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Relatos Ardientes

La esposa perfecta de otro hombre se arrodilló ante mí

De todo lo que he vivido, este es el relato que más me ha costado escribir. No por vergüenza, sino porque lo que pasó fue nuevo hasta para mí, y no soy precisamente un hombre al que sorprendan fácil. Encontrarse con mujeres así es difícil. Muy difícil.

Marina, que me organiza la agenda con una precisión que da miedo, llevaba dos meses preparando una reunión. Volvimos de las fiestas con ella de mal humor conmigo por un asunto con Elena que ni le había contado, pero que daba por hecho. El día siete me puso sobre aviso.

—Andrés, escúchame bien. El lunes a las nueve tenemos la reunión. Me ha costado dos meses cerrarla.

—No te tenías que haber molestado. Sabes que no estoy nada convencido.

—Ya lo sé. Pero al menos escucha lo que ofrecen y comprueba que es justo lo que tú quieres, externalizado. Te he dejado toda la documentación encima de la mesa, en papel, como te gusta. Estúdiala, hazme el favor.

La estudié. Y aun así, poco se podía valorar en una simple reunión, así que me avisó de que estaba programada para todo el día, con dos descansos y comida incluida. Me informé de quién venía. Además de los técnicos, comandaban la expedición las dos cabezas de la empresa: un matrimonio. Él, Marcus, inglés criado en España y de madre española. Ella, Amara, nacida en Canadá pero de origen martiniqués. Gente reconocida, con un trabajo serio detrás. No era para tomárselos a broma.

***

Todo estaba listo al detalle, en eso Marina es única. El primero en llegar fue Marcus. Nos quedamos los dos solos en la sala mientras esperábamos al resto, y me cayó bien al instante. Rondaba los cincuenta, pelo canoso, bien cuidado, un metro setenta y cinco de elegancia relajada. El traje le quedaba como un guante: corte clásico, ajuste moderno. Era como mirarme a un espejo, porque el mío era idéntico salvo el color de la tela. Camisa oxford azul claro, zapatos marrones de cordones, un reloj mecánico de los de verdad, sin pantallas. Tenía estilo y era de los míos.

Hablamos de educación, de formación, de todo menos de fútbol, que enseguida le confesé que no me decía nada. Entró Marina a avisar de que habían cambiado de sala porque hacía falta una pantalla grande, y que la presentación la daría la mujer de Marcus. Me senté junto a él en un extremo. Y entonces apareció ella, y me dejó descolocado, sin habla. Es la primera mujer que voy a describir con tanto detalle, y todavía me quedaré corto.

Un metro setenta y ocho, esbelta, tacón finísimo y altísimo que la estiraba aún más. Cara de óvalo alargado, pómulos altos y marcados, frente amplia y despejada. La nariz recta, proporcionada. Pero eran sus ojos lo que clavaba a cualquiera: grandes, almendrados, de un café tan oscuro que parecía negro, con una transparencia penetrante que iba cambiando según hablaba. Y los labios, una locura: carnosos, con el arco perfectamente dibujado, capaces de una sonrisa que iluminaba la sala o de apretarse en una línea de pura determinación.

La piel, de un marrón profundo con reflejos cobrizos, impecable. El pelo recortado, casi rapado, le daba un aura de poder absoluto. Cuerpo atlético, postura siempre erguida, hombros rectos, cintura estrecha que caía hacia unas caderas hechas para que las agarraran. Manos largas, dedos finos, muy expresivos. Piernas interminables. Se movía por la sala dominando el espacio con una gracia casi felina, como quien espera, paciente, una presa.

El corte casi masculino del pelo dejaba la nuca limpia y vulnerable, la curva de la oreja, y sobre todo esa mandíbula cuadrada de quien podría morder de vuelta. Era una provocación. Pedía a gritos silenciosos que alguien la sujetara ahí, que sintiera tragar bajo la presión de unos labios.

Para el final me dejo lo mejor. El vestido blanco de una pieza no era una prenda, era una confesión. Una segunda piel de un blanco puro, virginal e imposiblemente obsceno, pintado sobre cada curva. En el torso se convertía en un monumento a su pecho generoso, los pezones insinuándose duros contra la tela. Y sobre ese culo en forma de corazón invertido, estrecho arriba, firme y rotundo abajo, el blanco era el colmo de la provocación. Cada vez que se giraba hacia la pantalla, la tela se estiraba sobre esa plenitud, prometiendo una resistencia gloriosa. Aquel vestido era más excitante que la desnudez, porque obligaba a imaginar.

Mientras hacía su exposición, yo no paraba de escribir. Pero mis anotaciones no eran sobre cifras: eran sobre ella. Jamás había visto a una mujer que me provocara semejante sensación. Hasta su acento peculiar me ponía. Marcus me miraba de reojo, preocupado de verme tomar tantas notas. Si supiera.

***

A mitad de la presentación entró Elena. Marina la había llamado para incorporarla un día antes. Ni me miró, se sentó sin más. La conocía bien: dura, eficiente, capaz de echarle una bronca de cuidado a quien hiciera mal su trabajo. Justo antes de bajar a comer la pillé en ese estado puro y la llamé un momento a mi despacho. En cuanto cerré la puerta, me resolvió todas las dudas sin que yo preguntara nada.

—A su disposición, mi señor. ¿Necesita algo? —dijo, bajando la mirada.

—Sí. Quiero que durante la comida sondees a Amara. Quiero saber si esconde algo.

—Sin problema, mi señor.

La comida fue fluida. Amara era encantadora pero hermética con los temas profesionales. Al terminar, mientras yo me reunía con Marcus para ver números, llamé aparte a Elena y le hablé claro.

—Esos temas me dan igual, para eso está Marina. Lo que quiero es que nos la follemos los dos. ¿Algún problema?

Se le quedó cara de circunstancias, pero respondió.

—Ninguno, señor. Es que nunca he estado con una mujer y será nuevo para mí. Aunque tampoco sabía cómo dejar que me azotaran, y aquí estoy. Su mirada me dice que ella es muy cachonda.

Se fue con la cabeza llena de dudas. Pero la conozco, y sabía que al menos lo intentaría.

***

Cerramos el acuerdo, y fue entonces cuando me enteré de que Amara no tenía participación en la empresa: era solo la consorte de Marcus. Estarían unos meses compartiendo espacio con nosotros, así que tenía tiempo de sobra. La relación la llevarían Marina y, más de cerca, Elena.

A los tres días exactos, Elena apareció ante mí y me deslizó un pendrive sin decir palabra, porque Amara venía detrás. Era un audio de las dos. Lo resumo.

—Tu jefe, Andrés. Es un hombre de detalles —decía Amara—. Se fija en todo. Los que no miran no valen la pena, y el tuyo lo dice todo con la mirada.

—¿Por qué lo dices?

—Cuando me cruza los ojos, me electriza. Y luego cómo trató al hombre de la melena, cómo lo tranquilizó. ¿Tiene esposa, está con alguien?

—Andrés no es de estar con una sola. Le gusta más una yeguada entera —se reía Elena—. Es generoso para lo bueno, pero un cabronazo para lo malo. Y ve cosas que los demás pasamos por alto. Cosas que, según él, merecen una inspección más profunda.

—Yo prefiero llamarlo «exploración» —ronroneaba Amara—. O «conquista». Según el terreno. Tú no has explorado mucho este terreno con mujeres, ¿verdad? Pero se nota la curiosidad. Y la curiosidad a veces necesita una guía.

—No sé si vamos por el mismo camino.

—Es fácil. Algunas mujeres somos de necesidades especiales. Y si tu pareja entiende que él no puede cubrirlas, tiene que ser un hombre generoso. Mi marido lo es. Buenísimo. Menos mal que es comprensivo.

—Creo que te entiendo, porque a mí me pasa igual.

—Desde que te vi y cruzamos miradas, supe que éramos muy parecidas.

Entró más gente y se cortó. No quise esperar. Llamé a Elena.

—No sé qué estoy haciendo —me confesó, nerviosa y encendida a la vez—. Pero la manera en que me miró a mí, y a ti… Es como si ya supiera exactamente lo que queremos. Su mirada no es solo cachonda. Es depravada.

Lo que de verdad le pesaba era otra cosa: Elena es más de recibir dolor, de sexo duro, que de ser sumisa al uso. Por eso me acerqué, le agarré los pezones por encima de la blusa y apreté hasta que su cara nerviosa se transformó en ese gesto de dolor placentero que tan bien conozco. Volvió a ser ella.

***

Faltaba una documentación que no había llegado. Cuando llegó, dije que se la haríamos llegar al hotel por medio de Elena. Marcus se había ido a otra reunión con cena posterior. Amara estaba sola en la suite.

En recepción nos hicieron subir. La puerta de la suite, en la última planta, estaba entreabierta. Desde dentro salía jazz suave y el pop inconfundible de un corcho de champán. El pasillo, alfombrado, en silencio, privado. Vimos a Amara de espaldas. Sin volverse, habló.

—Cerrad bien la puerta.

Era una orden suave, sin réplica posible. Elena dio un respingo, pero obedeció y giró la llave con un chasquido definitivo que aisló el mundo. A mí esa orden no me hizo el mismo efecto que a ella.

Amara se giró despacio, con dos copas. Tendió una a Elena y otra a mí. Sus ojos nos examinaron, ávidos, más a mí que a ella. No era ninguna primeriza, se le notaba a la legua.

—Yo… tengo hambre —dijo. Apuró su copa, la dejó vacía sobre la mesa y se acercó a Elena. Le levantó la barbilla con un dedo. Y sin más preámbulo, le derramó el champán de su copa por el escote. Elena gimió por el frío de la bebida, por la tela pegándose a la piel.

—La teoría es fría —murmuró Amara—. La práctica quema.

Se inclinó y lamió la gota que resbalaba desde la clavícula hasta el borde húmedo de la tela. Elena se aferró a sus hombros. Amara se enderezó con la boca brillante, me miró directo a los ojos y le abrió el cierre lateral del vestido de un tirón firme.

—Observa, Andrés. Aprende —dijo, girando a Elena para que quedara de espaldas contra ella, los pechos desnudos a mi vista—. La curiosidad se alimenta, no se cuestiona.

Su mano subió por el costado de Elena, rodeó el pecho sin tocarlo, y cayó de pronto entre sus piernas, por encima de la ropa interior. Elena soltó un grito agudo, roto, la cabeza echada hacia atrás sobre el hombro de Amara, las caderas empujando solas contra esa mano.

Me quité la chaqueta, la corbata, me desabroché el pantalón. Amara observó cómo Elena, incluso temblando, giraba la cabeza instintivamente hacia mí, buscando mi permiso con una necesidad desesperada. Y lo entendió todo de golpe.

—Oh… esto es mucho mejor de lo que pensaba —susurró—. No es curiosidad. Es devoción lo que te tiene, a la putita. No tiembla por mí. Tiembla por ti. Por lo que yo le hago y por lo que tú podrías ordenarme que le haga.

Saqué de mi bolsa lo que llevaba. Esposas de cuero forrado, una máscara con cremallera, un látigo de colas suaves, pinzas de varios tipos, un arnés doble, anillos de silicona. Lo dejé caer sobre la cama. Los ojos de Amara se oscurecieron de pura lujuria.

—Un hombre que viene preparado. Me gusta —gruñó.

***

Y entonces algo se invirtió. La mujer que dirigía la sala por la mañana, la consorte intocable, la esposa perfecta de otro hombre, se arrodilló en la alfombra frente a mí. Tomó el arnés, lo dejó a un lado, y me ofreció el extremo de una correa con la mano temblando.

—Para mí —dijo, y su voz ya no desafiaba, suplicaba—. El recordatorio de que hasta la más astuta tiene un amo. Guíame. Úsame para castigarla a ella. O para castigarme a mí. O a las dos.

Y empezó a hablar de ellos. De los maridos de cartón, los hombres de traje caro y apretón de manos flojo.

—Tienen perras de raza y las alimentan con pienso seco. Las pasean con la correa floja. No saben del fuego que tenemos aquí dentro. Yo me creí sin dueño hasta que olí tu verdad. Sus esposas, sus preciosas esposas de sociedad… aquí solo somos dos hembras en celo delante del macho de verdad. Te suplicamos que nos uses hasta que olvidemos nuestros nombres y solo sepamos el tuyo.

Detrás, Elena lloraba en silencio, asintiendo, empapada de sudor, de acuerdo con cada palabra. Me cansé de escuchar. Cogí de la bolsa la correa más dura de mi colección, la que reservo para casos especiales, y, con Amara inclinada hasta tocar el suelo con la frente, le lancé un zurriagazo en la espalda. Salió más fuerte de lo que pretendía. Un escalofrío violento la recorrió, y de su garganta escapó un gemido ahogado, casi un aullido. Sus hombros se relajaron, como si le hubieran quitado un peso de encima para ponerle otro mucho mayor: el mío.

—La perra negra aprende rápido —dije—. Pero la lección apenas empieza.

Tiré de la correa hacia Elena, atada de muñecas a la cabecera con las pinzas tirándole de los pezones.

—Limpia —ordené.

Amara bajó el rostro hasta el sexo de Elena y pasó la lengua de abajo arriba en una lamida larga y lenta. Elena gritó, el cuerpo arqueado contra las esposas.

—Relájate, preciosa —susurraba Amara entre lamidas—. Solo siente. Él está mirando. Él quiere ver esto.

Cerró la boca sobre el clítoris hinchado, succionando mientras su lengua trazaba círculos rápidos y expertos. Después metió dos dedos, luego tres, con una firmeza que arrancó de Elena un gemido largo y tembloroso. Era un ataque coordinado y brutal: la boca arriba, los dedos dentro, el talón de la mano presionando. Los sonidos eran obscenos. Elena ya no decía palabras, solo un llanto gutural continuo.

—¡No puedo… es demasiado! —chillaba.

Amara hundió los dedos hasta el fondo y, a la vez, le clavó los dientes con firmeza en el muslo interno. Esa mezcla de penetración profunda y dolor agudo fue la chispa. El cuerpo de Elena estalló en una convulsión que hizo crujir las esposas contra la madera. El orgasmo se prolongó en olas, dejándola temblando, vacía, jadeando.

***

Amara se retiró los dedos a la boca, uno a uno, sin dejar de mirarme.

—La lección está aprendida, amo. Y tu perra negra ahora anhela su recompensa.

Pero aún no era su turno. Solté a Elena y la dirigí hacia Amara, que se había tumbado de espaldas con las piernas abiertas.

—Ahora tú, Elena. Tu hermana te enseñó el camino. Haz que sienta lo mismo. Te guío yo.

Elena dudaba con el rostro a un palmo del sexo empapado de Amara.

—La tela. Quítala con los dientes —dije, severo.

Obedeció. Después tocó, primero con los dedos, resbalando al instante en la humedad, metiendo dos. Amara la guiaba con jadeos: «Así… más profundo… ahí». Cuando Elena bajó la boca, su primera lamida fue temerosa, pero pronto se entregó del todo, impulsada por verme a mí. Succionaba el clítoris con fuerza voraz mientras los dedos entraban y salían. Amara se tensaba, cada músculo al límite, los ojos clavados en mi entrepierna.

—¡Sí! ¡Así! ¡Me voy a…! —El orgasmo la golpeó con una fuerza brutal, un grito largo que le rasgó la garganta, las caderas empujando contra la cara de Elena.

Las dos quedaron jadeando sobre las sábanas. Y entonces Elena, con la barbilla brillante, miró fijamente mi erección. Tragó saliva.

—Es… es un cañón. Ardiendo —dijo, entre el miedo y la fascinación.

—Un cañón que necesita dispararse —añadió Amara, arrastrándose hasta abrir suavemente las nalgas de Elena, exponiéndola del todo—. Y esto ya no es virgen de mi lengua. Está caliente, abierto, listo. Solo para ti. Déjame ayudar. Déjame ver cómo se lo revientas por primera vez.

Elena giró la cabeza hacia mí, los ojos llenos de lágrimas, de miedo y de un anhelo que la devoraba. Sus labios formaron una palabra muda: «Por favor». Me coloqué detrás. Amara, esposada todavía, me guió con sus manos, y entré despacio en ese estrecho por primera vez, abriéndome paso milímetro a milímetro mientras Elena aullaba un placer que nunca se había permitido. Cuando terminé con ella, fue el turno de Amara, que se ofreció de rodillas, la espalda marcada por mi correa, suplicando lo que ningún marido de traje le había dado jamás.

—Tu marido, ese cornudo —le pregunté al oído mientras me hundía—, ¿alguna vez te hizo sentir así?

—Nunca —gimió—. Ellos nos ponen collares de diamantes. Tú nos pones collares de acero. Y nos enseñas lo que realmente somos. Somos suyas en el papel y tuyas en la cama. Solo dos cornudos calientan nuestras camas cuando tú no estás.

Creo que aquella fue la única vez en mi vida que me salté un montón de normas que yo mismo me había impuesto. Y me dio absolutamente igual. La mujer más perfecta que había visto nunca, ideal, maravillosa, intachable… pero esposa de otro. Y aun así, esa noche, fue mía.

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Comentarios (5)

DarkSur77

Excelente relato!!! De los mejores que lei ultimamente, muy bien llevado de principio a fin

GabrielMza

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de mas. Espero que sigas escribiendo

Rodrigo_MX

Se nota que sabes escribir, el ritmo es perfecto. Ni un momento de aburrimiento en todo el relato

ConfesaLectora

La tension del principio es lo que mas me gusto, se construye muy bien antes de que llegue el momento clave. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre

PatricioLect

Tremendo!!! Esperando la continuacion

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