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Relatos Ardientes

Me entregué como esclavo en la habitación del hotel

La habitación 412 del Hotel Lucero olía a sudor, a cuero y al cuero todavía tibio de los arneses tirados por el suelo. Habían pasado horas desde que Aníbal cruzó esa puerta por su propia voluntad, y ahora estaba en el centro de la cama, respirando hondo, con el cuerpo marcado por las correas que él mismo había pedido que apretaran más. A los cincuenta y ocho años conocía bien lo que quería, y lo que quería era exactamente eso: rendirse del todo.

Habían negociado cada detalle durante semanas. La palabra de seguridad era «invierno», y todos en esa habitación la respetaban como una ley sagrada. Mientras no la dijera, Aníbal era de ellas. Y no pensaba decirla.

Renata se acercó primero. Morena, de mirada filosa, se arrodilló junto a su cara y le tomó la barbilla con dos dedos.

—¿Seguimos? —preguntó, seria de pronto, buscándole los ojos.

—Sigan —respondió él con la voz ronca—. No paren.

Ella sonrió y le soltó la cara con un empujón suave. La seriedad se disolvió en algo hambriento.

—Este cerdo todavía cree que aguanta —dijo, levantándose—. Vamos a ver cuánto.

***

Carolina, rubia y de caderas anchas, le pasó la mano por el pecho cubierto de marcas rojas. No eran heridas, eran las huellas de las palmadas y de las pinzas que él había rogado que le pusieran. Cada una le ardía de un modo que lo hacía temblar de anticipación.

—Te falta disciplina, Aníbal —le dijo al oído, mordiéndole el lóbulo—. Y nosotras tenemos toda la noche para enseñártela.

Desde la pared, Bianca y Vanessa observaban con una calma que asustaba más que cualquier grito. Las dos eran altas, de cuerpos esculpidos, y se acariciaban despacio mientras esperaban su turno. Bianca tenía tatuajes que le subían por el muslo; Vanessa llevaba el pelo recogido en una trenza que le caía sobre el hombro.

—Cuando ellas terminen de calentarte —dijo Bianca con su voz grave—, te vamos a enseñar lo que es de verdad.

Aníbal asintió contra el colchón. Era todo lo que podía hacer.

***

La puerta se abrió y entró Daniela, la última en sumarse al juego, una mujer pequeña y nerviosa que se quitaba la ropa con prisa, como si llegara tarde a algo importante. Traía un bolso del que sacó, uno por uno, una colección de juguetes que dejó alineados sobre la mesa con un cuidado casi ceremonial.

—Empezamos por lo blando y subimos —anunció, repasando con la mirada al hombre atado—. ¿Verdad que para eso viniste?

—Para eso vine —murmuró él.

Las cuatro mujeres se movieron alrededor de la cama como si tuvieran un guion ensayado. Renata le revisó las muñecas, comprobó que las cuerdas no le cortaran la circulación, le metió un dedo bajo el nudo y lo aflojó apenas. Era la regla: marcar, sí; lastimar de verdad, jamás. Después le ajustó la mordaza de cuero, esa que él había elegido entre tres porque era la que más lo silenciaba.

—Si querés parar, golpeás la cama tres veces —le recordó—. ¿Entendido?

Aníbal golpeó dos veces, suave, para mostrar que entendía, y se quedó quieto. Listo.

***

Daniela abrió el juego. Se colocó un arnés y, con una lentitud que era casi una tortura en sí misma, lo preparó con paciencia, sin prisa, vigilando cada gesto de su cara. Cuando entró, Aníbal gimió contra la mordaza, un sonido largo que era mitad protesta y mitad alivio. Llevaba semanas imaginando ese momento y la realidad lo superaba.

—Mírenlo —se rió Daniela—, si está temblando de puro gusto.

Renata le quitó la mordaza un instante, solo para inclinarse sobre él.

—Decilo —ordenó—. Decí lo que sos.

—Soy de ustedes —jadeó él—. Hagan lo que quieran.

Ella le devolvió la mordaza con una caricia en la mejilla, un gesto extrañamente tierno en medio de todo, y volvió a su sitio.

***

Carolina ocupó el turno siguiente, montándose detrás de Daniela y empujando con un ritmo cruel y medido. Aníbal sentía cómo lo abrían entre las dos, cómo el placer se mezclaba con esa punzada de exigencia que tanto había buscado. Hundía la cara en la almohada, mordía la mordaza, y cada vez que pensaba que no podía más, descubría que sí podía, que su cuerpo aguantaba más de lo que su cabeza creía.

—Este viejo es una caja de sorpresas —dijo Carolina, sin dejar de moverse—. Cuanto más le das, más quiere.

Renata se sentó sobre su cara, no para asfixiarlo, sino para sentirlo, controlando el peso, dejándolo respirar entre embestida y embestida. Él respondía con la lengua, entregado, mientras ella le clavaba las uñas en el pecho marcado y echaba la cabeza hacia atrás.

***

Entonces llegó el turno que Bianca había prometido. Se acercó por un costado, le pasó una mano por la nuca y esperó a que él la mirara antes de seguir.

—¿Todo bien? —preguntó en voz baja, solo para él.

Aníbal asintió con fuerza. Bianca sonrió y se tomó su tiempo, tan medida como las demás, atenta a cada reacción, retrocediendo apenas para acomodarse a su ritmo y volviendo a empujar cuando él relajaba los hombros. Vanessa, mientras tanto, le acariciaba el pelo gris, le susurraba obscenidades al oído y le decía lo bien que se estaba portando.

—Buen chico —ronroneaba Vanessa—. Así, quietito. Estás aguantando como nadie.

Aquellas palabras lo desarmaban más que cualquier golpe. Ser deseado en su rendición, ser admirado justo cuando se sentía más vulnerable, era la fantasía entera condensada en una frase.

***

En un rincón, tres hombres miraban el espectáculo bebiendo cerveza: un flaco de brazos tatuados, un moreno de barba espesa y un calvo de espalda ancha. Eran las parejas de algunas de ellas y formaban parte del acuerdo. Esperaron su señal sin moverse, porque en esa habitación nadie tocaba a Aníbal sin que estuviera pactado.

Renata les hizo un gesto con la cabeza.

—Despacio —les advirtió—. Y si golpea tres veces, todos paramos. ¿Quedó claro?

Los tres asintieron y se acercaron. El flaco le pasó la mano por la espalda, midiéndolo; el moreno le susurró que avisara cualquier cosa; el calvo le rozó la cara con cuidado antes de nada. Recién entonces siguieron, sumándose al juego que las mujeres habían armado, turnándose, cediéndose el lugar, atentos siempre a que el cuerpo del hombre les dijera hasta dónde.

***

Para Aníbal, el tiempo dejó de medirse en minutos. Existía solo el siguiente roce, la siguiente orden, la siguiente voz que le decía lo que tenía que hacer. La cabeza, esa máquina que durante el día no paraba nunca, se le había apagado por completo. No había trabajo, no había facturas, no había nada más que el peso de los cuerpos sobre el suyo y la certeza absoluta de estar exactamente donde quería estar.

Renata le pasaba un cubo de hielo por el pecho cada tanto, vigilando que no se sobrecalentara, y el contraste del frío contra la piel ardiente lo hacía retorcerse. Carolina le hablaba al oído, describiéndole con crudeza todo lo que pensaban hacerle después, y él temblaba solo de imaginarlo.

—¿Te gusta que te traten así? —le preguntó ella, mordiéndole el hombro.

—Sí —jadeó él contra la almohada—. Más.

—Pedilo bien.

—Por favor —rogó, y la palabra le salió tan sincera que hasta a él lo sorprendió.

***

Hubo una pausa larga en mitad de la noche. Daniela, agotada, se tiró en el sillón a recuperar el aliento. Los hombres salieron al balcón a fumar. Y por un rato, en la habitación quedaron solo Aníbal y Vanessa, que se sentó al borde de la cama y le acarició la espalda en silencio, sin exigirle nada.

—Sos valiente, ¿sabés? —le dijo en voz baja—. No cualquiera se anima a soltar el control de esta manera.

Él no supo qué contestar. Se limitó a apoyar la mejilla en la mano de ella, agradecido, mientras recuperaba fuerzas para lo que faltaba. Aquel momento de ternura en medio del juego era, quizá, lo que más lo conmovía de todo.

***

Cuando el ritmo volvió a acelerarse, lo hizo con todo. La noche se estiró en una sucesión de manos, de voces, de cuerpos que entraban y salían de la escena. Daniela se corrió primero, riéndose sola, agotada. Renata y Carolina se turnaban para sentarse sobre la cara de Aníbal, exigiéndole con la cadera, premiándolo con sus gemidos cuando lo hacía bien. Bianca y Vanessa lo llevaron hasta el borde una y otra vez sin dejarlo terminar, jugando con su paciencia hasta que él lloraba de pura tensión contenida.

Cuando por fin le dieron permiso, Aníbal se vino con un temblor que le recorrió el cuerpo entero, un orgasmo que parecía no terminar nunca, descargando semanas de espera en un solo instante interminable. Gimió contra la mordaza, el cuerpo arqueado, las cuerdas tensas, y por un segundo el mundo se borró por completo.

***

Lo que vino después era, para Aníbal, la mejor parte y la que nadie esperaría de una escena así. Renata le quitó la mordaza y le acercó una botella de agua a los labios. Carolina empezó a desatarle las muñecas, frotándole las marcas para que volviera la sangre. Vanessa le pasó una toalla húmeda por la frente. Daniela, ya vestida, le ordenó el pelo con los dedos.

—¿Cómo estás? —preguntó Bianca, sentándose a su lado en la cama.

—Entero —respondió él, con una sonrisa cansada—. Más que entero.

—¿Te pasamos de algún límite?

—De ninguno. Fue exactamente lo que pedí.

Lo cubrieron con una manta, le acercaron más agua, y los hombres recogieron las botellas sin hacer ruido, como quien sale en puntas de pie de un cuarto donde alguien descansa. Nadie se reía ya de él. La crueldad del juego se había evaporado y quedaba solo el cuidado, esa intimidad rara que se forma entre quienes confiaron tanto unos en otros.

***

Una a una se fueron despidiendo. Renata fue la última en irse. Antes de salir, se inclinó sobre Aníbal, que dormitaba envuelto en la manta, y le besó la frente.

—Avisá cuando estés en casa —le dijo—. Y descansá, que mañana te van a doler cosas que ni sabías que tenías.

Él sonrió con los ojos cerrados.

—¿Repetimos? —murmuró.

—Ya hablaremos —respondió ella desde la puerta, divertida—. Tenés que portarte bien primero.

La puerta se cerró con suavidad. Aníbal se quedó solo en la cama deshecha, el cuerpo dolorido y la cabeza en una calma profunda que pocas veces alcanzaba. Pensó en las marcas que llevaría días, en las palabras que le habían susurrado, en la confianza absoluta de haberse entregado del todo y haber sido sostenido en cada paso.

Cuándo será la próxima. Esa fue la única pregunta que le quedó rondando mientras se hundía, por fin, en el sueño más reparador en mucho tiempo.

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Comentarios (6)

KarinaMza

Tremendo!!! me dejo sin palabras, de verdad. Se siente tan real como lo contas.

DiegoPaz_84

La tension que se arma desde el principio es increible. Muy buen relato, espero que haya continuacion.

LucasBsAs

jaja el hotel nunca supo lo que paso ahi adentro

Maru_Salto

Me encanto como describiste ese momento justo cuando se cierra la puerta. Ahi se te congela el tiempo y todo lo demas desaparece. Muy logrado.

Fer_nocturno

Como fueron esas semanas de negociacion previa? me parece lo mas interesante de todo el proceso

pablito_Q

Buenisimo!! quede con ganas de mas

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