Me encadené sola en una cueva del desierto
Arrastraba esta fantasía desde hacía años y por fin tenía un fin de semana entero para cumplirla. Conduje cientos de kilómetros hasta una zona apartada, una extensión de desierto donde el sol caía plano sobre la tierra agrietada y no se veía un alma en ninguna dirección. Salí de la carretera y avancé sobre la arena hasta detenerme cerca del lugar exacto que había estudiado durante semanas en el mapa.
Bajé del coche y el calor me golpeó de inmediato. Fui hasta el maletero y saqué una mochila que había preparado con cuidado la noche anterior. Estaba todo dentro. Para empezar, me desnudé allí mismo, junto al coche, sin testigos más que el horizonte vacío.
Me quité la camiseta, los pantalones, las zapatillas y hasta el último accesorio, y lo dejé todo doblado en el asiento. Cerré el coche, me colgué la mochila al hombro y guardé las llaves del vehículo en el bolsillo lateral.
Desnuda, eché a andar rumbo a unas cuevas que se abrían en una formación rocosa a no demasiada distancia. Caminar así, sin nada encima, sintiendo el sol en los hombros y el ardor de la tierra bajo las plantas de los pies, era exactamente la clase de exposición que buscaba. Tengo treinta y cuatro años, el cuerpo delgado, los pechos pequeños y el pelo negro recogido en una coleta. Nada espectacular, pero esa mañana me sentía completamente dueña de mí misma.
La caminata fue larga y las piedrecillas se me clavaban en los pies, aunque eso también formaba parte del juego. Llegué por fin a la entrada de la cueva y me adentré hasta una zona profunda, más fresca y resguardada, donde dejé caer la mochila para empezar de verdad.
Había venido a inspeccionar el sitio meses atrás y había dejado un cáncamo de acero clavado con fuerza en una de las rocas. Vacié la mochila: unas bolsas con comida, varias botellas de agua y, por último, un juego completo de grilletes metálicos, cadenas y candados.
Me senté sobre la roca, junto al cáncamo, y pieza por pieza me fui colocando los grilletes en el cuello, las muñecas y los tobillos, unidos entre sí por cadenas al estilo de un preso. Cerré cada candado con un clic seco. Una cadena más larga partía del conjunto hasta el anclaje de la pared; cuando apreté ese último candado, quedé sujeta del todo.
Para no caer en la tentación, guardé las llaves en la mochila y la lancé lejos, aunque a una distancia que pudiera alcanzar cuando todo terminara.
El plan era simple: pasar el fin de semana entero allí, sola, en una sesión de autobondage tan intensa como pudiera soportar. Nadie me molestaría. La idea me excitó tanto que no tardé en llevarme la mano entre las piernas, recostada contra la roca fría mientras las cadenas tintineaban con cada movimiento y mis muslos temblaban. Me detuve justo antes de llegar, negándome el final. La negación era la mitad del juego.
***
Pasó la primera tarde. El aire se fue enfriando, pero me prohibí cualquier comodidad: quería la experiencia más cercana posible al cautiverio real. Bebí un poco de agua, comí medio bocadillo y traté de dormir sobre la piedra, lo cual resultó más difícil que mantener la mano lejos de mi entrepierna.
El segundo día me inventé una rutina para matar el aburrimiento: algo de ejercicio, vueltas en el círculo que me permitía la cadena, ratos tumbada boca arriba mirando el techo de la cueva. Conté más de quince negaciones a lo largo del día. Las piernas me temblaban de pura tensión acumulada y deseaba correrme con una urgencia que dolía, pero la regla era la regla.
El cansancio y el peso del metal me rindieron pronto esa noche y caí dormida casi sin darme cuenta.
El tercer día amaneció con una normalidad engañosa. Comía mi última ración, lamentando un poco que aquello terminara, cuando algo se salió por completo del guion: oí voces que se acercaban.
***
El pánico me cerró la garganta y casi me atraganto. Me levanté de un salto para ir por las llaves, porque lo último que quería era que me encontraran así. Y entonces vi mi error.
Al lanzar la mochila había quedado a mi alcance, sí, pero olvidé cerrarla. Las llaves brillaban a varios metros, fuera de la cueva, sobre la arena. Tiré de la cadena con todas mis fuerzas, estiré el brazo hasta que el grillete me cortó la muñeca, pero estaban demasiado lejos.
Tenía dos opciones: quedarme inmóvil y rezar para que no me vieran, o pedir ayuda y atenerme a las consecuencias. No me dio tiempo a decidir. Las pisadas resonaron en la entrada y dos figuras se recortaron contra la luz del exterior.
Eran dos hombres, de unos cuarenta años, con pinta de excursionistas. Se quedaron paralizados al verme: una mujer desnuda, encadenada por su propia mano a la pared de una cueva. Entonces repararon en la mochila, las botellas y las llaves a lo lejos, con las marcas de mi intento desesperado de alcanzarlas dibujadas en la arena. Lo entendieron todo de golpe.
Y, para mi mala suerte, lo primero que hicieron fue recoger las llaves y guardárselas en el bolsillo.
—Vaya hallazgo —dijo el más alto, agachándose para mirarme de cerca—. ¿Y ahora qué hacemos contigo?
Si quería recuperar la libertad, dependía de ellos. Al principio me resistí, supliqué que me soltaran sin más. Pero cuando amenazaron con marcharse y dejarme allí, sola, sin agua y sin comida durante quién sabe cuántos días, fui yo la que terminó rogándoles que se quedaran y aceptando lo que pidieran.
—Si quieres salir de aquí —dijo el otro—, vas a portarte como lo que pareces.
Me ordenaron ponerme a cuatro patas sobre la piedra. Obedecí a regañadientes. Uno se colocó detrás, sujetándome las caderas; el otro se plantó delante y me agarró del pelo a modo de riendas. Lo que siguió fue brusco y sin pausa: embestidas por delante y por detrás, mi garganta y el resto de mi cuerpo puestos a prueba hasta el límite. Terminaron sobre mí, entre elogios obscenos de lo bien que servía.
Pedí las llaves entre toses. Se rieron. Dijeron que, si de verdad quería ser una buena sumisa, ellos mismos me enseñarían, y que volverían al día siguiente.
Eso no estaba en mis planes. Por más que supliqué, recogieron el resto de mis cosas y se marcharon con mi única vía de escape. Tiré de la cadena hasta quedarme sin aliento, pero el anclaje que yo misma había clavado aguantó perfecto. Mi propio trabajo se había vuelto en mi contra.
***
Esa noche el miedo era real. Ya no me quedaba comida y apenas pude dormir, temblando de frío y de hambre. Cuando desperté, fue de golpe: un chorro de agua fría me cayó encima. Los dos estaban de pie frente a mí, sacando cuerdas de una bolsa enorme.
—Nos mudamos —dijo el alto—. Por las buenas o por las malas.
Me retracté de todo, demasiado tarde. Uno me apuntó con lo que parecía una pistola de juguete, aunque en ese momento no podía saberlo, y la sola posibilidad me dejó sin voluntad. El otro se acercó con el llavero y las cuerdas, meticuloso: cada vez que abría un candado, lo sustituía de inmediato por un nudo. Junté los pies, llevé los brazos a la espalda, dejé que me uniera los codos.
Pronto estuve atada como un paquete. Los tobillos juntos, las rodillas también, una cuerda tensa cruzándome la entrepierna como un cinturón, dos vueltas ciñéndome los pechos, otra sujetándome los hombros y los brazos a la espalda, y una última al cuello a modo de correa. El más mínimo movimiento me clavaba las cuerdas en la piel. Para rematar, repasaron algunos nudos con cadenas y candados encima.
—Camina rápido o te arrastramos —dijo uno, tirando de la correa.
En esa postura solo podía avanzar a pequeños saltos. Salté hasta salir de la cueva y luego por la arena ardiente del desierto, entre matorrales secos, ignorando el dolor de los pies. Estaba a punto de desmayarme cuando apareció su camioneta. Llegué temblando de agotamiento, apenas capaz de respirar.
Me aflojaron la cuerda del cuello y me dieron un minuto para subir a la parte trasera. Lo intenté con las pocas fuerzas que me quedaban, aunque tampoco se molestaron en ayudarme, y cuando se acabó el tiempo una palmada fuerte me cruzó las nalgas.
El viaje fue largo. Iban despacio, casi considerados a su manera, y aun así cada bache se me clavaba en el cuerpo amarrado. Llegamos a una casa a medio construir, abandonada en mitad de la nada. Ya había asumido que suplicar no servía de nada, así que me limité a obedecer y a rezar para que se cansaran pronto de mí.
***
Dentro había una nevera portátil, un garrafón de agua, sillas y dos camastros. Entre los dos me levantaron y me tumbaron en uno para turnarse. Fueron ratos largos de embestidas, uno tras otro, y entre tanto me dejaban en el suelo mientras bebían y hablaban como si yo no estuviera.
Pasé días así. Uno salía a por provisiones y el otro disfrutaba a su antojo. Me retorcían los pezones hasta hacerme gritar, me azotaban hasta dejarme la piel ardiendo, me tiraban del pelo. Y, para mi propia vergüenza, mi cuerpo empezó a responder: llegué a correrme más de una vez, lo cual les divertía enormemente y me humillaba todavía más.
Hasta que una mañana me despertaron distintos. Me dieron agua en abundancia, me alimentaron y me quitaron las cuerdas, dejándome solo las cadenas con sus candados.
—Encontramos tu coche hace días —dijo el alto—. Dejamos las llaves de los candados sobre el capó.
Señalaron una dirección en el desierto. Una última palmada en las nalgas, un empujón hacia la salida, y un «esperamos volver a verte» que sonó más a promesa que a despedida.
Bajo el sol y con el cuerpo deshecho, eché a andar en línea recta hacia donde habían señalado, como si todavía cumpliera una orden. El calor era una tortura y cada paso pesaba el doble por la cadena en los tobillos. Caminé durante lo que me pareció una eternidad hasta que, a lo lejos, distinguí mi coche. No habían mentido.
Las llaves seguían sobre el capó caliente. Apenas me importó quemarme los dedos con el metal. Solté un candado tras otro, escuchando cada clic, y por fin sentí, después de días, el cuerpo libre.
***
Abrí el coche y me senté un rato dentro, procesándolo todo, hasta que vi la nota doblada sobre el salpicadero. Era una fecha, exactamente dentro de un año, y el nombre de la cueva.
La leí dos veces. Hice una bola con el papel y la lancé al asiento de atrás. Recuperé mi ropa del maletero, me vestí con manos temblorosas y arranqué el motor.
Mientras conducía de vuelta, con el cuerpo dolorido y la mente en blanco, solo había una idea dándome vueltas, una que me costaba admitir incluso a mí misma. No pensaba en denuncias ni en explicaciones. Pensaba en cómo los recibiría el año siguiente, en lo que se les ocurriría esta vez. Después de tanto tiempo persiguiendo una fantasía, por fin había encontrado la experiencia que buscaba.
Que sean más creativos la próxima vez, me dije, y pisé el acelerador rumbo a casa.