Las criadas de la mansión y la señora insatisfecha
Vera y Nadia llevaban casi cuatro años sirviendo bajo el techo de los Von Kessler, y en ese tiempo habían aprendido a leer la casa como quien lee el clima. Sabían cuándo convenía desaparecer por los pasillos traseros, cuándo la señora pedía silencio y cuándo el señor buscaba compañía para sus juegos. Eran dos mujeres hechas, ninguna baja de los treinta y cinco, y cargaban con la calma de quien ya no se asusta fácil.
Vera era rubia, de cuerpo firme y curvas que el uniforme negro no terminaba de disimular. Nadia, en cambio, tenía la piel oscura y suave, una figura alta y esbelta que hacía girar cabezas cuando cruzaba el mercado del pueblo. Compartían casi todo: los turnos, la habitación del ala de servicio, los secretos. En lo único que diferían era en el deseo. A Vera le gustaban los hombres con una intensidad que a veces la metía en problemas. Nadia, por su parte, solo encontraba calma entre los muslos de otra mujer.
La señora Von Kessler era una mujer elegante y todavía hermosa, de esas a las que el dinero les sienta como un perfume. Tenía un cuerpo cuidado, un andar de tacones impecable y un marido que no la tocaba desde hacía años. El señor prefería otros placeres, más oscuros, y los buscaba lejos del lecho conyugal.
—Tarde o temprano ella va a buscarse la vida —murmuraba Nadia algunas noches—. Una mujer así no aguanta el vacío para siempre.
Vera sonreía y no contestaba. Ya tenía bastante con cuidarse del señor.
***
Una noche fría de otoño, después de la cena, el señor Von Kessler hizo llamar a Vera. El recado llegó por boca del mayordomo, seco como una orden militar: la esperaba en el cobertizo del fondo del jardín. Vera sintió que se le helaba la sangre. El cobertizo era el reino privado del señor, el lugar donde guardaba sus instrumentos.
—¿Qué te pasa? Estás temblando —le preguntó Nadia al verla pálida en la cocina.
—Me espera en el cobertizo —respondió Vera con un hilo de voz.
—Tranquila. Voy a estar pendiente. Si tardas demasiado, voy a buscarte.
Vera cruzó el jardín con las manos frías y el corazón golpeándole las costillas. El señor la esperaba de pie, con unos pantalones de cuero ceñidos y el torso desnudo. En la mano sostenía un látigo de varias colas que dejaba colgar contra su muslo.
—Acércate —dijo él con una calma que daba más miedo que un grito—. No tengas miedo.
Ella avanzó titubeante. Cuando estuvo a su altura, el señor la miró de arriba abajo como quien evalúa una mercancía.
—Desnúdate.
Vera obedeció despacio, despojándose de la camisa, del sostén, de la falda y de todo lo demás, hasta quedar de pie sobre la madera fría con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Inclínate —ordenó él—. Muéstrate.
Ella arqueó el cuerpo, expuesta y vulnerable bajo la única bombilla del cobertizo. El señor levantó el látigo y lo dejó caer sobre su piel una y otra vez, hasta perder la cuenta. Vera lloraba en silencio, las lágrimas cayendo al suelo frente a ella, mordiéndose los labios para no darle el placer de escucharla gritar.
El señor contemplaba el color carmesí que iba pintando la piel pálida de Vera con una satisfacción evidente. Pero no le bastaba con verla marcada. Necesitaba escucharla, necesitaba sus súplicas, la necesitaba quebrada del todo.
La sujetó del pelo y le tiró la cabeza hacia atrás.
—Ahora vas a probar la vara —siseó—. Y ya puedes gritar bien alto.
La ató por las muñecas a unas argollas de la pared, de cara a la piedra, los pechos apretados contra el muro. El primer varazo le arrancó un alarido que retumbó en el cobertizo. Vera gritaba, se retorcía, tiraba de las cuerdas intentando escapar de un castigo que no llegaba nunca a su fin. Y cuanto más gritaba ella, más se excitaba él, que se acariciaba sin disimulo con una mano mientras castigaba con la otra.
Cuando consideró que había sido suficiente, la soltó. Vera quedó de rodillas, temblando, mientras el señor terminaba lo suyo con la vista fija en su espalda marcada. Después se guardó todo y la despidió con un gesto, como quien aparta un plato vacío.
***
Vera volvió a la casa desnuda y dolorida, sosteniéndose en las paredes. Nadia la esperaba en la habitación con un frasco de ungüento entre las manos y la cara descompuesta de rabia.
—¿Qué te ha hecho ese salvaje? Ven, túmbate.
Vera se dejó caer boca abajo sobre la cama. Nadia se sentó a su lado y empezó a extenderle el bálsamo con las yemas de los dedos, despacio, dibujando círculos sobre la piel encendida. Las manos de Nadia eran suaves, expertas, y recorrían la espalda y las nalgas de Vera con un cuidado que poco a poco dejó de parecer enfermería.
Vera sintió que el cuerpo empezaba a hervirle por dentro. El dolor seguía ahí, pero por debajo crecía otra cosa, un calor que subía cada vez que los dedos de su amiga se demoraban un segundo de más.
—Date la vuelta —pidió Nadia en voz baja.
Vera obedeció. Al girarse, Nadia descubrió que el castigo no se había limitado a la espalda: el sexo de su amiga también estaba enrojecido y abultado por los golpes.
—Esto necesita otro tratamiento —murmuró—. Esta piel es demasiado sensible para el ungüento.
Descendió lentamente hasta rozar con la lengua el sexo dolorido de Vera. Lo recorrió entero, primero los pliegues exteriores, después los más íntimos, con una paciencia que hizo que Vera olvidara la madera del cobertizo y los gritos. Cuando la lengua de Nadia encontró el centro, Vera arqueó la espalda y se dejó ir con un gemido largo, agarrada a las sábanas. Nadia no se detuvo: siguió hasta arrancarle un segundo orgasmo que la dejó deshecha y jadeante.
Esa noche durmieron juntas. Las despertó la primera luz del alba, con las manos de Vera posadas sobre los pechos de su amiga, acariciándolos con un cariño que ya no tenía nada de inocente. Los pezones de Nadia respondieron despacio bajo sus dedos. Vera bajó la cabeza y atrapó uno entre los labios, mientras su mano descendía hasta el sexo depilado y ya húmedo de su compañera.
Nadia abrió las piernas y dejó entrar los dedos de Vera, que la acariciaba al mismo ritmo que mamaba de sus pezones. Después deslizó el cuerpo bajo las sábanas y la buscó con la boca, atrapando su clítoris entre los labios hasta que Nadia se arqueó y le apretó la cabeza con las dos manos.
—Qué buena eres —jadeó Nadia—. Me has dado lo que necesitaba.
Se acomodaron en un abrazo cruzado, cada una entre las piernas de la otra, devolviéndose el placer en un equilibrio perfecto de bocas y dedos, hasta que las dos terminaron al mismo tiempo y se quedaron quietas, enredadas, esperando la hora de levantarse.
***
Hacia el mediodía llegó Adrián, el hijo de los Von Kessler. Era un hombre apuesto y fornido, rebosante de energía, que entró en la casa levantando a su madre en volandas y besándola en la mejilla.
—Un día de estos me vas a romper —rió la señora, recomponiéndose el vestido.
Madre e hijo charlaron animados hasta la hora de la comida. El señor Von Kessler había tenido que viajar a Ginebra por negocios y estaría fuera una semana entera. La casa, sin su sombra, respiraba distinto. Vera lo notó enseguida: con el amo lejos, el aire pesaba menos y los cuerpos se soltaban.
Las dos mujeres sirvieron la comida y se retiraron a la cocina. Vera se relamía por dentro pensando en Adrián. Conocía esa mirada de hombre joven con la sangre caliente, y sabía que tarde o temprano la buscaría. Nadia, en cambio, no sentía nada por él; a lo sumo ayudaría a su amiga a ponerlo a tono y luego se marcharía a lo suyo.
Después de los postres, la señora se retiró a su habitación para la siesta de siempre. Adrián, en cambio, hizo llamar a Nadia, sabiendo de sobra que los hombres le interesaban poco.
—Sírveme una copa de brandy —pidió con una sonrisa torcida.
Nadia se acercó al mueble bar y le sirvió una copa generosa. Cuando se la tendió, la mano del joven subió por su muslo hasta rozar la tela que cubría su sexo.
—¿Pero qué hace, señorito? —protestó ella, sin retroceder del todo.
—Tranquila, no te muevas. ¿O prefieres que me parezca a mi padre?
La amenaza, velada, bastó. Nadia se quedó quieta y hasta abrió un poco las piernas. Adrián apartó la tela y deslizó dos dedos en su interior. La encontró seca, así que los retiró, se los llevó a la boca y los volvió a introducir húmedos de saliva, marcando un vaivén lento que poco a poco fue despertando al cuerpo de Nadia muy a su pesar.
—Sácamela —ordenó él, con la voz más ronca.
Nadia bajó la mano, le abrió el pantalón y empezó a acariciarlo mientras él aceleraba el ritmo de sus dedos. En ese momento entró Vera, completamente desnuda, y se arrodilló junto a su amiga. Sin decir palabra, se inclinó sobre Adrián y lo tomó con la boca, hundiéndose hasta donde pudo y arrancándole un gruñido de placer.
—Nadia, ya puedes irte —dijo él, con la atención puesta por entero en Vera.
Nadia se levantó, recompuso su uniforme y salió de la sala con cierto alivio. Al pasar frente al cuarto de la señora, escuchó un sonido ahogado a través de la puerta entreabierta. Se asomó. Lo que vio le encendió el cuerpo de golpe: la señora Von Kessler, tendida y con las piernas muy abiertas, se complacía a sí misma con un grueso juguete, la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta.
Nadia se fue desnudando allí mismo, en el umbral. Entró en la habitación. La señora se sobresaltó un instante, pero no la echó. Nadia se acomodó entre sus piernas, tomó el juguete con una mano y empezó a moverlo mientras le recorría el clítoris con la lengua.
—Así, sí, no pares —jadeó la señora, hundiendo los dedos en el pelo de Nadia—. Más fuerte.
Nadia lamía con verdadero gusto, aumentando el ritmo del juguete al compás de los gemidos de su señora. Llevaba años deseando aquello, y la mujer madura que se retorcía bajo su boca respondía con un hambre que confirmaba todas sus sospechas. Cuando la señora se corrió, lo hizo con un temblor largo que Nadia recibió como el mejor de los manjares.
Mientras tanto, en la otra ala de la casa, Adrián había tumbado a Vera sobre la cama y la montaba sin tregua, sujetándole los brazos contra el colchón. Cuando notó que ella estaba cerca, se detuvo para alargar el momento, bajó la cabeza y la recorrió con la lengua de arriba abajo, jugando con cada centímetro hasta dejarla suplicando. Luego volvió a colocarse y empezó a empujar con todas sus fuerzas, llenándola por completo.
—Más fuerte —pedía Vera entre jadeos, agarrada al cabecero—. No pares, no pares.
Adrián la sujetó de las caderas y le dio el ritmo que ella reclamaba, hasta que los dos quedaron sin aliento sobre las sábanas revueltas. Después, exhausta y satisfecha, Vera se inclinó y lo limpió despacio con la lengua, como quien cierra con cuidado lo que ha empezado con ansia.
Aquel fin de semana, con el señor lejos y la casa entregada a sus propias leyes, los cuerpos de la mansión Von Kessler no dejaron de buscarse. La servidumbre había dejado de obedecer al amo para empezar a obedecer, por fin, al deseo.





