La dueña del sótano cumplió cada una de sus promesas
Pasé dos horas interminables reteniendo la cánula del enema dentro de mí. Renata había prometido no volver hasta que se cumpliera el plazo, y Renata jamás faltaba a su palabra. Esa era la primera lección que había aprendido en aquel sótano de paredes húmedas: lo que ella anunciaba, ocurría, sin excepciones y sin compasión.
Cuando por fin bajó la escalera, lo primero que vi fueron sus guantes. Siempre los guantes antes que el rostro. Se los enfundó con esa calma de cirujana que tanto me asustaba y me retiró la cánula. Colocó un recipiente debajo de mí y dejó que mi cuerpo se vaciara. El alivio fue tan grande que casi me sentí agradecido, y eso me dio más miedo todavía.
—Espero que hayas disfrutado tu limpieza —dijo, ajustándose el guante en cada dedo—. A partir de ahora te vaciaré así siempre que lo necesite. Hoy fui delicada. La próxima vez, si me desobedeces, comprobarás que puedo no serlo.
Le creí. Con ella, las amenazas eran calendarios.
Se colocó detrás de mí. Sentí el frío del látex acercarse antes que el tacto. Su dedo entró de golpe, sin aviso, y un dolor seco me recorrió la espalda.
—Vaya, vaya. Lo tienes muy cerrado —murmuró, casi divertida—. Habrá que solucionarlo. Me encanta abrir a hombres como tú con mi arnés. Podría hacerlo durante horas. El problema es que los demás no aguantan y salen corriendo. Pero tú estás encadenado, amordazado, y no vas a ir a ninguna parte. Tus llantos me dan exactamente igual.
Caminó hasta un armario del fondo y volvió con el arnés. Lo había visto en sueños las noches anteriores, pero verlo de cerca era distinto. Un entramado de correas de cuero, hebillas grandes, y un falo de dimensiones pensadas para el castigo, no para el placer. Al menos no para el mío.
La observé moverse por aquel sótano como por su propio reino. Conocía cada estante, cada herramienta, el lugar exacto de cada llave. Yo llevaba allí encerrado los días suficientes para haber perdido la cuenta, y ella seguía descubriéndome rincones de mí mismo que ni yo conocía. Eso era lo más perturbador de todo: que cuanto más me destrozaba, más entero me sentía.
***
Se desnudó por completo, salvo los guantes, que nunca se quitaba. Metió las piernas por las aberturas del arnés y lo fue subiendo hasta la cintura. Después empezó el ritual de las hebillas: tiraba de cada correa con fuerza, comprobaba la tensión, volvía a tirar. Quería que quedara firme, parte de su cuerpo. Cuando terminó, la silueta de aquella mujer madura y rotunda se había convertido en algo que me hacía temblar.
—Te voy a penetrar de una forma distinta —anunció—. Yo voy a disfrutar mucho. Tú, me temo que no tanto.
No entendí a qué se refería hasta que fue demasiado tarde. Pegó su cuerpo al mío por la espalda, y noté la punta untada de vaselina buscando su entrada. Empujó despacio al principio, midiendo mi resistencia. La presión fue creciendo. Llegó un punto en que mi cuerpo dejó de ceder, y ahí, justo ahí, Renata aplicó toda su fuerza. El falo entró por completo de una sola embestida brutal.
El dolor me cortó la respiración. Lo sentí dentro, enorme, y sentí su pecho aplastado contra mi espalda. Acercó los labios a mi oído.
—Ahora vas a entender qué era esa forma distinta —susurró—. ¿No lo adivinas?
Su mano enguantada bajó y atrapó mis testículos. Los apretó, los retorció, como si quisiera reventarlos en su puño. El dolor fue de una clase nueva, insoportable, y en ese mismo instante empezó a cabalgar sobre mí. Cada embestida del arnés se sumaba al estrujón de su mano. El castigo venía por dos frentes a la vez, y yo no podía hacer otra cosa que llorar contra la mordaza.
—Estoy disfrutando como nunca —jadeó—. Relájate. Voy a penetrarte mucho rato. Puedo ser incansable.
No mentía. El tiempo se deshizo. Embestía sin pausa, reía cuando notaba que se me escapaban las lágrimas, apretaba más cada vez que yo intentaba tensarme para escapar de la presión. La oía sudar por el esfuerzo, oía el chasquido del cuero contra mi piel, y aun así no aflojaba. Estuvo más de una hora montándome de aquella manera, hasta que el agotamiento la venció a ella antes que a mí.
Salió de golpe. Soltó mis testículos. Yo seguía llorando, y a ella eso no le importó lo más mínimo, tal como había prometido al empezar.
***
Se quitó los guantes empapados y los guardó en el bolsillo de su bata. Antes de marcharse, sacó de un cajón una varilla finísima, de apenas unos centímetros, y me la mostró como quien enseña un trofeo.
—Esto se introduce por la uretra —explicó con una dulzura que daba pavor—. Puedo hacerlo con cuidado o con severidad. Depende de ti, de tu comportamiento. Cuando termine tu castigo, te quitaré la mordaza y comprobaré si has aprendido la lección. Quizá te deje marchar. Eso también depende de ti.
Y se fue, dejándome solo con el eco de aquella última frase. Quizá te deje marchar.
Aplicó su último castigo con la misma frialdad metódica de siempre. No voy a detallarlo. Solo diré que cuando terminó, no quedaba un centímetro de mi cuerpo que no estuviera dolorido, marcado, exhausto. Y que ella cumplió cada palabra que había pronunciado.
Después, tal como había anunciado, empezó a despegarme la cinta de la boca. Me daba la oportunidad de disculparme, de reconocer el daño que había hecho, de pedir mi libertad.
***
Y en ese silencio, atado, reflexioné como no lo había hecho en años. Vi pasar mi vida entera frente a mí. El trabajo, el dinero, la posición. Todo eso me había llenado de una ansiedad sorda que yo aliviaba de la peor manera posible: haciendo daño a las mujeres, engañándolas, humillándolas. Lo hacía una y otra vez creyendo que así calmaría algo dentro de mí, pero el alivio nunca llegaba, y volvía a empezar con otra, y con otra.
Hasta ese sótano. Hasta Renata. Por primera vez, aquel nudo en el pecho se había aflojado. Su crueldad, su desprecio, su dominio absoluto sobre mí habían hecho callar todos mis demonios. No necesitaba humillar a nadie. Solo necesitaba ser, yo, el humillado. Por ella. Era extraño y era cierto a la vez: aquella mujer me daba una paz que ninguna otra cosa me había dado.
Pensé en mi casa vacía, en el despacho impecable, en las cenas caras a las que llegaba siempre con la misma sensación de hueco. Pensé en cuántas veces había confundido el control con la libertad. Allí, encadenado y sin control sobre nada, respiraba mejor que en toda mi vida adulta. La paradoja era tan grande que ni siquiera intenté entenderla. Solo supe lo que quería.
Si me disculpaba, me liberaría. Y entonces, quizá, no volvería a verla jamás. Esa idea me resultaba más insoportable que cualquiera de sus castigos. Comprendí cuál sería mi respuesta. Solo había una forma de quedarme: decir en voz alta exactamente lo que ella no quería oír.
Renata terminó de quitarme la mordaza. Esperaba súplicas. Yo le di lo contrario.
—Todas las mujeres de esas fotos que me enseñaste se merecían lo que les hice —escupí—. Y lo volvería a hacer. Y tú, vieja, eres la peor de todas. Ni siquiera sabes castigar. Todo esto han sido cosquillas. ¿Pretendías asustarme? No lo has conseguido.
No pensaba una sola de aquellas palabras. Eran veneno puro, calculado, lanzado con un único objetivo: que no me dejara ir. Quizá me excedí. Quizá fui demasiado lejos. Pero mi lugar estaba a su lado, y aquella era la llave.
***
Renata no reaccionó al principio. Se quedó muy quieta, sin dar crédito, porque esperaba un hombre roto y rogando, y se encontró con un insulto. Vi cómo la incredulidad se le volvía rabia despacio, cómo se le tensaba la mandíbula y se le fruncía el ceño. Me miró fijamente, en un silencio que duró un minuto eterno.
Luego se dio la vuelta. Fue hasta un rincón del sótano, recogió la correa que ella misma había fabricado con goma de neumático y la sostuvo entre las manos como quien sopesa una herramienta querida. Se colocó detrás de mí. Volvió a ajustarse cada dedo del guante con una parsimonia que me heló la sangre.
—¿Recuerdas lo que te prometí si volvías a faltarme al respeto? —dijo, y su voz ya no tenía nada de dulce—. Olvídate de salir de aquí. Todos los castigos que has sufrido vas a volver a vivirlos. Pero esta vez no habrá piedad. El doble de tiempo. El doble de fuerza. Voy a convertirme en tu pesadilla.
Tomó un rollo nuevo de cinta y selló mi boca con la mitad entera, asegurándose de que ningún sonido sirviera de nada.
—Nadie va a oírte —añadió, casi en un arrullo—. Esta noche no voy a quitarte la mordaza bajo ningún concepto. Voy a castigarte hasta que se te sequen las lágrimas. Primero la correa. Después seguiré donde lo dejé. Duermo muy poco, así que tengo toda la noche por delante. Vas a aprender a obedecerme aunque sea lo último que aprendas.
Estiró los guantes, levantó la correa con una dureza que jamás le había visto y la dejó caer sobre mí con toda su fuerza.
Y mientras el primer latigazo me arrancaba un grito ahogado contra la cinta, una verdad absurda me cruzó la mente y casi me hizo sonreír por dentro. Había conseguido exactamente lo que quería. El precio iba a ser una noche larguísima, brutal, sin tregua.
Pero era mi noche, junto a la única persona que había logrado callar el ruido de mi cabeza. Y por nada del mundo la habría cambiado por la libertad.





