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Relatos Ardientes

Cien kilómetros para cobrarme la obediencia de mi sumisa

Lo bueno, si es breve, dicen que es dos veces bueno. Algo de eso me pasó con aquella mujer. Su agenda era un campo de minas y, desde nuestras primeras conversaciones, percibí lo otro: tenía pareja, un hombre del que ella esperaba un compromiso que él se cuidaba de no dar. Sabiéndola enamorada, le daba largas. Y yo entendí enseguida la mecánica del asunto: mientras él no consolidara la relación, ella seguiría queriendo «vengarse» entregándose a mí. En cuanto él decidiera ir en serio, yo dejaría de existir para ella. Lo acepté desde el principio.

Con esta sumisa novata mantuvimos un hilo constante por mensajes. Era curiosa, inquieta, preguntaba por matices que ni se imaginaba. Quería experimentar, pero arrastraba la vergüenza de habernos cruzado con la recepcionista del hotel donde tuvimos nuestro primer encuentro. Anhelaba discreción. Soñaba con escaparse de su trabajo para vernos lejos de su entorno, donde nadie la conociera.

El problema era que escaparse le resultaba casi imposible. En su comarca el motor económico es la industria cárnica, y conseguir gente dispuesta para la hostelería es una odisea. Sus opciones de fuga oscilaban entre cero y ninguna. De hecho, ella misma me confesó que algún encuentro con su novio lo había resuelto en el propio local, ante la total falta de tiempo para ausentarse. Estaba allí veinticuatro horas, los siete días.

Si algo admiré de Lorena durante nuestra amistad fue su tenacidad. Era capaz de cerrar el bar a las dos de la madrugada, exprimiendo hasta el último cliente, y plantarse de nuevo a las seis para despachar los primeros desayunos, intacta, como si la noche no hubiera ocurrido. Se sostenía sola: pagaba el crédito de su inversión, la hipoteca de su casa y mantenía a dos hijos preadolescentes. Una mujer extraordinaria. Y a la vez, conmigo, un animalito obediente.

***

En medio de esas conversaciones surgió el tema de una chica que se había incorporado como camarera en su local. Joven, dinámica, responsable, comprometida. Hicieron buen tándem durante meses. Pero a esa cría, porque rondaba apenas los veinte, le había surgido un lío con uno de los proveedores del bar, un tipo que presumía de dominante y le había regalado un par de encuentros intensos.

El problema fue que él, al notar el entusiasmo de ella, perdió el norte. Empezó a exigir sin consenso alguno, a reclamar su absoluta disponibilidad con peticiones cada vez más subidas de tono. La chica terminó contándoselo a su jefa. Y su jefa me llamó.

—Vente —me dijo—. Necesito que orientes a esta niña y le expliques un par de cosas.

Intrigado, hice de nuevo los cien kilómetros que nos separaban, escapando de una jornada de reuniones. Mi traje no ayudó a pasar desapercibido en aquel bar de pueblo, agradable y con buen producto, pero bar de pueblo al fin, con su tráfico de parroquianos. Recuerdo a tres hombres en una mesa que me miraban sin disimular ni un pelo.

Sentado entre el ir y venir de clientes, fuimos conversando con la chica y con Lorena, que con sutileza nos llevó al motivo del encuentro. La cría se relajó y terminó abriéndose. Nos contó lo intenso, lo travieso y lo morboso que habían sido sus primeros encuentros con aquel tipo, y lo incómoda que la hacían sentir ahora sus nuevas exigencias. Había que reconocerlo: ella buscaba un novio que fuera fiera en la cama, pero un novio. Él solo quería el aquí y el ahora.

—Estás en tu derecho de marcar límites —le dije con calma—. De rechazar cualquier cosa que no te resulte cómoda.

Le puse ejemplos. Un trío en el que ella tuviera que aportar a una segunda chica, algo que me pareció bastante oportunista por parte del galán, sobre todo cuando ella se declaraba cien por cien heterosexual y sin el menor interés en esa clase de experiencias. O una disponibilidad absoluta, ese «te follo cada vez que pase con el camión por aquí» que poco tiene que ver con un juego controlado para el placer mutuo.

—Como aventura puntual no tiene nada de malo —añadí—. El problema es cuando se convierte en el único marco y encima sin que tú decidas nada.

Lo que la chica no sabía era que Lorena tenía un plan paralelo. En secreto, mi sumisa deseaba que su empleada me conociera. Ella misma fantaseaba con un trío en el que yo fuera el tercero, y mataba dos pájaros de un tiro: ayudaba a la cría a aclararse las ideas y, de paso, dejaba que me conociera, por si la idea germinaba y un día aceptaba la experiencia si éramos nosotros quienes se la proponíamos.

***

Con la chica más tranquila, varios clientes reclamaron servicio en la barra y ella acudió. Nos quedamos solos Lorena y yo en la mesa. Habían pasado un par de horas y empezaba a ser hora de mi partida. Así que decidí ser claro y directo.

—Ya he venido a verte y he ayudado a tu amiga —dije bajando la voz—. No pienso irme de aquí sin usar a mi perrita.

Ella abrió mucho los ojos.

—No, por favor… ¿cómo? —susurró.

—Vamos al almacén y me la comes. —Mi respuesta fue tajante.

—Quiero, pero la gente se va a dar cuenta.

—Tú misma. Encuentra la manera. —No cedí ni un milímetro.

Se quedó mirándome, calibrando el riesgo. Luego se inclinó hacia mi oído.

—Sí, amo. Lo deseo.

Me indicó que entrara por la puerta trasera del almacén mientras ella accedía desde la barra y me abría el camino por dentro. Me levanté con disimulo y me dirigí hacia donde habíamos acordado. Al menos lo intenté: como dije al principio, había ojos atentos en todo momento mientras estuve por allí. Aquellos tres de la mesa parecían tener radar.

Al entrar al almacén, ella ya me esperaba, dispuesta a arrodillarse en cuanto me vio aparecer. Acepté su sumisión con un gesto, aunque no era lo inmediato lo que tenía en mente. Me incliné y la besé como premio, con caricias tiernas, sin prisa. Después la levanté con firmeza, sin brutalidad, y la llevé contra la nevera baja que tenían arrumbada entre cajas, dejándola apoyada con el culo en pompa.

—No tenemos tiempo de hacerlo —dijo, nerviosa.

—No lo vamos a hacer, perra. Pero no has obedecido todas mis órdenes.

Con la mano izquierda le sujeté la nuca. La derecha se levantó y cayó firme, precisa, sobre sus nalgas. Una, dos, tres, cuatro azotes en cada lado. Ella acompañó cada golpe con un gemido ahogado y un respingo, mordiéndose los labios para no hacer ruido. La incorporé de nuevo, le comí la boca, le acaricié los pechos generosos por encima de la chaquetilla del uniforme. Di un paso atrás y señalé el suelo con un dedo.

—Ahora sí, perrita. Es hora de complacer a tu amo.

Obediente, se puso de rodillas. Las manos en los muslos, la boca abierta, ofrecida, tal como yo la había ido instruyendo en nuestras conversaciones. Verla así, todavía con el delantal del bar puesto y el rumor de los clientes filtrándose por la pared, valía cada uno de aquellos cien kilómetros.

Sin prisa me abrí la chaqueta, eché la corbata hacia atrás, me solté el pantalón y la liberé. La acerqué a su boca de un paso. Mi mano izquierda guió, la derecha se posó en su cabeza para marcar la intensidad. Por momentos no impuse ritmo alguno y me limité a disfrutar de su boca. Otros, le sujetaba la cabeza con firmeza y la follaba moviendo las caderas. Hubo instantes en que la ahogué; me gusta marcar el compás. Pero también me va la variedad, así que retiré las manos, dejé que ella tomara el mando con las suyas y adaptara el ritmo a su gusto. Yo me concentré en sentir.

Su mano marcaba un ritmo vigoroso mientras su boca acompañaba con la misma entrega, dentro y fuera, húmeda y caliente. En un momento detuvo el movimiento, levantó la vista y me miró.

—Por favor… ¿me avisas cuando llegues?

Asentí con la cabeza, sin apartar la mirada de sus ojos, y volví a indicarle con el índice que siguiera. La verdad es que estaba cerca, gracias a su dedicación. En pocos minutos lo noté venir. Con un gruñido contenido se lo advertí.

—Llega… ya llega.

Exploté. La pobre lo intentó. Vaya si lo intentó. Pero llevaba un par de días sin sexo y mi descarga fue tan abundante como espesa. No pudo con todo. Terminó girando la cabeza hacia un lado para dejar caer al suelo lo que no logró tragar.

Mi cara de fastidio debió de ser evidente. Ella se levantó avergonzada.

—Amo, era mucho, no pude…

—Limpia esto y déjame solo —contesté, mosqueado.

De nuevo obediente, salió un instante y regresó con la fregona. Limpió el suelo y se marchó mientras yo respiraba hondo y me recomponía la ropa, recolocando la corbata frente al reflejo borroso de una bandeja metálica.

***

Cuando volví al local, la espabilada camarera me recibió con malicia desde la barra.

—Llevas la corbata torcida.

Consciente de su juego, sonreí.

—No, bonita. Esa breva no va a caer.

He de reconocer que, a pesar de su desobediencia de no tragar, fue una escena con un morbo y una entrega que todavía atesoro. La discreción imposible, los azotes mudos, su boca caliente a un tabique de distancia de media docena de clientes. De esos recuerdos que uno guarda con una sonrisa.

¿Cómo acabó la historia? Supongo que el sentido arácnido del novio se despertó, o alguien le comentó que un tipo de fuera iba hasta el bar a charlar durante horas con su chica. El galán hizo su jugada. Pronto empezaron a vivir juntos y ella, feliz en su relación, se convirtió en una amiga lejana. Saber que le va bien me alegra. Cumplió su venganza, consiguió su compromiso y yo seguí con mi vida, llevándome el sabor de aquella tarde y los cien kilómetros que valió la pena recorrer.

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Comentarios(5)

NachoBA

Tremendo relato. De los mejores que lei en mucho tiempo, sin exagerar.

ViajeroLect

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de saber mas. Se hizo cortisimo!

FlorSilv_ok

Me encanto como esta escrito, la tension va creciendo de a poco y no se siente forzado para nada. Sigue asi!

Cata_Mdq

excelente!!!

RobertoNocturno

Cien kilometros... eso se llama compromiso jaja. Muy buen relato, espero el proximo.

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