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Relatos Ardientes

La fantasía que lo dejó hecho pedazos

Dante tenía esa mirada de siempre: la mezcla de adoración y culpa que me ponía el cerebro a cien. Esa noche lo observé con calma mientras él hablaba de trabajo o de alguna pavada sin importancia, y pensé lo mismo que pensaba cada vez que me lo quedaba mirando así: eres mío y todavía no lo entiendes del todo.

La semana anterior habíamos tenido una de esas conversaciones largas, de las que terminan con los dos llorando y prometiéndose cosas. Él creyó que todo había vuelto al lugar correcto. Que el amor lo arregla todo. Que bastaba con quererse para que el resto desapareciera. Dante era así, noble hasta la estupidez, y yo lo usaba con una precisión que me avergonzaba admitir en voz alta.

Pero esa noche decidí que necesitaba subir la apuesta. Necesitaba algo más. Necesitaba verlo desmoronarse de verdad, no por dolor ni por pelea, sino por mí. Solo por mí y por lo que yo era capaz de hacerle con las palabras.

Después de cenar me senté en el sofá a su lado. Me puse con las piernas sobre las suyas, algo rutinario, casi aburrido. Él me puso la mano en el tobillo con esa calidez de costumbre. Confiado. Sin sospechar nada.

—Tengo algo que contarte —dije, en voz baja.

Se giró hacia mí con esa sonrisa suya.

—¿Qué pasó?

—Una fantasía. Pero no de las normales. Esta es diferente. —Hice una pausa. Lo dejé notar el cambio en mi tono—. Esta quiero que te la imagines mientras me escuchas. Quiero que no te muevas. Quiero que te la aguantes entera.

Dante tragó saliva. Ya no sonreía igual.

Me levanté despacio. Me quité la goma del pelo y lo sacudí. Luego me bajé el pantalón del pijama, sin bragas debajo. Podía sentir el aire frío de la habitación entre las piernas. Me pasé dos dedos lentamente por encima y los acerqué primero a mi nariz y después a la suya.

—¿Lo hueles?

No respondió. Tenía la boca entreabierta.

—Esta mañana fui al gimnasio —empecé, mientras volvía a ponerme el pantalón—. Me puse estos leggins sin ropa interior. Me fui sin ducharme de la noche anterior. Ya sabes cómo me queda ese tejido: se me marca todo, se me mete por el medio, me aprieta en los sitios que tú ya conoces muy bien.

Me senté en la silla frente a él, con las piernas abiertas, los codos sobre las rodillas, la cara cerca de la suya.

—Estuve una hora haciendo sentadillas. Sentía cómo el tejido se me calentaba contra la piel con cada repetición, cómo se me pegaba más con cada bajada. El olor que tenía cuando terminé no era bonito, Dante. Era fuerte, a sudor real, a mujer que lleva horas moviéndose y no se disculpa por ello.

Me levanté de nuevo, me di la vuelta y me agaché despacio frente a él. Me separé las nalgas con las manos y me mantuve en esa posición varios segundos, sin decir nada.

—Esto es lo que vio él.

Dante hizo un ruido muy pequeño. Casi un quejido contenido.

—¿Quién? —preguntó. Tenía la voz ronca de golpe.

—Nicolás. Un tipo que lleva tres semanas en el gimnasio. Siempre con camiseta sin mangas, siempre trabajando brazos y espalda, y no me ha quitado los ojos de encima desde el primer día. Esta mañana lo vi mirarme directamente mientras yo estaba en la posición más baja de la sentadilla. No me moví. No aparté la vista. Aguanté su mirada y seguí bajando.

Me giré hacia Dante. Tenía los ojos clavados en mí como si le fuera la vida en ello.

—En el vestuario no había nadie cuando entré. Estaba sola, terminando de guardar cosas en la taquilla, cuando escuché la puerta. Solo él. Y yo. Y el olor a sudor mezclado que impregnaba el aire.

***

Hice una pausa larga. Me acerqué a Dante hasta quedar de pie frente a él, con los pies a cada lado de los suyos. Le hablé desde arriba, despacio.

—Se quedó parado en la puerta. Me miró de arriba abajo sin ningún disimulo. Yo tenía los leggins pegados al cuerpo todavía, la camiseta húmeda. Le dije: «¿Qué miras?». Y él dijo: «Todo».

—¿Qué pasó después? —murmuró Dante.

—Me empujó contra la pared con una sola mano. No me lastimó, pero tampoco fue suave. Me puso la palma en el pecho y me clavó contra los azulejos fríos de un golpe. Me puso la boca cerca del oído y dijo: «Hueles como cuando una mujer no se disculpa por nada». Y eso me hizo más daño que cualquier cosa que hayas dicho tú en mucho tiempo.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, tenía los puños apretados encima de los muslos.

—Me bajó los leggins con un solo tirón, hasta los tobillos. No me los quitó. Me dejó así, trabada, con las rodillas juntas y el tejido estirado entre los pies. Me giró hacia la pared, me puso las manos en las caderas y me mantuvo quieta. Yo podía oler mi propio sudor mezclado con el ambiente del vestuario, el suelo frío bajo los pies descalzos, y sentía su aliento en el cuello.

Empecé a caminar por la habitación despacio, sin mirarlo. Como si estuviera revisando la escena para mí misma, revisando cada detalle antes de entregárselo.

—Sacó su verga y la apoyó entre mis nalgas sin meterla todavía. La frotó por encima del tejido del leggin que todavía me cruzaba por el medio, empujando la tela sudada contra mí. Me preguntó si se lo iba a dejar hacer. Le dije que sí. No tardé ni un segundo en decirlo.

—Para —dijo Dante, en voz muy baja.

Me detuve. Lo miré.

—¿Quieres que pare?

Un silencio largo. La habitación quieta.

—No —dijo.

***

Volví a sentarme frente a él. Le puse una mano en la rodilla y la subí despacio, solo hasta la mitad del muslo, y la retiré antes de llegar a ningún sitio.

—Me puso de rodillas en el suelo. El suelo estaba frío y húmedo, de la gente que había pasado antes. No me importó. Me agarró del pelo, no con violencia pero sí con autoridad, y me dirigió hacia él. Lo olí antes de verlo bien: a sudor, a hombre, a horas de esfuerzo real.

—Me lo metió en la boca sin aviso, hasta donde llegó. Tuve que respirar por la nariz y controlar el reflejo. Cuando quise estabilizarme con las manos él me las apartó de un manotazo. «Las manos atrás», dijo. Y las puse atrás sin rechistar.

Dante tenía la mandíbula apretada. Podía ver el músculo moverse bajo la piel de su mejilla.

—Me usó la boca durante un buen rato. No rápido, no con prisa. Con la tranquilidad de alguien que sabe que tiene tiempo y que la otra persona no va a moverse. Cada vez que me la metía hasta el fondo se quedaba un segundo ahí, y yo contaba mentalmente hasta que retiraba. Tenía los ojos llorosos, el maquillaje corrido, la boca llena de saliva. Y pensaba: qué bien que no te haya traído aquí a ti.

Dante hizo un ruido. Un sonido seco, involuntario, como si algo se hubiera partido dentro.

—¿Te duele? —pregunté, con mucha dulzura.

—Sigue —dijo.

—Me levantó del suelo con una mano. Me puso a cuatro patas sobre el banco de madera del vestuario. Me apoyó una mano en la nuca y me mantuvo la cara mirando hacia abajo. Después me escupió encima del ano. Un escupitajo grande, caliente. Lo frotó con el pulgar en círculos lentos, sin meter, solo presionando, hasta que escuché el sonido de mi propia respiración acelerándose.

—Despacio al principio. Muy despacio. El tipo de lento que no es delicado sino cruel, que quiere que lo sientas todo y que no puedas acostumbrarte a ningún centímetro. Cuando llegó al fondo se quedó quieto un momento. Yo podía sentir cada pequeño movimiento suyo amplificado. Y entonces arrancó.

***

Me puse de pie. Me acerqué a Dante hasta que nuestras caras quedaron a menos de diez centímetros.

—Me cogió como si le importara que yo disfrutara y al mismo tiempo como si eso fuera exactamente lo mismo que le daba igual. Esa combinación, Dante. Eso es lo que tú nunca has sabido cómo hacer.

Él estaba respirando rápido. Vi la mancha oscura en su pantalón antes de que él mismo se diera cuenta de lo que le estaba pasando.

—Me agarró del pelo con los dedos enredados, me dobló hacia atrás hasta que sentí el cuello estirado y los músculos de la espalda quejarse. Y mientras seguía embistiendo me llamó cosas que no voy a repetir porque sé que te las quedarías grabadas para siempre. Te dejo que te las imagines. Seguro que las aciertas sin ayuda.

Dante tenía los ojos cerrados. Tenía la frente sudada y las manos temblorosas encima de los muslos.

—Al final me corrió dentro. Sentí cómo se vaciaba, cómo la calidez se extendía hacia adentro en oleadas. Me quedé quieta hasta que terminó del todo. Cuando se apartó escuché el sonido, ese ruido húmedo y obsceno que hace un cuerpo cuando se separa de otro después de algo así. Se limpió con papel del dispensador. Se subió la ropa. Me miró un segundo desde arriba y dijo: «Gracias». Solo eso. Y se fue.

—Me quedé en el suelo del vestuario un momento. Sola. Con el eco del sonido todavía en la cabeza y su semen escurriéndose hacia el muslo. Me vestí despacio, recogí las cosas y me miré al espejo antes de salir. Pensé: nadie que me mire sabe lo que acabo de hacer. Y me gustó eso. Me gustó mucho más de lo que debería.

***

Dante no abrió los ojos cuando terminé de hablar.

La habitación estaba en silencio. Afuera pasó un coche y el ruido del motor se fue alejando por la calle. Él tenía las manos sobre el regazo y la mancha en el pantalón seguía creciendo, lenta y oscura, sin que él pudiera hacer nada al respecto.

Me agaché frente a él. Le puse dos dedos bajo el mentón y le levanté la cara con suavidad.

—Solo es una fantasía —dije, con la voz más dulce que fui capaz de sacar—. Una historia que se me ocurrió en la ducha esta mañana. Tú lo sabes, ¿verdad? Solo un cuento para mi cornudo favorito.

Él asintió. Tenía los ojos brillantes.

—Claro —dijo. La voz apenas le salió.

Le di un beso en la frente. Uno lento, casi maternal, con los labios apretados contra su piel caliente.

—Qué cornudo más bueno —susurré contra él.

Me levanté, recogí mi vaso de agua de la mesa y me fui a la cama sin mirar atrás. Dejé la puerta entreabierta. Lo escuché quedarse quieto un buen rato, sin moverse, antes de levantarse finalmente a cambiarse de ropa.

Me tapé con la sábana y apagué la luz. Metí la mano entre las piernas y pensé en el sonido que había hecho su voz al decir «sigue».

No era una fantasía.

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Comentarios (5)

SombraRoja

tremendo relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

Elisa77

Por favor seguí con esto, me quede con ganas de mas. La tension que se siente desde el principio es increible.

pabloMdz22

No esperaba que me enganchara tanto, pero no pude parar hasta el final. Muy bien escrito.

DominikaR

el titulo lo dice todo jaja. excelente!!!

LuciaMdz

Me encanto como lo narraste, se siente intenso sin ser tosco. Espero el proximo.

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