Trío y sumisión en la fiesta secreta de una boda
Aquella mañana, Mara estaba insoportable. Se había levantado con el gesto torcido y cualquier cosa que yo dijera le sonaba mal, incluso las bromas guarras que normalmente le sacaban una sonrisa. Aun así, enfadada y todo, seguía estando impresionante: curvas de mujer segura, piernas fuertes, pecho generoso y esa forma de mirarme que siempre conseguía ponerme nervioso.
Discutimos por tonterías hasta que le solté que Vera iba a venir en un rato con una propuesta de trabajo. No hice falta decir más. A Mara se le borró la mala cara en segundos y apareció esa sonrisa lenta, peligrosa, la misma con la que me había desarmado años atrás.
Se metió a la ducha y salió transformada. Botas negras de tacón fino, medias oscuras, falda corta y una blusa blanca con más escote del que cualquier reunión decente admitiría. Se maquilló con calma, se alisó el pelo y se echó perfume como si ya supiera que esa noche alguien iba a terminar oliéndole el cuello de cerca.
Vera entró por el jardín, como siempre. Tenía llave y esa costumbre insolente de aparecer sin avisar. Era alta, rubia, de presencia aplastante, con un cuerpo trabajado y una seguridad que llenaba cualquier habitación antes de abrir la boca.
Llevaba unos pantalones ajustados verde oscuro, tacones y un jersey beige de cuello alto que le abrazaba el torso. Todo en ella parecía deliberado: la postura, la sonrisa, la manera de cruzar las piernas al sentarse. Si uno no la conocía, solo veía una mujer elegante y dominante; yo, además, sabía lo bien dotada que estaba y la facilidad con que podía convertir cualquier conversación inocente en una propuesta indecente.
—Tengo un encargo especial —dijo apenas se acomodó—. Una fiesta privada durante una boda. Gente con dinero, discreta, y con ganas de terminar la noche sin fingir modales.
Mara se inclinó hacia delante enseguida. Yo, en cambio, sentí el tirón habitual entre la excitación y la duda. Vera lo notó y sonrió con paciencia.
Nos explicó que querían un grupo de animación sexual para arrancar la fiesta. Nada improvisado: una sala aparte, pocos invitados, todos adultos, todos avisados, todos buscando exactamente lo mismo. La idea era que nosotros iniciáramos el juego, rompiéramos la tensión y dejáramos que el resto se sumara cuando el ambiente estuviera encendido.
—No vamos solos —añadió—. Quiero seis personas. Un hombre dominante, otra dominante trans, una mujer con experiencia, ustedes dos y yo coordinando todo.
Mara aceptó antes de que yo terminara de procesarlo. Yo asentí después, sabiendo que cuando Vera ponía esa cara ya tenía medio espectáculo montado en la cabeza.
***
Al día siguiente fui a casa de Vera después del trabajo. Me abrió un tipo macizo, rapado, con brazos tatuados y una camiseta tan pegada al pecho que parecía pintada encima. Se presentó como Bruno y me estrechó la mano con firmeza. Su voz era grave, tranquila, pero el bulto marcado en el pantalón y la forma en que me recorrió de arriba abajo dejaban claro que el hombre no estaba allí para servir copas.
Dentro ya estaban todas. Vera hizo las presentaciones. La otra dominante era Nora, una trans madura de belleza rotunda: cabello negro liso, boca carnosa, cintura marcada y unas piernas largas que remataban en tacones imposibles. La tercera era Celia, una mujer de caderas anchas, culo grande, tetas pequeñas y una mirada traviesa de las que prometen vicio antes del primer roce.
—El plan es sencillo —dijo Vera—. Yo presento. Bruno y Nora entran dominando. Mara, Celia y tú van con collar, máscara y muy poca ropa. Se ofrece el juego, se pone orden y luego se deja que la gente se suelte.
Me tocaba ir feminizado de nuevo, cosa que a Mara le excitaba muchísimo más de lo que solía admitir en voz alta. Vera lo sabía y por eso me miró al decirlo, disfrutando mi gesto entre resignado y cachondo.
Pasamos horas afinando detalles, ensayando posiciones, palabras clave, límites y reparto de roles. Nada quedaba al azar. Podía haber brutalidad, sí, pero siempre dentro del acuerdo. Eso era precisamente lo que hacía más excitante todo: saber que íbamos a jugar fuerte, pero sabiendo dónde empezaba y terminaba el control.
***
El día de la fiesta nos recogió un minibús y nos llevó a una finca enorme en mitad del campo. Desde fuera se oían música, risas y ese murmullo confuso de cientos de personas celebrando. Cuando entramos por la zona privada nos guiaron hasta un camerino amplio, con espejos, bebidas, duchas y un equipo de maquillaje listo para dejarnos perfectos.
Nos dijeron que en la zona principal había varios cientos de invitados, pero que nuestra actuación sería para un grupo reducido. Aun así, el ambiente se notaba cargado desde lejos: alcohol, humo dulce, perfume caro y esa electricidad que se forma cuando mucha gente lleva horas bebiendo y empezando a soltarse.
La preparación fue un espectáculo aparte. Entre duchas, maquillaje y cambios de ropa acabamos viéndonos desnudos sin el menor pudor. Bruno tenía una polla enorme, gruesa, venuda, y la llevaba con la naturalidad insultante de quien sabe perfectamente lo que provoca. Nora no se quedaba atrás: su verga era larga, pesada y respondía con facilidad a cualquier roce, como si el cuerpo le pidiera guerra todo el tiempo.
Mara me vio mirarlos y se rió. Luego se acercó a mí, me acarició la barbilla mientras una maquilladora retocaba mis ojos y me susurró al oído:
—Esta noche te van a usar rico.
Solo esa frase me puso duro.
Cuando por fin estuvimos listos, me miré al espejo y casi no me reconocí. Llevaba tacones altos, medias negras hasta el muslo, una minifalda de cuero que no tapaba casi nada, tanga estrecho, corsé azul con relleno y una máscara veneciana. Mara y Celia iban parecidas, con sujetadores y tangas de cuero, medias oscuras y tacones. Bruno lucía arnés, botas y una sola pieza mínima de cuero que apenas contenía nada. Nora iba de negro entero: corsé, botas altas y una autoridad natural que no necesitaba accesorios.
Vera cerraba el grupo con un vestido dorado ajustado y corto. Parecía una diosa pagana invitando al desastre.
***
Entramos con humo, luces rojas y música suave. La sala era íntima, llena de cojines, sofás bajos y cuerpos ya medio desvestidos. Habría unas veinte personas, hombres y mujeres de edades variadas, todas adultas, todas observándonos con hambre.
Vera hizo la presentación con voz firme, casi ceremoniosa. Ofreció a las sumisas, a los dominantes, al juego compartido, y recordó que todo era libre siempre que hubiera respeto y deseo mutuo. Bastó eso para que el aire se volviera más espeso.
No sé en qué momento Bruno dejó de tirar de mi cadena. Sentí un tirón nuevo y al volverme vi a una mujer morena, exuberante, de caderas tremendas y mirada afilada. Junto a ella estaba un hombre corpulento, de barriga firme, pelo rizado hasta el cuello y un bulto generoso bajo la ropa interior. Me llevaron a un rincón con autoridad tranquila, como si ya hubieran decidido exactamente qué hacer conmigo.
La mujer me hizo girar sobre mí mismo y me palpó el culo por encima de la falda. El hombre me levantó apenas la barbilla para estudiarme detrás de la máscara. No había prisa en ellos, y quizá por eso me puse más nervioso todavía.
—Quédate quieta —ordenó ella.
Obedecí.
Desde ahí alcancé a ver fragmentos del resto de la sala. Mara ya estaba abierta de piernas en un sofá mientras Celia se arrodillaba entre sus muslos y le lamía el coño con hambre. Nora, detrás, le sujetaba el pelo a Mara y le metía la polla en la boca a un ritmo firme, obligándola a alternar gemidos con arcadas. Dos hombres miraban de cerca, uno manoseándole una teta y otro pajeándose sin apartar la vista.
Ver aquello me disparó. Se me marcó la polla en el tanga y la mujer que me sujetaba la cadena lo notó al instante. Sonrió, me dio una bofetada seca en una nalga y me hizo jadear.
—Así me gusta. Que mires y te pongas hecho una puta.
Me obligaron a arrodillarme. El hombre se colocó delante y se sacó la polla: grande, pesada, con el glande ancho y brillante. Me la rozó en los labios. Yo abrí la boca sin esperar una segunda orden.
Entró despacio al principio, apenas la punta, para embarrarme la lengua. Sabía limpio, con perfume y piel caliente. Empecé a mamársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza, salivando mucho, envolviendo el tronco con los labios. Él soltó un gruñido corto y me agarró del pelo.
Detrás de mí, la mujer me subió la falda y apartó el tanga. Sentí primero sus dedos separándome las nalgas, luego su lengua directa en el ano. No jugueteó: me lamió profundo, insistente, metiendo la punta una y otra vez hasta aflojarme. Yo gemí con la boca llena de polla y eso hizo que el hombre me la clavara más adentro.
—Traga, preciosa —murmuró.
Me empujó hasta tocar garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero seguí chupando, respirando por la nariz, dejándome usar. Detrás, la lengua de ella bajó a mis huevos, los chupó uno a uno, los metió en su boca y volvió a mi culo con una voracidad que me dejó temblando.
Yo ya tenía la polla tiesa y palpitante dentro del tanga. La mujer la sacó de un tirón y empezó a pajearme con una mano mientras con la otra me abría más. Entonces sentí la cabeza del hombre de ella apoyarse entre mis nalgas.
—Relájate —dijo—. Te va a entrar.
La punta me empujó el ano y me tensé entero. Él no esperó demasiado. Presionó con constancia, abriéndome centímetro a centímetro, hasta que de pronto cedí y la mitad de su polla me quedó dentro. El grito que solté se perdió contra la verga que seguía en mi boca.
Desde ahí empezó el castigo de verdad. El hombre de delante me follaba la garganta, sujetándome del pelo y del mentón, marcando un ritmo duro. El de atrás me embestía el culo con golpes secos, sacando casi todo y volviendo a meterlo con una fuerza que me hacía chocar las rodillas contra el suelo acolchado. La mujer alternaba entre besarme, meterme la lengua en la boca empapada de saliva y corrida ajena, y pellizcarme los pezones por encima del corsé.
Era demasiado. Demasiado ruido, demasiada carne, demasiada humedad. Y al mismo tiempo quería más.
Levanté la vista entre embestidas y vi a Mara. Seguía en el sofá, pero ahora estaba montada sobre un hombre recio, follándoselo con el coño abierto y brillante, mientras otro le ofrecía la polla a la boca. Mara la chupaba sin delicadeza, con la máscara ladeada y el rímel corrido, como si hubiera nacido para ser mirada así. Nora la sujetaba del cuello por detrás y la obligaba a mantener el ritmo.
Ver a mi mujer convertida en aquello me disparó una descarga brutal por el vientre.
El hombre que me follaba el culo lo notó porque me dio un palmotazo feroz y empezó a clavarla más rápido. Cada golpe me abría más, me levantaba el cuerpo, me sacaba gemidos roncos. El de delante me dejó respirar apenas unos segundos; la mujer aprovechó para subirse frente a mi cara, abriéndose el coño con los dedos.
—Lámelo.
Obedecí de inmediato. Le metí la lengua entre los labios hinchados, recogiendo su humedad espesa, chupándole el clítoris mientras me seguían follando por detrás. Ella me sujetó la cabeza con ambas manos y empezó a restregarse contra mi boca. Tenía el coño caliente, resbaloso, y se corría fácil cuando encontraba el punto. Se retorcía, me apretaba contra ella y soltaba gemidos graves cada vez que yo le cerraba los labios en el clítoris.
Detrás de mí, la polla no aflojaba. Al contrario. El hombre empezó a darme más hondo, a un ritmo brutal, golpeándome la próstata en cada empuje. Se me doblaban los brazos. La mezcla de dolor, placer y humillación me dejó al borde.
—Se va a correr —dijo la mujer, riéndose.
Y tenía razón. Me bastaron unas cuantas embestidas más, la cara enterrada en su coño y la mano de ella estrujándome el pelo para correrme como un animal. El semen me salió a chorros sobre el suelo y mis propios muslos. Ni siquiera me tocaron la polla en ese momento; me corrí solo por cómo me estaban usando.
El de detrás no se detuvo. Siguió follándome mientras me duraba el espasmo y eso me arrancó un temblor entero. El hombre de delante volvió a meterme la polla en la boca y esta vez no tardó mucho. Se puso duro del todo, me clavó el glande hasta la garganta y explotó dentro. Sentí la corrida espesa, abundante, llenándome la boca mientras la mujer me apretaba la nariz para obligarme a tragar. Lo hice a sacudidas, con lágrimas en los ojos y el semen escurriéndoseme por la barbilla.
La mujer se agachó a lamerme la boca, recogiendo lo que se salía, y me besó con obscenidad, devolviéndome parte del sabor.
—Qué bien obedeces —susurró.
El hombre que me follaba el culo empezó a resoplar detrás de mí. Me agarró de las caderas con más fuerza, abrió más mis nalgas y me dio una serie de embestidas violentas, profundas, mojadas. Luego se quedó dentro hasta el fondo y se corrió. Lo sentí caliente, pulsando en mi interior, mientras me llenaba con gruñidos cortos y su vientre me golpeaba el culo.
Tardó unos segundos en salir. Cuando lo hizo, un hilo de semen me escurrió por el muslo.
***
Me dejaron de rodillas un momento para recomponerme. Yo apenas podía ordenar la respiración, pero seguía excitado. En esa sala todo era exceso. A mi izquierda, Bruno recibía una doble mamada de dos mujeres maduras mientras un tercero, un hombre alto y musculado, le reventaba el culo con una calma firme. Bruno, ese armario humano, gemía con la cabeza echada atrás mientras se pajeaba y acababa corríéndose sobre los pechos y la cara de las dos mujeres.
Más al centro, Vera había acorralado a Celia contra un sofá. Le tiraba del pelo y le daba bofetadas controladas mientras la penetraba por detrás con su polla dura. Celia estaba a cuatro patas, culo en pompa, gimiendo como una cerda, y una señora tumbada debajo le lamía el coño desde abajo mientras un hombre le metía la polla en la boca. Era una imagen obscena y preciosa a la vez: Celia atrapada entre tres placeres, llena de manos, saliva y órdenes.
Yo seguía mirando a Mara. Ya no estaba en el sofá. La encontré sobre la moqueta, tumbada de espaldas, con las piernas abiertas y la máscara casi fuera de sitio. Celia estaba sentada sobre su cara, frotándole el coño contra la boca mientras un chico moreno la follaba por detrás. Mara, además, tenía a otro hombre a horcajadas sobre el pecho y le chupaba la polla con una avidez salvaje, usando las dos manos para sostenerla mientras la lengua le trabajaba el glande.
Me acerqué guiado por el deseo más que por la razón. Mara me vio, apartó apenas la polla de su boca y me dedicó una sonrisa húmeda, sucia, feliz.
—Ven aquí —ordenó, jadeando.
Nora apareció a mi lado como si hubiera estado esperándolo. Me agarró del collar, me puso de rodillas junto a Mara y me bajó la cabeza hacia el coño de Celia, que seguía montado sobre la cara de mi mujer. Entendí enseguida. Empecé a lamerle el culo a Celia mientras Mara le comía el coño. Entre los dos la teníamos temblando.
Nora no tardó en sacar su polla. Me la puso delante de la cara y me obligó a abrir la boca. Mientras yo mamaba, ella se colocó detrás de Mara y le rozó el glande por la boca húmeda.
—Chupa las dos cosas, puta —le dijo a Mara.
Mi mujer obedeció encantada. Celia se apartó tambaleando después de correrse y entonces vi el coño de Mara abierto, brillante, hinchado de tanto uso. Un hombre quiso colocarse entre sus piernas, pero Nora lo echó con una mirada y me señaló a mí.
—Ahora tú.
Me puso un condón con manos rápidas, me hizo colocarme entre los muslos de Mara y me guió la polla hasta su entrada. Yo estaba duro de nuevo, sensible todavía por todo lo anterior, y al empujar dentro sentí a Mara recibirme con un gemido largo. Estaba empapada, abierta y caliente. La primera embestida ya me sacó un gruñido.
—Más fuerte —me pidió ella—. Fóllame de verdad.
No necesité más. Empecé a entrar y salir con fuerza, agarrándole los muslos, viendo cómo sus tetas rebotaban dentro del sujetador de cuero. Mara me miraba a través de la máscara con una mezcla de ternura y puro vicio. Me conocía demasiado bien; sabía que verme usado me ponía al límite, y ahora quería rematarme.
Se llevó dos dedos llenos de mi saliva al clítoris y empezó a frotarse mientras yo le daba. Nora se colocó detrás de mí y me escupió en la espalda baja antes de abrirme las nalgas y meterme un dedo lubricado en el culo. El efecto fue instantáneo: se me nubló la vista. Seguí follando a Mara mientras Nora me trabajaba por detrás, primero con un dedo, luego con dos, abriéndome de nuevo, acariciándome la próstata justo como yo necesitaba.
Mara vio mi cara y se corrió antes que yo. Me apretó la polla con el coño, arqueó la espalda y tembló entera, soltando un grito ahogado. No dejé de embestirla. Quería más. Ella también.
—No pares —dijo—. Métemela hasta el fondo.
Yo obedecí. Le clavé la polla una y otra vez, sintiendo cómo el sonido húmedo de nuestras caderas se mezclaba con los gemidos de los demás. Nora entonces apoyó su verga en mi ano, ya abierto por sus dedos, y empezó a meter la punta.
El contraste fue bestial. Delante, el coño de Mara me exprimía. Detrás, Nora me abría otra vez con una lentitud cruel. Entró despacio, controlando cada centímetro, hasta que la tuvo bien metida. Yo me quedé inmóvil un segundo, atravesado por los dos placeres.
—Ahora muévete —ordenó Nora.
Lo hice. Empecé a follar a Mara mientras Nora me follaba a mí. Cada empuje de una respondía con el de la otra. Era un vaivén obsceno, perfecto, como si los tres hubiéramos ensayado durante semanas. Mara abrió las piernas más, me agarró del culo y me obligó a enterrársela hasta el fondo. Yo gritaba, ella gemía, Nora resoplaba detrás con su pelvis golpeándome las nalgas.
Duramos así varios minutos, completamente perdidos. Mara me pidió que le metiera los dedos en la boca. Lo hice y empezó a chuparlos mientras la penetraba, mirándome sin pestañear. Nora me agarró del cuello y aceleró. El placer me subió por la columna como fuego.
Me corrí dentro del condón con un espasmo brutal, clavado en el coño de mi mujer mientras la polla de Nora seguía bombeando en mi culo. Mara, al sentirme, volvió a correrse casi al mismo tiempo, apretándome con las piernas. Nora tardó unos segundos más; luego se tensó, me mordió el hombro y se corrió dentro de mí con gemidos roncos.
Nos quedamos enlazados un momento, sudados, jadeando, incapaces de hablar.
***
La fiesta siguió durante bastante rato, ya sin la necesidad de dirigir nada. Cada cual estaba donde quería estar, cambiando de pareja, sumándose a un sofá, arrodillándose en un rincón o mirando mientras se acariciaba. Vera se movía por la sala como una reina satisfecha, a veces imponiendo orden, a veces uniéndose a una escena por puro gusto.
Mara y yo terminamos sentados en un sofá bajo, recuperando el aliento mientras Celia nos besaba a los dos por turnos. Teníamos los cuerpos marcados por manos ajenas, maquillaje corrido, olor a sexo y esa calma espesa que llega después de una sacudida grande. Nora se acercó con una copa de agua para cada uno y me acarició la cara con una ternura inesperada.
—Has aguantado muy bien —dijo.
Mara se rió, me mordió el hombro y añadió:
—Ya te dije esta mañana que te iban a usar rico.
Le metí la mano entre los muslos y todavía estaba sensible, húmeda, palpitando. Ella me la sujetó allí un segundo, apretando, como si quisiera llevarse un recuerdo físico de todo lo que había pasado.
De vuelta a casa, en el minibús, nadie habló demasiado. Bruno dormía con la cabeza hacia atrás. Celia iba descalza, abrazada a una manta. Nora miraba por la ventana con el carmín medio borrado. Vera sonreía en silencio, satisfecha con su obra.
Mara apoyó la cabeza en mi hombro y me pasó la mano por la entrepierna, donde seguía notando una punzada dulce y profunda.
—Cuando lleguemos —murmuró—, quiero que me cuentes cuál fue tu parte favorita. Y luego quiero repetirte una pequeña parte a solas.
La miré y sonreí. Después de una noche así, sabía que todavía no habíamos terminado.
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