La noche que por fin logré mi primer squirt
Pasé la noche entera persiguiendo algo que jamás había sentido. Quería, por una vez en mi vida, llegar tan lejos como para mojar la cama de verdad. No un orgasmo cualquiera. Quería el squirt, ese que tantas veces había visto y que mi cuerpo nunca me había regalado.
Todo empezó horas antes, cuando me metí a la ducha solo con la idea de dormir. Estrené un jabón nuevo, uno de avena que olía dulce, y me lo pasé despacio entre las piernas y por detrás hasta levantar una espuma tibia. No tenía a nadie mirándome, pero igual moví las caderas contra la pared de la regadera, como si alguien me observara desde algún rincón. Me reí sola de lo puta que me sentía en ese momento.
Bajé esa calentura con un chorro de agua fría sobre la nuca y los pezones. Salí, me peiné frente al espejo empañado y me puse una pijama holgada, de esas que uso cuando de verdad pienso dormir. Esa era la intención. Lo juro.
Y entonces vi cierta publicación mientras revisaba el teléfono en la cama.
No hace falta que diga qué era. Bastó para que algo se prendiera de nuevo entre mis muslos. Me levanté, le puse seguro a la puerta, desenredé los audífonos con los dedos ya impacientes y busqué exactamente lo que mi cuerpo me estaba pidiendo. Hombres grandes, manos firmes, mujeres que gritaban sin pudor. Me quedé hipnotizada con esas imágenes, con el sonido de las pieles chocando, con esa entrega total que tanto envidiaba.
Empecé despacio, por encima de la tela. Después metí la mano dentro del short. Mis dedos encontraron todo caliente, resbaloso, listo. No tardé en darme cuenta de que estaba mojando la sábana, así que doblé una toalla y la acomodé debajo de mis caderas. Sabía que la iba a necesitar.
Seguí con los dedos un buen rato. Me abría, me cerraba, jugaba con el ritmo. Subía dos dedos, los curvaba buscando ese punto interno que me hacía arquear la espalda, y los sacaba para frotarme el clítoris con la humedad que me llevaba conmigo. Entre escena y escena me puse a leer algunos relatos que encontré, historias que me calentaban todavía más que las imágenes, porque ahí tenía que imaginarlo todo, ponerle cara, cuerpo y voz a cada detalle. Una en particular me atrapó: una mujer expuesta y humillada en un parque a plena luz del día, frente a desconocidos que la miraban sin tocarla. La leí dos veces. Mi cuerpo respondió como si la escena me estuviera pasando a mí, como si fueran mis piernas las que abrían a la fuerza del relato.
Quiero ser ella. Quiero que me miren así.
Sentí que los dedos empezaban a acalambrarse, así que fui por mi consentido. Un dildo de veinte centímetros, color verde agua, firme pero con la superficie suave al tacto. Lo había escondido en el cajón de siempre, debajo de la ropa que nunca uso. Le escupí encima y lo froté de punta a punta hasta dejarlo brillante.
Lo subí hasta mi boca y me lo metí despacio, lo más hondo que pude, hasta que se me cerró la garganta y los ojos se me llenaron de agua. Lo bajé arrastrándolo entre los pechos, lo dejé descansar un segundo sobre mis labios de abajo y después lo empujé contra el ano, solo para sentir la presión. Esa noche no tenía ganas de eso. Lo deslicé hacia el centro y entró sin resistencia, todo de una vez, hasta el fondo.
Me senté sobre él pensando que iba a poder subir y bajar como si me montara a alguien, pero entraba tan ajustado que apenas se movía. Cambié de postura. Me puse de rodillas y empujé las caderas hacia el borde de la cama, levantando el trasero, ofreciéndome al aire como si hubiera un hombre detrás de mí esperando su turno.
Ahí sí. Ahí el dildo empezó a deslizarse.
Comencé con un vaivén suave, igualito al ritmo del video que tenía sonando en los oídos. Una pareja que había empezado contra la puerta de entrada, había pasado al sofá y ahora estaba en la cama, gimiendo sin freno. Para mi propio placer, el hombre del video se parecía muchísimo a alguien que conozco. Un tipo de brazos anchos, muslos firmes, voz grave y ojos de un verde que me desarma cada vez que se cruza conmigo. Llevaba un par de meses imaginándomelo, deseándolo en silencio cada vez que lo veía, preguntándome cómo sonaría su respiración pegada a mi oído, cómo se sentirían esas manos grandes apretándome las caderas. Esa noche se lo presté a mi fantasía sin pedirle permiso.
Imagina que es él. Que esas manos son las suyas. Que esa voz te dice al oído lo bien que te portas.
El dildo y mis dedos entraron en armonía. No gemía muy fuerte, no quería que nadie de la casa escuchara, así que cada vez que sentía que algo crecía hundía la cara en la almohada y apuraba el ritmo de las manos. Pero no pasaba. Lo sentía cerca, casi tocándolo con la punta de los dedos, y se escapaba.
Tres horas. Tres horas llevaba dándole sin tregua a mi cuerpo.
¿Seguía mojada? Claro que sí, empapada. ¿Cansada? Un poco. En algún momento cerré los ojos sin dejar de empujar el dildo dentro de mí y caí en un microsueño de unos segundos, ese descanso raro donde el cuerpo sigue moviéndose solo. Cuando los abrí, mis dedos rozaban los pezones casi por inercia. Y entonces se me ocurrió algo.
Las pinzas. Tenía guardadas unas pinzas de plástico, de las de colgar ropa, que ya había usado antes para esto.
Me levanté con el dildo todavía dentro. Caminé despacio por el cuarto y lo sentía moverse en cada paso, presionando justo donde me gustaba. Era de lo más placentero andar así, llena, a punto de caramelo. Saqué las pinzas del cajón, me bajé la blusa del pijama hasta dejar los pechos al aire y le puse una a cada pezón. El roce de la tela las hacía oscilar, y cada balanceo tiraba un poquito, tensando esos botones hasta ponerlos durísimos.
Volví al borde de la cama. Esta vez me acosté boca arriba, abierta de piernas, con las pinzas apuntando rectas hacia el techo. Saqué el dildo casi por completo y lo volví a hundir, lento, midiendo cada centímetro. El dedo en el clítoris, ese nunca falta. Y seguí, con los gemidos de alguna mujer destrozada de placer llenándome los oídos, deseando con toda el alma ser yo la que gritaba así.
Entonces llegó.
Esa sensación distinta, la de no querer parar por nada del mundo. Apuré las dos manos al mismo tiempo, una bombeando el dildo, la otra frotando sin descanso. Los pechos se me sacudían con la agitación y las pinzas se balanceaban de un lado a otro, tirando, jalando esa piel sensible. Sentí que algo se abría dentro de mí, una presión que crecía y crecía.
Y de pronto, el agua.
Salió de mí con el dildo entrando y saliendo, haciendo ese sonido húmedo, ese chasquido que me pareció lo más glorioso del mundo. Lo sentí escurrir hasta el trasero, mojando la toalla, mojándolo todo. No paraba. Mi cuerpo se vaciaba en oleadas y yo apenas podía respirar, mordiendo la almohada para no gritar.
Lo logré. Por fin lo logré.
Fui bajando el ritmo poco a poco, todavía temblando. Y ahí, con los últimos espasmos, hice algo que no había planeado: tiré de las pinzas hacia arriba, estirando los pechos hasta formar dos triángulos tensos. Los pezones parecían dos tiras de plastilina jaladas al límite. Dolía, pero era un dolor que se mezclaba con el placer de tal forma que no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Cuando solté las pinzas, ahí sí sentí el verdadero dolor. La sangre volviendo de golpe a esos botones maltratados. El grito se me escapó hacia adentro, lo hundí entero en la almohada, y en lugar de quererme alejar de esa sensación, lo único que pensé fue que quería volver a hacerlo.
Otra vez. Quiero sentir esto otra vez.
El dildo ya se había salido del todo, abandonado entre mis piernas abiertas. Me levanté, me volví a poner las pinzas y empecé a brincar sobre la cama, riéndome sola, sintiendo cómo el peso y el movimiento las hacían tirar todavía más. Al quitármelas de nuevo, el dolor llegó más intenso, más limpio, y me dejó la piel ardiendo de una forma deliciosa.
Después de eso, el cuerpo me pidió tregua. Me dejé caer sobre la toalla húmeda y cerré los ojos.
Quedé dormida casi de inmediato.
Me desperté como una hora más tarde, todavía desnuda, con mi consentido descansando a mi lado en la cama. No me resistí. Me lo llevé a la boca una última vez, despacio, saboreando lo que quedaba de la noche, y me volví a dormir abrazada a él, con la certeza de que esa había sido apenas la primera de muchas veces.