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Relatos Ardientes

La lección que el fanfarrón no olvidó jamás

Lo primero que aprendí de Damián fue que no sabía cerrar la boca. Llevaba media hora en el umbral de mi sala, mirando los anclajes del techo y la cruz de roble contra la pared, y no había parado de explicar lo poco que le impresionaba todo aquello.

—He probado de todo —dijo, dejándose caer en el sillón sin que se lo ofreciera—. No hay látigo ni cuerda que me haga pestañear. Vengo más por curiosidad que por necesidad, ¿entiendes?

—Entiendo —respondí, sirviéndome agua despacio, sin invitarlo a él—. Entiendo que crees que esto es un espectáculo y que tú eres el público.

Se rió. Tenía una risa de hombre acostumbrado a que se la festejaran. Treinta y pocos, espalda ancha, esa seguridad de quien nunca ha perdido nada que le importara de verdad. Me lo había recomendado una conocida con una sonrisa torcida: «A ese habría que bajarle los humos». No me gusta humillar por encargo. Me gusta cuando alguien lo pide sin saber que lo está pidiendo.

—¿Cómo quieres que te llame? —pregunté.

—Damián está bien. O señor, si te pone.

—A mí no me pone nada todavía. Y aquí la única que decide cómo se llama cada cosa soy yo.

Algo en mi tono le borró media sonrisa. No toda. Esa la guardaba para más tarde.

***

Antes de cualquier juego viene lo importante, y eso no se negocia. Le hice sentarse derecho y hablamos de límites como dos adultos. Qué sí, qué no, hasta dónde. Le expliqué que tendría una palabra de seguridad y que, en el instante en que la dijera, todo se detenía sin preguntas ni reproches.

—La palabra es «vainilla» —dije—. Si la pronuncias, paramos. Si dices que te duele, capaz que sigo. Si dices «vainilla», se acabó. ¿Está claro?

—Clarísimo —contestó, y noté cómo le costaba tomárselo en serio—. Pero te aviso que no la voy a usar.

—Eso lo dicen todos. —Me acerqué hasta quedar de pie frente a él, mirándolo desde arriba—. Y casi todos terminan susurrándola como una oración.

Le pedí que se desvistiera. Lo hizo con teatro, lento, seguro de su cuerpo, esperando una reacción que no le di. Doblé su ropa yo misma y la dejé fuera de su alcance, sobre una silla. Pequeños detalles. Quitarle el control de cosas tan tontas como su propia camisa es el primer ladrillo que se mueve. Cuando se bajó el bóxer, su polla ya estaba medio dura, gruesa, colgando pesada entre los muslos, y él la exhibió como quien enseña una medalla.

—Bonito —dije, recorriéndolo con la mirada sin tocarlo, deteniéndome un segundo de más en la verga hinchada que se le movía sola con el latido—. Lástima que vengas con tanto ruido encima. Vamos a quitarte eso primero.

***

Lo llevé hasta la cruz y le até las muñecas a la altura de los hombros, con los brazos abiertos. Las cuerdas, ajustadas pero no crueles, le obligaban a mantenerse erguido. Comprobé la circulación con dos dedos, como hago siempre, y le pregunté si sentía bien las manos.

—Perfectamente —dijo—. ¿Esto es todo?

—Esto es el principio. —Caminé en círculo a su alrededor, dejando que el sonido de mis tacones llenara el silencio—. ¿Sabes cuál es tu problema, Damián? Que confundes no tener miedo con ser interesante. Llevas toda la vida hablando y nadie te ha enseñado a callarte y esperar.

Me detuve detrás de él y le hablé al oído, sin tocarlo, dejando que solo mi aliento le rozara la nuca.

—Hoy vas a aprender a esperar.

Lo dejé así un rato largo. Eso es lo que ningún fanfarrón soporta: el vacío. Me senté en el sillón que él había usado sin permiso, crucé las piernas y bebí mi agua mirándolo como quien mira la lluvia. Cada minuto que pasaba sin que ocurriera nada le pesaba más que cualquier golpe. Vi cómo su espalda, tan firme al principio, empezaba a buscar una postura cómoda que no existía. Vi también cómo, sin que nadie lo tocara, la polla se le iba poniendo cada vez más dura contra el vientre, apuntando al techo, delatándolo mucho antes de que abriera la boca.

—¿Vas a hacer algo o…? —empezó.

—¿Te pedí que hablaras? —Mi voz salió tranquila, casi dulce, y por eso lo cortó en seco—. Cada palabra tuya que yo no haya pedido te va a costar. ¿Quieres averiguar cuánto?

Apretó la mandíbula. Por primera vez, eligió el silencio.

—Mucho mejor —dije.

***

Me acerqué entonces, despacio, y por fin lo toqué. Le pasé la palma abierta por el pecho, por el vientre, bajando sin prisa, midiendo su respiración. Su cuerpo respondía aunque él fingiera indiferencia: la piel se le erizaba, contenía el aire cuando mi mano se demoraba, y la punta de la verga se le humedecía sola, dejando un hilo brillante que le colgaba hasta el ombligo.

—Mira eso —murmuré, recogiendo con un dedo el pringue que se le escapaba y llevándomelo a los labios muy despacio, para que me viera hacerlo—. Tu boca dice una cosa y tu polla dice otra. ¿A cuál de los dos le creo?

No respondió. Aprendía rápido cuando le convenía.

Le rodeé la verga con la mano, firme, sin moverme, solo sosteniéndola, dejando que sintiera quién decidía allí. La tenía caliente, palpitando contra mis dedos, tan tensa que la piel del glande estaba estirada y morada. Lo vi tragar saliva. Toda su seguridad de hombre intocable colgaba ahora de cómo yo decidiera cerrar o abrir los dedos.

—Esto —dije, apretando apenas la base, lo justo para que se le cortara la respiración y se le hincharan las venas— es lo que crees que te hace invencible. La paseas por el mundo como si fuera un trofeo. Y aquí, atada a mi cruz, no es más que la parte de ti que mejor me obedece.

Aflojé. Volví a apretar. Deslicé el puño hacia arriba una sola vez, muy despacio, arrastrando la piel hasta descubrirle del todo el glande, y me quedé ahí, con el pulgar rozando el hueco húmedo de la punta. Él arqueó las caderas buscando más y yo retiré la mano en el acto.

—No —dije—. Tú no empujas. Tú aguantas.

Volví a cerrar los dedos alrededor de la polla y arranqué un ritmo lento, calculado, subiendo y bajando el puño con una lentitud desesperante, apretando cuando lo notaba a punto y aflojando justo antes. Un ritmo que lo mantenía en el filo entre el placer y la desesperación sin dejarle nunca decidir cuál venía después. Le besé el cuello mientras lo hacía, le mordí el lóbulo de la oreja, y ese contraste —la ternura arriba, el puño firme abajo apretándole la verga— lo desarmó más que cualquier dureza.

Bajé la boca por su pecho, le lamí un pezón, se lo mordí. Seguí bajando, arrodillándome frente a él sin soltarle la polla. La tenía a la altura de mi cara, dura, temblando, con un hilo grueso de pre-semen colgando de la punta. Saqué la lengua y lo recogí sin llegar a metérmela en la boca, dejando que él lo viera, dejando que sintiera el aliento caliente contra el glande sin más contacto que ese.

—Por… por favor —dijo, y la palabra le salió rota, distinta a todo lo que había dicho hasta entonces.

—«Por favor» qué.

—Chúpamela. Por favor. Métetela en la boca.

—Ah —dije, sonriendo contra su piel—. Ahí está el hombre honesto. Tardó, pero llegó.

Le pasé la lengua por toda la verga, desde la base hasta la punta, muy despacio, dibujando una línea húmeda que se enfrió al aire y le hizo temblar las piernas. Repetí el gesto por el otro lado. Le lamí los huevos, tirando de ellos con los labios, y volví a subir. Cuando por fin abrí la boca y me la metí, lo hice entera, hasta que la punta me golpeó la garganta y mis labios se cerraron alrededor de la base. Damián soltó un gemido animal que se estrelló contra el techo. Me quedé ahí unos segundos, dejando que sintiera el calor apretado de mi boca, y me retiré del todo, dejándole la polla brillante de saliva y expuesta al frío.

—No —dije, poniéndome de pie otra vez—. Todavía no.

—Joder —jadeó—. Joder, joder…

—Ese es el primer pensamiento honesto que tienes desde que entraste —dije—. Guárdalo.

***

Solté las cuerdas de sus muñecas, una por una, y le froté los brazos para que la sangre volviera a su sitio. Él me miraba confundido, con la verga aún dura apuntándome, esperando un castigo que no llegaba todavía.

—De rodillas —ordené, señalando el suelo frente a mí.

Dudó. Solo un segundo, pero lo vi. El viejo Damián, el de la risa fácil, peleaba con el que empezaba a entender dónde estaba. Ganó el segundo. Bajó.

—Las manos detrás de la espalda. Los ojos en el suelo. Y no se te ocurra hablar.

Lo rodeé otra vez, despacio, dejándolo arrodillado y desnudo en medio de mi sala mientras yo seguía vestida, intacta, dueña de cada metro de aire entre los dos. Le apoyé la suela del tacón en el muslo, sin peso, solo presencia. Sentí cómo temblaba. La polla, entre sus piernas, seguía dura, roja, goteando sobre las baldosas un rastro que él veía tan bien como yo. —Mira lo que estás dejando en mi suelo —dije—. ¿Todo eso por una boca que se cerró un rato?

—Sí —susurró.

—¿Cómodo?

—No.

—¿Te gusta?

Un silencio largo. La pregunta más difícil que le habían hecho nunca.

—Sí —dijo al fin, casi sin voz, como si la palabra le doliera más que cualquier cuerda—. Me encanta. Me tiene la polla que no puedo más.

—Lo sé —respondí—. Lo supe en cuanto cruzaste la puerta haciendo tanto ruido. Los que de verdad no sienten nada no necesitan anunciarlo. Tú llevabas toda la vida esperando que alguien no se tragara tu personaje.

Le levanté la barbilla con dos dedos hasta que sus ojos encontraron los míos. Ya no quedaba burla en ellos. Quedaba otra cosa, más cruda y más verdadera: alivio.

Me subí la falda hasta la cintura, sin quitármela, y le dejé ver que debajo no llevaba nada. El coño depilado, brillante de lo mojada que estaba de tenerlo así. Sus ojos se abrieron con hambre.

—Abre la boca —dije, agarrándole del pelo con la mano libre—. Tú que hablabas tanto, vamos a ver si sabes usar la lengua para algo mejor.

Le acerqué la cara a mi coño y él, obediente por primera vez en su vida, sacó la lengua y empezó a lamerme. Le sujeté la nuca y le marqué el ritmo, restregándole el clítoris contra la boca, obligándolo a chupar cuando yo quería y a esperar quieto cuando me daba la gana. Lo hacía bien, con esa desesperación de alumno tardío que necesita aprobar. Le hundí la cara entre los muslos hasta que la nariz se le clavó en el pubis y no le dejé retirarse ni para respirar. Le sentí gemir contra mi coño y esa vibración me subió por dentro como un latigazo.

—Más adentro —jadeé—. Métemela hasta el fondo. Fóllame con la lengua.

Lo hizo. Me la metió, me la sacó, alternó con el clítoris, y cuando yo empecé a apretarle la cabeza con los muslos entendió que no debía parar por nada. Me corrí sobre su boca con un espasmo largo, agarrada a su pelo, dejándole toda la humedad en la barbilla. Cuando lo aparté, tenía la cara empapada y la polla más dura que nunca, pegada al vientre.

—Muy bien —dije, bajándome la falda otra vez, tan tranquila como si nada—. Ese es el ruido que sí me gusta que hagas.

***

Lo puse a cuatro patas en la alfombra. Le dije que no se moviera y fui a buscar lo que necesitaba. Volví con un arnés y un consolador grueso, negro, con las venas marcadas. Le vi la cara cuando entendió qué venía y por un instante todo el humo con el que había entrado volvió a asomar en forma de miedo.

—Tranquilo —dije, poniéndome el arnés sobre la falda todavía puesta—. Si dices «vainilla», paro. Si dices cualquier otra cosa, sigo. Tú decides.

Se lamió los labios y no dijo la palabra. Bajó la cabeza y separó un poco más las rodillas. Esa rendición callada me gustó más que cualquier grito.

Me arrodillé detrás de él y le pasé una mano untada de lubricante entre las nalgas, dibujándole círculos alrededor del culo, apretando sin llegar a meter nada. Le metí un dedo, despacio, y él se tensó entero.

—Respira —le dije—. Ábrete. No pelees contigo mismo.

Le metí un segundo dedo. Los moví por dentro, girándolos, buscando el punto que sabía que iba a encontrar. Cuando lo toqué, él soltó un gemido que no reconoció como suyo y se le escapó un empujón hacia atrás, buscando más. Sonreí. El hombre invencible, con dos dedos míos dentro del culo, empujando para que le diera más fuerte.

—Eso —murmuré—. Aprendes rápido cuando te callas.

Saqué los dedos, apoyé la punta del consolador en su culo bien abierto y empujé, lenta pero sin pausa, dejando que sintiera cada centímetro. Damián apretó la frente contra la alfombra y gimió con la boca abierta, jadeando como si hubiera corrido kilómetros. No dijo «vainilla». No dijo nada. Empujó hacia atrás.

Empecé a follármelo. Al principio despacio, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo, hasta que mis caderas chocaron contra sus nalgas y él soltó un quejido largo. Después más rápido, sujetándole las caderas con las dos manos, marcándole un ritmo que ya no era suyo. Le pasé una mano por debajo, le agarré la polla —dura como una piedra, resbaladiza de lo mucho que goteaba— y empecé a masturbársela al mismo compás en el que le follaba el culo.

—Por favor —dijo, y no lo reconocí, era una voz nueva—. Por favor, por favor…

—Pídelo —le dije, sin bajar el ritmo, embistiéndole—. Pídelo entero. Aquí no se llega a nada a medias.

—Déjame correrme. Te lo pido. Te lo estoy pidiendo. Déjame correrme, joder, déjame.

—Eso —murmuré contra su oído, acelerando la mano sobre su polla mientras seguía metiéndole el consolador hasta el fondo, una y otra vez—. El hombre que no iba a suplicar, suplicando por correrse con un dildo en el culo. ¿Ves qué fácil era ser honesto?

Lo llevé hasta el borde y lo dejé caer del otro lado solo cuando yo decidí, no antes. Le apreté la polla en el instante justo, aceleré los últimos empujones dentro de él, y Damián se corrió con un aullido ronco, larguísimo, disparando chorros gruesos de semen sobre la alfombra, sobre mi mano, sobre sus propios muslos. Todo su cuerpo se venció, temblando como una cuerda cortada, mientras la última capa de su personaje se deshacía entre mis dedos y de su garganta salía un gemido que no tenía nada de fanfarrón. Sonaba a verdad. Sonaba a alguien al que por fin habían dejado de exigirle que fuera invencible.

Me quedé dentro de él unos segundos más, quieta, dejándole sentir el peso del consolador mientras jadeaba con la cara pegada a la alfombra. Salí despacio, con cuidado, y él soltó un gemido casi de tristeza cuando el culo se le quedó vacío.

***

Después vino lo que más me importa, lo que el resto del mundo no ve. Le solté el arnés, lo envolví en una manta, lo senté en el sillón y le acerqué el agua que antes le había negado. Le froté las muñecas donde las cuerdas habían dejado su marca tenue, le hablé bajito, le pregunté cómo estaba de verdad.

—No sé qué decir —confesó, y la voz le salía distinta, más joven, casi nueva—. No fue lo que esperaba.

—Nunca lo es. ¿Usaste la palabra de seguridad?

—No.

—¿La necesitaste?

Lo pensó con una honestidad que media hora antes habría sido incapaz de tener.

—No. Pero me gustó saber que estaba ahí. —Sonrió, y por primera vez fue una sonrisa sin público—. Creo que vine a otra cosa y me llevo lo que no sabía que buscaba.

—Casi siempre pasa así —dije—. El cuerpo sabe lo que la boca tarda años en admitir.

Se vistió en silencio, sin teatro esta vez, doblando él mismo la manta y dejándola donde correspondía. En la puerta se detuvo, dudó, y soltó lo único que de verdad le costaba decir.

—¿Puedo volver?

—Si vienes sin ruido —respondí—. Si vienes a aprender y no a actuar. Entonces sí.

Asintió, y se marchó más callado de lo que había llegado. No le había bajado los humos por encargo de nadie. Se los había bajado él solo, en cuanto entendió que rendirse, cuando uno elige bien las manos a las que rendirse, no es perder nada. Es, por fin, descansar.

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Comentarios(8)

MaestraDeBuenos

Que relato mas potente!!! Me dejo sin palabras. Sigue escribiendo asi de bien

lector_anon77

excelente!!! esperaba algo bueno y superaste las expectativas

HectorBsAs

Increible como te metiste en la cabeza del personaje. Se siente real sin ser burdo, de esos relatos que no se olvidan facilmente

Catalina_R

Jajaja me encanto la idea de la palabra de seguridad como eje del relato. Genail el giro

DomLect_Cba

Los que andamos en este mundo sabemos exactamente como termina el engreido de turno jaja. Muy bien capturado

roxana_uy

Se me hizo corto, quiero saber que paso despues!! Por favor una segunda parte

Marcos_GDQ

Tremendo. Un 10 de 10, sin dudas uno de los mejores de la categoria

FlorMiranda

Me recordo una situacion real que vivi, aunque sin tantos detalles jaja. Muy bueno el relato

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