La camarera sumisa de la fiesta de Vanesa
El domingo cayó sobre Bruno como una losa. Después de la mañana entera bajo las órdenes de Vanesa, seguía tendido en el colchón del cuarto del fondo, con las muñecas marcadas por las cuerdas y la piel pegada a la sábana por el sudor reseco. Tenía cincuenta y ocho años y la sensación de no reconocer su propio cuerpo: pesado, dolorido, ajeno. La cabeza le daba vueltas en ese lugar incómodo entre la vergüenza y un deseo que no sabía cómo apagar. La polla, blanda entre los muslos, todavía guardaba las marcas rojas del anillo de cuero que Vanesa le había ajustado horas antes, y el culo le ardía por dentro con esa quemazón familiar que ya no sabía si era dolor o memoria.
No iban a dejarlo descansar. Las tres lo habían decidido desde temprano, entre risas, en la cocina. Marina, la morena de mirada filosa, fue la que tuvo la idea. Ariadna y Lucía la celebraron como si fuera lo más divertido del mundo.
La puerta se abrió de golpe y entraron las tres cargando bolsas. Marina dejó caer una sobre la cama.
—Arriba —dijo—. Hoy trabajas.
Le soltaron las manos. Bruno se incorporó despacio, frotándose las muñecas, esperando la siguiente humillación con esa mezcla de temor y rendición que ya empezaba a serle familiar. Ariadna sacó de la bolsa un uniforme barato de camarera: una falda negra demasiado corta, un delantal blanco descosido y una blusa que jamás iba a cerrarle del todo sobre el vientre.
—Póntelo —ordenó Lucía, la más bajita, cruzándose de brazos.
No tengo elección. Nunca la tengo.
Lo vistió él mismo, torpe, mientras ellas lo miraban como quien observa a un animal de feria. La blusa se tensó hasta que un botón saltó. La falda apenas le cubría los muslos y se le subía con cada movimiento, dejándole el culo al aire cada vez que se agachaba. No le habían dado bragas. Marina le acomodó en la cabeza una peluca rubia llena de nudos y le pintó la boca de rojo con un pulso brusco, manchándole la comisura.
—Listo —dijo, dando un paso atrás para admirar su obra—. Ahora eres nuestra camarera. Esta noche sirves tú, y más te vale no equivocarte.
Le pusieron una bandeja en las manos, dos cervezas y un par de vasos. Bruno se miró de reojo en el espejo del pasillo y deseó no haberlo hecho.
***
La casa empezó a llenarse hacia las nueve. Llegaron los invitados de las chicas: tres hombres grandes, anchos de espalda, de esos que pasan horas en el gimnasio y lo presumen con camisetas dos tallas más chicas. Reían fuerte, hablaban a gritos, llenaban el salón con su presencia. Uno de ellos, de barba cerrada y brazos tatuados, fue el primero en señalarlo.
—¿Y esto qué es? —preguntó, entre divertido y despectivo.
—Nuestra camarera particular —respondió Ariadna, guiñándole un ojo—. Sirve las bebidas. Es muy obediente, ya vas a ver. Y tiene la boca entrenada, si te interesa.
Le dio una palmada en la cadera que lo empujó hacia el centro de la sala. Bruno avanzó con la bandeja, las piernas temblándole bajo la falda, sintiendo cada mirada clavada en su cuerpo. Los hombres tomaban las cervezas sin agradecer, le daban golpecitos en la barriga, le tiraban del delantal. Uno le vació media lata por el cuello solo para ver cómo se estremecía. Las tres mujeres, repantigadas en el sofá, lo dirigían como a un títere.
—¡Más rápido! —gritaba Lucía.
—Se te cae todo, inútil —se burlaba Marina, grabándolo con el celular—. Enseñáles el culo, camarera. Levántate la falda cuando pasés.
Una de las chicas le ordenó que sirviera de rodillas, y él lo hizo, arrastrándose con la bandeja entre las risas de todos. Le hacían repetir el recorrido aunque no necesitaran nada, solo por el placer de verlo ir y venir, de verlo agacharse y recoger lo que tiraban a propósito. Cada vez que pasaba cerca, alguna mano lo pellizcaba, le levantaba la falda o le daba un empujón que casi lo hacía caer. Uno de los tipos, el rubio de ojos claros, le metió dos dedos secos en el culo mientras servía y se los quitó con una carcajada al ver cómo Bruno se doblaba sobre la bandeja. Bruno aprendió rápido a anticiparse, a esquivar, a sonreír cuando se lo exigían, a tragarse las lágrimas para no enfurecerlas.
Bruno servía y tropezaba, servía y sudaba, con la peluca torcida cayéndole sobre los ojos. La humillación le ardía en la cara, pero había algo debajo de esa vergüenza que no se atrevía a nombrar y que crecía con cada orden. Bajo la falda, su polla empezaba a endurecerse traidoramente contra el muslo, y él rezaba para que nadie lo notara.
¿En qué momento dejé de pelear contra esto? ¿En qué momento empecé a esperarlo?
***
El de la barba se cansó del juego primero. Vació la cerveza de un trago, lo agarró del brazo y lo hizo arrodillarse de un tirón en medio del salón. Con la otra mano se abrió el cinturón, se bajó el pantalón hasta los muslos y sacó una polla gruesa, oscura, ya medio dura, que le sacudió en la cara.
—Esta camarera sirve para algo más que llevar bandejas —dijo, y las tres soltaron una carcajada—. Abrí la boca, maricón. A ver si sabés mamarla como decís.
—Hazlo trabajar de verdad —lo animó Marina, inclinándose hacia adelante con el móvil pegado a la cara—. Meteséla toda. Hasta el fondo.
Bruno intentó retroceder, pero el segundo hombre, el calvo, lo sujetó de la nuca y lo mantuvo en su sitio. El de la barba le clavó los dedos en las mejillas hasta forzarle la boca abierta y le empujó la polla adentro de una sola vez. Bruno sintió el golpe en la garganta, la carne caliente atragantándolo, el sabor a sudor y a cerveza. Se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. El tipo lo agarró de la peluca con las dos manos y empezó a follarle la boca a un ritmo brutal, sin dejarlo respirar, hundiéndole la verga entera contra el paladar hasta que la nariz de Bruno chocaba con el vello negro del pubis.
—Mirá cómo babea —se reía el calvo, sacándose la propia polla y sacudiéndosela al lado de la cara de Bruno—. Le encanta. Mirá los ojos que pone.
Le hacía arcadas, la saliva le colgaba en hilos gruesos desde la barbilla hasta las tetas descubiertas de la blusa reventada, y aun así no lo soltaban. El de la barba se corrió el primero, adentro, sin avisar, con un gruñido largo que le sacudió las caderas contra la boca de Bruno. La corrida caliente le llenó la garganta y Bruno tragó porque no le quedaba otra, tosiendo, con el semen escurriéndose por las comisuras.
—Buena camarera —jadeó el tipo, sacándosela con un ruido húmedo y limpiándose los restos en la peluca rubia—. Ahora el siguiente.
El calvo lo agarró del pelo y se la metió sin miramientos. Era más gruesa todavía, curva, y Bruno sintió cómo le abría la mandíbula hasta hacerle crujir la articulación. Le folló la boca con la misma saña, escupiéndole en la cara entre embestida y embestida, llamándolo puta, maricón viejo, vieja verde. Bruno lloraba y mamaba, mamaba y lloraba, con la polla dura debajo de la falda a pesar de todo.
El tercero, el rubio, no esperó turno. Se puso detrás de Bruno mientras el calvo le seguía dando por la boca, le levantó la falda de un tirón y le escupió entre las nalgas. Bruno sintió la cabeza de la verga apretándole el ojete todavía dilatado de la mañana con Vanesa, y después la penetración, seca, dura, hasta el fondo de una embestida. Gritó contra la polla que tenía en la boca y el grito se ahogó en un gorgoteo.
Lo tenían ensartado por los dos lados. El rubio le follaba el culo con las manos clavadas en las caderas, hundiéndosela entera cada vez, y el calvo le trabajaba la garganta al mismo ritmo, los dos coordinando las embestidas como si Bruno fuera un juguete que se pasaban de mano en mano. Cada vez que uno empujaba, el otro se retiraba, y el cuerpo de Bruno se sacudía en el medio como una muñeca de trapo. La polla propia le rebotaba contra la panza, tan dura que le dolía, goteando encima de la falda arrugada.
—Miralo cómo se abre —jadeaba el rubio, dándole una palmada seca en la nalga que le dejó la marca roja—. Este culo está pidiendo verga hace rato. Se le nota.
Las chicas no perdían detalle. Ariadna y Lucía se acariciaban en el sofá, gimiendo bajito, con las manos metidas por debajo de los vestidos. Marina seguía con el teléfono en alto, cambiando de ángulo para no perderse nada.
—Mírenlo —dijo Ariadna, casi con ternura cruel, con dos dedos hundidos en su propio coño—. Le encanta. Miren cómo la tiene.
Y era verdad. Bajo la falda, la polla de Bruno lo traicionaba como siempre, dura y babeante a pesar del llanto, a pesar de la vergüenza, a pesar de todo. Esa contradicción lo hundía más que cualquier insulto. Lloriqueaba y obedecía, obedecía y se excitaba, atrapado en un círculo del que no sabía cómo salir.
El calvo se corrió sobre la lengua de Bruno, obligándolo a mantener la boca abierta para que las chicas vieran el charco de semen en el paladar antes de mandarle tragar de una palmada bajo la barbilla. El rubio aguantó un poco más, sacándosela del culo y volviéndosela a meter con una lentitud calculada para hacerlo gemir. Terminó vaciándose adentro también, apretándole las nalgas hasta hacerle marcar los dedos, y cuando salió lo hizo con un ruido obsceno, húmedo, dejándole el ojete abierto y goteando corrida.
—Marina, mirá esto —se rió—. Se le sale sola.
Marina se levantó con el teléfono y le enfocó el culo abierto. Bruno, todavía de rodillas, dejó caer la cabeza contra el suelo, con la mejilla apoyada en la alfombra, la boca abierta y llena de baba y semen ajeno. Le temblaban las piernas.
***
La puerta principal se abrió de un golpe y la risa se cortó en seco. Vanesa entró con esa presencia que llenaba cualquier habitación: alta, de piernas largas, con el pelo recogido y una mirada que no admitía discusión. Era la dueña de Bruno, la que lo había roto y rearmado durante meses, y todos en esa casa lo sabían.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, despacio, recorriendo la escena con los ojos.
Vio a Bruno tirado en el suelo, vestido de camarera, despeinado y deshecho, con la corrida chorreándole por los muslos. Vio a los tres hombres, con las pollas todavía afuera, brillantes de saliva y semen. Vio a las tres chicas, con las manos entre las piernas. Nadie se movió.
—Solo jugábamos con tu mascota, Vanesa —se atrevió Marina, recuperando la sonrisa—. Relájate.
Vanesa no se relajó. Se acercó a Bruno con pasos lentos, lo tomó del mentón y le levantó la cara para mirarlo de frente. Le pasó el pulgar por la comisura, recogiendo un hilo de semen, y se lo metió en la boca a Bruno con calma.
—Ya tuvo bastante de los novios de ustedes —dijo, sin soltarlo—. Ahora me toca a mí. Y él me va a atender como Dios manda.
Los tres hombres entendieron que la noche había cambiado de dueña. Se guardaron las pollas todavía húmedas, recogieron sus cervezas y se replegaron hacia la cocina entre murmullos. Las chicas, en cambio, se incorporaron, alertas, esperando instrucciones.
—Ustedes —dijo Vanesa sin mirarlas, mientras se subía la falda del vestido hasta la cintura y se sacaba las bragas negras de encaje con un gesto seco—, de rodillas. Atiendan a la camarera mientras yo me ocupo de su boca. Que se corra sin que nadie le toque la polla. Quiero verlo deshacerse solo de tener mi coño en la cara.
***
Las tres obedecieron sin chistar. Había algo en el tono de Vanesa que no dejaba lugar a la duda. Vanesa se sentó en el sofá con las piernas abiertas, mostrándoles a todas el coño depilado y ya brillante, y le hizo una seña a Bruno con dos dedos.
—Vení. De rodillas. Como sabés.
Bruno se arrastró hasta ella, con la peluca cayéndole sobre un ojo, el semen todavía escurriéndole por la barbilla. Marina fue la primera en agacharse detrás de él, con una mueca de asco que se transformó en aplicación al ver el culo abierto y chorreante; le metió tres dedos de una vez y los movió con crueldad, sacándose los que le habían dejado los tipos y limpiándoselos en las nalgas. Ariadna se puso a un costado y le agarró las tetas caídas a través de la blusa rasgada, apretándoselas y torciéndoselas hasta hacerlo gemir contra el sexo de Vanesa. Lucía se acomodó del otro lado, chupándole y mordiéndole la piel del cuello, susurrándole obscenidades al oído.
—Abrí —ordenó Vanesa desde arriba, agarrándolo de la peluca y guiándole la cara entre sus piernas—. Chupá. Como sabés hacerlo. Sin manos.
Bruno hundió la boca en el coño de Vanesa. Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, saboreándola, buscándole el clítoris con la punta y trabajándolo con círculos lentos como le había enseñado. Vanesa le apretó la cabeza contra ella con las dos manos, empujándole la nariz contra el pubis, cerrándole los muslos alrededor de las orejas.
—Más adentro. Metéme la lengua. Toda.
Él obedeció. Le penetró con la lengua, follándola con ella, subiendo cada tanto a chuparle el clítoris hinchado, alternando el ritmo hasta que Vanesa empezó a gemir bajito y a moverle la cara con las caderas. Abajo, Marina le seguía trabajando el culo, había pasado a cuatro dedos y le hacía crujir el hueco cada vez que empujaba, mientras Ariadna y Lucía le pellizcaban los pezones hasta ponérselos morados. La polla de Bruno colgaba entre sus piernas, tan dura que le pulsaba, sin que nadie la tocara.
—Buen chico —jadeaba Vanesa, cabalgándole la cara—. Chupá más fuerte. Que se te corte la respiración.
Bruno se perdió por completo. Lo que siguió lo arrastró a ese lugar que tanto temía y tanto necesitaba: la sensación de no ser nada más que un instrumento, un cuerpo a disposición de otros. Vanesa marcaba el ritmo desde arriba, firme, sin prisa, llamándolo por todos los nombres que sabía que lo derribaban: puta vieja, marica, camarera de mierda, mi juguete, mi cosa. Abajo, las tres lo trabajaban con una crueldad risueña, metiéndole los dedos hasta el nudillo, tirándole del pelo, dándole cachetadas ligeras en las nalgas cada vez que se le escapaba un gemido demasiado fuerte.
Se vino la primera vez sin aviso, sin nadie tocándole la polla, solo con la boca llena del coño de Vanesa y los dedos de Marina hundidos hasta la muñeca en el culo. Se corrió a chorros sobre la alfombra, sacudiéndose entero, con un grito ahogado contra el sexo de Vanesa que solo la hizo apretarle más la cara.
—Ni se te ocurra parar —gruñó ella, tirándole de la peluca—. Seguí chupando.
Y siguió. Con la polla todavía dura y palpitando después de la corrida, con el cuerpo entero temblándole, siguió comiéndole el coño a Vanesa mientras Marina le sacaba los dedos y en su lugar le metía un consolador negro que había aparecido de alguna parte, grueso, largo, que le abrió el culo con un ardor nuevo. Se corrió una segunda vez cuando Vanesa por fin gritó y le apretó los muslos contra las orejas, empapándole la cara de flujo caliente. Bruno tragó, lamió, siguió lamiendo aunque le doliera la mandíbula, aunque no le quedara aire.
—Otra más —ordenó Vanesa, todavía convulsa, sin soltarlo—. Quiero verte una más. Vení, chicas, cambio.
Ariadna se sentó al lado de Vanesa y le abrió las piernas también, mostrándole a Bruno su coño rosa y brillante. Lo hicieron pasar de una a otra, de Vanesa a Ariadna y a Lucía, chupando y lamiendo hasta que le dolía la lengua, mientras Marina, atrás, seguía metiéndole el consolador con una lentitud sádica, buscándole el punto que le hiciera perder la cabeza. Se corrió una tercera vez, seca casi, sin fuerza, sacudido como una marioneta a la que le cortan los hilos de a poco. Las chicas reaccionaron entre risas y muecas, burlándose de él, señalándole la polla que ya solo escupía un hilo transparente, mostrándole en el celular las tres corridas manchando la alfombra.
Vanesa, viéndolo derrumbarse así, apretó el agarre sobre la peluca y se dejó ir también una última vez sobre su boca, sosteniéndole la cabeza hasta el último estremecimiento, ahogándolo entre sus muslos.
—Buen chico —murmuró, y en su boca aquello sonó más humillante que cualquier insulto.
***
Cuando todo terminó, lo soltaron y Bruno cayó de costado sobre el suelo, hecho un ovillo de carne temblorosa, con la falda rasgada, la peluca a medio caer y el culo todavía abierto alrededor del consolador que nadie se molestó en sacarle. Le costaba respirar. Le costaba pensar. El salón olía a cerveza, a sudor y a sexo, y la música seguía sonando como si nada hubiera ocurrido.
Vanesa lo empujó suavemente con la punta del pie.
—Suficiente por hoy.
Las tres se levantaron, acomodándose la ropa, recuperando el aire. Marina se agachó a su lado, le sacó el consolador de un tirón que le arrancó un gemido ronco, y se lo pasó por los labios antes de tirárselo al pecho.
—No te confundas, camarera. Eres nuestro. Te vamos a llamar cuando se nos antoje, y vas a venir. A servir, a obedecer, a dejarte usar, a abrir la boca y el culo cuando te lo pidamos. ¿Entendido?
Bruno asintió apenas, sin fuerzas para más. Ariadna le dedicó una última risa y Lucía un pellizco en el costado, casi cariñoso, casi cruel. Vanesa fue la última en hablar, ya desde la puerta, abrochándose la chaqueta.
—Y yo siempre voy a estar para recordarte lo que eres —dijo—. De mí no te libras.
Se fueron una a una, dejando la casa en silencio y a Bruno tirado entre los restos de la fiesta, con el semen ajeno todavía secándose en los muslos y en la cara. Tenía el cuerpo destrozado y la mente todavía atrapada en lo que acababa de pasar, en la promesa de que volvería a pasar. Cerró los ojos. No había alivio en aquello, pero tampoco había vuelta atrás. Era la camarera de Vanesa, y en el fondo, donde no se atrevía a mirar, ya estaba esperando la próxima llamada.