La sumisa que me suplicó un amo de verdad
Llamaron a la puerta del despacho. Me levanté del sillón sin prisa, dejé el bolígrafo sobre los papeles y abrí. No moví un solo músculo de la cara cuando te vi, aunque por dentro me sorprendió que vinieras puntual.
—Hola —dije—. Pasa, no te quedes ahí parada.
—¿Estás listo para la sesión de hoy? —preguntaste con esa sonrisa que usabas para todo, la misma con la que negociabas contratos y desarmabas a los hombres.
—¿Hoy? —cerré la puerta a tu espalda—. Este trabajo me tiene desbordado. Casi se me olvida nuestra cita.
Mentía. No se me olvidaba nada de ti.
Te miré despacio, sin disimular. Llevabas un top blanco ajustado de tirantes finos que dibujaba tus pechos firmes y el vientre plano, una malla negra corta que marcaba la línea de tus piernas y la curva exacta de tu culo. El pelo oscuro recogido en una coleta tirante. Sostenías una mochila que caía a un costado, como si de verdad vinieras a entrenar.
—Antes de empezar —dije—, ve a la habitación contigua. La de la derecha.
Te dirigiste hacia allí con la espalda recta y el paso firme. Esperé en el umbral, observándote. Al rato te alcancé un vaso de agua fría. Habías venido caminando rápido: la piel te brillaba y una gota descendía por tu cuello hacia el escote.
—No será eso todo lo que sudes hoy —te dije mientras bebías.
—Espero no defraudarte esta vez tampoco —respondiste, dejando el vaso sobre la mesa con un cuidado que no era tuyo.
***
Todo había empezado meses atrás, en un acto de la fundación que dirigía tu marido. Yo era el consultor recién contratado; tú, la mujer perfecta del cartel, hija de apellido conocido, esposa modelo, madre intachable. Esa noche, lejos del salón, me arrinconaste con dos copas de más y una franqueza que no esperaba.
—Necesito un hombre que sepa lo que quiere —me dijiste—. Uno que sepa tratarme como lo que soy de verdad: una sumisa. La gente me adula por la hija y la esposa que aparento ser. Estoy harta de tanto peloteo y tan poca verdad. Quiero alguien al que obedecer. Un amo de verdad, no un cobarde de polvos fáciles.
Y por si no había quedado claro, me tomaste la mano y la llevaste entre tus piernas, por encima de la tela, para que comprobara lo que decías.
—Así estoy —susurraste—. Caliente para el primero que sepa domarme. Pero un amo de verdad. Lo demás ya lo tengo y me aburre.
Me bastó esa noche para entender que tu arrogancia era un cinturón mal atado, pidiendo a gritos que alguien tirara de él. Desde entonces, esto.
***
—Termina de hidratarte y prepárate —ordené—. Tienes cinco minutos. No me defraudes.
Te acaricié la nuca desde atrás antes de salir. No esperé los cinco minutos. Cuando volví, la puerta del baño estaba entornada y tú ya tenías las pinzas colocadas en los pezones, intentando insertarte el plug que te había dado en la sesión anterior.
—Revisión —dije desde la puerta.
—Pero… todavía no ha pasado el tiempo que me diste —protestaste, con un brillo de desafío en la mirada.
Te ordené callar. Entré con la fusta en la mano. El primer golpe cayó sobre tu cintura y te revolviste contra mí, rebelde, como si aún fueras la mujer del cartel. Te sujeté del pelo y tiré de tu cabeza hacia atrás hasta que tu cuello quedó tenso.
—Por estas cosas me pediste que te convirtiera en mi sumisa —te susurré al oído—. Vas a aprender a mirarme y a hablarme como corresponde.
Te solté contra la mampara.
—Inicio.
Te postraste de rodillas, las palmas hacia arriba apoyadas en los muslos, sentada sobre los talones, la mirada en el suelo, la espalda recta. Esa postura la habías memorizado bien desde el primer día. Dejé que el silencio se asentara unos minutos antes de ordenarte que levantaras los ojos sin mover el resto del cuerpo.
Saqué del cajón un collar de cuero negro con una plaquita metálica grabada y te lo mostré.
—Lo llevarás puesto siempre que estés conmigo. Y siempre lo cargarás encima, por si te encuentro en cualquier sitio y te ordeno ponértelo.
Volviste a mirarme con aquella arrogancia, y la fusta cruzó tu espalda otra vez.
—¿No quieres aprender por las buenas o no sabes aprender? —pregunté mientras te abrochaba el collar al cuello.
Te sentaba bien. Me acerqué y empecé a acariciarte la espalda y los hombros. Sentí cómo el cuerpo se te aflojaba, cómo la rebeldía cedía bajo mis dedos, y te susurré que volvieras a la posición de inicio.
***
Ahí estabas: arrodillada, la mirada baja, las manos en los muslos, los pezones presionados por las pinzas y el collar de sumisa al cuello. Faltaba un detalle. El plug de silicona, herencia de tu vida anterior, estropeaba la escena.
—¿Un juguete de antes para mi sumisa de ahora? No.
Lo retiré y dejé entre tus piernas el que te había preparado: metálico, con un remate en forma de cola.
—Colócatelo. Sin lubricante. Solo lo que seas capaz de generar tú misma.
Lo tomaste entre las manos y lo miraste un instante. Intentaste levantarte.
—¿Quién te dio permiso? Inicio —corté, golpeándote los muslos con la fusta—. Lo sostienes con una mano, la otra se queda en tu pierna. Quiero verte prepararlo, y no se te ocurra metértelo hasta que yo lo diga.
Me senté frente a ti a mirarte. La marca roja empezaba a dibujarse en tu muslo. Una mano descansaba quieta; la otra movía el metal en círculos lentos, subiendo y bajando, buscando tu clítoris. Un par de veces quisiste introducírtelo, pero sabías lo que te esperaba si lo hacías, así que obedeciste. Tu respiración fue cambiando, haciéndose más corta y rápida.
—Mírame.
Alzaste la vista sin abandonar la postura. Te mordías el labio inferior. Empezabas a disfrutar, y yo también: sentía la tela del pantalón cada vez más tensa. Me levanté y caminé hacia ti.
—Continúa. Me gusta verte así. Ahora libérame con la boca.
Te costó, entre la dificultad de la postura y lo distraída que estabas con el plug, pero lo conseguiste. Di un paso atrás para contemplar a mi sumisa: la mirada fija en mí, el deseo asomando, el plug y tu sexo ya húmedos.
—Mi señor… —empezaste.
Levanté la mano y te interrumpí.
—Hablarás cuando yo lo ordene. Mientras tanto, gime si quieres, nada más. Ahora métete el plug. Despacio o de golpe, como prefieras, pero quiero esa cola en su sitio.
Fuiste abriéndote camino poco a poco, hasta que por fin lo alojaste donde debía estar. Me coloqué detrás de ti, tiré suave de la cola para comprobarlo y te ordené volver a inicio.
Ahí estabas otra vez: arrodillada, en silencio, la cabeza gacha, esperando mi siguiente palabra. Faltaba un último elemento. Fui a buscar una mordaza mediana y te la coloqué, indicándote que la humedecieras con la lengua. Unos cuantos azotes en la espalda bastaron para que empezaras a salivar.
—Ahora sí. Estás vestida para la ocasión.
Saqué el móvil y te retraté. Mirando al suelo. Mirando a la cámara.
—¿Sabes lo que pasaría con estas fotos si dejaras de obedecer? —dije con calma—. En tu familia, en la fundación, en tu círculo. A tu marido no le haría gracia verte así. A tus padres, con todo ese estatus del que tanto presumen, tampoco. ¡Mírame! Sumisa.
Alzaste la vista, y aquella arrogancia de hacía un momento se transformó en súplica. De tu boca, amordazada, salieron sonidos que no llegaban a ser palabras.
—Ahora eres mía. Tal como querías. Haz que me sienta orgulloso. ¡Revisión!
***
Te pusiste de pie, los pies separados al ancho de los hombros, el pelo hacia atrás, los dedos entrelazados detrás de la cabeza, la mirada en el suelo. De la mordaza brotaban hilos de saliva que descendían por tu pecho y dejaban la piel brillante.
Te enganché una correa a juego con el collar y la tensé, aprovechando para hacerte más fotos. Cuando te ordené mirarme, vi que de tus ojos caían lágrimas. No supe si eran de dolor, de humillación o del alivio de ser, por fin, lo que me habías confesado que querías ser.
—Ahora vienes conmigo a la ducha —dije—. Mantienes la posición mientras yo me lavo, sin dejar de mirarme.
Bajo el agua me masturbé despacio, observando cómo el deseo te consumía sin permiso para tocarte. Cuando estuve a punto, me acerqué.
—No tienes autorización para correrte. Lo harás cuando yo lo diga.
Te hundí dos dedos y empecé a mover la mano con dureza, atento a cada temblor. Tu cuerpo entero pedía la orden.
—¡Permiso para correrte!
Te corriste al instante, con las piernas flojas y una mirada de agradecimiento que duró apenas unos segundos. Después acerqué mi sexo a tu cara y te marqué con mi descarga, mezclada con las gotas de la ducha. Te saqué unas fotos más para mi archivo personal.
—Inicio. Mírame y no parpadees.
***
Esa noche dormiste en el suelo, junto a mi cama, las manos esposadas a la espalda y atada a una de las patas. Te retiré la mordaza pero te dejé el plug.
—Buenas noches, mi sumisa. Descansa, que al despertar me darás los buenos días con la boca.
Sonó el despertador y me giré hacia tu lado. Te miré un rato, dormida en el suelo, y pensé que jamás habría imaginado que una mujer como tú se entregara de esa manera. Me bajé, te solté las muñecas, te quité las pinzas y empecé a acariciarte el pelo y la espalda con los labios. Despertaste despacio, con una sonrisa dulce que no le habías mostrado nunca a nadie de tu otra vida. Entonces algo cruzó tu cabeza y quisiste levantarte de golpe. El collar y la cadena te lo impidieron.
—Tranquila. Hay tiempo de sobra para la reunión —dije, sujetándote por los hombros—. Antes, inicio. Vas a darme los buenos días como corresponde.
Me senté al borde de la cama. Cumpliste con la boca, los buenos días largos y húmedos que te había pedido, sin apartar la vista de mis ojos. Cuando terminamos, te ordené vestirte. En la puerta te agarré del pelo y acerqué tu oído a mi boca.
—Nos vemos en el despacho de tu marido dentro de dos horas.
***
Cuando llegué, os encontré a los dos enfrascados en una de vuestras discusiones eternas, a gritos. Pero en cuanto te giraste y me viste, te callaste de golpe.
—¡Como si hubiera entrado un fantasma! —exclamó tu marido—. ¿Cómo lo haces para que se calle? Un día tendrás que enseñármelo. Venga, muéstrale los informes, a ver qué opina.
Me acerqué. Antes de que dijeras nada, te hablé al oído, aprovechando que mi cuerpo te tapaba de su vista.
—¿Desde cuándo le hablas así a tu amo? Aceptaste obedecerme, no darme órdenes. No me tientes a humillarte delante de él.
Y con la mano oculta tras mi espalda, te recordé quién mandaba. Que tu marido siguiera gritando, ajeno, mientras tú temblabas en silencio, te excitó más de lo que estabas dispuesta a admitir.
Trabajamos durante horas sobre cifras y previsiones. En un momento te miré a la cara y leíste perfectamente la palabra que dibujaron mis labios sin sonido: zorra. Poco después tu marido se levantó.
—Terminadlo para hoy. Yo me voy al aeropuerto. Me vais informando.
Y se marchó. Nos quedamos solos.
—Mi amo, permiso para acercarme y pedirle perdón —dijiste—. Reconozco mi error.
—Acabemos primero. Cuanto antes terminemos, antes serás solo mía. Ponte tu collar.
Enviamos la documentación esa misma tarde. Teníamos siete días por delante. Siete días para usarte a mi voluntad, para someterte y disfrutarte sin un solo testigo que importara. Habría que aparecer por la oficina, claro, pero eso no era un obstáculo: humillarte en ese mismo despacho prometía demasiado.
—Asunto terminado. Desde ahora y hasta nueva orden, eres mía. Entrégame el teléfono y las llaves. Cierra la puerta con pestillo si no quieres problemas.
***
Mientras ibas hacia la puerta, decidí cómo castigarte por la insolencia de la mañana. Una vez bloqueada la salida, te ordené quedarte de pie, pegada a ella, en posición de revisión. Hice un par de llamadas delante de ti, hablando con voces que no reconocías, dejándote a oscuras sobre lo que planeaba.
—Lo de esta mañana no va a quedar impune. Quítate el vestido. En ropa interior, junto al sillón.
Empecé a aflojarme la corbata. Caminando hacia ti, te ordené que me la quitaras, y luego la chaqueta. Lo hiciste despacio, de una forma que ya no era sumisa sino provocadora. Sonó tu teléfono sobre la mesa: era tu marido. Lo dejé sonar hasta que se cortó. Volvió a llamar dos veces más. Empezaron a entrar mensajes; los leí, los borré delante de ti y te mostré la pantalla limpia.
—Solo tu marido y yo sabemos lo que decían. Estás desprovista de voluntad. Eres mía.
Te vendé los ojos con la corbata y te hice girar sobre ti misma hasta desorientarte. Privada de la vista, solo te quedaban mi voz y mis manos. Te besé el cuello, los hombros, te acaricié por encima de la ropa interior y sentí cómo se te aceleraba el pulso bajo mis dedos. Cuando perdiste la postura buscando mi mano, el cinturón cruzó tu espalda.
—¡Revisión! Y ni un sonido más que el que vas a oír ahora.
Era un teléfono vibrando sobre la mesa. No sabías si era el tuyo o el mío. Deseabas que no fuera el tuyo. Atendí con calma una conversación cualquiera y colgué.
—¿Te gusta que ya no esté parado? —dije, y castigué de nuevo, esta vez con la lengua sobre tus pechos, suave, lento, premiando la obediencia.
***
Pasados los siete días, el contrato que firmaste ante mi cámara dejó por escrito lo que ya era cierto en los hechos: tu entrega completa, tu vida puesta al servicio de tu amo, sin reservas y sin vuelta atrás. Lo recitaste mirando al objetivo, con la voz firme, y después diste las gracias.
—Bien, mi sumisa. En unos minutos van a llamar a esa puerta de nuevo. Decide cómo quieres que te encuentren: sometida y entregada, o fingiendo todavía ser la mujer intachable que todos creen conocer.
—Es decisión suya, mi señor. Mi vida le pertenece.
—Mala respuesta. Cuando tu amo te pregunta, no quiero ambigüedades.
El cinturón volvió a sonar sobre tu cintura. Y por la forma en que cerraste los ojos y volviste a la posición sin una queja, supe que ya no había nada de aquella mujer del cartel: solo mi sumisa, esperando la siguiente orden, agradecida de haber encontrado, por fin, a un amo de verdad.





