Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El amo de los pies que me esperó en la ciudad

Siempre he sido tímido. De esos hombres que parecen tranquilos por fuera, pero por dentro llevan un ruido constante de deseos, miedo y fantasías que no se atreven a contar en voz alta. Mi fetiche por los pies masculinos empezó mucho antes de que yo aceptara que también me excitaba obedecer, sentirme guiado, incluso dominado por un hombre que supiera exactamente qué hacer conmigo.

Durante meses me refugié en grupos privados, perfiles falsos y chats nocturnos. Subía fotos de mis pies, algún video corto chupándome los dedos, nada de cara completa, nada que me delatara demasiado. Me moría de vergüenza, pero al mismo tiempo necesitaba esa mirada ajena, ese mensaje que dijera que lo mío le calentaba a alguien más.

Fue así como apareció Darío.

No voy a usar su nombre real, ni el mío. Tampoco diré la ciudad exacta ni los lugares concretos. Solo diré que él vivía en una capital enorme y ruidosa, y yo estaba de visita por un compromiso familiar que me importaba poco. Lo importante era que, después de meses de hablarnos, por fin estábamos a unas cuantas estaciones de distancia.

La primera vez que me escribió fue para decirme que mis pies le parecían obscenamente excitantes. No fue cursi ni exagerado. Fue directo. —Tienes unos pies flacos, nervudos, masculinos. Me dan ganas de hacerte abrir las piernas y usarlos como se debe.

Ese mensaje me dejó caliente toda la noche.

Él me mandó después fotos de los suyos: grandes, limpios, de dedos largos, uñas cuidadas, empeines marcados, pantorrillas con vello oscuro y unas botas que, según dijo, le gustaba usar cuando quería sentirse con autoridad. También me mandó audios. Tenía una voz grave, seca, mandona sin esfuerzo. Cada vez que me decía —Quiero verte de rodillas— yo terminaba tocándome bajo la cobija, mordiéndome el labio para no gemir.

Durante semanas nos quedamos en el terreno del juego a distancia. Fotos, videos, órdenes pequeñas. —Enséñame tus plantas. —Ahora chúpate el dedo gordo. —Mójate los labios y dime que te gustaría besar mis pies. Yo obedecía y me corría con una facilidad que me daba hasta rabia. Él, en cambio, parecía controlar todo con una calma brutal.

Un día me mandó una foto distinta. No eran solo sus pies. Aparecía sentado, con las piernas abiertas, el pantalón bajo, y entre los muslos una verga gruesa, pesada, medio erecta, descansando sobre una mata de vello oscuro. Debajo escribió: —Si vienes, esto también te espera.

Tuve que apagar el teléfono y encerrarme en el baño para masturbarme.

Cuando supe que viajaría por compromiso con unos parientes, le avisé. Pensé que reaccionaría con la misma urgencia que yo, pero fue frío. —Avísame cuando llegues. Si se puede, nos vemos.

Esa distancia me puso nervioso. Temí que se echara atrás o que todo fuera un juego sin final. Aun así, el sábado, mientras los demás se preparaban para una fiesta, me llegó su mensaje. —Tengo una hora libre antes de que inventes alguna excusa y te arrepientas. Ven.

Me miré al espejo del baño con el corazón desbocado. Tenía la cara roja, las manos sudadas y una erección molesta apretada dentro del pantalón. —Tranquilo —me dije—. Vas a conocer a un hombre, no a tirarte al vacío.

Pero en el fondo sabía que sí era un salto.

Inventé una salida rápida con mi familia, tomé un transporte y seguí las instrucciones que me mandó. Al bajar en la estación acordada lo vi enseguida. Alto, hombros anchos, barba cerrada, camisa oscura remangada y esa clase de postura que ocupa espacio sin pedir permiso. Lo primero que miré no fue su cara. Fueron sus botas.

Se acercó sin sonreír demasiado. —Así que sí viniste.

—Sí —contesté, y odié lo temblorosa que me salió la voz.

Me examinó de arriba abajo con descaro. —Más flaco de lo que imaginaba. Bonita boca. Vamos.

No me besó. No me abrazó. Solo echó a andar, y yo fui detrás de él como si ya me hubiera puesto una correa invisible.

En el trayecto hablamos poco. Comentarios sueltos, preguntas básicas, silencios cargados. Yo intentaba parecer normal, pero el sudor me corría por la espalda. Él se daba cuenta y eso parecía divertirlo.

—No te pongas más nervioso —dijo sin mirarme—. Todavía ni te he tocado.

Sentí el golpe de esas palabras directo en la entrepierna.

Su departamento era discreto, ordenado, sin adornos. Cerró la puerta detrás de mí y por primera vez me miró con detenimiento, como evaluando si valía la pena llevar el juego más lejos. Yo apreté las manos para no empezar a hablar de más.

—¿Quieres un vaso de agua o prefieres ir al punto? —preguntó.

—Al punto —dije, sorprendiéndome a mí mismo.

Por fin sonrió. —Bien.

Se sentó en un sillón amplio y extendió una pierna. —De rodillas.

Obedecí sin pensarlo. La alfombra me raspó las rodillas a través del pantalón, y aun así sentí un alivio extraño, como si esa postura dijera con claridad algo que yo llevaba mucho tiempo queriendo admitir.

—Quítame las botas —ordenó.

Las desabroché despacio. Apenas saqué la primera me golpeó el olor cálido del cuero mezclado con sudor masculino. Cerré los ojos un segundo y aspiré. Él lo notó al instante.

—Eso. Sin vergüenza. Huéleme.

Saqué la segunda bota y me encontré con unos calcetines oscuros, pegados al pie por la humedad del día. Me pasó una punta por la mejilla, luego por los labios. —Abre la boca.

La abrí y él empujó dos dedos del pie contra mis labios. Besé la tela húmeda, sintiendo el sabor salado filtrarse con la respiración. Mi verga ya estaba dura y latiendo dentro del pantalón.

—Quiero que me quites los calcetines con la boca —dijo—. Y no dejes de mirarme.

Enganché la tela con los dientes y fui tirando poco a poco. El pie apareció desnudo, grande, venoso, hermoso de una forma que a mí me parecía casi obscena. Repetí con el otro y me quedé un segundo mirándolos como un imbécil fascinado.

—¿Te gustan? —preguntó.

—Muchísimo.

—Entonces compórtate como si los merecieras.

Le tomé el pie izquierdo entre las manos y lo besé desde el talón hasta los dedos. Primero despacio, reverente. Luego con más hambre. Saqué la lengua y recorrí la planta entera, metiéndola entre los dedos, chupando el gordo hasta sentir cómo me empujaba más adentro. El sabor era salado, espeso, muy masculino, y me estaba volviendo loco.

Darío se desabrochó el pantalón sin dejar de mirarme. El roce del cierre sonó fuerte en la sala silenciosa. Metió una mano dentro del bóxer y empezó a masturbarse con lentitud mientras yo seguía mamándole los dedos.

—Así —murmuró—. Te ves mejor con mi pie en la boca que hablando de más.

Yo gemí contra su planta y eso lo hizo soltar una risa breve.

Me llevó el otro pie al cuello, lo deslizó por mi pecho y bajó hasta mi bulto. Presionó justo ahí. —Mira nada más. Estás chorreando.

No contesté. Tenía la boca llena de sus dedos y la cabeza ardiendo.

—Respóndeme.

Saqué el pie un segundo. —Sí. Mucho.

—Quítate la camisa.

Lo hice de inmediato. Después me ordenó bajarme el pantalón y el bóxer hasta media pierna. Mi verga salió tensa, húmeda de preseminal, temblando de pura excitación. Él la miró sin prisa, se escupió la mano y siguió pajeándose con más fuerza.

—Tócate solo si yo te lo digo —avisó—. Si no, te quedas quieto.

Asentí.

—No te oí.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

Me ardieron las mejillas. —Sí, señor.

Ahí sí sonrió de verdad.

Volví a sus pies con más entrega. Chupé cada dedo, los lamí por debajo, mordí suave la almohadilla del pie y pasé la lengua por el arco una y otra vez. Mi saliva le dejaba la piel brillante. Él empezó a jadear, a apretar la mandíbula, a hundirme el pie más adentro de la boca mientras se masturbaba cada vez más rápido.

—Joder —gruñó—. Miras mis pies como si fueran un altar.

Le tomé ambos y chupé los dedos gordos al mismo tiempo. Eso fue demasiado para él. Se puso de pie de golpe, sacó la verga por completo y la vi en toda su crudeza: gruesa, venosa, pesada, con la cabeza brillante de preseminal y un vello oscuro que le subía por el vientre. Me quedé hipnotizado.

Se pajeó tres veces fuertes y se corrió sobre sus propios pies, cubriéndolos de chorros blancos espesos que resbalaron por los dedos y el empeine.

—Límpiame —ordenó con la respiración rota.

Me incliné enseguida. Lamí su semen de sus pies con una devoción casi absurda, recogiendo cada hilo tibio con la lengua, chupando entre los dedos para no dejar nada. Él me sostuvo del pelo con firmeza, no con violencia gratuita, sino con esa seguridad que me hacía sentir usado exactamente como yo quería.

—Buen chico —dijo al fin, y esas dos palabras me estremecieron más que cualquier caricia.

Me hizo acostarme en el sillón con las piernas abiertas y los pies en el descansabrazos. Se arrodilló frente a mí, me quitó los calcetines y los olió profundamente antes de dejarlos caer al suelo.

—Tú tampoco estás nada mal —murmuró.

Empezó a besarme las plantas con una lentitud casi cruel. Luego fue dedo por dedo, chupándolos enteros, metiéndose cada uno a la boca, rozando las yemas con la lengua. Yo temblaba. Cada vez que se detenía para oler mis pies o lamer entre los dedos, mi cadera se levantaba sola buscando más.

Su verga semierecta rozaba mis plantas mientras él trabajaba con la boca. Después agarró mis tobillos y acomodó mis pies alrededor de su polla, escupiéndolos bien para usarlos como si fueran una funda caliente y resbalosa. Empezó a masturbarse con ellos, apretando el ritmo, mirando cómo yo me retorcía sin poder tocarme.

—No te muevas —dijo—. Aguanta.

Yo estaba al borde. Mi verga soltaba gotas sin parar, el abdomen se me tensaba, los muslos me temblaban. Cuando bajó un segundo a lamerme la punta, apenas un toque húmedo y preciso, se acabó mi resistencia. Me corrí con un gemido ronco, salpicándome el vientre y el pecho.

Darío subió de inmediato y me besó. Su lengua entró sin pedir permiso, mezclándose con mi aliento agitado y el sabor salado de mi propia corrida que fue recogiendo con la boca. El beso me dejó mareado, entregado.

—Ahora sí vamos a lo que vine —dijo contra mi boca.

***

Me llevó a la habitación agarrándome de la nuca. No era un gesto tierno; era un recordatorio de quién mandaba ahí dentro. La cama estaba deshecha a medias, como si ya hubiera imaginado esa escena antes de que yo llegara.

Me hizo inclinarme sobre el borde del colchón. —Ábrete.

Tragué saliva y obedecí. Sentí su mano separarme las nalgas, luego su lengua húmeda y firme recorriéndome despacio desde abajo hasta el centro. El primer lametazo me sacó un jadeo tan abierto que me dio vergüenza, pero él respondió con otro más profundo, más sucio, como si quisiera arrancarme todo pudor de una sola pasada.

—Así me gusta —dijo—. Que se te note lo mucho que lo deseas.

Me escupió entre las nalgas y metió un dedo, despacio al principio, haciéndome respirar hondo. Yo me agarré a las sábanas. Entró y salió varias veces, buscando relajarme, y luego añadió un segundo dedo. Ardía, sí, pero también me encendía de una manera brutal, sobre todo cuando con la otra mano me apretaba la cintura y me decía al oído que me abriera más para él.

—No te cierres. Quiero prepararte bien.

Sus dedos trabajaron con paciencia, estirándome, empujando, girando dentro de mí mientras me besaba la espalda y me mordía el hombro. Cuando sintió que ya cedía, escuché el sonido de un frasco abrirse. Lubricó su mano, mi entrada y luego su verga. No hizo teatro. La agarró firme y me la apoyó en el culo.

—Si te duele, me lo dices. Pero no me mientas. A veces les duele y aun así quieren más.

La punta empezó a entrar, gruesa, caliente, separándome despacio. Solté un gemido y apreté las sábanas con tanta fuerza que me dolieron los dedos. Él se detuvo apenas un segundo.

—Respira.

Respiré como pude. Volvió a empujar. Entró un poco más, luego otro poco. El ardor era intenso, casi demasiado, pero debajo de eso venía una sensación más profunda, un placer torpe y creciente que me hacía abrirme aun cuando mi cuerpo quería cerrarse por reflejo.

—Eso es —murmuró—. Tómala. Toda la que puedas.

Cuando por fin logró meterme casi toda la verga, se quedó quieto, pegado a mi espalda, dejándome sentir el peso de su cuerpo y el grosor enterrado dentro de mí. Me besó la nuca. Yo estaba jadeando como si hubiera corrido.

—Dime que la quieres.

—La quiero —dije, apenas audible.

Me dio una palmada seca en el culo. —Más claro.

—La quiero, señor.

Entonces empezó a embestir.

Primero lento. Salía casi por completo y volvía a entrar, cada vez un poco más hondo, cada vez con menos cuidado y más hambre. El cuarto se llenó del ruido de su pelvis chocando contra mí, de mis jadeos rotos, de sus órdenes cortas. —Abre más. —No te me escondas. —Qué bien aprietas.

Yo gemía sin pudor, con la cara hundida en la sábana. Notaba cómo la cama crujía, cómo mi verga golpeaba el borde del colchón con cada embestida, cómo él se iba poniendo más duro todavía dentro de mí. En un momento me agarró del pelo, me hizo levantar la cabeza y siguió follándome así, tirando apenas lo justo para mantenerme arqueado.

—Quiero verte la cara cuando te cojo.

Volteé como pude. Su expresión era de puro control y excitación, la mandíbula tensa, el pecho peludo sudado, la boca entreabierta. Verlo así me desarmó.

Me sacó y me dio la vuelta. Se acostó y me jaló de la cintura para hacerme sentar sobre su verga. Bajé poco a poco, sintiendo cómo me abría otra vez, hasta quedar completamente ensartado. Solté un quejido largo y él me sostuvo firme con ambas manos.

—Ahora muévete.

Empecé torpe, subiendo y bajando con cuidado. Él marcaba el ritmo con sus manos, me abría las piernas, me apretaba el culo, me clavaba los dedos en la cadera cuando quería hacerme bajar más hondo. Cada vez que lo conseguía, su punta me golpeaba en un punto que me hacía ver chispas.

—Ahí —gemí.

—Ya sé dónde te gusta —dijo, y empezó a levantar la cadera desde abajo para follarme con más fuerza.

El ritmo se volvió brutal. Yo rebotaba sobre su verga, sudando, con los muslos ardiendo. Él se incorporó lo justo para atrapar uno de mis pies y llevárselo a la boca. Me lamió la planta mientras me tenía ensartado hasta el fondo. Esa mezcla me destrozó la cabeza: ser penetrado y al mismo tiempo sentir mi fetiche en su boca.

—Mírate —dijo, chupando mis dedos—. Hecho una puta por un par de pies y una verga.

La palabra me prendió aún más. No por humillación vacía, sino por la verdad del momento. Estaba completamente entregado.

Me tumbó otra vez y me puso las piernas sobre sus hombros. Así entró todavía más profundo. Cada embestida me arrancaba un gemido distinto, más grave, más desesperado. De vez en cuando soltaba una mano para agarrarme un pie, olerlo, besarlo, meterme un dedo en la boca mientras me cogía sin bajar el ritmo.

Yo ya no podía pensar. Solo sentía. Su verga entrando y saliendo, su aliento caliente en mis tobillos, el sonido húmedo de la penetración, el tirón en el vientre que anunciaba otro orgasmo.

—Tócate —ordenó al fin.

No necesité repetirlo. Me agarré la verga y bastaron unas pocas sacudidas al ritmo de sus embestidas para correrme otra vez sobre el abdomen, temblando sin control. Mi culo se contrajo alrededor de él y eso lo hizo soltar una maldición ronca.

—Joder, aprietas demasiado.

Siguió dándome con fuerza, más corto y más rápido, hasta que sentí su cuerpo tensarse por completo. Me mordió la planta del pie y al mismo tiempo se corrió dentro de mí con varias pulsaciones calientes, profundas, espesas, enterrándose hasta el fondo en la última.

Se quedó quieto unos segundos, respirando fuerte, todavía clavado en mí. Yo sentía su semen empezando a desbordarse alrededor de la base de su verga. Cuando por fin salió, una parte me escurrió entre las nalgas y él lo miró con una satisfacción animal que me volvió a poner duro a medias.

—Todavía no terminamos —dijo.

***

Me hizo girar en la cama hasta dejarnos en una postura absurda y excitante, frente a frente con nuestros pies cerca de la cara del otro. —Quiero un sesenta y nueve de pies —dijo—. Y luego me la vuelves a chupar.

A esa altura yo habría aceptado casi cualquier cosa.

Nos agarramos los tobillos mutuamente y empezamos a lamer, besar, chupar, morder suave. La habitación olía a sudor, saliva y semen. Mis pies seguían sensibles por cómo los había usado y él parecía disfrutarlo más todavía. A ratos me mamaba el dedo gordo con hambre; a ratos solo aspiraba profundo y gemía bajo, como si mi olor le bastara para ponerse otra vez duro.

Yo hice lo mismo con los suyos, metiéndome sus dedos hasta el fondo, dejando hilos de baba entre uno y otro, lamiendo el empeine donde antes había recogido su corrida. Escuché cómo se pajeaba y supe que ya estaba otra vez casi completamente erecto.

—Ven acá —dijo.

Me arrodillé junto a él y me llevó la verga a la boca. Esta vez no hubo lentitud. Me tomó del cabello y empezó a marcarme el ritmo de las mamadas. Yo abría bien la garganta, bajando hasta donde podía, tragando saliva y preseminal, jadeando por la nariz cuando me llenaba demasiado.

—Lame los huevos también —ordenó.

Bajé y obedecí. Se los chupé uno por uno, pesados, peludos, sintiendo cómo se tensaban bajo mi lengua. Luego subí por el tronco hasta la punta y la chupé con desesperación. Darío tembló, me apretó más fuerte del pelo y se corrió de nuevo dentro de mi boca, esta vez en pulsaciones largas que tuve que tragar casi sin respirar.

Se quedó mirando cómo tragaba. —Muy bien.

Después me hizo acostarme y, aunque yo no era especialmente fan de que me la chuparan, admito que su boca era otra cosa. Me la tomó despacio primero, como estudiándome, y luego con una profundidad y una presión que me vaciaron rápido. No fue una mamada tierna; fue suya, autoritaria, como todo lo demás. Me corrí entre jadeos, con la mano hundida en las sábanas y los pies otra vez cerca de su cara, que no dejó de besarme las plantas ni siquiera después.

Terminamos sudados, pegajosos, con las piernas flojas y la respiración desordenada. Me dejé caer a su lado mirando el techo, incapaz de creer que ese encuentro que había fantaseado tanto tiempo hubiera sido incluso más intenso en la realidad.

Darío me dio un empujoncito con el pie en el muslo. —No te duermas. Te llevo a donde tengas que ir.

Me reí, todavía aturdido. —Pensé que me ibas a dejar aquí tirado.

—Todavía no decido si te lo mereces.

Pero lo dijo con una media sonrisa.

Nos levantamos para ducharnos. Bajo el agua siguió besándome, frotando su cuerpo contra el mío, acariciándome la nuca y el culo como si aún estuviera valorando otra ronda. Al final solo me puso una mano en el pecho y me miró de frente.

—La próxima vez vienes con más tiempo. Y sin una fiesta esperándote.

—Sí, señor —respondí, y esta vez me salió natural.

Intercambiamos los bóxeres por puro morbo, como un recuerdo íntimo. Yo guardé también sus calcetines usados en mi mochila con una mezcla de descaro y felicidad que jamás habría imaginado en mí. Antes de salir me hizo arrodillarme una última vez, solo para besarle los pies y despedirme como había empezado todo.

En el trayecto hacia mi compromiso familiar fui sentado, callado, con el cuerpo todavía sensible y el culo recordando cada embestida. Debajo de la ropa llevaba su olor. En la mochila, su rastro. Y en la cabeza, una certeza nueva: no solo me excitaban los pies de un hombre ni su verga ni el sexo duro. También me excitaba entregarme a alguien que supiera tomar el mando y hacerme disfrutarlo sin una sola duda.

Esa noche, rodeado de gente hablando y música que me daba igual, apenas podía pensar en otra cosa. En sus botas. En sus órdenes. En su semen en mi boca y en sus pies. En la forma en que me llamó buen chico mientras yo obedecía de rodillas.

Supe entonces que aquel no había sido solo un encuentro ansiado. Había sido el principio de una hambre mucho más grande.

¿Andás por Buenos Aires? Mirá escorts masculinos en Recoleta, con perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.