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Relatos Ardientes

Quise humillar a las mujeres y acabé bajo sus pies

Me llamo Bruno y aquel martes estaba convencido de que iba a darles una lección a todas. Cursaba el segundo semestre de un máster de estudios sociales, una sala de posgrado con doce mujeres adultas y yo, el único hombre. Me había tocado exponer el tema de la unidad, y en vez de leer la bibliografía como cualquier persona sensata, decidí usar mi turno para soltar todo lo que pensaba sobre el feminismo. Que sobraba. Que era ruido. Que el mundo había funcionado siglos sin él.

Me vestí para la ocasión. Camisa de rayas, vaqueros ceñidos y un cinturón con una hebilla pesada que siempre se me enganchaba en la ropa interior al sentarme. Esa mañana, además, me eché de más una colonia dulzona, casi a miel, que me parecía elegante y que en realidad olía a caramelo barato.

La doctora Reyes, la profesora, estaba de pie a mi derecha, con los brazos cruzados y una paciencia que ya empezaba a agotarse. Era una mujer de unos cuarenta años, tranquila, de las que no levantan la voz porque no lo necesitan. Me observaba como quien espera que un cachorro torpe tropiece solo.

—Cuando quieras, Bruno —dijo.

Salté para alcanzar la pantalla de proyección y la desplegué de un tirón. Apareció mi primera diapositiva, con un título que había elegido para provocar: «Por qué el feminismo es una pérdida de tiempo».

Se levantó un murmullo inmediato. Miradas cruzadas, una risa contenida en la última fila, alguien que dejó la pluma sobre la mesa con un golpe seco.

Las tengo donde quería, pensé. Incómodas.

—Desde el principio de los tiempos —empecé, con esa voz aguda mía que sonaba peor cuando me ponía nervioso—, la humanidad funcionó perfectamente sin todo este invento moderno. El hombre cazaba, la mujer cuidaba la casa, y nadie se quejaba…

—Nadie se quejaba porque a las que se quejaban las callaban —dijo Lucía desde el centro de la sala, sin alzar la mano. Tenía una sonrisa de medio lado que no presagiaba nada bueno para mí.

Hubo risas. Yo seguí, terco, convencido de que mi superioridad era cuestión de tiempo. Lo que no calculé fue el detalle más absurdo del día.

***

Una abeja entró por la ventana entreabierta.

Al principio nadie le hizo caso. Era un zumbido lejano, un punto que iba y venía sobre las cabezas. Pero la maldita estaba programando su ruta, y mi colonia a miel era exactamente lo que andaba buscando. La sentí pasar cerca de mi oreja, luego de mi cuello, y de pronto se metió por el cuello de la camisa.

—Espera… —murmuré, quieto—. Espera, espera…

El insecto bajó por mi pecho, atrapado entre la tela y la piel, zumbando como una alarma. El pánico fue más rápido que mi orgullo. Me arranqué la camisa por la cabeza de un tirón, los botones saltaron, y me quedé en mitad del aula con el torso desnudo, pálido y flacucho, agitando la prenda como un loco.

Las doce levantaron la vista a la vez. Doce pares de ojos, doce sonrisas que empezaban a formarse. Y, lo peor, varios teléfonos que se alzaron despacio sobre las mesas.

La abeja, libre de la camisa, encontró un objetivo nuevo: la pretina de mis vaqueros. La vi colarse hacia abajo y algo en mi cerebro hizo cortocircuito.

—No, ahí no, ni se te ocurra… —supliqué, hablándole a un insecto delante de doce mujeres.

Me bajé los pantalones de golpe, hasta los tobillos, en un acto reflejo de puro terror. Y con ellos, sin darme cuenta, se vino también la ropa interior.

La sala enmudeció medio segundo. Después estalló.

***

Miré hacia abajo y entendí por qué. Ahí estaba yo, en pelotas de cintura para abajo, expuesto ante toda la clase, con la polla al aire y encogida por el pánico. Y lo que la naturaleza me había dado era, digamos, modesto. Muy modesto.

—Por Dios —dijo alguien entre carcajadas—. ¿Esa es la verga con la que venías a callarnos?

—Mi sobrino de dieciocho la tiene más grande —soltó otra, y la sala se vino abajo.

—Desde aquí atrás casi ni se ve. Parece un cacahuete asustado.

—Y las pelotas ahí colgando como dos uvas pasas, mirad.

La doctora Reyes intentó mantener la compostura, de verdad que lo intentó, pero le duró tres segundos. Se llevó una mano a la boca y, cuando la apartó, ya se reía como las demás.

—Supongo que esta es la masculinidad de la que tanto hablabas, ¿no, Bruno? —dijo, y el aula entera coreó la frase como un himno.

El calor me subió a la cara. Sentí el rubor quemándome las mejillas, el contraste ridículo entre mi piel blanca y el rojo de la vergüenza. Me doblé para subirme los pantalones, peleándome con la tela enredada en los tobillos, y en esa postura, agachado y vulnerable, con el culo apuntando al techo y los huevos colgando entre las piernas, sentí a la abeja posarse justo en la base de la polla.

—¡Quieto! —dijo la doctora Reyes—. No te muevas, la tienes encima.

Y entonces, con la mejor de las intenciones, lanzó el pie.

***

Fue una patada precisa, profesional casi, dirigida a aplastar al insecto. La abeja levantó el vuelo en el último instante. Yo no tuve esa suerte.

El empeine del zapato me alcanzó de lleno en los cojones. El dolor subió como un relámpago desde el escroto hasta la garganta, y solté un alarido agudo que hizo temblar las ventanas. Me doblé sobre mí mismo, sin aire, viendo puntos blancos, con la polla y las bolas latiendo como un tambor de carne.

—¡Ay, Bruno, lo siento muchísimo! —dijo ella, tapándose la boca, sin saber si reír o disculparse—. ¿Estás bien?

No estaba bien. Estaba de rodillas, medio desnudo, gimoteando en el suelo de un aula mientras doce mujeres lloraban de la risa y me grababan desde todos los ángulos. La provocación que había preparado durante una semana se había convertido en mi propia ejecución pública.

Lo que pasó después todavía me cuesta ordenarlo. Recuerdo que intenté levantarme, que tropecé con los pantalones, que me agarré a la pantalla de proyección para no caer y que el peso de mi mano la mandó de golpe hacia arriba. La pantalla se enrolló sola con un chasquido, y la correa que colgaba de ella se me enganchó en la cintura, tirando de mí hacia el techo medio metro antes de que mis pies volvieran a tocar el suelo.

Quedé colgando un instante, ridículo, pataleando en el aire con la polla balanceándose a la vista de todas. Las risas se cortaron de golpe, sustituidas por un silencio de incredulidad, y cuando volví a caer al suelo de espaldas la euforia regresó multiplicada.

Lucía fue la primera en levantarse. Se acercó despacio, los tacones repiqueteando sobre el linóleo, y se quedó de pie a mi lado, mirándome desde arriba como se mira a un insecto que acabas de descubrir bajo el zapato.

—Mira cómo se ha quedado el machito —dijo en voz baja, casi con dulzura.

Y apoyó la suela sobre mi pecho. No fuerte. Solo lo justo para que entendiera que no me iba a dejar levantar.

***

No sé explicar lo que sentí en ese momento. Debería haber sido humillación pura, y lo era, pero por debajo de la vergüenza había algo más, algo caliente que me recorría el vientre y bajaba directo hacia la entrepierna. Bajo el peso de su pie, expuesto, dominado, la polla —que hasta hacía un segundo estaba encogida por la patada— empezó a hincharse contra mi propio muslo, latiendo, alargándose, poniéndose dura a la vista de las doce.

Lucía lo notó antes que yo. Bajó la mirada, arqueó una ceja y soltó una risa grave.

—No me lo puedo creer. Se le está poniendo dura. Miradle, miradle la polla, se está empalmando delante de nosotras.

La sala rugió. Una a una, las demás fueron levantándose de sus asientos y rodeándome, un círculo de zapatos y tacones que me dejaba en el centro, tendido en el suelo, incapaz de moverme y, peor aún, sin demasiadas ganas de hacerlo. Doce pares de ojos clavados en mi verga, que crecía y crecía sin pedirme permiso, marcando cada latido contra el aire.

—Sigue siendo pequeña, ¿eh? —dijo Valeria, apoyando la punta del tacón contra mi cadera y bajándola despacio hasta la raíz de la polla—. Mira, mira qué cosita. Se pone dura y sigue cabiendo entera en una mano.

Deslizó la suela del zapato sobre mi glande, apretando apenas, y yo solté un gemido que no reconocí como mío. La punta del tacón se hundió un momento contra mis huevos aún doloridos, y en vez de dolor lo que sentí fue una descarga que me arqueó la espalda.

—Está goteando —dijo otra desde arriba, la voz burlona—. Miradle la puntita. Está soltando pringue.

Era verdad. Un hilo de líquido preseminal me resbalaba por el glande y me caía sobre el vientre. Doce teléfonos zumbaban grabando, doce bocas se reían de mi polla erecta y de la gota que la coronaba.

—Pídelo —dijo Valeria, sin quitar el tacón—. Tú que ibas a explicarnos cómo funciona el mundo. Pídenos que paremos. A ver si te sale.

—Para… —empecé, pero la voz me salió tan débil que ni yo me lo creí.

—No te he oído. Y tu polla dice lo contrario, mírala.

—Por favor —susurré, y el «por favor» me supo a rendición total.

—Eso está mejor —dijo la doctora Reyes, que se había unido al círculo con los brazos otra vez cruzados, mirándome con una calma terrible—. Veinte minutos de exposición para acabar suplicando a los pies de la clase, con la verguita tiesa y goteando. Hay una lección ahí, Bruno. Espero que la estés tomando.

La estaba tomando. Vaya si la estaba tomando.

***

Lucía retiró por fin el pie de mi pecho, pero solo para sustituirlo por algo peor: se puso en cuclillas a mi lado con la falda subiéndose por los muslos, me sujetó la barbilla entre dos dedos y me obligó a mirarla a los ojos mientras la sala seguía riéndose de mí. Con la otra mano, sin dejar de mirarme, rodeó mi polla dura entre el pulgar y el índice, casi con desprecio, como quien agarra algo sucio.

—Mira qué cositita —dijo, moviendo la muñeca despacio arriba y abajo, apenas dos dedos, porque no le hacía falta más para abarcarme entero—. Cabes entera en dos dedos, machito. Ni siquiera se me llena el puño.

La sala se dobló de risa. Yo aparté la cara, pero ella me la volvió a girar de un tirón.

—Ni se te ocurra cerrar los ojos. Mira a la clase. Mira a cada una de ellas mientras te la meneo, quiero que te vean la cara.

Movía la mano con una lentitud calculada, un ritmo humillante, sin prisa, como quien está masturbando a un perrito. Cada vez que subía, un pulgar suyo me pasaba por el frenillo y yo daba un respingo que arrancaba nuevas carcajadas. La polla se me marcaba entre sus dedos, roja, brillante de mi propio líquido, apenas asomando por encima del anillo que hacían el pulgar y el índice.

—Repite conmigo —dijo, paladeando cada palabra sin parar de menearme—. «El feminismo es una pérdida de tiempo.»

Tragué saliva. Doce teléfonos me apuntaban. La diapositiva con mi título arrogante seguía proyectada en la pared, ahora como una sentencia.

—Me… me equivoqué —jadeé.

—No te he pedido que te disculpes. Te he pedido que repitas tu propia diapositiva. En voz alta. Para todas. —Apretó más los dedos, aceleró un poco, y yo gemí como un crío—. Vamos, dilo, y a lo mejor te dejo correrte.

—El… el feminismo… —empecé, y no pude seguir, porque Valeria se había arrodillado al otro lado y me había escupido en la punta de la polla para que Lucía tuviera más resbaladizo.

—Qué mono —dijo Valeria—. Se le está poniendo la cara de tonto.

Otra de las alumnas, una morena de gafas cuyo nombre nunca aprendí, se acuclilló entre mis rodillas y me abrió los muslos con las dos manos, sin permiso, dejándome todavía más expuesto. Me pasó la uña del pulgar por debajo del escroto, apenas rozando, y las bolas se me subieron solas contra el cuerpo.

—Le tiembla todo —anunció—. Mirad, mirad, se le contrae el culo. Se va a correr.

—¿Ya? —Lucía se rió, y me apretó la base de la polla con dos dedos, cortándome de golpe—. Ni de coña. No te vas a correr hasta que lo digas.

Me quedé al borde, latiendo contra sus dedos, con la polla hinchada y morada, gimoteando en el suelo. Sentí una gota gorda de preseminal caerme por el costado y morir en la alfombra. La sala entera me miraba en silencio, doce mujeres pendientes de una polla ridícula sostenida entre dos dedos, disfrutando cada segundo de mi rendición.

—Dilo —repitió Lucía, muy tranquila—. Repite tu diapositiva. En voz alta.

—El feminismo es una pérdida de tiempo —murmuré, con la voz rota.

—Más alto. Que te oiga la última fila.

—¡El feminismo es una pérdida de tiempo! —grité, y ni yo me creí lo que estaba haciendo.

Todas se rieron a la vez, y Lucía, en ese instante, soltó la presión de los dedos y aceleró la muñeca. Fueron cuatro tirones cortos, secos, casi crueles.

—Ahora córrete, machito. Córrete delante de tus profesoras. Enséñanos la lechita.

Y me corrí. Me corrí como un imbécil, arqueado en el suelo, gimiendo agudo, con doce cámaras enfocándome la polla mientras los chorros me caían encima del vientre, del pecho, del cuello. Chorros patéticos, no muchos, pero suficientes para dejarme la piel embadurnada de mi propio semen delante de toda la clase. Lucía siguió moviendo los dedos hasta la última gota, exprimiéndome como quien vacía un tubo, y cuando terminó se limpió el pulgar en mi mejilla.

—Ya está —dijo—. Buen machito.

La sala aplaudió. En serio, aplaudió.

***

—Levántate —dijo al fin la doctora Reyes, con una sonrisa que no tenía nada de piadosa—. Súbete los pantalones, límpiate esa porquería del pecho y siéntate. La próxima vez te lees la bibliografía.

Me incorporé como pude, con la polla todavía goteando y el semen resbalándome por las costillas, recogí la camisa rota del suelo y me la pasé por encima para taparme algo. Volví a mi sitio en mitad de un aplauso burlón que me persiguió hasta la silla, con la ropa interior manchada y los muslos pegajosos. No volví a abrir la boca en toda la clase.

Esa noche, solo en mi cuarto, me descubrí reviviendo cada segundo. La patada, el círculo de tacones, el pie de Lucía en mi pecho, sus dos dedos moviéndome la polla con desprecio, su voz ordenándome que suplicara y que gritara mi propia frase mientras me corría. Me la meneé tres veces seguidas, la primera casi antes de bajarme los pantalones, y en las tres me corrí pensando en lo mismo. En lugar del rencor que debería haber sentido, lo que sentí fue otra cosa muy distinta, una que me costó muchísimo admitir.

Volví al máster el martes siguiente. Me senté en la última fila, callado, mirando la nuca de Lucía dos asientos por delante. En algún momento ella giró la cabeza, me encontró observándola y me sostuvo la mirada un segundo de más, con esa misma sonrisa de medio lado. Bajó los ojos un instante hacia mi regazo, comprobó lo que ya sabía que iba a encontrar, y sonrió más.

No hizo falta que dijera nada. Los dos sabíamos perfectamente quién mandaba ahora.

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Comentarios(4)

NicoDeRosario

Tremendo relato!! me tuvo pegado hasta el final sin poder soltar el telefono

Malu_cba

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

ElTorino88

jajaja el titulo lo dice todo pero igual te sorprende como se va desarrollando. Muy bueno

FernandoLT

Me gusto mucho la dinamica que planteas, es original y te mantiene leyendo sin parar. Espero que sigas escribiendo en esta categoria, hay poco de este estilo y bien hecho

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