. Él se detiene un segundo, me mira, y vuelve a meterla. Me agarra la cabeza con las dos manos y empieza a marcar el ritmo. No me pregunta si puedo. No se detiene a ver cómo estoy. Usa mi boca como algo que le pertenece, como si lo hubiera decidido antes de que yo tuviera opinión. Y yo, Andrés, yo no quiero que se detenga.
Me incliné hacia él y bajé la voz casi hasta el susurro.
—Me saca de la boca. Me limpia la barbilla con el pulgar, despacio, mirándome todo el tiempo. Me da la vuelta y me pone de cuatro patas en el suelo de loseta. Hace una pausa. Una pausa muy larga. Y luego me da una palmada abierta en el culo, tan fuerte que el sonido rebota contra las paredes del vestuario. Silencio. Después dice: «Pídelo».
Bajé la voz todavía más. Casi no había sonido.
—Y yo se lo pido, Andrés. En voz alta. Con palabras claras, sin rodeos, sin vergüenza. Le digo exactamente lo que quiero que me haga, con todos los detalles. Porque en esa habitación la vergüenza no existe. Solo existe lo que necesito y lo que él decide darme.
Me alejé hacia el otro extremo de la habitación. Seguí de espaldas, con la voz más tranquila que de costumbre.
—Me lo mete de golpe. Sin darme tiempo. De golpe hasta el fondo. Grito. No de dolor, aunque también duele un poco al principio. Grito de algo que no sé cómo llamar, de algún sitio dentro que se abre y no tenía nombre. Me agarra de las caderas y empieza a moverse. Me llama «zorra». Me llama «puta sucia». No con ira, con calma, como si estuviera describiendo algo que ambos reconocemos como verdad en ese momento. Y yo me corro la primera vez sin que me toque en otro sitio.
Hubo silencio en la habitación. Andrés no había dicho nada desde que empecé a hablar.
—Sigue mucho tiempo. Más de lo que esperaba. Me cambia de posición cuando quiere, sin avisarme. Me levanta, me mueve, me vuelve a poner en el suelo. En algún momento empieza a susurrarme cosas al oído. Cosas que nunca me había dicho nadie, que yo no sabía que quería escuchar. Me describe lo que soy en ese momento, con detalle, con precisión, sin suavizarlo. Y yo quiero ser exactamente eso. No hay nada fuera de esa habitación. No hay nada antes ni después. Solo eso.
Volví hacia el sofá. Me puse de rodillas otra vez, a su altura, y lo miré de cerca.
—Cuando está a punto de acabar, me empuja al suelo. Se arrodilla encima de mí. Me agarra de la barbilla para que lo mire. Me corre encima. En la cara, en el cuello. Se toma su tiempo, sin prisa. Cuando termina, se pone de pie, se abrocha el pantalón y sale. No dice nada. No cierra bien la puerta del vestuario.
—Y yo me quedo ahí. En el suelo de loseta fría, con las piernas todavía temblando, con el tejido de los leggins enredado en los tobillos. Me meto los dedos entre las piernas y me corro yo sola, con su olor todavía encima, con el eco de su voz resonando dentro de mi cabeza. Y sonrío sola en el silencio del vestuario vacío.
***
Me detuve. Me quedé quieta en el centro de la habitación.
Andrés llevaba un rato sin moverse. Tenía la cara blanca, la boca entreabierta, la mirada de quien acaba de volver de algún sitio muy lejano. Vi la mancha oscura que se extendía por el muslo de su pantalón. Le temblaban un poco las manos, apoyadas en los muslos como si necesitara aferrarse a algo.
Me puse los pantalones con calma. Me até el cordón con cuidado, sin prisa. Recogí mi teléfono de la mesita y me lo metí en el bolsillo del chándal. Me senté a su lado en el sofá, le pasé un brazo por los hombros con suavidad y le di un beso corto en la mejilla.
—Pobrecito —le dije, con la voz que uso cuando quiero que se sienta a salvo—. Son cosas que me invento, ya sabes cómo soy. Fantasías raras que tengo a veces. No significan nada, ¿sabes? Solo quería compartirlas contigo porque eres mi persona favorita en el mundo.
Le apreté el hombro una vez y me levanté sin decir nada más.
Lo dejé ahí, solo, en el sofá con la televisión apagada y el silencio de la casa a su alrededor. Con el sabor de mis palabras todavía en su cabeza y la certeza equivocada de que todo iba bien entre nosotros. De que era una fantasía y nada más.
***
Me metí en la cama. Apagué la lámpara. En la oscuridad, con la mano entre mis piernas, pensé que quizás algún día dejaría de ser solo un relato que me contaba a mí misma. Que quizás el próximo martes llevaría esos leggins negros al gimnasio. Que quizás, cuando alguien me mirara demasiado tiempo desde el otro lado del espejo, yo no bajaría los ojos.
Me dormí antes de que Andrés subiera las escaleras.