El castigo que aquel matón nunca olvidará
Nadia no paraba de mirar el reloj. Acercaba la oreja a la pared intentando oír algo, pero lo único que le llegaba era el rumor de la ducha al otro lado. Mierda, Mara se está retrasando demasiado. Se maldecía a sí misma por haberla dejado hacer aquello sola. Era demasiado peligroso.
Dio varias vueltas por la habitación en obras y se sentó sobre la enorme maleta, pasándose las manos por el pelo corto y rubio. Allí sentada, empezó a recordar cómo había empezado todo. Cómo había conseguido aquel trabajo, el primero desde que estaba en libertad y el primero legal en toda su vida. Si le hubieran preguntado un par de años atrás qué era lo que mejor se le daba, la única respuesta sincera habría sido forzar cerraduras y reventar paredes. Pero en los talleres de la cárcel aprendió pintura, alicatado, carpintería… y se le daban lo bastante bien como para que la contrataran para reformar aquel apartamento destartalado.
Era un encargo sencillo, rutinario y solitario. Justo lo que ella buscaba. Mientras trabajaba sola alguna vez se acordaba de su padre, que también había trabajado en la construcción. Hacía años que no sabía nada de él ni del resto de su familia. Habían llegado desde Lituania cuando Nadia era todavía muy pequeña, pero fueron ellos quienes no quisieron saber nada más de ella el día que les dijo que le gustaban las mujeres. Desde entonces había tomado una larga serie de decisiones equivocadas que prefería olvidar. Aquello podía ser un nuevo comienzo. Y entonces apareció Mara.
Recordó el día en que se conocieron, apenas unas semanas atrás, aunque en aquel momento le parecía una eternidad. A pesar del ruido del taladro, Nadia escuchó gritos en el pasillo. Gritos de mujer. Se asomó a ver qué pasaba. Allí estaba Mara, con su oscura melena alborotada y los ojos tristes, junto a aquel cerdo de su novio. Él intentaba taparle la boca, pero se detuvo en cuanto Nadia apareció. Le sostuvo la mirada un instante, luego se dio la vuelta y se largó, agarrando a Mara del brazo con una sonrisa, mientras ella parecía suplicar en silencio. Nadia pensó en intervenir, pero en su situación no le convenía buscarse problemas.
Los días siguientes continuó trabajando, intentando no pensar en nada, centrándose en la rutina. Pero fue Mara quien se presentó allí. Su novio estaba fuera y ella buscaba compañía. Solo quería hablar, y Nadia ya había sido testigo de su situación. Sus ojos eran oscuros, como su pelo, y todo en ella transmitía una enorme fragilidad. Nadia la invitó a sentarse en un sofá desvencijado y escuchó en silencio su triste historia. Estaba atrapada en una relación de la que no sabía cómo salir, con un mal tipo. Lo de siempre, pensó Nadia. Trató de consolarla. La abrazó con torpeza y Mara se dejó. Los abrazos dieron paso a las caricias, y las caricias a los besos. Al principio fueron besos torpes, tímidos, con los labios apenas rozándose, pero pronto Mara abrió la boca y buscó la lengua de Nadia con la suya, jadeando bajito, como si llevara meses sin que nadie la tocara con ternura de verdad.
Nadia le pasó la mano por la nuca, hundiendo los dedos en aquella melena oscura, y la fue tumbando poco a poco sobre el suelo polvoriento del salón. Mara la miró desde abajo, con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos, mientras Nadia se colocaba entre sus piernas y le subía la falda hasta la cintura. Debajo llevaba unas braguitas blancas y sencillas, y a Nadia se le hizo la boca agua solo de ver la forma del coño marcándose contra la tela.
—¿Estás segura, pequeña? —le preguntó al oído, mordiéndole el lóbulo—. Porque como empiece no voy a parar hasta que te corras en mi boca.
Mara asintió, sin palabras, y le agarró la mano para llevársela ella misma entre los muslos. Estaba caliente, y a través de las bragas Nadia notó que ya se le había mojado la tela. Empezó a frotarle el coño por encima, muy despacio, dibujando círculos con los dedos sobre el bulto del clítoris, mientras Mara arqueaba la espalda y se mordía los labios para no gritar. Con la otra mano le desabrochó la camisa, botón a botón, y le sacó las tetas del sujetador tirando de la copa hacia abajo. Eran redondas, blancas, con los pezones oscuros y ya duros como piedras. Nadia se agachó y se metió uno entero en la boca, chupando fuerte, pasando la lengua alrededor de la aureola, mientras con los dientes daba pequeños mordiscos que hacían gemir a Mara.
—Joder, Nadia… joder, cómo me pones —susurró Mara, agarrándole la cabeza y apretándole la cara contra el pecho.
Nadia pasó al otro pezón y le hizo lo mismo, chupándoselo hasta dejárselo enrojecido y brillante de saliva. Luego bajó por el vientre, dejando un rastro de besos húmedos, hasta el elástico de las bragas. Enganchó la tela con los dientes y tiró hacia abajo, sacándoselas por las piernas y arrojándolas a un rincón del salón. Mara quedó con la falda arremangada en la cintura, las piernas abiertas y el coño empapado a la vista, con un vello oscuro y recortado que enmarcaba unos labios hinchados y rosados que se abrían como una flor mojada.
—Mírate cómo estás, joder —murmuró Nadia, pasándole dos dedos por la raja de arriba abajo—. Estás chorreando, pequeña. Estás pidiendo que te coma el coño.
—Cómemelo, por favor… llevo tanto tiempo sin que me toquen así… —gimió Mara, subiendo las caderas para buscarle la mano.
Nadia no se hizo de rogar. Se tumbó bocabajo entre sus muslos, le puso las piernas sobre los hombros y le acercó la boca al coño. Primero le dio un beso largo en los labios inferiores, con la lengua plana, saboreándola entera. Sabía a sal, a hembra caliente, a mujer que llevaba demasiado tiempo aguantando. Luego separó los labios con los dedos, dejando el clítoris al descubierto, hinchado y palpitando, y empezó a lamerlo con la punta de la lengua, dando pasadas cortas y rápidas que hicieron a Mara retorcerse sobre el suelo.
—Ay, joder, joder, así, así… no pares… —jadeaba, agarrándose las tetas y pellizcándose los pezones ella misma.
Nadia le metió dos dedos en el coño y notó cómo se cerraba alrededor de ellos, apretándola como un puño caliente y empapado. Empezó a follársela con los dedos, entrando y saliendo despacio al principio, buscándole aquel punto rugoso de dentro, mientras seguía chupándole el clítoris sin descanso. Curvó los dedos hacia arriba y frotó con firmeza justo ahí, en el punto exacto, hasta que Mara empezó a gemir cada vez más agudo, con la respiración entrecortada, echando la cabeza hacia atrás contra el suelo polvoriento.
—Me voy a correr, Nadia, me voy a correr… no pares por Dios no pares…
Nadia aceleró, entrando y saliendo con los dos dedos cada vez más rápido, con la mano ya empapada hasta la muñeca, y le succionó el clítoris entre los labios con fuerza. Mara soltó un grito ronco, cerró las piernas alrededor de la cabeza de Nadia y se corrió con violencia, temblándole todo el cuerpo, apretándole los dedos por dentro con espasmos que Nadia notó una y otra vez, hasta que quedó laxa, con las piernas abiertas, jadeando y con los ojos vidriosos.
Nadia sacó los dedos despacio, se los metió en la boca y los chupó mirándola a los ojos. Luego trepó por encima de ella y la besó en la boca, dándole a probar su propio sabor. Mara le devolvió el beso con hambre, agarrándole la camiseta y tirándosela por la cabeza. Le quitó el sujetador deportivo de un tirón torpe y le atacó las tetas pequeñas y firmes, chupando y mordiendo como si necesitara devolverle cada caricia. Le desabrochó el pantalón y le metió la mano por dentro del calzoncillo, buscándole el coño con dedos temblorosos.
—Túmbate, déjame a mí —susurró Mara.
Nadia se tumbó boca arriba sobre el suelo, se bajó los pantalones y las bragas de una patada, y quedó con las piernas abiertas, mostrándole a Mara su coño rubio, con el vello corto y claro, y los labios ya brillantes de deseo. Mara se colocó entre sus muslos, la miró un instante con aquellos ojos oscuros llenos de agradecimiento, y bajó la boca. Empezó lenta, insegura, lamiéndole todo el coño con la lengua plana, arriba y abajo, mientras Nadia le hundía los dedos en el pelo y la iba guiando.
—Ahí, en el clítoris, dale con la punta… así, muy bien, pequeña, sigue así…
Mara aprendía rápido. Al cabo de un par de minutos la tenía respirando fuerte, con las caderas moviéndose solas contra su boca. Le metió un dedo, luego dos, y empezó a bombear al ritmo de la lengua. Nadia cerró los ojos, apretó los dientes y se agarró a los brazos de Mara mientras notaba cómo iba subiendo el orgasmo desde el fondo del vientre. Aguantó todo lo que pudo, alargando el placer, hasta que ya no aguantó más y se corrió con un gemido ronco, apretándole la cabeza contra el coño, empapándole la cara de flujo.
Se quedaron un rato tiradas en el suelo, medio desnudas, abrazadas, sudorosas y cubiertas de polvo. Mara acariciaba con ternura los brazos tatuados de Nadia, mientras clavaba su mirada oscura en los ojos claros y fríos de ella.
Aquel fue solo el primero de muchos encuentros. Nadia se limitaba a escucharla y a quererla. Mara vivía con su novio en el apartamento de al lado y se pasaba a verla casi todos los días, cuando se quedaba sola. En cuanto cerraba la puerta ya se estaban desnudando. Follaban en el sofá desvencijado, contra la pared recién enyesada, en el suelo, sobre la mesa de trabajo llena de herramientas. Nadia la ponía a cuatro patas y le comía el coño y el culo por detrás, hasta hacerla suplicar. Mara aprendió a chupárselo a Nadia con hambre, a metérsele la lengua hasta el fondo, a hacerla correrse en su cara. A veces terminaban pegadas coño contra coño, frotándose la una a la otra hasta correrse a la vez, mordiéndose los labios para no gritar demasiado. El cerdo se llamaba Darío. Mucho nombre para tan poco hombre, pensaba Nadia. Era alto y delgado, con la piel más clara que ella hubiera visto nunca en un tío, y una melena larga y castaña que le daba un aspecto algo afeminado, aunque su mirada era feroz. En cuanto se acercaba la hora en que él volvía a casa, Mara se marchaba, con las bragas aún húmedas guardadas en el bolso, y Nadia continuaba con su trabajo. A veces escuchaba los gritos y los golpes en el apartamento contiguo, apenas amortiguados por los golpes de su propio martillo. Nadia golpeaba una y otra vez, ejecutando su tarea con precisión. Pero con cada golpe imaginaba que le aplastaba los cojones a aquel cabrón.
Fue hacía solo unos días, durante uno de esos encuentros furtivos, cuando apareció la palabra que lo cambiaría todo: diamantes. Estaban desnudas en el sofá, Mara sentada a horcajadas sobre la cara de Nadia, meciéndose despacio contra su lengua, cuando lo soltó entre jadeos. Al parecer Darío trabajaba para unos tipos verdaderamente turbios. Mara no estaba segura, pero sospechaba que eran una banda de ladrones o de traficantes. Le dejaban mercancía y él se encargaba de ponerla en circulación. En aquel momento custodiaba un lote especialmente valioso, guardado en una caja fuerte en su dormitorio. El plan tomó forma deprisa, entre corrida y corrida. Mara insistía en que sería fácil. El día de la entrega, mientras Darío revisaba la mercancía, ella provocaría una distracción, cogería los diamantes y saldría. Nadia debía esperarla fuera, con las maletas listas. A Nadia no le gustaba. Sabía bien cuándo un plan iba a salir mal, y aquel tenía toda la pinta… pero la tentación de empezar de cero con Mara, muy lejos de allí, era demasiado grande.
Nadia se puso de nuevo en pie. Definitivamente tardaba demasiado. El grifo de la ducha seguía sonando. Mara había dicho que provocaría una avería en el baño antes de que él se duchara. Se llevaría un bofetón, seguramente, pero estaba acostumbrada. Nadia apretó los puños al recordar aquello. Habría preferido un plan que implicara darle a ese cabrón su merecido, pero Mara insistió en que, si usaban la violencia, podían tener a la policía detrás, y tenía razón. Darío y los tipos para los que trabajaba las buscarían, claro, pero no podrían denunciarlas por quitarles unos diamantes robados.
Miró el reloj una última vez. Se acabó. Había llegado el momento de actuar. Las cosas ahora se harían a su manera. Cogió el martillo y se detuvo frente a la puerta del apartamento de al lado. Aquella cerradura no supondría ningún problema; la forzó con una tarjeta y un poco de alambre. Entró con cuidado, agarrando con fuerza el mango.
El piso era pequeño y ruinoso, casi sin muebles, con una distribución parecida al que ella estaba arreglando. Al final del estrecho pasillo había una sala de estar que daba acceso al baño y al dormitorio. Allí encontró a Mara, de rodillas en el suelo, con las manos atadas, amordazada y con golpes recientes en la cara. Nadia corrió a ayudarla, la desató, le quitó la venda que le cubría la boca y le besó las mejillas. Mara susurró que estaba bien, al borde del llanto. La rabia fue inundando a Nadia. Miró hacia la puerta cerrada del baño, detrás de la cual seguía el ruido del agua. Ahí estaba el cabrón.
—Se ha dado cuenta, Nadia, se ha dado cuenta… tenemos que irnos ya —susurró Mara.
—¿Dónde están los diamantes? —Nadia no estaba dispuesta a darse por vencida tan fácilmente.
—No, Nadia, ha salido todo mal… los volvió a meter en la caja fuerte. Pero al menos estamos a tiempo de marcharnos… —la voz de Mara parecía a punto de quebrarse, lo que solo aumentó la furia de su amante.
Nadia miró a su alrededor y se fijó en algo que había sobre una estantería.
—¿Eso de ahí es su pistola?
—Sí… me estuvo apuntando con ella cuando me pilló. Creí que iba a matarme. Me dejó así y dijo que luego se ocuparía de mí.
Sin apenas escucharla, Nadia fue hacia allí. Dejó el martillo en la estantería y cogió el arma. Sabía de sobra cómo usarla. Comprobó que estuviera cargada, le quitó el seguro, la acomodó en la mano y apuntó hacia la puerta del baño. Podría entrar y pillarlo en pelotas, pero prefirió esperar a que saliera y darle una sorpresa.
El ruido del agua cesó. Mara contuvo la respiración. Nadia estaba plantada justo frente a la puerta, preparada, apuntando, esperando a que se abriera en cualquier momento. Las dos vieron cómo el pomo empezaba a girar. Mara tragó saliva. Nadia se mantuvo impasible. Era el momento.
Darío apareció frente a ellas. Su larga melena clara seguía empapada y le caía por los hombros hasta el pecho, prácticamente lampiño, pegada a su cuerpo blanco y delgado. Iba descalzo y con una mano se sujetaba una toalla corta alrededor de la cintura, que apenas le llegaba a las rodillas, su única vestimenta. En cuanto vio la pistola apuntándole a la cara, su gesto se tensó. Aun así mantuvo la calma, aguantándole fríamente la mirada.
—Las manos donde pueda verlas, cabronazo.
Hizo un amago de levantarlas, sin llegar a hacerlo del todo, mientras observaba despacio a las dos.
—Ya veo… así que estabas compinchada con la del piso de al lado —dijo mirando a Mara con una sonrisa torcida.
Nadia apretó la pistola contra su cuello, obligándolo a moverse hacia el centro de la estancia mientras él se sujetaba con torpeza la toalla. Seguía sonriendo.
—Sois un par de zorras descerebradas. La gente con la que trabajo llegará dentro de nada y no os va a gustar lo que os harán… bueno, a la zorra de Mara igual sí, porque le encanta que le metan la polla por todos lados, pero a ti seguro que no —su cara se contrajo de rabia, como si escupiera cada palabra.
Nadia apretó la pistola contra la parte inferior de su mentón, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás y retroceder un paso. Esta vez no le quedó más remedio que obedecer y levantar las manos, revelando el vello fino y escaso de sus axilas. Hasta yo tengo más pelo ahí, pensó Nadia.
Cuando vio la situación perfectamente dominada, dejó de apretar el cañón contra su barbilla y retrocedió para ganar espacio, sin dejar de apuntarle. Darío continuó sosteniéndole la mirada, fría y desafiante. Todavía con las manos en alto, cuidando cada movimiento, avanzó hacia ella muy despacio. Pareció que iba a decir algo, pero apenas dio dos pasos cuando la toalla se le cayó de la cintura. La sonrisa se le borró de inmediato. Hizo un rápido amago de agacharse a recogerla, pero Nadia fue más rápida. Le clavó el cañón en el pecho y lo obligó a levantar de nuevo las manos, con las que intentaba cubrir pobremente su desnudez, y a entrelazarlas detrás de la nuca.
El joven obedeció, clavando con odio sus ojos en ella mientras dejaba al descubierto su polla. Su aspecto le pareció ciertamente penoso. A pesar de su estatura, muy superior a la de ella, su cuerpo delgado, blanco y casi sin vello le daba un aire frágil, casi femenino. Vestido era una cosa; así, desnudo, con la verga encogida colgando entre las piernas y los huevos apretujados debajo, a Nadia le pareció enclenque y enfermizo. Parece un pollo desplumado, pensó conteniendo la risa. Su mirada era lo único que seguía resultando imponente. Y eso era precisamente lo que ella pensaba arrebatarle.
—¡Vaya hombretón! ¿eh? —dijo con sarcasmo—. Créeme, he visto tías con más testosterona que tú. Y con más polla también, si te digo la verdad.
Bajó el cañón muy despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos, hasta apoyarlo a escasos centímetros de su entrepierna.
—¿Y con esto te las das de machote? —preguntó moviendo el arma de un lado a otro, mientras él cerraba los ojos y apretaba con fuerza los labios—. Eh, Mara, ¿en serio aguantabas a este? ¿Con esta polla de mierda te follaba?
Mara parecía divertida con la situación. Por primera vez en mucho tiempo estaba sonriendo.
—Ni siquiera se me ponía a tono la mitad de las veces —contestó, cruzándose de brazos y apoyando la espalda relajadamente contra la pared—. Y encima se creía un regalo. Cuando conseguía metérmela, terminaba en dos minutos y se dormía como un tronco. Contigo me corro más en un minuto que con él en dos años.
—Si vas a matarme, hazlo ya —dijo él débilmente, conteniendo a duras penas la rabia de la humillación.
—No voy a matarte, idiota. Voy a hacer que me des la combinación de la caja fuerte.
—Estáis locas. Mi gente llegará en cualquier momento, y si os pillan aquí…
—No llegarán —interrumpió Mara—. Le escuché hablar antes con ellos por teléfono. Faltan horas para la cita.
—Vaya… así que además eres un poco mentirosillo —dijo Nadia—. Mara, acerca una silla y ponla aquí delante.
Mara obedeció. Cruzó la estancia con una de las sillas del comedor y la colocó donde Nadia le indicaba, justo entre ambos. Darío parecía confuso.
—Ahora vas a tener que hacer otra cosa, Mara, mira… —rodeó a su amante con los brazos y le puso la pistola en las manos—. Cógela bien, pon el dedo aquí. No tiene ningún misterio. Si intenta hacer cualquier tontería, o si desobedece… disparas.
Mara sujetó la pistola con las dos manos y apuntó a Darío, que parecía aún más incómodo que antes, mientras ella esbozaba una sonrisa. Mientras tanto, Nadia cogió la larga cuerda con la que él había atado a Mara y se colocó detrás de él. El joven mantenía las manos entrelazadas en la nuca, tal y como le había ordenado. Se las sujetó con fuerza y, sin que Mara dejara de apuntar, le ató las muñecas a la espalda. Darío se mordía los labios de pura incomodidad.
—¿Qué es lo que pretendéis? ¡Nunca os daré la combinación, hijas de puta! —gritó con una rabia que empezaba a sonar a desesperación.
—Eso ya lo veremos —dijo Nadia mientras terminaba de apretar el nudo—. Sube un pie a esa silla. ¡Vamos!
Darío dudó. Nadia le hizo un gesto a Mara, que se acercó y le apuntó directamente a la cara.
—Mara no va a dispararme —dijo él con desprecio.
—Hemos dicho que no íbamos a matarte. No que no fuéramos a dispararte. A lo mejor te vuela los huevos por el daño que le has hecho, cabronazo —rugió Nadia a su espalda, agarrándolo de la melena y tirando hacia atrás.
El joven levantó la rodilla despacio y apoyó el pie sobre la silla, tal y como le ordenaban. Nadia se agachó a recoger la toalla húmeda del suelo. La enrolló lentamente y se situó detrás de él, en el lado de la pierna que tenía subida. Desde aquel ángulo veía el blando saco colgando entre sus muslos, con la polla encogida sobre él, patética y arrugada por el miedo. Tensó la toalla todo lo que pudo y la usó como un látigo contra aquella zona sensible, acertando de lleno.
Darío aulló y se encogió al instante. Pero antes de que pudiera bajar la pierna, Nadia tuvo tiempo de lanzar un segundo golpe que lo hizo caer al suelo de lado. Con las manos atadas a la espalda, no pudo protegerse y se golpeó en la frente. Nadia lo agarró por el hombro y por la melena y lo obligó a ponerse de pie, mientras un hilo de sangre le caía de la ceja.
—¡Zorra! ¿Qué haces? ¿No ves que no puedo darte la combinación? ¡No sé lo que me harían si lo hago! —gritó desesperado.
—Te voy a dar una última oportunidad. Si me la dices ahora, te juro que te suelto y podrás escapar antes de que llegue esa gente. ¿Qué me dices?
—¡Vete a la mierda!
—Muy bien. Sube otra vez el pie a la silla —dijo Nadia con calma.
—¡Ni hablar! Tú y la puta de Mara podéis empezar a com…
No le dio tiempo a terminar el insulto antes de que Mara le metiera el cañón de la pistola en la boca.
—Haz lo que te pide —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos.
Lentamente, el joven subió la pierna y volvió a posar la planta sobre el asiento, temblando y con los ojos apretados, el cañón aún en la boca. Nadia sonrió y se preparó. Él se encogió cuando la toalla volvió a impactar contra sus cojones. La pistola le impidió gritar, pero soltó un gemido ahogado todavía más fuerte cuando sintió el siguiente golpe. Y el siguiente. A Nadia le divirtió ver cómo aquella zona temblaba con cada impacto, cómo los huevos se le sacudían dentro del saco enrojecido y la polla flácida rebotaba contra el muslo. Uno más. Su cuerpo se contraía cada vez más y le costaba mantener el equilibrio. Mara se sentía cada vez más segura con el arma, y no podía evitar sonreír al ver cómo a él se le contraía la cara, los ojos siempre cerrados, conteniendo lo que parecían lágrimas de dolor y de humillación.
Nadia cogió impulso, le dio un par de vueltas a la toalla en el aire y la lanzó una última vez. El tipo cayó de lado, como antes, arrastrando la pistola, que se le escapó a Mara de las manos y rodó por el suelo. Quedó allí tirado, inmóvil, hecho un ovillo y temblando, con las manos atadas y los huevos amoratados asomando entre los muslos apretados, mientras las dos lo miraban.
—No creo que se vaya a levantar, Nadia… —dijo Mara con preocupación, más por no conseguir su objetivo que por el estado del que hasta ese día había sido su novio.
Nadia suspiró.
—Vale. Se me acabó la paciencia.
Se volvió hacia la estantería, cogió el martillo y fue hacia Darío, que yacía bocabajo tratando de cubrirse. Se sentó sobre él a horcajadas, mirando hacia sus pies. Le separó las piernas con fuerza, agarró la cuerda que le ataba las manos y, como sobraba bastante tramo, lo usó para dar varias vueltas alrededor del saco escrotal del joven y tirar con fuerza mientras él gritaba. Mara no pudo evitar una mueca de asombro al ver aquellos huevos morados atrapados por la cuerda, asomando entre sus piernas, apretados hasta parecer que iban a reventar.
Las quejas de Darío se convirtieron en un gemido ahogado. Un hilo de sangre le caía del labio. Mara podía ver su cara contraída de dolor y de impotencia, una imagen realmente penosa, pero él se lo había buscado, pensó. Con las manos atadas, con Nadia sentada encima y atrapado de aquella manera, poco podía hacer. Entonces sintió el frío tacto del martillo rozando la piel tensada de los cojones. Nadia dio unos levísimos golpecitos de advertencia, apenas un roce, mientras tiraba de la cuerda con la otra mano.
—Tío, estoy a un golpe de dejarte los huevos hechos picadillo. Tú verás.
El joven se derrumbó de inmediato. Fue tan fácil como apretar un botón. Soltó la combinación y Mara corrió hasta la caja fuerte.
—Más te vale que sea correcta —dijo Nadia con rabia, dando un tirón a la cuerda.
—¡Aquí están, Nadia! —Mara volvió corriendo con la bolsa negra en las manos. Se agachó junto a ella y la abrió. Los diamantes parecieron iluminarles la cara a las dos. Se besaron con la lengua, largo y hondo, mordiéndose los labios.
—Muy bien, pequeña, esto ya casi ha acabado —Nadia dejó el martillo en el suelo y le acarició la cara a su amante, sin soltar la cuerda con la otra mano—. Ve a por la mordaza y pónsela.
—¡Espera! ¡Dijiste que me ibas a soltar! —ambas notaron el pánico en su voz.
—Sí… es verdad, eso dije. Pero, como puedes imaginar, no puedo dejar que te vayas y avises a tus compinches en cuanto salgamos. No. Para cuando ellos lleguen y te encuentren, nosotras ya estaremos muy lejos.
—¡Hijas de puta! —gritó desesperado, mientras Mara cogía el trapo con el que él la había amordazado antes y volvía hacia él.
Nadia trató de inmovilizarlo por completo. Agarró la cuerda que le mantenía sujetas las manos y el saco, y con el tramo sobrante intentó atarle también los pies, pero no llegaba tan abajo. Así que le flexionó las piernas hacia atrás; Mara la ayudó a sujetarlas después de amordazarlo. Se las doblaron en ángulo recto y entonces Nadia, tensando la cuerda al máximo, consiguió atarle también los tobillos. De ese modo el tipo quedaba obligado a permanecer bocabajo, sin poder mover las manos y con las piernas dobladas en una postura incomodísima que más le valía aguantar si no quería provocarse un dolor insoportable en los cojones.
Cuando terminaron, las dos se abrazaron. Nadia se guardó la pistola en el pantalón y cogió también el martillo, por si acaso. Al ver a aquel cerdo tirado en medio del salón, totalmente indefenso, con el culo blanco al aire y los huevos amoratados asomando entre las piernas dobladas, no pudo reprimir las ganas. Se agachó a su lado, agarró con fuerza aquel patético saco, enrojecido por la atadura, y levantó el martillo con la otra mano. Escuchó sus gemidos de angustia cuando empezó a bajar el brazo, pero la mano de Mara la detuvo.
—No, Nadia… vámonos. Ya se encargarán de él los suyos —dijo fríamente.
—Tienes razón —admitió Nadia—. No me gustaría estar en el pellejo de este pobre idiota. He conocido gente muy turbia, y cuando le haces perder tanto dinero a alguien así… bueno, por mucho menos he oído cosas que no le desearía ni a él.
Mara arrugó el gesto, y desde el suelo Darío empezó a gemir de manera absolutamente desesperada. Nadia se echó a reír.
—Tranquilo, cielo, era broma —dijo mientras estrechaba a Mara con el brazo y le besaba la mejilla con ternura—. Venga, nos vamos ya. Que en el hotel te pienso follar hasta que no te acuerdes ni de cómo se llamaba este.
Salieron de aquella casa cogidas de la mano, corriendo, ilusionadas por un futuro que por fin parecía sonreírles. En la calle, el cielo parecía más brillante que nunca.





