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Relatos Ardientes

La jefa me sorprendió en el baño de la oficina

Me llamo Darío, y todavía hoy se me acelera el pulso cuando recuerdo aquella tarde de agosto en la oficina. No fue una fantasía cualquiera ni una aventura limpia. Fue algo sucio, incómodo, prohibido y, precisamente por eso, imposible de olvidar.

Trabajaba en un estudio jurídico donde todo olía a papel, aire acondicionado y gente demasiado correcta. Yo apenas aguantaba a la mayoría, pero con Mara era distinto. Era alta, rubia, madura, con una seguridad que llenaba cualquier sala antes de que abriera la boca, y yo llevaba meses imaginando cómo sería verla perder el control.

Ella estaba casada, tenía una vida ordenada y una manera de moverse que volvía obsceno hasta un gesto tan simple como cruzar las piernas. Nunca me dio pie de forma clara, pero tampoco era fría conmigo. A veces se inclinaba sobre mi escritorio más de lo necesario, o me sostenía la mirada un segundo extra, y yo me quedaba el resto del día con la polla dura dentro del pantalón.

Aquel verano la oficina se fue vaciando. Quedábamos muy pocos, rematando expedientes antes del parón. Esa mañana habíamos trabajado casi en silencio, y recién cerca del mediodía me di cuenta de que estábamos prácticamente solos en toda la planta.

—Darío, ¿bajas a comer conmigo? —me preguntó desde la puerta de mi despacho, con una sonrisa cansada.

—Si es contigo, bajo encantado —le respondí, intentando sonar tranquilo.

Ella soltó una risa breve. —Menos mal, porque necesito salir de aquí o empiezo a morder a alguien.

Cruzamos al restaurante de enfrente y, por primera vez en mucho tiempo, hablamos de algo más que trabajo. Me contó que su marido y sus hijos ya se habían ido unos días a la costa y que ella se había quedado sola en casa, terminando asuntos pendientes.

—No sabes lo bien que se siente llegar, cerrar la puerta y no tener que hablar con nadie —dijo, removiendo el hielo de su vaso—. Poner música, bañarme tranquila, tirarme en el sofá... Toda la casa para mí.

—Suena mejor que cualquier hotel —le dije.

—Créeme, no siempre. La soledad elegida es deliciosa. La otra... no tanto.

Noté un cambio en su voz. Ya no era la mujer segura y burlona de siempre. Había algo más blando debajo, algo desgastado. Le pregunté si estaba bien y ella se encogió de hombros.

—Desde fuera todo parece perfecto. Pero la rutina pudre cosas. Y cuando además sospechas que tu marido hace de las suyas, pues peor.

—¿Te ha engañado?

Me sostuvo la mirada. —Digamos que dejó de esforzarse en disimular.

No supe qué decir. Le murmuré algo torpe sobre los baches de pareja, sobre el tiempo, sobre intentar arreglarlo. Ella sonrió con una mezcla de ironía y cansancio.

—A veces dan ganas de devolver el golpe, ¿sabes? Solo para recordar que una todavía puede hacer daño.

Subimos a la oficina después de comer y cada uno volvió a su mesa. Pero yo ya no estaba concentrado. Tenía en la cabeza su confesión, su tono, aquella frase dicha casi como si se le hubiera escapado. Por primera vez la sentí cercana, imperfecta, carnal. Ya no era solo la compañera impecable que me excitaba en secreto, sino una mujer herida, furiosa y llena de deseo contenido.

Menos de una hora después, se acercó por detrás y me apoyó una mano en el hombro. Ese simple contacto me erizó entero.

—Me voy ya. No doy para más —dijo—. Mañana volveré un rato y cierro lo que falte.

—¿Estás bien?

—Sí. Necesito un baño largo y salir a correr, o reviento.

Se inclinó, me rodeó con los brazos y me dio dos besos lentos, demasiado cerca de la boca para ser inocentes. Sentí el perfume de su cuello, el roce firme de sus tetas contra mi pecho, y por un instante tuve que apretar los dientes para no agarrarla de la cintura.

—Gracias por escucharme —susurró—. Eres un sol.

La vi caminar hacia el pasillo y desaparecer en el baño de mujeres antes de irse. Un minuto después escuché la puerta principal y el golpe seco al cerrarse. Entonces me quedé solo con el zumbido del aire acondicionado, la tensión en las piernas y una idea enferma que me cruzó la cabeza como un chispazo.

Fui hasta el baño de mujeres con el corazón disparado. No voy a fingir que me sentí orgulloso. Me movía el morbo puro, la necesidad de meterme en algo prohibido, de oler una intimidad que no me pertenecía. Cerré la puerta, me agaché frente al mueble bajo el lavabo y encontré un neceser abierto con cosas de aseo, maquillaje, una muda limpia, pañuelos.

No era eso lo que buscaba.

Miré la papelera. Dentro había un rollo apretado de papel higiénico y otro envoltorio más pequeño. Lo tomé con dedos torpes, como si estuviera robando una reliquia. Al desenvolverlo, apareció un tampón manchado de rojo oscuro. Todavía conservaba calor.

Se me secó la boca.

Lo sostuve en la palma y sentí un tirón brutal en la entrepierna. Era obsceno, sí. Era repugnante para cualquiera que lo mirara desde fuera. Pero en ese momento yo no pensaba con la cabeza. Solo veía una prueba directa de su cuerpo, de su coño, de algo que había estado dentro de ella unos minutos antes.

Me lo acerqué a la nariz y respiré hondo. El olor era metálico, íntimo, espeso. Me bajé la cremallera con la otra mano y saqué la polla, ya dura, palpitando contra mi abdomen. Empecé a masturbarme despacio, mirando aquella mancha roja como un enfermo.

—Joder... —murmuré.

Rozé con la lengua una de las hebras húmedas. No fue el sabor lo que me volvió loco, sino el hecho mismo de hacerlo. La idea de estar cruzando una línea asquerosa y excitante al mismo tiempo me sacudió entero. Apreté el tronco de mi polla con fuerza, cada vez más rápido, jadeando solo en aquel baño como un idiota dominado por el morbo.

Entonces se abrió la puerta.

Me quedé helado, la polla fuera, el tampón en la mano, incapaz de reaccionar. Alcé la vista y allí estaba Mara, inmóvil en el umbral, con el bolso en una mano y las llaves en la otra.

No gritó. No salió corriendo. Cerró la puerta con una calma aterradora y echó el pestillo.

—Así que eras tú —dijo.

No pude responder. Apenas respiraba.

Sus ojos bajaron a mi mano, luego a mi polla, luego de nuevo a mi cara. Se acercó despacio, con tacones cortos, marcando cada paso sobre el suelo. Yo seguía petrificado, esperando una bofetada, un insulto, cualquier cosa.

—Te olvidaste de ocultar el pestillo la otra vez —murmuró—. Hace semanas entré y supe que alguien había estado hurgando aquí. No sabía quién.

Sentí un vacío en el estómago. —Mara, yo...

—Cállate.

La forma en que lo dijo me atravesó. No fue un grito. Fue una orden limpia, seca. Me callé al instante.

—Mírate —continuó, deteniéndose frente a mí—. La polla en la mano, olisqueando mi basura como un pervertido. ¿Eso haces cuando te excita una mujer? ¿Robarle lo que tira?

Me ardió la cara de vergüenza. —Perdón.

—No te he pedido disculpas. Te he hecho una pregunta.

Tragué saliva. —Sí.

Sus labios dibujaron una sonrisa mínima. —Qué obediente de repente.

Se quedó observándome unos segundos. Yo seguía con la erección tensa, ridícula, imposible de esconder. Ella alargó la mano, me tomó la muñeca con la que sostenía el tampón y la alzó hasta mi cara.

—Huele otra vez.

Lo hice.

—Más hondo.

Obedecí, temblando. Noté cómo mi polla daba un tirón. Ella lo vio y soltó una risita baja, cruel.

—Te pone. Claro que te pone. Eres un cerdo.

Esas palabras, en vez de hundirme, me la endurecieron aún más. Ella se dio cuenta. Me soltó la muñeca y me agarró la barbilla.

—Mírame cuando te hablo. Si voy a decidir qué hacer contigo, primero quiero saber hasta dónde llega tu vicio.

Yo la miré. Ya no veía solo enfado en su cara. Había otra cosa, un brillo más oscuro, una curiosidad afilada. El aire del baño se había vuelto espeso.

—¿Te corres pensando en mí? —preguntó.

—Sí.

—¿Te imaginas mi coño?

—Sí.

—¿Te imaginas a mi marido follándome?

La pregunta me golpeó. Dudé un segundo y ella me apretó la mandíbula.

—Contesta.

—Sí.

—¿Y te imaginas ocupando su sitio?

—Sí.

Sonrió por primera vez de verdad. —Eso ya me gusta más.

Se apoyó en el lavabo y cruzó los brazos. —Pues vas a seguir masturbándote. Aquí. Delante de mí. Y no te vas a correr hasta que yo te lo permita.

Empecé a mover la mano otra vez, lento, bajo su mirada. Mi respiración chocaba contra las paredes del baño. Ella seguía vestida de oficina: falda recta, blusa clara, tacones. Aun así, tenía más poder sobre mí que cualquier fantasía desnuda que hubiera imaginado.

—Más despacio —ordenó—. Quiero verte sufrir un poco.

Aflojé el ritmo. Me dolía de pura tensión.

—Ahora saca la lengua.

La saqué. Ella acercó el tampón a mi boca y me lo apoyó apenas en la punta.

—Lámelo.

Lo hice sin apartar la vista de la suya. Un gemido seco se me escapó de la garganta.

—Qué asco das —susurró—. Y qué fácil es manejarte.

Mi mano apretó con fuerza. Ella me golpeó los dedos.

—No tan rápido. Quiero que aguantes.

Yo obedecía como si llevara toda la vida esperando que alguien me hablara así. La humillación me ardía en la cara y al mismo tiempo me hinchaba la polla hasta doler. Mara lo notaba todo.

—¿Te gusta que te trate así?

—Sí.

—Dilo bien.

—Sí, me gusta.

—No. Dilo como debes.

Bajé la vista un segundo. —Sí, señora.

Su expresión cambió apenas, como si esa palabra hubiera destrabado algo dentro de ella. Se incorporó, se acercó más y me acarició el bulto de la polla con dos dedos, por encima de mi propia mano.

—Eso está mejor.

Me apartó de un empujón suave y señaló el suelo. —De rodillas.

Me arrodillé frente a ella sin discutir. Desde abajo se veía inmensa, dominante, las piernas largas marcadas por la falda y el gesto duro de quien ya ha decidido. Me desabrochó el cuello de la camisa con una sola mano.

—Si alguien llama, no haces ruido. Si te digo que te detengas, te detienes. Y si vuelves a tocar algo mío sin permiso, te arruino la vida en esta oficina. ¿Entendido?

—Entendido, señora.

—Bien.

Se subió la falda hasta medio muslo. Debajo llevaba medias y unas bragas oscuras, lisas, tensas contra su cuerpo. La visión me dejó sin aire.

—Besa mis piernas.

Fui dejando besos desde su rodilla hasta el borde de la media. Ella me sujetó del pelo para marcar el ritmo. No era un tirón brutal, pero sí firme, suficiente para que entendiera quién mandaba.

—Ahora la tela. Por encima.

Pegué la boca al bulto húmedo de sus bragas y la oí exhalar por primera vez con un temblor real. Ahí supe que no era solo un castigo. A ella también la estaba encendiendo.

—Otra vez —dijo, más bajo.

Lamí sobre la tela, lento, sintiendo el sabor mezclado de su excitación y el perfume del jabón. Estaba mojada. Mucho. La falda tembló un poco cuando abrió más las piernas.

—Mierda —murmuró—. Sigue.

La lengua se me hundía en la tela empapada, y ella empezó a usar mi cabeza como quería, empujándome, apartándome, obligándome a insistir justo donde más le gustaba. Yo tenía la polla ardiendo entre las piernas y ni siquiera pensaba ya en tocarme. Solo quería escucharla jadear.

—Levántate —ordenó de golpe.

Lo hice. Me giró contra la puerta, me abrió la camisa de dos tirones y me bajó el pantalón hasta los muslos. Luego me dio una palmada seca en el culo. El sonido rebotó en los azulejos.

—Te la has ganado por cerdo.

La segunda palmada fue más fuerte. Solté un siseo y ella volvió a darme otra, disfrutando de mi tensión.

—¿Te excita que te castigue?

—Sí, señora.

—Claro que sí.

Metió la mano por delante, me agarró la polla y me la apretó con autoridad, sin ternura. Casi se me doblaron las rodillas. Empezó a pajearme a un ritmo firme, mirando mi nuca, mi respiración rota, mi cuerpo obediente contra la puerta.

—Mira cómo estás. Todo esto por un tampón usado. Qué poca dignidad tienes.

—Sí...

—No te he dicho que hables.

Me callé de inmediato. Ella aceleró un poco y después soltó de golpe. Casi me corrí ahí mismo.

—Todavía no.

Se bajó las bragas hasta los muslos y tomó mi mano. Me obligó a tocarla. Sus dedos cubrían los míos mientras me guiaba por su coño abierto, hinchado, caliente.

—Eso es lo que querías, ¿no? Sentirlo de verdad.

Metí un dedo, luego dos, siguiendo su presión. Estaba resbaladísima. Ella se mordió el labio y apoyó la frente entre mis omóplatos.

—Más adentro.

La obedecí. Sus caderas empezaron a moverse contra mi mano, perdiendo parte de la compostura. La mujer fría y dueña de todo empezaba a romperse por debajo de su propia orden.

—Ahora chúpate los dedos.

Saqué la mano y me metí los dedos en la boca. Su sabor era intenso, salado, caliente. Ella me observó con los ojos medio cerrados y murmuró:

—Joder... Qué hijo de puta.

Se giró y me besó. Fue un beso brusco, húmedo, con lengua, sin ninguna dulzura. Me mordió el labio, me apretó contra el lavabo y volvió a agarrarme la polla.

—Quiero que me folles, pero vas a hacerlo como yo diga.

Asentí jadeando.

—Ni se te ocurra correrte antes que yo.

Me bajé el pantalón del todo y ella se inclinó sobre el lavabo, apartando a un lado las bragas. La visión de su culo firme, de sus muslos tensos y de su coño abierto esperándome me nubló la cabeza. Me acerqué por detrás y rocé la punta de mi polla entre sus labios.

—Entra de una vez —dijo entre dientes.

La penetré despacio al principio, sintiendo cómo me tragaba centímetro a centímetro. Estaba tan apretada y mojada que tuve que cerrar los ojos un segundo para no perder el control. Cuando entré hasta el fondo, los dos soltamos un gemido al mismo tiempo.

—Joder, sí —resopló ella—. Así.

Empecé a embestir con cuidado, midiendo el ritmo, todavía consciente de dónde estábamos. Pero Mara echó una mano atrás, me agarró del culo y me empujó más adentro.

—No te contengas. Fóllame.

Eso bastó. Le sujeté la cadera con una mano y el pelo con la otra, y empecé a darle de verdad. El sonido húmedo de cada embestida llenó el baño. Su cuerpo chocaba contra el lavabo, mi pelvis golpeaba su culo, y ella gemía con la voz rota, cada vez menos preocupada por el ruido.

—Más fuerte —dijo—. Quiero sentirte entero.

Le obedecí. La follé duro, clavándome en ella una y otra vez, notando cómo se apretaba alrededor de mi polla cada vez que le rozaba el punto justo. Ella abrió más las piernas y una mano bajó hasta su clítoris.

—No pares —jadeó—. No pares, cabrón.

Mi mano libre fue a su cuello, no para ahogarla, sino para sujetarla, para marcar dominio justo donde ella me había enseñado a hacerlo. La presión la hizo gemir más fuerte.

—Eso —dijo con una sonrisa jadeante reflejada en el espejo—. Ya aprendiste.

Le di más rápido. Sentía el calor de su coño envolviéndome, el sudor bajándome por la espalda, el dolor delicioso de aguantar la corrida mientras ella se iba deshaciendo delante de mí. Me miraba por el espejo con los ojos brillantes, mandando incluso mientras la follaba como un animal.

—Dime quién manda —exigió.

—Tú, señora.

—Otra vez.

—Tú mandas.

Se corrió casi inmediatamente después de oírlo. Lo sentí en la forma en que su cuerpo se apretó y empezó a temblar. Se vino con la mano entre las piernas y mi polla golpeando a fondo, con gemidos secos, cortados, intentando no gritar mientras el orgasmo le barría las piernas.

—Sigue, sigue, sigue... —repetía.

Seguí. Ya no tenía forma de detenerme mucho tiempo. Ella se incorporó apenas, me agarró de la nuca y me escupió la orden al oído.

—Ahora sí. Córrete dentro.

Fue escuchar eso y perder la pelea. La abracé por la cintura y me corrí enterrado hasta el fondo, descargando en pulsos largos mientras le mordía el hombro para ahogar el gemido. Ella recibió cada sacudida empujando el culo hacia atrás, exprimiéndome hasta dejarme vacío.

Nos quedamos quietos unos segundos, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. El espejo estaba empañado. Mi polla seguía dentro de ella, ablandándose despacio.

Fue ella quien se apartó primero. Se subió las bragas con calma, se arregló la falda y se miró en el espejo como si acabara de retocarse el pintalabios antes de una reunión. Yo seguía temblando, con la camisa abierta y la mente hecha trizas.

—Escúchame bien, Darío —dijo, lavándose las manos—. Esto no fue un accidente. Tú cruzaste una puerta y yo decidí qué hacer contigo. No confundas eso con confianza.

Asentí en silencio.

Se secó las manos, se acercó y me acomodó el cuello de la camisa con una delicadeza casi insultante. —Si quiero repetir, te lo haré saber. Si no, esto se queda aquí. Y la próxima vez que te entren ganas de husmear mi basura, me pides permiso.

No pude evitar una media sonrisa nerviosa. Ella me la borró tocándome la mejilla.

—No te pongas listo. Sigues siendo un pervertido. Solo que ahora eres mi pervertido cuando a mí me apetezca.

Abrió el pestillo y antes de salir se volvió apenas hacia mí.

—Mañana ven sin corbata. Quiero tener de dónde tirarte sin perder tiempo.

Y se fue.

Yo me quedé solo en el baño, con las piernas flojas, el cuerpo aún sacudido y una certeza clavada en el pecho. Aquella tarde no había cumplido una fantasía. Había entrado en algo mucho más oscuro: un juego de dominación, castigo y deseo del que, en el fondo, ya no quería salir.

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