Trío de amigas camino a la casa rural
El viernes subimos al coche riéndonos, pero cuando ella cerró las puertas entendí que el juego iba en serio y que ya no mandábamos nosotras.
El viernes subimos al coche riéndonos, pero cuando ella cerró las puertas entendí que el juego iba en serio y que ya no mandábamos nosotras.
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
Entré al baño tomada de la mano de mi esposo y salí temblando, empapada y con una imagen en la cabeza que todavía me enciende.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Se sentó a mi lado cuando apagaron las luces, y antes de medianoche ya estaba imaginando su mano subiéndome el vestido.
Cuando se quitó el bikini delante de desconocidos, supe que no iba a conformarme con mirar el mar.
La rueda rota nos dejó solas en el bosque, y cuando ella apareció desnuda entre las ramas supe que el viaje ya no terminaría igual.
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Cuando volví con otra botella, mi esposa ya estaba desnuda en el centro del círculo y todos la miraban como si la noche apenas empezara.
Su marido la empujaba a tentarme y ella fingía resistirse, hasta que terminó desnuda en mi villa pidiéndome más de lo que imaginaba.
En la playa nudista entendí que no le faltaban ganas, solo alguien que se atreviera a empujarla hasta donde llevaba tiempo queriendo llegar.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Después de dos años sin tocarla, la tuve a mi lado en el avión, temblando, pidiéndome perdón y mirándome como si todavía fuera su hombre.
Cuando se agachó a mear delante de mí en mitad del bosque, entendí que aquella expedición no iba a parecerse a ninguna otra.
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
Volví al bar por mi mujer y la encontré demasiado cómoda entre dos camioneros; esa noche, dentro de la autocaravana, todo se torció de la peor y más excitante forma.