El collar con el que Roxana me hizo su esclavo
La habitación 412 del Hotel Edén quedó atrás como un campo de batalla abandonado. Bruno seguía atado a la cama cuando la mujer de la limpieza abrió la puerta, y lo que vio la hizo soltar el carro y salir corriendo por el pasillo, gritando entre balbuceos que alguien llamara a una ambulancia.
Minutos después, dos camilleros entraron a la carrera. Uno de ellos se tapó la nariz por el olor; el otro cortó las cuerdas que mordían las muñecas de Bruno y lo levantó como pudo. Era un hombre grande, pesado, y entre los dos apenas lograron pasarlo a la camilla mientras él gemía sin fuerzas.
—Este tipo está hecho pedazos —murmuró uno, mirando las heridas.
Lo sacaron a toda prisa. Las sirenas cortaron el silencio gris de la mañana mientras la ciudad despertaba ajena a todo.
***
En urgencias lo estabilizaron a duras penas. Le pusieron suero, le cosieron las heridas con puntos torpes y le inyectaron calmantes que lo dejaron flotando en una niebla espesa, balbuceando cosas que nadie entendía. Su cuerpo temblaba bajo la sábana, agotado, vencido.
Fue entonces cuando entró Daniela. La enfermera asignada al turno, una morena de figura amplia que el uniforme azul apenas contenía, llegó con una carpeta en la mano y se detuvo en seco al verlo. Reconoció esa cara. Lo había conocido en otras circunstancias, cuando ella todavía formaba parte de aquello, y la sorpresa le borró cualquier rastro de profesionalismo.
—¿Qué te hicimos? —susurró para sí misma, acercándose despacio.
Bruno entreabrió los ojos. La reconoció también, y de su garganta salió un sonido roto que apenas formó un nombre.
—Daniela…
Ella se estremeció. Recorrió con la mirada los moretones que le cubrían el vientre, las costras secas en las muñecas, los puntos toscos que le habían dejado como un remiendo grotesco. Algo se quebró por dentro. La mujer que había ayudado a empezar todo aquello ahora lo miraba como lo que era: un ser humano destrozado. Le ajustó el suero con manos temblorosas.
—Lo siento —dijo bajito—. Esto se nos fue de las manos.
***
Esa noche Daniela no pudo dormir. Las imágenes le daban vueltas en la cabeza, mezcladas con el recuerdo de cómo ella y Marta habían sido las primeras, las que arrastraron a las demás a aquella locura. Al día siguiente llamó a Yolanda y a Roxana desde un teléfono del hospital, con la voz quebrada.
—Chicas, tienen que verlo. Bruno está acabado, por dentro y por fuera. No queda nada del hombre que era —tragó saliva—. Y esto es culpa nuestra.
Yolanda se rio al otro lado de la línea, un sonido frío que le heló la sangre.
—¿Ahora te da pena? Él lo buscó, le gustaba. No te hagas la santa.
Y colgó. Roxana, en cambio, escuchó en silencio, con la respiración pesada.
—Esto fue idea tuya y de Marta, no mía —dijo al fin, cortante—. Pero no llores ahora. Yo me encargo de él.
***
Roxana llegó al hospital esa misma tarde. Su figura imponente llenó el pasillo con cada paso: camiseta negra ajustada, vaqueros rotos, el bulto marcándose bajo la tela como una amenaza permanente. Entró a la habitación sin pedir permiso, ignorando a las enfermeras que la miraban con recelo.
Bruno estaba tendido en la cama, los ojos vidriosos por los calmantes, el cuerpo envuelto en vendas y tubos. La reconoció al instante. De sus labios escapó un quejido débil.
—Roxana… por favor…
Ella le dio una palmadita en la mejilla, casi cariñosa, con un brillo cruel en la mirada.
—Te destrozaron, gordo. Pero sigues siendo mío, ¿verdad?
Daniela entró en ese momento, el uniforme arrugado y la cara tensa.
—Déjalo en paz. Está acabado, no puede más.
Roxana la miró con desprecio y la empujó a un lado con el hombro.
—Tú empezaste esto. Tú y Marta lo convirtieron en lo que es. No vengas con lágrimas de cocodrilo —se volvió hacia la cama—. Me lo llevo. Es mío y voy a usarlo como se me dé la gana.
Daniela intentó protestar, pero la otra la cortó con una mirada que no admitía réplica.
—Si tanto te pesa, díselo a Marta. Pero este viene conmigo.
***
Roxana sobornó a un médico de guardia con un fajo de billetes para que firmara el alta, saltándose cada protocolo. Sacaron a Bruno en silla de ruedas, el cuerpo apenas sosteniéndose, la mente atrapada entre el dolor y un deseo que ya no entendía. Daniela los vio marcharse desde la entrada, las lágrimas corriéndole por la cara, mientras Roxana lo metía en un taxi destartalado.
—Eres mi esclavo, gordo —le susurró ella al oído cuando el taxi arrancó, la mano apretándole el muslo bajo la sábana—. Y esto no termina hasta que yo lo diga.
Bruno solo pudo gemir en respuesta. El taxi traqueteó por las calles polvorientas mientras él se desplomaba en el asiento, un bulto tembloroso envuelto en tela del hospital. La mente de Roxana, en cambio, estaba clara: el hombre estaba roto, vacío, y solo servía para una cosa. Y ella iba a sacarle provecho junto a su novia.
***
Llegaron a un edificio en ruinas a las afueras, de paredes descascaradas y ventanas tapiadas, que olía a humedad y humo rancio. Roxana lo arrastró del brazo por una puerta trasera. Dentro, el lugar era un cuchitril en penumbra: sofás reventados, mesas con botellas vacías, un aire cargado.
Yolanda los esperaba embutida en unos pantalones cortos negros, con una sonrisa torcida. Se acercó a Roxana y le dio un beso largo mientras Bruno las miraba desde el suelo, jadeando.
—Este es nuestro ahora —dijo Roxana, empujándolo hacia ella—. Daniela y Marta lo rompieron. Nosotras vamos a hacerlo útil.
Yolanda se agachó frente a él y le agarró la cara con una mano.
—Te vamos a convertir en nuestro esclavo. Vas a trabajar para nosotras y vas a rendir bien.
Bruno gimió, la mente atrapada en un bucle de sumisión y vergüenza que no lograba romper.
***
Roxana sacó un collar de cuero negro de una bolsa vieja, gastado pero con una hebilla metálica que brillaba bajo la luz tenue. Se lo puso al cuello con un movimiento rápido y lo ajustó hasta que casi le cortó la respiración. El collar tenía una placa grabada con dos iniciales, y una argolla de la que engancharon una cadena corta.
—Te queda perfecto —dijo Yolanda, tirando de la cadena para obligarlo a gatear hacia ella. Las rodillas de Bruno raspaban el suelo sucio con cada movimiento.
Lo llevaron a un rincón y lo desnudaron del todo, dejando su cuerpo magullado al descubierto. Las dos lo inspeccionaron como si fuera ganado, riéndose de los puntos todavía hinchados.
—Primero te preparamos —dijo Roxana, untándole un lubricante barato con dedos bruscos. Él gimió, el ardor quemándole por dentro, pero su cuerpo lo traicionó otra vez, endureciéndose contra su voluntad.
***
Esa noche lo llevaron a su primer encargo. Era un bar clandestino en un sótano húmedo, lleno de borrachos, con un olor a cerveza rancia que se pegaba a la garganta. Lo arrastraron por la cadena hasta el centro del local.
—¡Miren la mercancía nueva! —gritó Yolanda, obligándolo a ponerse de rodillas.
Los hombres se acercaron entre risas, sacando billetes arrugados de los bolsillos. Tipos sucios, camisas manchadas, algunos con cicatrices, otros con la mirada perdida del alcohol. El aire se volvió denso, cargado de sudor y de esa expectación turbia que precede a lo peor. Bruno bajó la cabeza, incapaz de sostener tantas miradas a la vez, y el collar tiró de su cuello cuando Yolanda corrigió la postura con un golpe seco de la cadena.
El primero pagó a Roxana un puñado de billetes antes de usarlo sin contemplaciones, mientras Yolanda lo animaba desde un costado.
—¡Dale duro, que para eso sirve!
Otro se colocó detrás y lo embistió sin cuidado, arrancándole gritos ahogados. Roxana y Yolanda miraban desde un rincón, contando el dinero, riéndose mientras él era usado como un juguete barato, el cuerpo temblando bajo cada turno.
La noche siguió así, una fila de desconocidos turnándose, algunos pagando de más, otros escupiéndole o abofeteándolo. En un momento Roxana se unió, y la presión de su cuerpo junto al de un cliente lo abrió hasta hacerlo sangrar de nuevo.
—¡Esto es lo que eres ahora! —rugió ella entre los aplausos de la clientela.
Yolanda, para no quedarse atrás, se sentó sobre su cara y lo obligó a complacerla mientras lo usaban, terminando con un gemido agudo.
***
Horas después el bar se vació. Bruno quedó tirado en el suelo, el collar apretándole el cuello, el cuerpo cubierto de marcas. Roxana y Yolanda contaron los billetes, un fajo grueso que guardaron en una bolsa.
—Buen trabajo, esclavo —dijo Yolanda, dándole un golpecito con el pie en las costillas.
—Esto es solo el principio —añadió Roxana, tirando de la cadena para hacerlo gatear hacia la salida—. Vas a ser nuestra estrella. Nos vas a hacer ricas.
***
Esa semana lo llevaron a más sitios: callejones oscuros, moteles baratos, baños públicos cubiertos de pintadas. Siempre con el collar, siempre encadenado, siempre vendido al mejor postor. Hombres de toda clase lo usaban —borrachos, camioneros, vividores— y lo dejaban más roto cada vez. Roxana y Yolanda lo vigilaban, a veces uniéndose ellas mismas, las risas resonando mientras él se sometía sin fuerzas para negarse.
Al final de cada noche contaban el dinero a la luz de una linterna, repartiendo los billetes entre risas y planes para la semana siguiente. Hablaban de él en tercera persona, como si no estuviera ahí, tirado a sus pies con la respiración entrecortada.
—Mañana lo llevamos al galpón del puerto —decía Yolanda—. Ahí pagan más por las novedades.
—Lo que tú quieras, mi amor —respondía Roxana, acariciándole el cuero del collar como quien acaricia a una mascota—. Total, él ya no decide nada.
Daniela, en el hospital, se enteró por rumores de lo que había sido de Bruno. La culpa le pesó más que nunca, pero no hizo nada. Roxana tenía razón: ella y Marta lo habían creado, y ahora él pertenecía a otras dueñas, un esclavo con collar sin escapatoria.
Bruno, perdido en ese mundo nuevo, solo podía gatear detrás de ellas, el cuerpo destrozado y la mente vacía, esperando al próximo cliente, a la próxima noche que no parecía tener fin.