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Relatos Ardientes

La confesión de Navidad que terminó en sumisión

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida —respondió la voz grave al otro lado de la rejilla.

La mujer tardó unos segundos en seguir. Respiraba mal, como si llevara media hora reuniendo valor para sentarse ahí dentro. Cuando por fin habló, su voz salió baja, quebrada, cargada de vergüenza.

—Padre, bendígame porque he pecado. Ha pasado más de una semana desde mi última confesión, pero lo que hice estos días... lo que dejé que me hicieran... no me deja dormir.

Se llamaba Verónica. Era una mujer adulta, de más de treinta años, casada, madre, trabajadora de limpieza en una galería comercial del sur de la ciudad. No había ido a su parroquia de siempre porque no soportaba la idea de mirar a su párroco a la cara después de contar aquello. Llevaba meses estirando el dinero hasta lo imposible mientras su marido enlazaba trabajos esporádicos sin que nada terminara de sostener la casa.

—Mis hijos querían un regalo de Navidad, padre. No algo lujoso, pero sí algo que yo sabía que no podía pagar sin partir en dos lo poco que teníamos. Encontré una consola de segunda mano en una app. Barata. Demasiado barata. El vendedor usaba un nombre de broma, algo navideño, y pensé que sería un viejo excéntrico intentando hacerse el gracioso.

Del otro lado hubo un silencio medido.

—Siga, hija. Cuéntelo todo.

—Quedé con él al salir del trabajo. Fui con el uniforme debajo del abrigo. Falda gris, medias oscuras, blusa blanca. Nada llamativo. Solo quería ver si el aparato funcionaba y volver corriendo a casa.

Cuando llegó al portal, lo vio esperándola junto a la puerta. Era un hombre mayor, corpulento, con barba blanca descuidada, panza pesada, dedos gruesos y esa expresión de quien se cree con derecho a todo. Llevaba un gorro rojo ridículo que no lograba hacerlo simpático; al contrario, le daba un aire más sucio, más desagradable. Olía a tabaco rancio y a sudor viejo incluso antes de acercarse.

—Me dijo que subiera a probar la consola. Dudé, padre. De verdad dudé. Pero pensé en mis hijos, en sus caras cuando vieran que ese año tampoco habría nada. Subí.

El ascensor era pequeño. Él se pegó demasiado. No llegó a tocarla, pero invadió su espacio con la barriga y el aliento, como si quisiera acostumbrarla desde ya a sentirse atrapada. Verónica bajó la vista todo el trayecto.

El piso era un desastre. Ropa tirada, ceniceros llenos, platos sin fregar, olor a encierro. La consola sí estaba ahí, conectada a un televisor viejo. Funcionaba. Eso fue lo peor: ver que era real, que podía llevársela, que estaba a un paso de resolver algo importante para su casa.

—Me preguntó si llevaba el dinero. Yo solo tenía la mitad. Se lo dije con vergüenza, intentando apelar a la compasión. Le expliqué mi situación. Él se rio en mi cara.

Verónica tragó saliva.

—¿Qué le dijo? —preguntó el confesor, casi de inmediato.

—Me dijo que no hacía caridad. Que si quería llevármela por ese precio, tendría que compensarlo de otra manera.

La mujer apretó las manos sobre el regazo, recordando.

—Primero me tocó el hombro. Después dejó que la mano bajara despacio hasta el pecho, como probando cuánto iba a permitirle. Le aparté la mano enseguida. Le dije que no, que estaba casada, que no había ido ahí para eso. Él se puso delante de la puerta.

—¿La amenazó?

—Sí. No gritó. Eso me asustó más. Hablaba como quien ya sabe que va a salirse con la suya.

***

—Me dijo que no iba a irme con la consola, ni sin ella, hasta dejarlo contento. Que si armaba escándalo, diría que yo había subido voluntariamente a follar por dinero. Me quedé helada. Pensé en mis hijos, en mi marido, en el barrio, en el trabajo. Pensé en lo fácil que sería ensuciarme la vida con una sola mentira dicha por un hombre como ese.

Intentó besarla. Verónica giró la cara, pero él le sujetó la barbilla con dos dedos y acabó metiéndole la lengua entre los labios a la fuerza. Sabía a alcohol y tabaco. Ella le empujó el pecho, pero él apenas se movió. Tenía demasiada masa encima y una tranquilidad espantosa, como si hubiera hecho aquello más veces.

—Yo le decía que no. Se lo juro, padre. No paraba de decirle que no.

—Lo sé, hija. Siga.

—Entonces me abrió el abrigo. No me preguntó. Lo apartó con las manos y me miró de arriba abajo. Me dijo que con ese cuerpo no parecía tan decente como quería hacerse la santa.

Le desabrochó la blusa despacio, uno a uno los botones, disfrutando más de la humillación que de la prisa. Verónica tenía el pecho lleno, pesado, marcado por el sostén. Cuando él bajó la tela y dejó sus tetas al aire, sintió un golpe de vergüenza tan fuerte que le ardió la cara.

—Me las agarró sin cuidado. Apretó. Pesó cada una en la mano como si fueran suyas. Me pellizcó los pezones hasta ponerlos duros y me dijo que no me hiciera la ofendida, que mi cuerpo estaba reaccionando solo.

El confesor guardó silencio. Ella continuó.

—Y era verdad. Eso es lo que más asco me da. Tenía miedo, rabia, ganas de salir corriendo, pero también notaba cómo se me endurecían los pezones y cómo empezaba a mojarme. Me sentí traidora a mí misma.

Él bajó la boca a uno de sus pechos y chupó con avidez, baboseando, mordiendo a ratos. La barba áspera le raspaba la piel. Con una mano le amasaba la otra teta, con brusquedad, arrancándole gemidos que ella intentaba morderse para no dejarlos salir. Cuanto más quería parecer inmóvil, más la delataba el cuerpo.

—Me dijo que me arrodillara.

—¿Y usted?

—Me empujó. Caí sobre las rodillas. El suelo estaba sucio. Recuerdo esa tontería con demasiada claridad: las rodillas mojándose con algo pegajoso mientras yo miraba su cinturón.

Le abrió la bragueta y sacó la polla. Era gruesa, enrojecida, pesada, con olor fuerte. Verónica apartó la cara por puro reflejo. Él le agarró el pelo y le colocó la punta en los labios.

—Le dije que no podía hacer eso. Que por favor no me obligara. Y me contestó que ya estaba allí, de rodillas, con las tetas fuera, y que más me valía aprender a obedecer si quería regalo y dinero.

La primera vez que se la metió en la boca, ella cerró los ojos. No por deseo: por no verlo. La invadió el sabor ácido, la presión, el asco de notar esa carne empujando la lengua. Él no le dio tiempo a acostumbrarse. Le sujetó la nuca y empezó a marcar el ritmo con la cadera.

—No era solo que quisiera que se la chupara. Quería dominarme. Humillarme. Cada vez que intentaba apartarme, me apretaba más la cabeza y me la metía más hondo.

La barbilla de Verónica se llenó de saliva. Se le corría por el cuello, le caía sobre el escote abierto, le mojaba la blusa. Tosió, se atragantó, intentó respirar por la nariz mientras él empujaba y sacaba la polla de su garganta con un ruido húmedo, obsceno, insistente.

—Así, buena —le decía él—. Traga y trabaja. Si puedes limpiar retretes, puedes chupar polla.

Verónica dejó escapar un sollozo ahogado al recordarlo.

—En un momento vomité un poco. Pensé que eso lo detendría. No lo hizo. Me dijo que era una guarra y que siguiera.

***

—¿Cuánto duró? —preguntó el sacerdote, demasiado rápido.

—No lo sé. Mucho. O eso me pareció. Perdí la noción del tiempo.

Cuando él por fin la soltó, Verónica tenía la boca dolorida y las rodillas temblando. Apenas le dio un segundo antes de alzarla de un tirón por el brazo y llevarla hasta el sofá. La dobló sobre el respaldo, dejándola inclinada, con el pecho aplastado contra la tela y el culo levantado.

—Me subió la falda de golpe y me bajó las bragas hasta los muslos. Dijo que ya que me hacía la santa quería ver si por debajo también rezaba.

La vergüenza la atravesó de nuevo al notar el aire en el coño descubierto. Más aún cuando él le pasó los dedos entre los labios y encontró humedad. No tuvo que fingir sorpresa; la usó como arma.

—Mira cómo estás —le dijo, frotándole despacio—. Dices que no y chorreás igual. Si te gusta, te gusta.

Verónica apretó las piernas, pero él se las separó con la rodilla. Le abrió el coño con dos dedos, mirándola por detrás como si evaluara mercancía. Luego escupió en la palma y se agarró la polla.

—Entró de golpe. Sin preparar casi nada. Me dolió muchísimo.

La primera embestida la empujó contra el sofá. Verónica soltó un grito ronco, mezclado de dolor y sorpresa. Él no se detuvo para ver si estaba bien. Se agarró a sus caderas y empezó a follársela con golpes duros, pesados, haciendo crujir la estructura del mueble.

—Sentía toda su panza chocándome el culo, su respiración encima, sus manos sobándome las tetas por encima de la blusa abierta. Me decía cosas horribles. Que era una puta barata. Que por una consola me abría de piernas. Que a saber cuántas ganas tenía ya de que un desconocido me reventara el coño.

Ella negó con la cabeza dentro del confesionario.

—Y yo seguía diciendo que no, que parara, pero mi cuerpo... mi cuerpo empezó a moverse con el suyo. No quería darle ese gusto y aun así me descubría echando las caderas hacia atrás para recibirlo mejor.

El viejo lo notó enseguida. Apretó con más fuerza. Le dio una nalgada seca que le dejó la piel ardiendo.

—Eso es —le gruñó—. Deja de rezar y folla.

La penetró durante varios minutos con un ritmo irregular, alternando embestidas lentas y profundas con otras cortas, brutales, que le sacaban gemidos involuntarios. Cada vez que Verónica intentaba callarse, él le tiraba del pelo hacia atrás para obligarla a oírse.

—Dilo —le exigía—. Di que te gusta mi polla.

—No —respondía ella, llorando.

Entonces recibía otra nalgada, otra embestida hasta el fondo, otro tirón del pelo.

—Di que te gusta.

—Me... me gusta —acabó diciendo con vergüenza, porque entendió que así al menos él aflojaba un segundo.

Pero no aflojó. Se rio.

—Eso pensaba.

Verónica se humedeció más. Odiaba recordarlo, pero era la verdad. El roce continuo, la violencia controlada de esa dominación, la forma en que la usaba sin pedir permiso y sin duda alguna, fue derritiendo la resistencia de su cuerpo aunque su cabeza siguiera gritando otra cosa.

—Tuve el primer orgasmo así, padre. Contra mi voluntad, pero lo tuve. Se me cerraron las piernas, temblé, y él me mantuvo abierta para seguir follándome mientras yo me corría.

Del otro lado de la rejilla, la respiración del confesor sonó más densa.

***

—Después me metió los dedos por detrás —continuó ella—. Yo me tensé enseguida.

El hombre le escupió entre las nalgas y le abrió el culo con los pulgares. Primero le pasó la lengua, húmeda, sucia, insistente, arrancándole una mezcla de asco y estremecimiento. Luego metió un dedo, después dos, trabajándola sin delicadeza, solo con la intención de abrirla.

—Le dije que no, que ahí no. De verdad que se lo dije.

—Lo entiendo.

—Pero me contestó que si quería el lote completo, él también lo quería completo.

Cuando sintió la punta de la polla empujando su culo, Verónica se aferró al sofá con las dos manos. La presión fue lenta solo al principio. Después él venció la resistencia con un empuje seco. El dolor le subió por la espalda y le cortó la respiración.

—Creí que me partía. Me quedé rígida. Él me ordenó que respirara y relajara el culo si no quería sufrir más. Lo decía como quien da una instrucción práctica, como si fuera lo más normal del mundo.

Y ella, aterrada, hizo caso. Jadeó, abrió más las piernas, intentó ceder un poco. En cuanto la notó aflojar, él empezó a follársela por el culo con un vaivén pesado, profundo, cada vez más suelto. El sonido de las embestidas cambió. Todo se volvió más crudo, más animal.

—Ahí fue cuando entendí de verdad lo que quería de mí. No solo que me dejara tocar. Quería romperme la vergüenza. Quería escucharme obedecer.

Le agarraba las tetas como riendas, tirando de ellas mientras la embestía. Le ordenó que contara. Que dijera cuántas veces había entrado. Que repitiera que era suya mientras estuviera en ese piso. Verónica se resistió un rato, hasta que otra palmada ardiente en el culo la hizo soltar un gemido demasiado alto.

—Di que eres una buena sumisa.

—No lo soy.

Él volvió a empujar hasta el fondo, clavándosele por detrás con tanta fuerza que ella gritó.

—Dilo.

—Soy... soy una buena sumisa —murmuró.

—Más alto.

—Soy una buena sumisa.

Eso pareció excitarlo todavía más. La folló por el culo con más velocidad, saliendo casi por completo para volver a hundirse de una sola embestida. Verónica, entre el dolor y el placer, empezó a responderle con el cuerpo, echándose hacia atrás para recibir cada golpe. Las lágrimas le corrían por la cara, pero también notaba el orgasmo subiendo otra vez, más sucio, más vergonzoso.

—Me corrí otra vez así. Con su polla en el culo y su mano metida entre mis piernas, frotándome el clítoris como si quisiera arrancármelo. No pude evitarlo. Me salían gemidos, le decía que parara y al mismo tiempo me venía encima de su mano.

—¿Y él?

—Me llamó puta. Pero no como insulto cualquiera. Como si le gustara oírlo.

***

Cuando notó que iba a correrse, el hombre la sacó de golpe y la puso de rodillas otra vez. Verónica apenas tenía tiempo de reaccionar. La polla le rozó la boca y él le sujetó de nuevo la cabeza.

—Si quieres terminar el trato, tragas —le dijo.

Ella abrió la boca sin discutir. Eso era lo que más la atormentaba después: no que la hubiera obligado, sino la docilidad final con la que obedeció. Lo tomó entero otra vez, babeando, con la garganta irritada, mientras él la usaba a empujones cortos, rápidos, desesperados.

—Me dijo que sacara la lengua. Que quería verme bien abierta y obediente. Lo hice.

La corrida le llenó la boca con varios chorros espesos. Verónica tragó por reflejo, tosiendo un poco, mientras él seguía apretándole el pelo y soltando gemidos sucios encima de ella. Cuando terminó, le dio unas palmadas en la mejilla con la polla blanda y se apartó satisfecho.

—Luego me tiró la consola y unos billetes encima del sofá. Como si de verdad hubiera sido una negociación.

Ella se arregló la ropa con manos temblorosas. Se limpió como pudo en el baño, se subió las bragas húmedas, se cerró la blusa, se puso el abrigo y salió con el cuerpo adolorido y la cabeza vacía. Aun así, al llegar a casa, abrazó la caja contra el pecho como si con eso pudiera justificarlo todo.

—Mis hijos se pusieron felices cuando la vieron escondida para Navidad. Y yo me sentí la peor madre del mundo por haber comprado esa alegría así.

—Usted fue víctima de un abuso, hija.

Verónica tardó en responder.

—Sí... pero esa no es toda la verdad.

***

Dos días después volvió a verlo. Ella acababa de terminar su turno en la galería comercial y se fue al vestuario del personal para cambiarse. Todavía llevaba el uniforme, el pelo recogido y el cansancio pegado a la espalda. Estaba sola frente a las taquillas cuando la puerta se abrió.

Entró él.

Llevaba el traje de Papá Noel del centro, sin la chaqueta abierta del todo, con la barba postiza a medio quitar y esa misma sonrisa asquerosa de quien conoce un secreto tuyo. Al verla, cerró la puerta con el pestillo.

—Así que aquí trabajas —dijo—. Ya sabía que eras buena con las manos, pero no imaginaba que volvería a verte tan pronto.

Verónica sintió un vuelco de pánico y otra cosa peor: un latigazo húmedo entre las piernas.

—Me dijo que si no quería que alguien se enterara de nuestra «transacción», más me valía portarme bien. Yo sabía que estaba jugando conmigo. Sabía que podía estar mintiendo, que quizá no se atrevería a hacer nada. Pero me vio la cara. Supo que me tenía otra vez.

La acorraló entre las taquillas. No hizo falta que la tocara al principio. Bastó con su cuerpo cerrándole el paso y su voz baja, segura.

—De rodillas —ordenó.

Esta vez Verónica tardó apenas unos segundos. Eso era lo insoportable de reconocer. No lo hizo solo por miedo. También lo hizo porque llevaba dos noches recordando cómo la había puesto, cómo la había hecho correrse, cómo su cuerpo había respondido bajo la humillación. Se odiaba por eso, pero ya no podía negarlo.

—Me arrodillé sola, padre.

El sacerdote se quedó callado.

—Le bajé la cremallera. Le saqué la polla yo. Incluso la agarré antes de que me lo ordenara. Ahí entendí que ya no era solo chantaje. Había deseo también.

Ella empezó a chupársela con más soltura que la primera vez. Aún había asco, sí, pero también conocimiento. Sabía cómo abrir la boca, cómo colocar la lengua, cómo acompañar el movimiento de la mano. Él se lo hizo notar enseguida.

—Vaya, qué rápido aprendes. Si te ponen firme, obedeces de maravilla.

Verónica gimió alrededor de la polla al oírlo. Esa aprobación inmunda le encendió algo muy hondo. Él le acarició la cabeza casi con ternura, y ese gesto la excitó más que la brutalidad previa.

—En el vestuario me trató como si ya fuera suya. Me escupió en la boca. Me hizo tragar. Me ordenó abrirme la blusa y sacar las tetas mientras lo chupaba, y yo obedecí.

Una de sus manos se ocupó de los pechos de Verónica, amasándolos, pellizcando los pezones, jugando con ellos hasta dejárselos tensos y doloridos. Con la otra le apartó la ropa interior y le metió dos dedos en el coño mientras seguía follándole la boca.

—Estaba empapada. Antes de que llegara a penetrarme ya lo estaba. Eso me mató de vergüenza.

—¿La penetró allí mismo?

—Sí.

***

La sentó en un banco del vestuario, le abrió las piernas y se arrodilló frente a ella. Le lamió el coño con una avidez obscena, separándole los labios con los pulgares, metiendo la lengua a fondo, succionándole el clítoris hasta hacerla retorcerse. Verónica se tapó la boca con la mano para no gritar.

—No parecía un castigo. Parecía que estaba disfrutando de verdad teniéndome así, con las piernas abiertas y el uniforme medio puesto, temblando encima de su cara.

Él le apartó la mano de la boca.

—Nada de callarte. Quiero oír cuándo te corres.

La hizo correrse con la lengua y dos dedos dentro. Verónica arqueó la espalda, apretó los muslos contra sus hombros y acabó gimiendo sin poder contenerse. En cuanto el orgasmo aflojó, él la giró, la apoyó de pecho contra el banco y le levantó la falda.

—Me dijo que hoy no tenía que convencerme de nada. Que la muy puta ya venía aprendida.

La penetró el coño desde atrás con una seguridad fría, sin violencia inútil, como quien ya conoce el cuerpo que va a usar. Cada embestida encontraba el punto exacto que la hacía jadear. Le sujetó las muñecas a la espalda con una sola mano, inmovilizándola, mientras con la otra le frotaba el clítoris entre golpes.

—Ahí sí le dije que quería más. Lo dije yo, sin que me obligara.

El ritmo se volvió rápido. Las taquillas vibraban. El banco chirriaba. Él la follaba duro, pero con control, dominando cada cambio de ángulo, cada pausa para dejarla casi vacía y volver a llenarla de un solo golpe. Verónica se sentía usada y, al mismo tiempo, escandalosamente atendida en su placer.

—Le pedí que me diera por detrás otra vez. No sé cómo fui capaz de decirlo.

Él se rio, complacido, y no la juzgó; solo obedeció la orden nacida de la sumisión. Le escupió entre las nalgas, la abrió con los dedos y la fue preparando mientras le metía dos dedos en el coño para mantenerla goteando. Después colocó la polla en su culo y entró despacio, disfrutando de cada centímetro.

Verónica apoyó la frente contra el banco y se dejó hacer, respirando hondo, relajando el cuerpo justo como él le había enseñado la primera vez. Cuando ya la tuvo dentro por completo, empezó a moverse con un vaivén firme, profundo, brutal solo en apariencia: sabía exactamente cuánto podía darle sin romperla.

—Me llamó su buena sumisa. Me dijo que una mujer como yo necesitaba que la mandaran. Y yo... yo me corrí oyéndolo.

El orgasmo le llegó largo, sucio, desarmándola. Él siguió follándole el culo mientras ella temblaba, con los dedos trabajando su clítoris hasta arrancarle otro espasmo. Luego la sacó, la giró de frente y le sujetó la mandíbula.

—Abre.

Verónica abrió. Recibió la corrida en la lengua y tragó sin apartar la mirada.

***

En el confesionario volvió el silencio. Solo se oía la respiración de ambos y, muy a lo lejos, un banco crujiendo en la nave de la iglesia.

—Desde entonces no he vuelto a verlo —dijo ella al fin—, pero no dejo de pensar en él. No solo con miedo. También con ganas. Eso es lo que me tiene rota por dentro. Porque una cosa es que me forzara la primera vez. Otra muy distinta es que ahora, cuando me acuesto con mi marido, cierro los ojos y recuerdo esa voz dándome órdenes, esa mano en mi nuca, ese modo de humillarme hasta hacerme correr.

El sacerdote tardó en contestar.

—¿Y qué siente ahora mismo al contármelo?

Verónica apoyó la frente en la madera del confesionario.

—Vergüenza. Culpa. Y calor entre las piernas. Siento todo eso a la vez. Por eso vine. Porque ya no sé si busco perdón o permiso para volver a caer.

Del otro lado, la voz grave sonó más baja, más áspera.

—La carne confunde mucho cuando toca una herida profunda.

Ella cerró los ojos.

—Dígame qué hacer, padre.

Hubo una pausa larga.

—Empiece por decirme una cosa más. Si ese hombre la llamara otra vez... si volviera a ordenarle que se arrodillara... ¿usted obedecería?

Verónica sintió un escalofrío completo. No respondió de inmediato. Cuando por fin lo hizo, la verdad le salió como un susurro rendido.

—Sí. Creo que sí.

La respiración al otro lado de la rejilla se volvió más pesada todavía.

—Entonces rece conmigo —dijo el sacerdote.

Verónica juntó las manos, temblando.

—En el nombre del Padre...

La voz del hombre la interrumpió con una risa baja, ronca, inconfundible.

—Ho, ho, ho.

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Comentarios(1)

Ezequiel_BA

Tremendo relato, se me hizo muy corto. Quiero mas!!!

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