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Relatos Ardientes

La diosa que sometía demonios en su lecho de runas

Lirea era la joya del harén de Vorelia. Su cuerpo menudo, de extremidades finas y movimientos contenidos, irradiaba una fragilidad que no era más que un disfraz. El cabello dorado le caía en ondas suaves sobre los hombros, los pechos apenas insinuados parecían pedir disculpas por existir, y entre sus muslos guardaba un apéndice delicado, una pieza de carne menuda que la volvía distinta a todo lo que su diosa había poseído antes.

Su inocencia era aparente, una máscara cuidada. Por debajo de aquella dulzura latía una devoción perversa, una entrega absoluta a la diosa que la había escogido. En Lirea, la docilidad y la crueldad eran la misma cosa, dos caras de una moneda que solo Vorelia sabía hacer girar.

La diosa la dejaba asistir a sus rituales secretos en la Cámara de Obsidiana, una estancia sin dimensiones reales donde las leyes del tiempo y del espacio se deshacían como humo. El aire pesaba, cargado de aromas que no tenían nombre: dulces y salvajes a la vez, etéreos y sucios. Faroles labrados derramaban una luz rubí que apenas alcanzaba los rincones, y en esa penumbra los cuerpos parecían flotar, suspendidos en su propia entrega.

Vorelia presidía la sala con una túnica de seda negra semitranslúcida que más que vestir, dibujaba. La tela seguía cada curva de su cuerpo imposible, sugería sin mostrar del todo, y eso era lo que la hacía insoportablemente hermosa. Su melena azabache parecía moverse con voluntad propia mientras de su boca brotaban palabras que no deberían pronunciarse, sílabas que pertenecían a la lengua de la magia oscura y que arañaban el oído.

Lirea asistía a la invocación arrodillada sobre sus talones, quieta. No llevaba más adorno que un collar de oro negro ceñido al cuello, la marca que la señalaba como la favorita. Temblaba, como temblaba siempre que su diosa la hacía partícipe de aquellos ritos. Sabía lo que vendría, y saberlo no lo hacía menos aterrador.

Las letanías de Vorelia se hicieron lentas, graves, y empezaron a retumbar dentro del pecho de Lirea como si su propio corazón hubiese aprendido a recitarlas. Se quedó sin aliento. En el centro del círculo de invocación, donde un instante antes solo había aire viciado, apareció una figura.

Era un ser de piel de ónice, una superficie negra y pulida que devolvía la luz de los faroles en destellos rojos. Su musculatura estaba cincelada como la de una estatua hecha para intimidar. Los ojos le ardían igual que brasas a punto de consumirse, y entre sus piernas se erguía una virilidad atroz, desproporcionada, casi obscena en su tamaño. Sonreía. Una sonrisa perfecta y maligna, la de quien sabe exactamente cuánto daño es capaz de causar.

Lirea bajó la mirada de inmediato. El aura de aquella criatura la golpeaba como una marea, un olor a placeres agónicos, a goces tan retorcidos que la mente de un mortal corriente no habría sabido siquiera nombrarlos. Apretó los muslos sin darse cuenta.

—Drevanth, señor de Korumbar y de sus desolaciones, te saludo —la voz de Vorelia llenó la cámara, metálica y suave a la vez, envolvente como la seda y venenosa como ella sola—. Mi mandato es ley. Mi deseo te ata. Mi palabra es sagrada por el pacto de sangre que te somete.

El demonio inclinó la cabeza. Cuando habló, su voz era cristalina y guardaba tantos matices que costaba sostenerla; cada palabra parecía contener otras tres escondidas debajo.

—Mi reina, acudo de buen agrado, pues solo soy lo que debo ser en vuestra presencia —se arrodilló, y un estremecimiento de placer le recorrió el rostro cuando la mano de la diosa se posó sobre su cráneo perfecto—. Mi reina, mi dueña. Soy vuestro. Me entrego. Anhelo ser el instrumento de vuestro placer.

—Deseo acoger tu semilla, y tu goce lo haré mío —Vorelia se despojó de la túnica con un gesto perezoso, como quien se quita una idea de encima.

El demonio se acercó y besó su entrepierna con una reverencia que tenía algo de hambre. De entre sus labios oscuros surgió una lengua afilada y larga que se enroscó en la cintura de la diosa, recorriéndola, ciñéndola. Vorelia dejó escapar un gemido bajo, casi un ronroneo de propietaria satisfecha.

—Mi bello esclavo —murmuró.

Lirea sintió el calor subirle desde el vientre hasta la garganta. Su miembro delicado se irguió ante la visión de aquella lengua que se bifurcaba y penetraba, a la vez, las dos puertas del placer de su dueña. Pero lo que la hipnotizaba de verdad era el sexo del demonio: un instrumento de tamaño grotesco que palpitaba con vida propia, y de cuyo extremo brotaban perlas líquidas de una tonalidad dorada, brillante, casi luminosa en la penumbra.

¿Qué sería ser poseída por algo así?

El pensamiento la asaltó sin pedir permiso, y con él, una mezcla de terror y anhelo que le encendió la mente y la entrepierna al mismo tiempo. Imaginó el peso de aquel cuerpo, el desgarro, el castigo. Se mordió el labio para no gemir.

—Drevanth —la diosa hablaba sin dejar de gozar de aquella lengua—, tu placer no debería ser otro que saber que me perteneces. Tu placer no es más que mi goce. Te montaré hasta que me impregnes con tu semilla, y solo tendrás satisfacción por ser un instrumento. Por pertenecerme. Por ser mi esclavo y nada más.

La lengua se retrajo despacio y volvió a su boca. El demonio se relamió, alzó la mirada hasta encontrar la de su dueña, y luego la deslizó, lenta y cruel, hacia el rincón donde Lirea seguía arrodillada.

—Mi ama —dijo, y había una sonrisa nueva en su voz—, ¿no deseáis que plante mi semilla en esa carne irrelevante? Su mente reclama mi miembro. Lo oigo desde aquí.

Lirea se quedó sin respiración. Por un instante creyó que su diosa accedería, que la entregaría como se entrega un juguete, y la idea la dejó helada y ardiente a la vez.

—No —la voz de Vorelia cayó como una losa—. Es mía. La deseo viva y cuerda para que me sirva. Levántate.

El demonio obedeció. La diosa giró el rostro hacia su favorita y le habló en un tono firme que no admitía réplica.

—No juegues con lo que no entiendes, Lirea. Acércate. Y bebe lujuria.

Lirea avanzó a gatas sobre el suelo frío de la cámara, los ojos prisioneros del falo que palpitaba a la altura de su cara. Cuando estuvo frente a las dos figuras, se irguió sobre las rodillas. Buscó con la mirada el permiso de su dueña. Vorelia se lo concedió con un leve asentimiento, apenas un parpadeo de aprobación.

Entonces besó la punta. Apenas un roce de labios, tembloroso, reverente. Después lamió el largo del miembro despacio, degustando un sabor y un aroma que se le clavaban en la mente como agujas, sensaciones extremas de sumisión y de martirio que le doblaban la voluntad. Bajó hasta los testículos, grandes, demasiado grandes para abarcarlos, y los recorrió con la lengua mientras su propio cuerpo se estremecía sin que ella pudiera ni quisiera evitarlo.

La mano del demonio, de seis dedos largos y de uñas oscuras, se cerró en su cabello. Sin violencia, pero sin permitir negativa, la guió hasta que sus labios se acomodaron al glande negro, al orificio por el que seguía manando aquel néctar dorado. Lirea abrió la boca. Una descarga le atravesó el cuerpo de extremo a extremo, como si la criatura le hubiese inyectado su propia naturaleza.

Cuando la gota dorada le descendió por la garganta, fue como tragar una llama negra. El fuego se le repartió por dentro, recorriéndole cada fibra, cada nervio, hasta que el cuerpo se le arqueó con violencia. Un jadeo quebrado se le escapó de los labios. Su apéndice frágil palpitó, descontrolado, y derramó su esencia en un espasmo que era mitad adoración y mitad agonía. No supo cuánto duró. Cuando volvió en sí, estaba temblando contra el muslo del demonio, vacía y a la vez rebosante.

—Querida Lirea —Vorelia la observaba con una sonrisa divertida, casi maternal en su crueldad—. No, Drevanth. Ya te he dicho que es mía, y la deseo como mi más bella esclava, no como tu cría. Ven. A mi lecho. Quiero poseerte.

***

La figura poderosa del demonio siguió a su dueña hasta una cama enorme que dominaba el fondo de la cámara. La estructura era de un árbol de origen élfico, emponzoñado después con runas de oscuridad, de dominación y de lascivia, talladas tan hondo que la madera parecía sangrar luz negra. El colchón estaba hecho de almas atormentadas, y las sábanas de una seda que solo producían esclavos transformados en gusanos para tejerla. Todo en aquel lecho era posesión. Todo era castigo convertido en lujo.

Drevanth se tumbó sumiso, ofreciéndose, abandonando su cuerpo descomunal a la voluntad de la diosa. Vorelia lo montó sin prisa, acogiendo en su sexo el falo poderoso, descendiendo centímetro a centímetro hasta que lo tuvo entero dentro. Y entonces empezó a moverse.

Su piel pálida contrastaba con la negrura del esclavo como la luna contra un cielo sin estrellas. Le clavó las uñas en el pecho pétreo y arrastró los dedos, grabándole runas de posesión que ardían un instante y se borraban. El ritmo era implacable, calculado, el de quien gobierna y no el de quien suplica. Arrancaba el placer en lugar de recibirlo.

El demonio gimió, y en su gemido había rendición. Sintió cómo aquella divinidad lo devoraba, cómo su esencia era absorbida por la vorágine de goce que solo su reina sabía provocar. Cada embate de Vorelia lo vaciaba un poco más, lo reducía a lo que ella quería que fuese: un instrumento, una fuente, un esclavo que existía únicamente para alimentarla.

Lirea lo observaba todo desde el suelo, el corazón desbocado, sin atreverse a tocarse. Veía a su diosa cabalgar a una criatura capaz de devastar reinos y doblegarla con la simple certeza de su mandato. Comprendió, una vez más, la diferencia abismal entre desear y poseer.

Cuando Vorelia alcanzó el límite, no gritó. Se tensó entera, hermosa y terrible, y acogió la semilla del demonio en lo más hondo, esa simiente que alimentaría todavía más su poder de diosa de Velnara. Drevanth se estremeció debajo de ella, agotado, devorado, dichoso de haber servido. La diosa se quedó quieta un instante, saboreando su victoria.

Después lanzó una mirada dura hacia el rincón. Sus ojos encontraron los de Lirea, todavía húmedos, todavía hambrientos.

—Y tú, mi favorita —dijo, con una calma más afilada que cualquier amenaza—, no vuelvas a jugar con lo que no entiendes.

Lirea bajó la cabeza. Sí, mi diosa. Y supo, en lo más oscuro de su entrega, que volvería a hacerlo. Que siempre volvería a hacerlo. Porque pertenecer a Vorelia era justo eso: arder en el filo de un deseo que jamás le permitirían saciar del todo.

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Comentarios (5)

Marcos_ok

increible, de verdad. hacia mucho que no leia algo tan original en esta categoria

Romina_SL

Por favor que haya segunda parte!!! me quede con las ganas justo cuando se ponia mejor

ElisaLectora

La ambientacion fantastica le da otro nivel al relato, muy bien logrado todo. Sorprendio

DracoFan77

Como se les ocurrio mezclar la fantasia oscura con el bdsm? el resultado es increible, quiero mas

PatriciaFdz

Rara vez me engancho asi con un relato, pero este lo lei de un tiron sin poder parar. Tremendo trabajo, ojalá haya más entregas pronto

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