Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La llamada que me convirtió en su esclavo esa noche

La semana que siguió a aquel domingo fue un castigo lento. Cada parte de mi cuerpo me recordaba lo que había pasado: la espalda dolorida, las marcas que me cruzaban la piel como un mapa, la garganta áspera todavía. Tenía cincuenta y nueve años y un cuerpo que ya no servía para mucho, salvo para lo que ellas habían descubierto que servía.

Pero el dolor físico no era lo peor. Lo peor era la espera. Encerrado en mi piso de una sola habitación, con las persianas bajadas, contaba las horas pensando en si volverían a llamar. Me había convertido en algo que no reconocía: un hombre mayor, gordo, esperando junto al teléfono como un adolescente que no entiende por qué le tiembla el pulso.

Pensaba en Daniela y en su sonrisa cuando me ordenaba arrodillarme. Pensaba en Vanesa, en la manera en que me miraba como si yo fuera un mueble viejo que se puede usar y dejar tirado. No me gustaba pensar así de mí mismo. Y, sin embargo, no podía parar.

El viernes por la noche, el teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Lo miré un segundo entero antes de atreverme a tocarlo, como si supiera que contestar iba a cambiarlo todo otra vez.

—¿Sí? —dije, con la voz más baja de lo que pretendía.

—Hola, papá esclavo. —Era Renata. Reconocí su risa antes que sus palabras, esa risa que siempre llegaba un instante antes de la orden—. Te tengo una sorpresa preparada.

Me quedé callado. Sabía que el silencio era lo que ella esperaba.

—Hotel Mil Lunas, habitación 412. A las nueve en punto. —Hizo una pausa, saboreándola—. No se te ocurra llegar tarde. Si tengo que ir a buscarte, te va a costar mucho más caro.

Colgó sin esperar respuesta. Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de línea muerta, el corazón golpeándome el pecho. No tenía que pensarlo. Ya estaba buscando las llaves del coche.

***

El Mil Lunas era un hotel de los que cobran por horas. Paredes con manchas de humedad, una alfombra que en otro tiempo fue roja y un recepcionista que ni levantó la cabeza cuando pasé. Subí los tres pisos por la escalera porque el ascensor estaba averiado, y cada escalón me costaba el aire. Cuando llegué a la puerta de la 412, estaba sudando y me temblaban las piernas, y no era solo por el esfuerzo.

Toqué dos veces. Abrió Renata. Llevaba una camiseta rota y poco más, y su sonrisa torcida me recibió como una bofetada anticipada.

—Mírate —dijo, apoyándose en el marco—. Puntual como un perro bien entrenado. Pasa.

Me dio una palmada en el hombro que me empujó hacia dentro. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de mesa con la pantalla torcida. Olía a perfume barato y a alcohol. Había botellas vacías sobre el escritorio y una cama grande con las sábanas revueltas, como si alguien ya hubiera empezado sin mí.

Vanesa estaba reclinada contra la pared del fondo, con los brazos cruzados y esa mirada de aburrimiento que conocía bien. Junto a ella había otra mujer que yo no había visto nunca: alta, delgada, con tatuajes que le subían por los dos brazos y el pelo recogido en un moño deshecho.

—Ella es Tamara —dijo Vanesa, sin moverse de la pared—. Le hablé de ti. Quería conocer al juguete.

Tamara me recorrió de arriba abajo con los ojos, despacio, y soltó una risa corta.

—Es más patético de lo que decías —comentó.

—Por eso es divertido —respondió Vanesa.

En la única silla de la habitación estaba sentado Mateo, el novio de Renata. Un hombre grande, de hombros anchos, con una cerveza en la mano y la camiseta levantada por encima de la barriga marcada. No dijo nada. Solo me miró, como se mira a algo que se va a usar más tarde, y le dio un trago a la cerveza.

—Quítate la ropa —ordenó Renata, dejándose caer en el regazo de Mateo—. Y ponte de rodillas. Ya sabes cómo va esto.

Obedecí. Siempre obedecía. Me quité la camisa sudada con dedos torpes, luego los pantalones, y me arrodillé sobre la alfombra áspera con el cuerpo expuesto bajo cuatro miradas. Sentí el calor de la vergüenza subiéndome por el cuello, y odié cuánto me gustaba sentirlo.

—Ahí está —murmuró Vanesa, separándose de la pared—. Mira cómo se pone colorado. Le encanta.

Se acercó con Tamara. Las dos se plantaron delante de mí, mirándome desde arriba, y yo bajé la cabeza porque no me atrevía a sostenerles la mirada.

—No, no —dijo Tamara, agarrándome del mentón y obligándome a levantar la cara—. Quiero que mires. Quiero que veas todo lo que te vamos a hacer.

***

Vanesa me cogió del pelo, ese pelo gris que ya casi no me quedaba, y tiró hacia atrás. No fue suave. Nada de lo que hacía era suave.

—Abre la boca —dijo.

Abrí. Lo que vino después fue brutal y sin pausa, una mano firme en mi nuca marcando el ritmo, sin darme tiempo a respirar entre embestida y embestida. Me atragantaba, los ojos se me llenaban de lágrimas, y ellas se reían de cada arcada como si fuera el mejor espectáculo de la noche.

—Escúchalo —dijo Renata desde la silla, con la voz ronca—. Suena como una cañería atascada.

Tamara se colocó detrás de mí. Sentí sus manos tatuadas clavándose en mis caderas, sujetándome en su sitio, sin escapatoria posible. Me tomaron por los dos lados a la vez, y el dolor y otra cosa que no era dolor se mezclaron hasta que dejé de saber dónde terminaba uno y empezaba la otra.

—¿Lo ves? —le dijo Vanesa a Tamara, hablando por encima de mi cabeza como si yo no estuviera—. No se queja. Solo aguanta. Es lo único que sabe hacer bien.

Me usaron por turnos, cambiándose de lugar, pasándose el control entre ellas con una facilidad que me decía cuántas veces lo habían hecho con otros antes que conmigo. Yo no era especial. Era uno más, y esa idea me humillaba más que cualquier insulto.

Renata se había metido una mano entre las piernas, observando, dando instrucciones que las otras dos seguían a medias, riéndose. Mateo seguía en la silla, en silencio, terminando su cerveza con una calma que daba miedo.

Cuando por fin me soltaron, me dejé caer de lado sobre la alfombra, jadeando, con el cuerpo entero temblándome. Pensé que había terminado. Me equivoqué.

***

Mateo se levantó por fin. Dejó la lata vacía sobre el escritorio, junto a las botellas, y se acercó sin prisa. Era tan grande que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarle la cara.

—De rodillas otra vez —dijo.

Me arrodillé. La voz no admitía discusión. Me agarró del pelo igual que había hecho Vanesa, pero su mano era más grande y más dura, y lo que siguió fue todavía menos piadoso. Renata lo animaba desde atrás, encantada, llamándolo por su nombre, diciéndole que no parara.

—Eso es —dijo ella—. Dáselo todo. Para eso vino.

Terminó con un gruñido que pareció salirle del pecho, y yo me quedé ahogándome, sin poder tragar del todo, con la cara hecha un desastre. Nadie me ofreció nada para limpiarme. No lo esperaba.

Renata se levantó de la silla y vino hacia mí. Se paró delante, las manos en las caderas, mirándome desde su altura con una satisfacción casi cariñosa, como un dueño contento con su animal.

—No te limpies todavía —dijo—. Quiero que sigas así un rato. Que recuerdes para qué sirves.

Me empujó la cabeza con la rodilla, y yo la apoyé contra su pierna porque no tenía fuerzas para sostenerla solo. Ella me acarició el pelo, casi con ternura, y eso fue lo más cruel de toda la noche: ese gesto suave después de todo lo demás, como si quisiera enseñarme que también el cariño podía ser una forma de control.

—¿Te gusta? —me preguntó en voz baja.

—Sí —contesté, porque era verdad y porque mentir habría sido peor.

—Buen chico. —Me dio una palmada en la mejilla, ni suave ni del todo fuerte—. Buen papá esclavo.

***

Vanesa se vestía sin prisa, recogiendo su ropa del suelo. Tamara se había sentado en el borde de la cama, encendiendo un cigarrillo, mirándome todavía con curiosidad, como si yo fuera un experimento que había salido mejor de lo previsto.

—Este lo conservamos —dijo Vanesa, abrochándose—. No hay muchos que aguanten tanto sin pedir que paremos.

—Ni que quieran que paren —añadió Tamara, soltando el humo hacia el techo.

Renata se agachó frente a mí. Me cogió la cara con las dos manos, obligándome a mirarla a los ojos. Bajo la luz torcida de la lámpara, su sonrisa ya no parecía burlona. Parecía la sonrisa de alguien que sabe que tiene algo bien sujeto.

—Esto no se acaba esta noche —dijo—. Eres nuestro. Vamos a llamarte cuando nos apetezca, y tú vas a venir. Cada vez. ¿Verdad?

—Sí —dije.

—Sí, ¿qué?

—Sí, señora.

Se rio, satisfecha, y me soltó la cara. Se levantó, recogió su bolso, y los cuatro empezaron a moverse hacia la puerta hablando entre ellos de cosas normales, de a qué bar iban después, como si yo no estuviera tirado en el suelo de aquella habitación.

—Cierra al salir —me dijo Renata desde la puerta—. Y deja la llave en recepción.

La puerta se cerró. Me quedé solo en la 412, sobre la alfombra manchada, con el cuerpo dolorido y la respiración entrecortada. Tardé un buen rato en levantarme. Y cuando lo hice, mientras me vestía despacio frente al espejo roto del baño, ya estaba pensando en la próxima llamada.

No sé qué me pasa, pensé, mirándome a los ojos en el cristal. Pero sé que voy a contestar.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

DanteR_27

que comienzo!!! el excerpt solo ya me atrapo. mas por favor

Sofi_Nocturna

Me encantó la tension del inicio, esa urgencia de salir corriendo sin pensar... muy bien logrado. Espero que haya segunda parte!

Nico_Fdez

increible relato, me recordo a una situacion parecida que vivi hace un tiempo jajaja, esas llamadas que no podes ignorar aunque sepas que es mala idea

MarcelaVR

buenisimo!!! se hace corto, queremos mas

ElenaRoja

muy bien escrito, la tension psicologica esta presente desde el primer parrafo. genail

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.