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Relatos Ardientes

Lo que le hicieron al esclavo en la suite 412

La suite 412 del Hotel Marabú olía a sexo, sudor y ron barato. El aire estaba tan denso que se pegaba a la piel, y la única luz venía de una lámpara volcada en un rincón que proyectaba sombras largas contra el papel tapiz despegado. Bruno seguía tirado en el suelo, boca arriba, con la cara pegajosa y el cuerpo temblándole de puro agotamiento. Hacía rato que había dejado de contar las humillaciones de la noche.

Entonces la puerta se abrió de nuevo y el ruido cortó el silencio espeso de la habitación.

Entraron dos tipos a los que nadie había invitado, o eso parecía. Amigos de las chicas, dedujo Bruno por la forma en que cruzaron el umbral como si el lugar ya fuera suyo. Uno era flaco, pálido, con tatuajes que le trepaban por el cuello hasta la mandíbula. El otro venía detrás, corpulento, de barba descuidada y mirada turbia. Traían una bolsa de cervezas que sonó como un montón de huesos al chocar contra la mesa.

—¿Qué clase de fiesta es esta? —dijo el flaco, riéndose mientras paseaba la vista por el desorden.

Los dos recién llegados pasaron por encima de Bruno como si fuera un mueble roto, un bulto sin importancia que estorbaba en mitad del paso. Sus ojos se clavaron en otra cosa. Contra la pared, de pie, estaban Daniela y Renata, las dos travestis que habían comandado buena parte de la noche, todavía con las pollas duras y la piel brillante de sudor.

—Joder, qué par —murmuró el corpulento, ya bajándose los pantalones sin perder un segundo.

El flaco lo imitó, soltando una polla larga y pálida que se enderezó en cuestión de segundos.

—Vamos a darles lo suyo —gruñó, acercándose a Daniela mientras su amigo iba directo hacia Renata.

Daniela se rio con esa risa ronca que tenía, abriendo las piernas mientras el flaco se arrodillaba frente a ella. Le escupió en la polla antes de tomarla con la boca, y ella le agarró el pelo de un puñado, firme, marcando el ritmo.

—Chupa bien, que para eso viniste —ordenó, mirándolo desde arriba con desprecio teatral.

El flaco obedeció, lamiendo con ganas, la saliva goteándole por la barbilla y mezclándose con los tatuajes del cuello. Renata, mientras tanto, recibió un trato más brusco. El corpulento la empujó contra la pared, le escupió en la mano, se untó y la penetró por detrás de un solo empujón seco.

—Toma —rugió, embistiéndola con fuerza.

Renata gimió y apoyó las manos contra el papel tapiz, las uñas arañando la pared mientras el cuerpo del tipo la aplastaba contra el muro. La cama crujía a un lado, la lámpara seguía tirada, y en el centro de todo, ignorado, Bruno respiraba con dificultad y los miraba con una mezcla de envidia y alivio. Por un instante, al menos, nadie se acordaba de él.

Pero ese instante no duró.

***

El novio de Marisol, un hombre alto y calvo de piel oscura llamado Tobías, llevaba un rato sentado en una silla junto a la ventana, bebiendo en silencio y mirando. La escena lo encendió. Se levantó despacio, se quitó la camisa y se metió en el desmadre, arrodillándose entre Daniela y Renata como si pidiera turno.

—Déjenme probar —dijo con una voz grave que apenas se oyó sobre los gemidos.

Tomó la polla de Renata en la boca mientras el corpulento seguía clavándola por detrás, y la chica echó la cabeza atrás, atrapada entre los dos. Luego Tobías cambió, pasó a Daniela, le lamió las pelotas mientras el flaco seguía mamando arriba, las dos lenguas peleándose el espacio sin ningún pudor. Las dos travestis gemían sin parar, los cuerpos sudados rebotando bajo las manos de los tres hombres que las usaban a la vez.

En la cama, sentadas con las piernas recogidas, Marisol y Patricia observaban todo con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Marisol se mordía el labio. Tenía una mano metida bajo la ropa interior y se movía despacio, hipnotizada por la imagen de su propio novio chupando pollas como si le fuera la vida en ello.

—Esto está demasiado caliente —dijo Marisol, con la voz tomada.

Patricia, todavía desnuda de cintura para arriba, se lamió los labios y soltó una risa baja, casi cruel.

—Esos dos se están robando el show —contestó—. Pero nuestro juguete sigue ahí tirado.

Señaló a Bruno con la barbilla. Las dos mujeres se miraron, se entendieron sin decir nada, y bajaron de la cama.

***

—Arriba —ordenó Patricia, agarrándolo del pelo y tirando hacia atrás.

Bruno se incorporó a duras penas, las rodillas resbalando en el suelo húmedo. Estaba débil, casi vaciado, pero la costumbre de obedecer pesaba más que el cansancio. Se quedó de rodillas, jadeando, mientras Patricia lo evaluaba con una sonrisa que no tenía nada de amable.

—Mírate —dijo ella—. Patético.

Le dio una bofetada abierta que le dejó la mejilla ardiendo y la cabeza zumbando. Bruno tragó saliva y no dijo nada. Sabía que cualquier queja solo empeoraba las cosas. Marisol se acercó por el otro lado, lo empujó por el pecho y lo tiró de espaldas contra el suelo. Él cayó pesadamente, la respiración cortada por el golpe.

—Vamos a usarte bien —dijo Marisol.

Sin más aviso, se subió encima de su cara, sentándose con todo su peso. Le apretó el coño contra la boca y le agarró el pelo con las dos manos para que no se moviera.

—Chupa —ordenó—. Y no se te ocurra parar.

Bruno obedeció. Sacó la lengua y lamió torpemente, el sabor salado y ácido inundándole la boca, el calor del cuerpo de ella aplastándole la nariz hasta que casi no podía respirar. Cada vez que aflojaba el ritmo, Marisol tiraba del pelo y restregaba con más fuerza, marcándole la cara con su entrepierna. Él gemía contra ella, los sonidos ahogados por la carne, las manos abiertas a los lados sin atreverse a tocarla.

—Eso es —dijo Marisol, echando la cabeza hacia atrás—. Para algo sirves.

Patricia no quiso quedarse atrás. Se bajó las bragas, le miró la polla flácida con cara de asco y, aun así, se montó encima. Lo cabalgó como si domara a un animal viejo y testarudo, subiendo y bajando con fuerza, clavándole las uñas en el pecho cada vez que él tardaba en responder.

—Muévete —le exigió—. Ponte dura. Hazme acabar de una vez.

La polla de Bruno, traicionera como siempre, terminó endureciéndose dentro de ella a pesar de todo, atrapada en el calor apretado de su cuerpo. Él gemía contra el coño de Marisol, sin aire, mientras Patricia lo montaba sin piedad, el sudor de las dos cayéndole encima.

—Qué inútil eres —escupió Patricia, y le soltó otra bofetada que resonó por encima de los gemidos de la orgía.

***

Al fondo de la suite, la otra escena seguía su propio curso. El corpulento embestía a Renata cada vez más rápido, la respiración convertida en gruñidos, hasta que se vació dentro de ella con un rugido que hizo temblar los vasos de la mesa. Casi al mismo tiempo, el flaco le llenó la boca a Daniela, que tragó sin apartarse, con los ojos clavados en los del tipo en un gesto de puro desafío. Tobías, en medio de los dos, lamía lo que podía alcanzar, la cara entera brillante de sudor y saliva, perdido en su propio frenesí.

Marisol y Patricia, en su rincón del suelo, vivían su propia escena ajena al resto. Bruno había dejado de ser una persona; era un mueble útil, un juguete que se exprime hasta que deja de servir. Marisol se restregó con más urgencia, la respiración entrecortada, hasta que se corrió sobre su cara con un grito agudo, salpicándole la boca y temblando entera mientras le clavaba los dedos en el cuero cabelludo.

—Ahí, ahí —jadeó, y se quedó un momento quieta, sentada sobre él, recuperando el aliento.

Patricia tardó un poco más. Siguió cabalgando, apretando los dientes, hasta que también ella sintió que la oleada le subía. En ese momento exprimió a Bruno con todo, contrayéndose alrededor de él, y el cuerpo del hombre la obedeció en contra de su voluntad: se corrió dentro de ella en un orgasmo débil, casi vergonzoso, que ella apenas notó pero que a él lo dejó temblando de pies a cabeza, vacío por completo.

—Eso ni lo sentí —dijo Patricia con desprecio, levantándose y dejándolo tirado.

***

Las dos mujeres se pusieron de pie, acomodándose la ropa, riéndose entre ellas como si acabaran de salir de un juego cualquiera. Bruno quedó en el suelo, jadeando, cubierto de sudor ajeno y de sus propios jugos, mirando al techo manchado de humedad sin fuerzas ni para incorporarse.

La orgía continuaba a su alrededor. Los dos desconocidos ya descansaban contra la pared, cerveza en mano, mientras Daniela y Renata se reían y se limpiaban con una toalla compartida. Tobías volvió a su silla junto a la ventana como si nada, recuperando la camisa del suelo. Nadie le prestaba atención a Bruno, y eso, de algún modo, era lo más humillante de todo: ni siquiera valía la pena mirarlo.

Patricia se inclinó sobre él y le escupió en la cara, despacio, marcando el gesto.

—No te muevas de ahí —dijo—. Esto no se acaba hasta que nosotras lo digamos.

Marisol soltó una carcajada y se dejó caer en el regazo de Tobías, abrazándolo, susurrándole algo al oído que lo hizo sonreír. Patricia abrió otra cerveza y se sentó al borde de la cama, las piernas cruzadas, observando a Bruno con la paciencia de quien sabe que tiene toda la noche por delante.

Bruno cerró los ojos. La cara le ardía, el cuerpo le pesaba como si fuera de plomo, y por dentro sentía esa mezcla rara de vergüenza y excitación que lo había arrastrado hasta esa habitación en primer lugar. Sabía, con una certeza fría que le recorría el estómago, que las dueñas de la suite todavía no habían terminado con él.

La noche seguía viva. Y su tormento, lejos de acabarse, apenas se tomaba una pausa.

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Comentarios (5)

DominioFan

Tremendo relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta categoría. Sigan publicando asi!!!

NightReader88

increible!!!

CarlosRioNegro

Por favor continuá, me dejó con muchísimas ganas de leer mas. Segunda parte!

PecadoCapital77

Buenisimo. Me recordó algo que viví hace tiempo... jaja me trajo recuerdos. Muy recomendable

RufinaWilde

Genial como manejás el suspenso, no podía dejar de leer hasta el final. Muy bien logrado

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