Fiesta BDSM de Halloween en la academia
La academia quedó vacía mucho antes de medianoche. Los últimos empleados se marcharon creyendo que el evento temático ya había terminado, pero en el aula del fondo apenas estaba empezando la verdadera fiesta. Las persianas bajadas, la luz tenue y la música grave creaban una burbuja cerrada donde nadie tenía que fingir decencia.
Yo llevaba semanas preparando aquella noche. No era un juego improvisado, ni una simple reunión con disfraces baratos, sino una fiesta privada entre adultos que conocían perfectamente las reglas. Todos habían llegado por voluntad propia, excitados por la idea de obedecer, mandar, mirar o dejarse usar delante de los demás.
Me llamo Verónica, y desde que alquilé aquel lugar para mis talleres, descubrí que la verdadera disciplina no tenía nada que ver con los horarios ni con los apuntes. Tenía que ver con el cuerpo, con la voz, con el temblor exacto que recorre a una persona cuando entiende que va a hacer lo que le ordenes. Esa noche, vestida con un corsé negro, botas altas y una fusta corta colgando de la muñeca, yo era la dueña absoluta del aula.
—Bien, mis perritos y mis perritas —dije, subiendo la música un poco más—. Ya pueden disfrutar de la fiesta.
Las primeras risas sonaron nerviosas, pero duraron poco. La tensión ya venía cocinándose desde que cerramos la puerta. En el rincón izquierdo había tres hombres de rodillas, con collares de cuero y orejas de perro sujetas al cabello. Estaban completamente desnudos, con la polla ya tiesa por la expectativa, y frente a ellos tres mujeres con botas, faldas cortas y guantes negros se divertían humillándolos antes de tocarlos.
—Míralos, no aguantan nada —se burló Nadia, la morena del grupo, rozando con la punta de su bota la polla de uno de ellos—. Ni siquiera los he acariciado de verdad y ya están goteando.
Las otras soltaron una carcajada. Una de ellas apoyó el tacón entre los muslos de otro, atrapándole los huevos con una presión mínima que bastó para hacerle gemir. No era dolor puro; era esa mezcla sucia que les ponía la respiración rápida, el abdomen tenso y la mirada perdida.
En el pasillo central, un hombre con máscara de lobo gateaba con una correa al cuello. Lo llevaba Clara, disfrazada de agente con gorra oscura, camisa ceñida y porra de goma colgando del cinturón. Lo hacía avanzar despacio, tirando de él cuando se retrasaba, y cada tanto le daba un golpe seco en las nalgas, lo justo para ponerle la piel roja y hacer que apretara los dientes.
Yo observaba todo desde una silla amplia colocada al frente, como un trono improvisado. A mis pies, Lucía estaba arrodillada entre mis piernas. Su lengua me abría el coño con paciencia y hambre, subiendo y bajando despacio, deteniéndose a chupar mi clítoris hasta dejarme temblando. Cada vez que yo echaba la cabeza hacia atrás, ella me sujetaba los muslos con más fuerza y seguía lamiéndome como si quisiera sacarme el gemido del estómago.
—No pares —le dije, agarrándole el pelo—. Así. Méteme la lengua bien.
Obedeció de inmediato. Su lengua se hundió en mi coño mojado y luego volvió a mi clítoris, rápido, insistente, resbalando con saliva y excitación. Yo ya estaba empapada, y ver al resto moverse alrededor, tocarse, provocar, azotar y reír solo hacía que el calor me subiera más deprisa por el cuerpo.
Al fondo, dos hombres habían aceptado uno de los juegos favoritos de la noche. Sentados en el suelo, con las piernas abiertas, se habían pasado una cuerda suave por detrás del escroto, tirando cada uno de un extremo para aguantar más que el otro. Era una estupidez brutal y excitante, y los que los rodeaban gritaban, apostaban y se burlaban de sus caras desencajadas.
—Si pierdes, te abren el culo —dijo una pelirroja disfrazada de animadora, dándole un beso en la frente al que apoyaba—. Y si ganas, eliges con quién follar primero.
—No le des ánimos, dale una razón para aguantar —respondió otra, y le dio una palmada fuerte en los huevos al rival.
El aula entera era un caos organizado. Había parejas besándose contra las mesas, mujeres metiéndose mano entre sí mientras un hombre las observaba y se masturbaba, dos personas usando un dildo doble en una colchoneta junto a la pared, y un grupo de curiosos que miraba con los ojos brillantes esperando su turno para entrar en algún juego. Nada estaba quieto. Nada estaba callado. El aire olía a sudor, cuero, perfume y sexo.
Lucía me hizo correrme por primera vez con la cara hundida entre mis piernas. Mi cuerpo se arqueó en la silla, apreté sus mejillas con los muslos y me corrí temblando contra su boca mientras ella seguía lamiendo sin descanso, tragándose cada contracción como una buena sumisa. Cuando por fin la solté, levantó la cabeza con la barbilla brillante y una sonrisa satisfecha.
—Muy bien —le dije, acariciándole la mejilla—. Quédate cerca. Luego te voy a usar yo.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
El sonido del picaporte cortó el ambiente como un cuchillo. La música seguía, la gente tardó un segundo en reaccionar, y en ese segundo todos miramos al mismo sitio. En el marco apareció un hombre alto, de traje oscuro, mandíbula apretada y expresión de puro escándalo.
Se llamaba Ramiro, uno de los inversores del edificio. Se suponía que estaba fuera de la ciudad hasta el lunes siguiente. Verlo allí, inmóvil, mirando el aula llena de cuerpos medio desnudos y juegos de dominación, fue como notar un vaso de agua helada en la espalda.
—¿Qué mierda es esto? —soltó, autoritario.
Lucía se incorporó a mi lado. Varias personas se apartaron apenas unos centímetros, pero yo no me moví de la silla. En situaciones así, el miedo se huele, y yo no pensaba regalarle ni una gota.
Levanté la barbilla y miré a Mara y a Irene. Una iba vestida de diabla, con un vestido rojo ajustado y cuernos brillantes; la otra llevaba alas blancas y un disfraz de ángel tan corto como provocador. Las dos entendieron enseguida y caminaron hacia él sin prisa, contoneándose lo justo.
—Podemos hablarlo —dijo Mara con una sonrisa—. Seguro que no hace falta montar un escándalo.
—Apartaos de mí —espetó él—. Voy a denunciar esta porquería.
Irene se arrodilló delante de él y alzó la mirada. Mara hizo lo mismo al otro lado. Sus escotes, sus labios entreabiertos y el contraste entre la dulzura de una y la insolencia de la otra estaban calculados para desarmar a casi cualquiera. Casi.
—¿Ni siquiera quiere que le pidamos perdón como se merece? —murmuró Irene, rozando con los dedos la tela de su pantalón.
—No me toquéis.
—Qué pena —dijo Mara, y su sonrisa cambió—. Porque nosotras ya decidimos que sí.
Las dos le agarraron el paquete por encima del pantalón al mismo tiempo. Fuerte. No un roce, no una caricia: un apretón directo al escroto que le dobló las rodillas de golpe. Su grito quedó cortado por la sorpresa. Otro de los hombres cerró la puerta detrás de él antes de que pudiera dar un paso atrás.
—Ahora sí mírame —dije, levantándome por fin de la silla.
Entre cuatro lo inmovilizaron. Todo ocurrió rápido: le quitaron la chaqueta, le soltaron la corbata, le bajaron el pantalón y la ropa interior mientras seguía protestando y forcejeando. Cuando quedó desnudo de cintura para abajo, el ambiente se llenó de risas crueles. Su polla no estaba a la altura del personaje severo que había traído puesto. Medio dura por la tensión, pequeña, insegura, expuesta delante de veinte pares de ojos.
—Tanto poder para esto —se burló Clara, golpeando su culo con la porra de goma.
Lo inclinamos sobre una mesa. Le ataron las muñecas por detrás y le separaron las piernas. Yo tomé la fusta y le descargué el primer azote en las nalgas. El chasquido sonó limpio. Su cuerpo se estremeció entero.
—Uno —conté.
El segundo fue más fuerte, y el tercero le arrancó un gemido que ya no pudo disimular. Pronto tenía el culo rojo, caliente, marcado por líneas que se cruzaban sobre la piel. Mara le sujetaba los huevos con la mano, apretando apenas después de cada golpe para mezclar el ardor de las nalgas con ese dolor sordo que sube directo al vientre.
—Duro para hablar, pero blandito para aguantar —le dije al oído.
Le metí dos dedos en la boca para callarlo cuando quiso contestar. Los chupó por reflejo, humillado y rabioso, y el gesto hizo reír a más de uno. A su alrededor, la fiesta siguió. Eso fue lo que más lo destrozó: comprender que ni siquiera era el centro del escándalo, apenas otro cuerpo más en la noche.
Lucía, ya desnuda, se acercó por detrás de mí y me besó el cuello mientras yo seguía azotándolo. Le ordené que se arrodillara y me abriera las piernas otra vez. Ella obedeció y empezó a frotarse el coño con dos dedos, mirándome a los ojos, esperando permiso.
—Métetelos —le ordené.
Se los metió hasta el fondo, gimiendo. Yo seguía frente a Ramiro, azotándolo, y verla masturbarse a mis pies, empapándose por mi voz y por el espectáculo, me encendió de nuevo. La agarré del cabello y le hice lamer mi coño mientras el hombre seguía inclinado sobre la mesa, obligado a escuchar nuestros gemidos entre cada golpe.
—Mira bien —le dije a él—. Esto sí es obedecer.
Cuando su culo estuvo lo bastante rojo, le abrimos más las piernas. Clara le escupió en el agujero y empezó a frotarlo con dos dedos enguantados, despacio, sintiendo cómo se le tensaba el cuerpo. Él trató de cerrar el culo por reflejo, pero Irene le pellizcó un pezón y Mara le apretó el escroto hasta dejarlo quieto.
—Relájate o será peor —murmuró Clara, y le metió el primer dedo.
El hombre soltó un jadeo ronco, mitad dolor, mitad vergüenza. Ella movió el dedo dentro, luego añadió otro, estirándolo poco a poco mientras con la otra mano le daba golpes suaves con la porra en las nalgas abiertas. A cada empuje, él respiraba más fuerte. A cada pausa, esperaba el siguiente con el terror de quien sabe que no manda una mierda.
Yo señalé a Damián, uno de los hombres más corpulentos de la fiesta, que llevaba un arnés de cuero cruzándole el pecho. Su polla estaba dura y brillante, pesada, latiéndole contra el vientre. Se acercó sin dudar.
—Tu premio por cerrar la puerta a tiempo —le dije.
Damián se colocó detrás de Ramiro y le apoyó la punta en el agujero ya abierto por los dedos de Clara. Empujó apenas para mojarse con la saliva y la lubricación, y luego se retiró. El directivo temblaba.
—No —murmuró—. No me follen.
—Demasiado tarde para pedir respeto —le respondí.
Damián volvió a empujar, esta vez entrando poco a poco. El glande abrió paso con resistencia, separándole el culo con una presión brutal. Ramiro soltó un quejido largo y gutural. Clara le sostuvo la cadera. Mara le apretó los huevos. Irene le acarició la cara con una dulzura insultante mientras el hombre era penetrado centímetro a centímetro.
—Eso es —susurró Irene—. Ábrete bien.
Cuando por fin la polla de Damián quedó enterrada hasta la mitad, todos vimos a Ramiro hundir la cabeza sobre la mesa, vencido por la mezcla de dolor y humillación. Damián empezó a moverse despacio, saliendo unos centímetros y volviendo a entrar, dejando que el culo se acostumbrara a su tamaño. Cada embestida hacía sonar la piel golpeando contra la piel en un ritmo obsceno.
Yo aparté a Lucía de mi coño y la giré para ponerla de espaldas contra la silla. Le abrí las piernas y le metí dos dedos de golpe. Estaba empapada. Se arqueó entera.
—Mira cómo lo follan —le dije, hundiéndole los dedos más fuerte—. Y dime si te pone cachonda.
—Sí, dueña... mucho.
Le saqué los dedos y se los metí en la boca para que los chupara. Luego me arrodillé entre sus piernas y le hundí la lengua en el coño con hambre. Quería oírla gemir al mismo tiempo que oía a Damián reventarle el culo a Ramiro detrás de mí. Quería mezclar ambos sonidos hasta que el aula volviera a ser solo sexo y orden.
Lucía me agarró del cabello mientras la lamía de abajo arriba. Le chupé el clítoris, le abrí los labios con los dedos y le metí la lengua hasta sentirle las piernas temblando. Ella jadeaba mi nombre entrecortado, y yo alternaba entre comérmela despacio y follarle el coño con dos dedos curvados hacia arriba, golpeando ese punto que la hacía sacudirse entera.
Detrás de nosotras, Damián ya la estaba metiendo con más fuerza. El sonido de las embestidas se volvió más rápido, más duro. Ramiro gemía cada vez que la polla le entraba hasta el fondo. Su culo se abría y se cerraba alrededor del rabo ajeno, rojo por los azotes, brillante por la saliva y el sudor.
—Joder, míralo —dijo alguien cerca—. Al final sí que lo está tragando bien.
Damián le dio una embestida especialmente profunda y lo hizo gritar. Yo levanté la cabeza del coño de Lucía solo para verlo: el cuerpo del hombre tenso, las muñecas atadas, la polla pequeña moviéndose sola por el impacto, los huevos comprimidos en la mano de Mara. La escena era sucia, cruel y tremendamente excitante.
Lucía se corrió en mi boca con un gemido agudo. Le seguí lamiendo el clítoris mientras se contraía, y cuando acabó, me incorporé con la barbilla húmeda. Ella me miró con los ojos nublados de placer.
—Ahora ponte a cuatro patas en la colchoneta —le ordené.
Obedeció enseguida. Fui hasta una caja y saqué un arnés con un dildo grueso. Me lo ajusté con calma, sin dejar de observar cómo Damián seguía follando a Ramiro cada vez con más violencia. El hombre ya no protestaba. Solo gemía, respirando por la boca, incapaz de huir de aquello.
Cuando estuve lista, me coloqué detrás de Lucía y le abrí las nalgas con ambas manos. Su agujero ya estaba relajado por costumbre y deseo. Le escupí en la entrada y froté la punta del dildo arriba y abajo, haciéndola temblar.
—Quiero que me lo pidas.
—Fóllame el culo, por favor.
—Más claro.
—Quiero que me revientes el culo, dueña.
Le empujé la punta de golpe. Su gemido salió grave, satisfecho, casi animal. Fui entrando poco a poco hasta que el dildo quedó bien clavado. Me agarré a sus caderas y empecé a follarla con un ritmo firme, sacando y metiendo, dejando que el arnés chocara contra su culo con golpes secos.
Lucía apoyó la frente en la colchoneta y abrió más las piernas. Yo la embestía cada vez más fuerte, mirando de reojo cómo en la mesa contigua Damián hacía casi lo mismo con Ramiro. La diferencia era que ella lo deseaba con la boca abierta y el coño chorreando, mientras él lo recibía con lágrimas de rabia en los ojos y el culo obligado a ceder.
—Te gusta, ¿verdad? —le pregunté, tirándole del pelo para arquearle la espalda.
—Sí... sí, joder... más.
Le di más. Más hondo, más rápido. El dildo le entraba entero y salía cubierto de lubricación antes de volver a enterrarse. Con una mano le alcancé el coño y empecé a frotárselo en círculos rápidos. Entonces perdió el control. Se corrió gritando, con el culo apretándose alrededor del juguete y las piernas temblándole sin fuerza.
***
La fiesta siguió girando alrededor de nosotros como una corriente cálida y depravada. En una esquina, Clara tenía al hombre de la correa de perro tumbado boca arriba mientras le pisaba el pecho con la bota y le pajeaba con el pie, lenta, cruel, justo al borde de hacerlo correrse. Cerca de la ventana, Mara e Irene se besaban con una intensidad obscena, metiéndose mano entre los disfraces, mientras un tercero les sujetaba del cuello con ambas manos para verlas mejor.
Yo desmonté a Lucía del arnés y la mandé a beber agua. Luego volví hacia la mesa. Damián estaba a punto de correrse; se le notaba en la tensión del abdomen y en el ritmo cada vez más brutal de las caderas. Ramiro ya no podía sostenerse por sí mismo, y entre Clara e Irene apenas lo mantenían abierto para seguir recibiendo las embestidas.
—No te corras todavía —le ordené a Damián.
Él se detuvo al instante, respirando fuerte, con la polla todavía enterrada en el culo del hombre. Esa obediencia me gustó más de lo que admití. Me acerqué y le di una palmada de aprobación en la cara interna del muslo.
—Buen chico.
Luego miré a Ramiro. Le levanté la barbilla con dos dedos. Tenía la cara desencajada, sudorosa, con la humillación dibujada en cada músculo.
—Todavía puedes salir de aquí y callarte —le dije—. O puedes seguir haciendo ruido y descubrir cuánto más aguanta tu cuerpo.
Asintió con desesperación. No era valentía; era puro instinto de supervivencia. Pero bastaba.
Le hice una seña a Damián para que siguiera. Esta vez no entró despacio. Le clavó la polla de un envión y empezó a follárselo duro, sin cuidado, con la mesa crujiendo debajo. Ramiro gritó otra vez. Clara le metió dos dedos en la boca para ahogar el sonido y Mara volvió a cerrarle la mano sobre los huevos, masajeándolos con presión cruel.
El ritmo se aceleró hasta volverse salvaje. Las nalgas del hombre chocaban contra el cuerpo de Damián con cada embestida. Su polla se agitaba inútil entre las piernas. El culo abierto tragaba y escupía el rabo una y otra vez, completamente sometido al deseo de otro hombre delante de toda la sala.
Damián se corrió así, enterrado hasta el fondo. Lo noté en el gemido grave que soltó y en cómo se quedó inmóvil un segundo antes de descargar dentro. Sus caderas dieron un par de sacudidas más mientras vaciaba la corrida bien adentro. Ramiro se estremeció entero al sentirlo.
—Sácalo despacio —le dije.
Cuando Damián se retiró, un hilo espeso resbaló desde el culo del hombre hacia sus muslos. La imagen provocó un murmullo excitado a nuestro alrededor. Yo bajé la mano y le acaricié la polla pequeña, que a pesar de todo estaba dura otra vez por la mezcla asquerosa de miedo, dolor y exposición.
—Mírate —le susurré—. Indignado, ofendido... y empalmado.
Negó con la cabeza, humillado. Yo no le di tiempo a discutir. Lo masturbé con movimientos cortos y rápidos mientras Mara le apretaba los huevos y Clara le pellizcaba los pezones. No tardó nada. Su polla tembló y se corrió pobremente sobre la mesa, con espasmos ridículos que arrancaron carcajadas y comentarios crueles.
—Al final sí que viniste a participar —dijo Irene.
Le soltamos las ataduras después de limpiarlo lo justo y lo dejamos sentado en una silla, con una bolsa fría entre las piernas y el culo todavía ardiendo. Nadie volvió a tomarlo en serio. Se quedó callado, cabizbajo, viendo cómo la noche seguía sin él, convertido en testigo mudo de un desorden que ya no podía controlar.
Yo di una vuelta lenta por el aula, asegurándome de que todos seguían dentro de los límites pactados. Un hombre chupaba el coño de dos mujeres alternando entre una y otra mientras ellas se sujetaban del cabello y se besaban. En el suelo, el perdedor del juego de la cuerda estaba siendo follado por detrás mientras se masturbaba con desesperación, obligado a correrse mirando a la ganadora reírse de él. Más allá, Clara dejó que su perrito le lamiera las botas antes de sentarse en su cara.
La música bajó un poco. El ambiente seguía caliente, espeso, lleno de jadeos y órdenes murmuradas. Me serví un trago de agua y Lucía volvió a mi lado ya recuperada, todavía desnuda salvo por el collar. Se arrodilló sin que se lo pidiera y apoyó la mejilla en mi muslo.
—¿Contenta? —me preguntó en voz baja.
Le pasé los dedos por el pelo.
—Mucho.
Miré a Ramiro una última vez. Seguía en la esquina, pálido, dolorido, consciente de que lo ocurrido allí podía destruirle tanto como a cualquiera de nosotros si salía a la luz. Y por eso mismo no diría una sola palabra.
La fiesta terminó de madrugada. Algunos se quedaron dormidos abrazados en las colchonetas; otros seguían besándose con la pereza satisfecha de quien ha follado bien. El aula parecía un campo de batalla amable: disfraces tirados, botellas vacías, cuerdas enredadas y cuerpos exhaustos.
Ayudé a Ramiro a ponerse el pantalón y lo acompañé a la pequeña enfermería del edificio. Caminaba despacio, con las piernas algo abiertas por el dolor del culo y el castigo en los huevos. Antes de dejarlo en la camilla, me miró con una mezcla confusa de rencor y derrota.
—No voy a decir nada —murmuró.
—Ya lo sé —respondí.
Cuando volví al aula, Lucía estaba chupándosela a uno de los hombres del rincón mientras otra mujer le acariciaba las tetas y le metía dedos en el coño. Sonreí al verla tan entregada. La noche aún no había terminado del todo, y tampoco tenía prisa.
Me senté de nuevo en mi silla, crucé las piernas y dejé que la música me envolviera mientras contemplaba aquel desorden obediente que yo misma había creado. Algunos me buscaban con la mirada esperando una orden. Otros solo querían exhibirse para mí. Todos entendían lo mismo: en ese cuarto, el poder corría por mi voz.
Antes del amanecer, apagué por fin la música y todos levantaron la cabeza.
—Descansen ahora —dije—. Ya pensaremos cuál será la próxima celebración.
Hubo sonrisas cansadas, algún gemido de protesta y varias risas cómplices. Lucía, aún de rodillas, me besó la mano.
Yo miré alrededor, satisfecha, y no pude evitar sonreír.
—Tranquilos —añadí—. Falta poco para otra noche de castigo.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts en Almagro.